El Quijote, El Padrino, Las Variaciones Goldberg, La Biblioteca de Babel, la música de Michael Nyman, cualquiera de estas obras serviría para justificar la historia del arte humano; a esta lista podemos añadir sin ningún problema LA CONJURA DE LOS NECIOS, de un tal Toole, si no la conocéis corred para haceros con un ejemplar y devoradlo,… aquí abajo corto y pego un texto precioso sobre el libro; es de un argentino, Marcelo Pompei, que demuestra un manejo del lenguaje que hace que sea un placer leerlo… me sentiría orgulloso si hubiera sido capaz de escribir algo como…“la diferencia entre los pueblos y las grandes urbes es que allí los pucheros se cuecen lentos, y a presión¨¡amantes de Ignatius, de la decencia, de la geometría y la teología del mundo! ¡leed!…

ignatius

Sobre la Biblia de neón y La conjura de los necios de John Kennedy Toole

por Marcelo Pompei

Y ahora ve crecer las flores desde abajo.
Indio solari

John
Biloxi, Mississippi. Incrustó un extremo de la manguera en el caño de escape. Introdujo el otro por la ventanilla trasera, encendió el motor. No aceleró. Respiró. Respiró el dulce bálsamo humeante que se lo llevaría de este mundo de porquería. Así se mató Kennedy Toole. Fue el 26 de marzo de 1969. Tenía 31 años. Había nacido en New Orleans en 1937.

Cuando la noticia y una carta dirigida a sus padres llegó a oídos y a las manos de Thelma Ducoing Toole, su madre, más que romper en llantos rompió la carta, y a partir de entonces se dedicó a extrañar a su hijo. A pesar de ser maestra de declamación, no pudo declamarle el dolor al padre de John. Era sordo. Así que, mientras extrañaba, se puso a correr sin rumbo y sin éxito para que alguna editorial publique la novela que su hijo había dejado escrita. El ánimo y el cuerpo de Thelma se hundían poco a poco por el rechazo de los editores y el dolor de piernas. En medio de su safari editorial muere su marido, pero ella no se detiene ni a dejar una flor en su tumba. Hasta que un buen día entra en contacto con el escritor Walter Percy, en ese momento profesor de la Universidad de Loyola, quien luego insistentes telefonemas recibe a la señora Toole. Es sabido que los hombres de universidad no comen asado con cuchara. Van a lo seguro. La tradición literaria. No se puede perder el tiempo en novedades. Sobre éstas no hay bibliografía secundaría ni manuales. Carestía que obligaría a pensar y escribir. Pero Percy, mezclando curiosidad y fastidio, se tragó de mala gana un par de páginas del grueso mamotreto a máquina. No pudo dejar de terminar el bocado. Y lo publicó. Así sin más, como si John viviera, le encajaron un premio: el bendito Pulitzer. En este caso el premio tiene gusto a homenaje, pero nadie homenajea a un imperfecto desconocido, lo cual me hace recelar de la franqueza del reconocimiento. Como sospechar de una monetaria voluntad de elevar el prestigio comercial de aquello que de mamotreto pasó a libro premiado. Pero esto suena a conspiración. Nada de eso. Sabemos que el reloj de la vida singular y los del mercado rara vez marchan en sincrónica armonía. Así nace y se hace el temperamento del Inactual.

 

 

 

 

John Kennedy Toole

 

Algunos encuentran el motivo del suicidio de John en los frustrados intentos propios por publicar su libro. Una promesa al respecto había quedado incumplida por parte de un editor, que no lo rechazaba, sino que cada vez que lo veía aparecer por su despacho lo mandaba a corregir la obra. Toole llegaba con una obra terminada y se iba con un proyecto inconcluso. Sin ánimo de iniciar vanas tautologías, se suicidan los suicidas, no los que no pueden publicar libros. ¿Por qué John no iba a hacer lo que finalmente hizo su madre? Esperar a dar con Walter Percy. O no volver más por aquel despacho y dar por finalizada su obra. O resignarse a su puesto de profesor inédito. El detalle del suicidio, del supuesto motivo, cobra importancia por culpa del Pulitzer, que eleva a tragedia cualquier minucia privada y cotidiana. Sus dos libros valen sin Pulitzer ni suicidio.

