SAN FRANCISCO DE ASÍS

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“Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevar contigo nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado…“

Francisco de Asís

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FELIZ NAVIDAD

OS DESEO FELIZ NAVIDAD A TODOS…

 

La Virgen,
sonríe muy bella.
¡Ya brotó el Rosal,
que bajó a la tierra
para perfumar!

La Virgen María
canta nanas ya.
Y canta a una estrella
que supo bajar
a Belén volando
como un pastor más.

Tres Reyes llegaron;
cesa de nevar.
¡La luna le ha visto,
cesa de llorar!
Su llanto de nieve
cuajó en el pinar.

Mil ángeles cantan
canción de cristal
que un Clavel nació
de un suave Rosal.

GLORIA FUERTES – MARIA MADRE

DESDE SAN QUIRICO, nuestro amigo Leopoldo Abadía.

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Sé que no es lo más ortodoxo en un blog esto del “copy/paste” pero como sé que compartís conmigo la admiración por D. Leopoldo, os lo pongo fácil y así lo leemos juntos. Un saludo.

DESDE SAN QUIRICO. 

Voy de vez en cuando a Zaragoza. Tengo a mi hija Blanca trabajando allí y, con esto del AVE,  llegamos en hora y media.

 

Hace muchos años que me fui de mi tierra. Pero cuando voy, me da la sensación de que, a pesar de lo que ha cambiado la ciudad, allí se sigue estando muy bien.

 

Sé a qué bar tengo que ir para encontrar a los niños de mi Colegio, que, por cierto, tienen todos 75 años. Sé a  qué hotel tengo que ir. Sé dónde están las tiendas que me gustan.

 

Y, sobre todo, sé que tengo la obligación, por buena educación, de ir a ver a la Virgen del Pilar. Porque aquí pasan dos cosas:

 

1, Que yo ya sé que todas las Vírgenes son la misma, pero la del Pilar, para mí, es “otra  cosa”.

 

2. Que en Zaragoza, cuando yo era chaval, y salíamos chicas y chicos a pasear arriba y abajo por el  Paseo de la Independencia -hoy Avenida, con coches-, íbamos antes “a ver a la Virgen”. La veíamos, le decíamos “hola” y nos íbamos a la Espiga, que era un bar muy majo, donde daban unas tapas muy ricas.

 

Ahora, cuando voy a Zaragoza, hago lo mismo. Voy a ver  a la Virgen y luego voy a San Siro, porque la Espiga desapareció y a los de mi Colegio les encuentro allí.

 

En el camino del Pilar a San Siro me encuentro con Juana. Es una buena profesional, con prestigio reconocido. Muy amiga de mi hija y, como consecuencia, muy amiga mía.

 

Siempre que me la encuentro, como siempre que me encuentro a mis amigos en Zaragoza, “cogemos un capazo”. Así se llama en Aragón a esos ratos tan fenomenales en los que te paras a hablar con alguien con tranquilidad, sabiendo que si te lías un poco no pasa nada, porque las distancias son cortas y la prisa es menor que en estas locuras de ciudades grandes donde se nos ha ocurrido vivir a muchos.

 

Juana es una mujer tranquila, pero no sé por qué, me parece que hoy está un poco alborotada.

 

Me dice que sí, que está nerviosa, porque ha llegado a la  conclusión de que hay mucha gente que:

 

1.     O no tienen ninguna prioridad  y todo les da lo mismo.

 

2.     O tienen las prioridades equivocadas.

 

3.     O cambian de prioridades a diario, que, prácticamente, es como si no tuvieran ninguna.

 

Y dice que, además, eso pasa en todos los niveles de gente: los ricos, los menos ricos y los menos menos ricos. Y que cree que hay muchos, hoy en día, que son como la señora móvil de Rigoletto, que parecía una pluma al viento.

