Alfonso se nos ha muerto hace escasos meses, muchos no lo habrán echado de menos porque llevaba un tiempo en la Residencia de Mayores y ya no salía casi a la calle. Nos ha abandonado y ahora Socuéllamos es un poco menos Socuéllamos, pues los paisajes de un pueblo no solo están compuestos por sus calles, plazas, lugares… sino también por las gentes que lo habitan y Alfonso era un de esas personas cuya sola presencia da personalidad a un lugar.

Tratar con él era una experiencia feliz, festiva, exenta totalmente de melancolía. Tanto era así, que nuestras jornadas de trabajo en IDEArte no estaban completas si Alfonso faltaba a su cita, José Miguel, Víctor, Pilar, José Luis, Loren, etc… todos guardaremos un recuerdo imborrable de aquellas visitas, por el cariño que le teníamos a Alfonso y, a su vez, el que nos tenía él a nosotros.

Un día en la vida de Alfonso era totalmente predecible, tenía un recorrido muy poco variable, sus sitios más visitados en los últimos tiempos eran el estanco de “la casillera”, la oficina de su “cuñao el de los muertos” y el parque, para ver a “los viejos” y enseñarles sus “mencheros”. Raro era el día que no “cazaba” algo, sino era uno de sus famosos mecheros, era una foto o un “pachete” de Ducados, objetos que él apreciaba por encima de todo; cuando le regalabas alguna de estas cosas daba gusto ver a Alfonso, con esa expresividad tan característica en él, esas voces, esos “ausiones”, esa sinceridad en la sonrisa.
Aún con sus limitaciones, Alfonso no olvidaba ningún mote, que sabía pronunciar con una gracia inimitable… “¡que te voy a decir Vicentón y no quiero… baboso! ”, y para todo el mundo tenía una palabra. También es verdad que reaccionaba con insultos si alguien se metía con él con mala intención, pero si lo tratabas con cariño era la persona más dócil del mundo.

En sus últimos años se ha hecho querer en la Residencia, que se lo pregunten a las trabajadoras, y  también recuerdo cuando fue ingresado en el hospital de Alcázar, en pocos días se había ganado a todas las enfermeras.

¿Pero por qué Alfonso era tan especial?. Sin duda porque conservaba toda la sinceridad de la niñez, esa que tenemos todos antes de llenarnos de disimulo, hipocresía y miedo al ridículo.

Algunos no sabrán que Alfonso de muy pequeño sufrió una gravísima meningitis que estuvo cerca de llevarlo a la tumba y de la que se salvó milagrosamente, sus padres y sus hermanos lo sacaron adelante con ímprobos esfuerzos teniendo en cuenta la dureza de aquellos años de postguerra. Y Alfonso quedó así, petrificado en una eterna niñez que le ha durado hasta que nos ha abandonado.

Ahora, sabemos que después de descorrerse ese velo que es el paso de esta vida a la otra, Alfonso ya ha visto cara a cara a Dios pues para entrar en su Reino tenemos que convertirnos de nuevo en niños y Alfonso nunca ha dejado de serlo… Hasta siempre, amigo Alfonso “Pajarito”, no te olvidaremos.

 

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