A partir de la publicación, su madre se encargó de atender los asuntos de la póstuma fama de su hijo: programas de TV, entrevistas, a las que coloreaba con canciones mientras se acompañaba de un piano. Más tarde, entusiasmada por el éxito de su hijo y de A veces soy feliz, una de sus canciones, se acordó que John había escrito en su adolescencia otra novela. Revolvió en el desorden y entre las cosas de su hijo halló el manuscrito que fue publicado sin demoras.

Esta es la apretada biografía de Toole escritor, o la de su madre. El otro Toole, el que nunca vio sus palabras en letras de molde, fue maestro en un colegio secundario de New Orleans, mientras buscaba doctorarse en lengua inglesa. No muchos más detalles, salvo el tradicional tironeo familiar por la herencia, se encuentran en las introducciones de sus libros publicados en castellano por Anagrama.

Su primera novela, La Biblia de neón (The Neon Bible), la escribió a los 15 años. Fue adaptada para el cine y dirigida por Terence Davies en 1995. Su segunda La conjura de los necios (A Confederacy Of Dunces) fue escrita mientras hacía el servicio militar en Puerto Rico. Hace tiempo amenazan con darle una versión cinematográfica. John es el santo espíritu que reúne a David y Ignatius Reilly. Sus dos personajes principales, respectivamente.

David
“No me gustaba ver animales muertos”

La Biblia de Neón es una novela pequeña pero enorme. Escrita en plena taciturna pubertad, cuenta la vida de David, un chico que va creciendo en un pueblo pequeño pero pequeño. Su vida familiar se reduce a una madre, a un padre que se va a la guerra, y a una grande pero grande tía Mae, ex cantante de cabaret: culona, tetona, acolchonada. “…tanto mama como tía Mae eran redondas y podías apoyarte en ellas y sentirte cómodo”. En su pelo, radiante a fuerza de tintura rubia, tía Mae lucía flores. Esta novela no se lee, se desliza suave gracias a su estilo sobrio y veloz. Un paralelo menos austero de esta novela podría ser la primera de Truman Capote, Otras voces, otros ámbitos.

David piensa. Piensa porque está solo. La actividad del solitario es pensarse sin respiro. El objeto que ocupa la cabeza de David es la vida de David. “Si se recuerdan las horas del rincón, se recuerda el silencio, el silencio de los pensamientos”, dice Gastón Bachelard. Su cuerpo y su cabeza van madurando con el clima, la decadencia económica, la brutalidad de los buenos y de los santos. Como todos los pueblos, su pueblo no es excepcional, estaba dividido en dos: los pobres en el suburbio y los ricos en el centro; los primeros ocupaban el lugar de los segundos sólo en horario de trabajo. David y su familia, entre otras cosas, pasan del centro al suburbio; empobrecen. Pero el tema de la novela no es la pobreza, sino esa miseria profunda que acecha en todo charco endogámico.

En ese pueblo, en el que la gente no pasea, sino que va cambiando de lugar, el entretenimiento es frugal: el cine, los predicadores y el chismorreo. Sobresalen, con éxito progresivo, los tacos y la voz de tía Mae; David se entrega a todos. Pero sobre todo pierde el sentido con Tía Mae y su tren eléctrico. En este clima apacible, que no excluye violentos detalles, el cuchicheo y cierta crueldad discreta, a David le pasan cosas a la altura de su ambiente, casi nada. Sólo está tía Mae, que con sus paseos y su perfume da relieve a la monotonía. Sus vestidos son un escándalo. A su paso las mujeres dejan murmurar a desperfumada decencia. Los hombres dejan caer los brazos como electrocutados.

El pueblo se distingue por una biblia de neón brillando en casa del predicador. Este extraño artefacto eléctrico en realidad existió. Toole aprendió a manejar para llevar a su madre ante esa exhibición de fe rutilante.

El libro es simple, pero no mínimo a lo Sorín, como podría sospecharse. Nunca es mínima la vida en un pueblo chico, sino cómo se explica que un Amish se cargue a escopetazos a unos escolares en un pueblito perdido de EE.UU. La diferencia entre éstos y las grandes urbes es que allí los pucheros se cuecen lentos, y a presión. Este libro es un lento cuento acerca de un pensamiento y de unas sensaciones que van adquiriendo forma. El talento de Toole rematará la obra en tres o cuatro páginas. No pasa nada hasta que todo pasa.