 

Dice que leyó mi artículo sobre la palanca y el churro y que lo encontró incompleto. Que es verdad, que no se puede  hacer palanca con un churro, pero que me olvidé de poner que, además, ahora, los churros no saben qué palanca coger ni qué piedra mover con la palanca. Con lo que sucede que:

 

1.     El churro no tiene fuerza, porque, como buen churro, está blandito.

 

2.     Cuando hace fuerza porque algo le parece interesante, si le cuesta un poco de esfuerzo, o no hace fuerza o cambia de dirección porque le resulta más fácil.

 

Y añade: “¿Te acuerdas de aquellos tiempos, en los que la gente tenía convicciones? ¿Te acuerdas de lo que dijo Horacio: ´Dulce et decorum est pro Patria mori´?”

 

Uno es mayor, pero no conoció a Horacio. Lo que pasa es que uno estudió latín en el Colegio del Salvador de Zaragoza y se  acuerda de que la frase que ha soltado Juana quiere decir que es dulce y honroso morir por la Patria.

 

Y como le he dado pie, y parece que no necesita que le den cuerda, porque se la da ella misma, Juana dice: “¿Morir por la Patria? ¡Pero si no son capaces ni de andar cien metros sin coger el autobús!

 

¿No ves que, además, no saben lo que es importante y  lo que no? Les ha dado a muchos la obsesión de moverse por el dinero y por comprarse trastitos y por ir de viaje a no sé dónde y han perdido el norte.

 

No pueden ir a cosas importantes porque tienen que hacer cosas poco importantes. No pueden llegar puntuales porque se han entretenido con tonterías”.

De repente, Juana corta el discurso y me dice: “Me voy, que tengo una cita con una chica joven que me ha pedido consejo profesional”.

 

Y sale corriendo, mirando el reloj, porque, para ella, lo de cumplir con  sus compromisos, debe ser una prioridad.

 

Le veo irse y creo:

 

  1. Que, en su caso, el  churro ha salido duro.

 

  1. Que tiene las prioridades muy claras.

 

  1. Que, como consecuencia, cuando tiene varias cosas que hacer, inconscientemente les pone al lado un número:

 

  1.  
    1. Esto, lo primero.

 

  1.  
    1. Aquello, lo segundo.

 

  1.  
    1. Aquello, lo tercero

 

Y estoy seguro de que, por la noche, cuando se va a dormir, repasa lo que tenía que hacer y, si ha luchado por hacer lo que estaba en primer nivel, se va a la cama tranquila, aunque no le haya acabado de salir bien, pero con la convicción de que ha hecho lo que ha podido para cumplir lo prioritario.

 

Y pienso que sí, que yo también me encuentro gente que no sabe por dónde anda, porque con tanto ruido como hay por la calle, con tantas cosas que nos dicen (con tantos inputs, dirían los entendidos), han perdido la brújula y van unas veces hacia el norte, otras hacia el sur y otras hacia el suroeste. Lo malo es que, como no estudiaron Geografía, no saben dónde está el norte ni el sur, ni, por supuesto, el suroeste, que les suena a Geografía avanzada.

 

Vuelvo a  Barcelona. Me encuentro con un amigo mío, responsable financiero de una Organización dedicada a la enseñanza. Está exultante. Casi sin darme tiempo a que le salude, me dice que han ido los padres de una niña a verle, para decirle que, como están un poco justos de dinero, han decidido pagar por anticipado el Colegio con lo que se habían guardado para esquiar estos días. Cuando me lo cuenta, se le saltan las lágrimas.

 

Buff…Y a mí, también.  Porque sí que hay gente que tiene las prioridades bien definidas.

 

Voy a San Quirico, desayuno con mi amigo y le cuento mis dos encuentros.

 

Cuando le digo lo de mi amigo de Barcelona, veo que también se le humedecen los ojos.

 

Pero al contarle el capazo que cogí con Juana, pienso que menos mal que no estuvo. Porque, con todo lo que me dice, veo que la conversación se habría alargado mucho, Juana no habría podido llegar a tiempo a cumplir un compromiso que para  ella era prioritario y yo no hubiera llegado a tiempo a San Siro, a estar con mis amigos del Colegio, que, para mí, en Zaragoza, es lo más importante que tengo que hacer, después  de ir a ver a la Virgen.

