amargura

Vuelve el padre Mundina… texto del libro EL NIÑO ESCONDIDO DE MEDJUGORJE – Sor Emmanuel

 

Hay una caverna bien negra y sellada en el fondo del corazón humano que no tenemos intención de ceder tan fácilmente ante la proximidad del Resucitado. Esta caverna recela de hechos pasado más o menos importantes y, a pesar de estar situada en el rincón de los olvidos, bien en el fondo de nuestro sótano, sus emanaciones tóxicas lo impregnan todo. ¿Qué contiene esa caverna? ¡Nuestras amarguras! Si se tratara de unas buenas botellas de vino fino, guardadas para las grandes ocasiones, podría explicarse aquella puerta doblemente blindada ¡Pero no para la amargura! ¿Por qué guardarla de ese modo?

¡Está en la naturaleza de la amargura el hecho de ser pegajosa! Como esas manchas indelebles que ningún detergente logra quitar, la amargura se incrusta insolentemente y resiste a todos nuestros esfuerzos.

Quién no ha oído a alguien de su entorno declarar, a veces incluso en el lecho de muerte:

            “He perdonado a todos. Pero fulanito, después de lo que le hizo a mi hija, ¡no tiene perdón!”

            ¡Oh, la caverna sellada!… ¿quién la vencerá? Oigo aún al padre Daniel-Ange que declaró en el curso de una homilía:

            “¿Perdonar? ¡No es difícil!…  ¡ES IMPOSIBLE!”

            Si Jesús, para ofrecernos su paz, tuvo que cargar sobre sí el castigo que pesaba sobre nosotros; si Él, el autor de la vida, ha muerto en una cruz para vencer nuestro pecado hasta en sus aspectos más repugnantes, es porque esta paz no es humana. Es una gracia que sólo Dios puede dar, un don sobrenatural que ningún hombre puede fabricar o vender.

Entonces, incluso si doy mi salud y dinero a Dios, mi porvenir, y todo lo que me es querido, pero si le guardo rencor a mi hermano, la paz de Jesús rebotará sobre mí sin poder penetrarme. A veces no me doy cuenta de que hago de esta amargura un bien más precioso que mis joyas, me aferro a ella como de un alimento indispensable… Sin embargo, ¡se trata del veneno que me destruye!

Jesús resucitado está también ávido de ese veneno; espera tan sólo un ínfimo clamor de mi parte para liberarme de él.

¡Toma, Señor, esta amargura! ¡Te la entrego! Pero como se me pega demasiado fuerte y profundo, como se ha alojado en una herida que sangra y que todavía me causa mucho dolor, ven tú mismo a quitarla, ¡yo ni siquiera puedo tocarla! Jesús, tú que has bebido el vinagre de la esponja que el soldado te ofrecía en la cruz, ven tú mismo a absorber el vinagre de mi amargura, y derrama tu perdón sobre mí. Jesús, yo no tengo misericordia por esta persona…¡pon tu misericordia en mí!

El padre Georges Finet, decía: “Cuando uno no puede perdonar, puede querer perdonar. ¡Y querer perdonar, ya es perdonar! Y cuando ni siquiera queremos perdonar, podemos desear querer perdonar. Desear querer perdonar, ¡ya es perdonar!”

¡El corazón de Dios es tan grande, tan magnánimo! ¡Está a la espera de la más minúscula partícula de buena voluntad de parte nuestra para precipitar su misericordia en nosotros! Así, nuestra coraza de amargura y su armadura metálica se transforman en un perfume, porque Jesús lo cambia todo con su “gracia transformante”, él que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Ha venido para los enfermos y los pecadores, ¡entonces estoy en su lista! Ha desarmado él mismo los cerrojos de mi sórdida caverna y ha absorbido mi amargura. Puedo entonces mirar de frente a mi maravilloso Salvador, rebosante de luz, que me dice también a mí:

¡Qué la PAZ esté contigo!

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