Dije talento, pero Toole tiene 15 años cuando escribe su novela. Nadie a los quince años tiene talento. Salvo que se lo imponga una maestra. Eso es una cosa que adquieren los escritores después de varios libros que le permitan fabricarse uno, junto a la ayuda de sus devotos. A los 15 años si se escribe así se es inteligente, o buen escritor.

Ignatius Reilly
“Soy un anacronismo”

Ignatius es grande. Gordo. Magno. Su lenguaje grueso. Inflado. Eminente. Cargado de sabiduría. De elegancia. Y de rectitud. Es cuadrado como el teorema de Tales. Un fina herramienta para relatar sus pasos dentro una coreografía extravagante y atropellada. Tiene 30 años. Medievalista autodidacta de profesión, ejercida a la sombra de su propio ego. Arrinconado como una laucha. Su fuente principal y guía es el magister officiorum y santo, Severino Boecio. (480 – † 524/5).

Al inicio de la novela encontramos a Ignatius sumergido en la realización de una extensa denuncia contra nuestro siglo, al cual según su agudo testimonio carece de teología y geometría, y en una botella Dr. Nut. El De consolatione philosophia boeciano tiene una importante participación dramática en la obra, junto a unas fotos deshonestas que habitan entre sus inmarcesibles páginas.

Ignatius escribe y lanza monstruosos eructos promovidos por la emoción que le produce su propio ingenio intelectual. Un cartel de “no molestar” preside la entrada de su eremitorio gracias a la fuerza adhesiva de una curita. Allí, se respira el clima viciado del scriptorium de abadía abandonada, y el de las emanaciones de su propio cuerpo. Sobre una alfombra tupida de roña, amontona cientos de cuadernos Gran Jefe que acumulan una labor no menos tupida. En esas inspiradas libretas pueden leerse elucubraciones de este tipo: “Al desmoronarse el sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto. Tras el periodo en el que el mundo occidental había gozado de orden, tranquilidad, unidad y unicidad con su Dios Verdadero y su Trinidad, aparecieron vientos de cambio que presagiaban malos tiempos. Un mal viento no trae nada bueno. Los años luminosos de Abelardo, Thomas Beckett y Everyman se convirtieron en escoria; la rueda de la Fortuna había atropellado a la Humanidad, aplastándole la clavícula, destrozándole el cráneo, retorciéndole el torso, taladrándole la pelvis, afligiendo su alma. Y la Humanidad, que tan alto había llegado, cayó muy bajo. Lo que antes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio. Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa, llamando a su insidioso evangelio ‘La llustración’.”

Ignatius es contundente. Extremo. El derrumbe moral de Occidente tiene un sólo culpable: la Aufklärung. Ignatius es un hombre del pasado. Un hombre remoto. Cultor de un Romanticismo reaccionario demasiado exquisito, que no es justamente el que florece en la reserva natural del Ku Klux Klan.

Me detendré a anotar algunas pocas citas textuales de esta obra. Prefiero en el caso de Ignatius contarlo más que interpretarlo, que no sería más que estropearlo. Describirlo, adquirir su humor, olerlo, servirlo como un manjar. Lo contrario sería descuajeringarlo con tonadas hermenéuticas. Ignatius es inmune al análisis. El examen del sabio, del crítico dotado de marco teórico, achicaría la talla del héroe. La mirada puesta sobre Ignatius no pude ser la del sano escrutador de personalidades. Es inútil salir a pescar sensatez donde no hay pique.

Haciéndome pasar por eminente crítico literario solicité vía mail textos sobre Toole a la Universidad de Louisiana. Me fueron remitidos cantidades de papers periciales. La mayoría presumía de estar por encima de Ignatius tratando de encontrar el punto en donde se revela como un impostor o un bufón. Todos desesperaban por resolver el “caso Ignatius Reilly/Toole. De volverlo a la realidad o de encontrar la clave que los llevara a desentrañar un supuesto sentido alegórico que creen ver en la obra…. En realidad, Toole…, claramente, como ustedes pueden ver…, nuestro autor elabora una alegoría…, quiere demostrar que…, una utopía invertida y… y... Y Nada . Quieren que Ignatius no sea quién es. No le creen. La obra los acaloró. Ignatius les puso colorados los cachetes. Al final lo perdonan, con declaraciones de amor por el hijo perdido.

Ignatius no juega al impostor ni al bufón. Ignatius no miente, cree firmemente en lo que piensa. La de Ignatius no es la voz paródica de un botellero gordo y altisonante. Ignatius hace la guerra a la modernidad. La detesta por amor propio. Su arma: el desagrado. La nuestra: la risa. En fin, no pretendo pulir finos entendimientos, sino volver a reírme en compañía.

Su contextura física y su indumentaria completarían una buena descripción de Ignatius. Aunque recomiendo la que hace el propio Toole, no puedo dejar de prevenir al lector con algunos detalles. Tómese esto como un acto preventivo. Profiláctico. Grandes orejas llenas de pelo, pelo mal cortado, labios gruesos sobre los que caía un montón de bigote negro con restos de papa frita. Sus ojos combinan el azul y amarillo. Sí, azul y amarillo. Ignatius no camina, se traslada; irrumpe en los lugares como un búfalo cuesta abajo. Viste de un modo cómodo y razonable: gorra de cazador con orejeras verde, pantalón ancho, camisa de franela y bufanda. Su porte “…sugería una rica vida interior”.

Su voluminoso cuerpo vive al filo expectante del Apocalipsis orgánico. Invariablemente se encuentra involucrada su válvula pilórica que insiste en cerrarse; él debe abrirla con posturas de contorsionista fracturado. Su pelea permanente es en contra de esta válvula que reacciona ante situaciones que lo sobrepasan, es decir, todas aquellas en las que se encuentre otro ser humano en las inmediaciones de su personalidad. Ignatius protesta con la amenazante expectativa del hipocondríaco: “creo que voy a tener una hemorragia”, “creo que tengo un soplo cardíaco”, “me has destrozado el estómago para unos cuantos días”, “estoy hundiéndome en un estado de angustia profunda”, “me he dislocado el hombro”, etc., a lo que se suman vómitos y ataques de desmayos múltiples. El más pronunciado lo sufrió acompañando a su madre a la iglesia.

Ignatius nunca se bate a duelo. Enaltece su honor amenazando, constantemente, a sus antagonistas, esto es, a todos los protagonistas de la novela: “Recibirá noticias de mis abogados”, es su grito de guerra.

En el reconocimiento de las cualidades maternales, nuestro obeso Zaratustra, es más riguroso que la matemática: “mama no cocina, quema”. Con las de la señorita Lee no es menos exacto: “una negación de las cualidades humanas”. A un representante de la autoridad policial, el abnegado e inútil vigilante Mancuso, lo denomina “máscara de carnaval”.

Pero no nos detengamos sólo en sus punzantes calificativos. Revisemos algunas de sus consideraciones; escuchémoslo pensar, porque cuando Ignatius piensa hace ruido. Sus reflexiones literarias son axiomáticas: “Has de recordar que Mark Twain prefería la posición supina en la cama cuando componía esos abortos aburridos y trasnochados que los eruditos contemporáneos intentan demostrar que son importantes. La veneración que se rinde a Mark Twain es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual.”

Su examen político lo pinta de cuerpo entero, porque se parece a su cuerpo: “Sin embargo, siempre he sospechado que la democracia llevaría a esto” o “habría que imponer un régimen de fuerza en este país para impedir que se destruya a sí mismo. Los EE.UU. necesitan teología y geometría, necesitan de buen gusto y decencia. Sospecho que estamos tambaleándonos al borde del abismo.”

Pero el pensador y reformista debe reconocer el momento y los hechos que lo inician y lo impulsan a cumplir con su misión. Como el Oráculo de Delfos en el caso de Sócrates, en Ignatius el anuncio le vino a través del trauma producido por viaje en autobús a Baton Rouge. Traumático para Ignatius, y para los otros por la presencia de Ignatius y su válvula pilórica. Los detalles de esta travesía se hallan varias veces en el libro. Insiste en relatar esta anécdota de viaje cada vez que puede. Viaje iniciático con el que su destino quedará marcado a fuego. La salud moral del mundo lo necesita y le ha sido confiada. Sócrates redivivo.

Y también al igual que al padre de la filosofía y de Boecio, ambos caídos en y por el cumplimiento del deber, el cielo de Ignatius mostrará los tintes de la desgracia. “Ahora se enfrentaba a la perversión de tener que ir a TRABAJAR.” En mayúscula en el original, lo cual da cuenta de la MAGNITUD de la condena que deberá soportar. El trabajo es su cicuta.

Su madre había contraído una deuda de 1020 u$s debido a un pequeño incidente con su sobresaliente automóvil: derribó un balcón. Por este motivo su misión literaria se ve interrumpida. Ignatius se resiste a este sino con toda su potencia oral. Trona con su Apología: “Supongo que te das cuenta de que todo esto es culpa tuya. La conclusión de mi obra se dilatará enormemente. Te sugiero que vayas a ver a tu confesor y hagas penitencia, madre. Prométele que evitarás en el futuro el camino del pecado y la bebida. Cuéntale cuál ha sido la consecuencia de tu trasgresión moral. Hazle saber que has demorado la terminación de una diatriba monumental contra nuestra sociedad. Puede que el sacerdote comprenda la magnitud de tu pecado. Si es un sacerdote como yo creo que han de ser los sacerdotes, te impondrá una penitencia muy rigurosa. Sin embargo he aprendido ya que puede esperarse poco del clero actual.”

En pocos días Levy Pants, una fábrica de pantalones, contará a Ignatius en su nómina de empleados. Más tarde, disfrazado de pirata, venderá –y comerá- salchichas con el carrito de Vendedores Paraíso, Incorporated en el Barrio francés, agujero corrupto y sicalíptico, según el dictamen socio-topológico del medievalista. Su madre efectivamente irá ante el cura, pero no recibirá penitencia. “Como voy a apoyar a la iglesia moderna, es imposible. Deberían haberte azotado allí mismo, en el confesionario”, se ofende Ignatius. Pero su visión acerca de la conducta de las autoridades religiosas no se reduce al ámbito local: “Yo no apoyo al Papa actual. No se ajusta en absoluto a mi idea de un Papa firme y autoritario. En realidad, me opongo firmemente al relativismo del catolicismo moderno.”

Las líneas son impecables. Se equivocan los que asocian a Toole con Rabelais. Que la obra esté llena de bufidos, pedos y eructos, no significa que sea válida asociación. Si es necesario asociar, más bien habría que hacerlo con la atmósfera shakespeareana. Toole no está jugando al guasón. Expone con crudeza sus suspicacias respecto a un destino que, según indicios muy claros de descomposición, se ha disparado el mundo. Es el fatum el que ríe grosero cuando reúne los elementos necesarios para hacer la vida de nuestro héroe un suplicio, y de nuestro mundo un pozo ciego. Toole es un trágico, un moralista de los que ya no quedan; su tradición es la de Sófocles, no la de Aristófanes.

A veces Ignatius no está solo. Tiene una novia a distancia: la srta. Myrna Minkoff; su reverso, una revolucionaria moderna. Con ella sostiene un fluido intercambio epistolar, motivado por la mala opinión que guarda Ignatius acerca del contacto carnal con los otros. La querella que los reúne es constante: es de investiduras. Myrna practica un llamativo, -muy llamativo e irritante-, bolcheviquismo psicoanalítico de Quinta Avenida. Así analiza un fragmento de los padecimientos de Ignatius: “Esa fantasía de la detención tiene todos los rasgos paranoicos clásicos. Supongo que sabes perfectamente que Freud relacionaba la paranoia con las tendencias homosexuales. Esta actitud de analista irresponsable enfurece a Ignatius, quien le espeta sin titubeos: “los comentarios sobre mi vida personal no los solicité…”. Además, pobre niña Myrna, confunde celibato con homosexualidad. Síntoma de un espíritu confundido por aquellas delirantes conclusiones instigadas por cierta fiebre de novedad que asoló a fines del siglo XIX.

Ignatius entiende a la revolución en su sentido primitivo, como un regreso. “He recibido, dice, tu ofensivo comunicado. ¿Crees en serio que tengo interés por tus grotescos encuentros con subhumanos como cantantes populares? En todas tus cartas parece haber alguna referencia a las ruindades de tu vida personal. Limítate, por favor, a tratar problemas y temas de interés.”

Myrna, en cambio, invadida por un impúdico hippismo marxista, mira el porvenir y aguarda la liberación. Liberación de las puntas florecidas del caballo. Su voluntad profética se opone a la voluntad de purga de Ignatius, quien pugna por retomar el Orden triangular perdido, aquel en el que el Rey lo era Gratia Dei. Cuando Sol giraba en torno a la Tierra sin tropiezos.

La rudeza epistolar practicada por Ignatius es una estocada ad hominem, propia de quien entiende de autoridad, contra los desaciertos ajenos. Sus cartas son exquisitos especimenes de escritura correctiva. Ésta, dirigida al decano de la universidad, debería ser tendida en cuenta por la imprudencia de que quienes no saben conducir una institución educativa: “Su total ignorancia de lo que profesa enseñar merece pena de muerte. Dudo que sepa usted que a San Casiano de Imola le mataron sus propios alumnos atravesándole con sus estilos. Su muerte, un martirio perfectamente honorable, le convirtió en santo patrón de los profesores. Encomiéndese a él, tonto extraviado, psudopensante… (…), pues necesita usted realmente un santo patrón. Aunque sus días están contados, no morirá como un mártir (pues no defiende usted ninguna causa santa), sino como un perfecto imbécil que en realidad es.” Dibuja una espada y firma: El ZORRO.

A esta novela le sobra trama, está tejida, es un croché doble de cuatro agujas, dibujo en el pecho y en las mangas, doble elástico en el puño y en la cintura. Sin llegar a las digresiones del recordado Laurence Sterne, el cuento no tiene una única línea, tiene varias. Toole pinta escenarios en los que coloca personajes diferentes e ilógicos, que tarde o temprano se mezclan, y así lo disperso se hace uno. Uno, como debe ser.

Resumo. El Sr. González, encargado de la fábrica, un estúpido que le tiene miedo a Ignatius. Jones, un negro que fuma, nunca se saca unos anteojos negros y barre infinitamente el Bar Noche de Alegría, propiedad de la nacionalsocialista srta. Lee. Marlene es la bailarina del bar, su partenaire es una cacatúa que se vuelve loca la noche del debut. El vigilante Mancuso, que es asediado por su superior porque nunca logra una sola detención, razón por la cual le ordena patrullar disfrazado. La señorita Trixi, empleada de Levy Pants, más vieja que los ficheros, a la que la mujer del Sr. Levy no la deja jubilar; su tarea es dormir y esperar un jamón prometido para pascuas.

Olvidaba mencionar que Ignatius también se destaca en la ejecución del laúd, con el que atormenta a una vecina. Su madre, en cambio, se destaca en los bolos, a los que se deja acompañar por el vigilante Mancuso y su anciano novio que odia a los comunistas, y a Ignatius.

Todos querrás saber como termina la novela. Ignatius gana. Ignatius no huye, esquiva. Myrna finalmente entiende o hace que entiende los altos objetivos del héroe.

El lector que ya haya logrado capturar el semblante de Ignatius, además de lo dicho arriba, entenderá que me he negado a usar la referencia a lo “gargantuesco”, “pantagruelesco”, “rabelaisiano”, para caracterizar a esta obra, no sólo por la incomodidad de tipear estas horrorosas palabras, sino porque además no encuentro parecido alguno, a pesar que todos los comentarios que he leído acerca de La conjura… las usen para ilustrarnos. Ha sido calificado, además, con total falta de tino como “Santo Tomás perverso” –calificativo de W. Percy–. No nos consta que el Santo efectivamente no lo haya sido; algunos pasajes de la Summa colaborarían para que inicie esta conjetura. Prometo un pormenorizado comentario de la Summa Theologica para alguna próxima entrega, si nuestros probos editores de La lectora provisoria consideran oportuno y necesario bregar por la teología y la geometría de la que adolece nuestro mundo, y nuestras almas.

Que Dios los rebendiga a todos.

 

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