 

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

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Muchas veces los católicos aparecemos en los medios como una especie de enfermos mentales, inflexibles, integristas. Así lo parece cuando nos muestran a la gente que se opone a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, de hecho, proporcionalmente muy pocos padres han objetado contra ésta. Yo mismo dudaba si no era una cabezonería de la Jerarquía Eclesiástica, la verdad es que el nombre suena muy bien: Educación para la Ciudadanía, nada malo debería contener la materia que se impartiese con ese título. Gracias a la internet, la red de redes, podemos acceder a más información de las que nos proporcionan enlatada los grandes grupos mediáticos y es por ello que he tenido la oportunidad de profundizar algo más en los contenidos y los materiales que componen esta asignatura, os muestro un ejemplo que me ha sorprendido para que podáis valorarlo por vosotros mismos:

http://www.libertaddigital.com/sociedad/ali-baba-y-los-40-maricones-de-nazario-1276306157/

Advierto que este no es un material aislado, hay más… sólo un pueblo anestesiado, aturdido y profundamente desorientado (como tristemente parece ser el español) se tragaría tamaño despropósito. Pienso además, que esto no sólo nos atañe a los católicos sino a toda la población que aún conserva un poco de sentido común.

Por otra parte creo que deberíamos a empezar a plantearnos pasar de las palabras a los hechos, dejarnos de declaraciones y palabrería y negarnos en redondo a comulgar con ruedas de molino… Porque, al parecer nos estamos limitando a hacer como en aquella anécdota en la que habían dos ejércitos que se habían declarado la guerra a muerte, y uno de ellos tiene al otro acorralado y casi vencido. De repente uno de los capitanes del último se da una palmada en la frente y exclama ante varios oficiales: Quitémonos las armas y a vistámonos de frac. Y, en efecto, se enguantan y van a ver al general del ejército contrario. Entran en su despacho, le hacen una profunda reverencia y le dice el que lleva la voz cantante: Excelentísimo señor: profundamente apenados al considerar la espantosa matanza que los soldados de Su Excelencia han causado en nuestras filas, venimos a protestar respetuosamente del agravio que se nos hace. Y hecha otra reverencia se va cada uno por donde ha venido.

Bueno, pues eso, que reaccionemos.

 

 

 

LA VIDA A UNA CARTA

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En el primer volumen de las Memorias de Julián Marías leo una frase que me conmueve y que comparto hasta la última entraña. Escribe después de su boda, en la cima de la felicidad, y dice: «Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices.»

Efectivamente, una de las carcomas de nuestro siglo es ese miedo a lo irrevocable, esa indecisión ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa, esa tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete pero no del todo», que nos obliga «pero sólo en tanto en cuanto». Preferimos no acabar de apostar por nada, o si no hay más remedio que hacerlo, lo rodeamos de reservas, de condicionamientos, de «ya veremos cómo van las cosas».

Ocurre esto en todos los terrenos. Por de pronto, la vida matrimonial. Cuando en España se discutía la ley del divorcio, yo escribí varias veces que no me preocupaba tanto el hecho de que algunas parejas se separasen como el que se difundiera una mentalidad de matrimonios-provisionales, de matrimonios-a-prueba. Hoy tengo que confesar que mis previsiones no carecían de base: en España, como en todos los países donde la ley del divorcio se introdujo, éstos no fueron muy numerosos en la generación que se casó con la idea de perennidad, pero empieza a crecer y no dejarán de aumentar hoy que tantos jóvenes comienzan su amor diciéndose: «Y si las cosas no van bien, nos separamos y tan amigos.» Esto, dicen, es más civilizado. Pero yo no estoy nada seguro de que ese amor con reserva sea verdadero amor.

El «miedo a lo irrevocable» llega incluso a lo religioso y lo más intocable, que es el sacerdocio. En mis años de seminarista -y no soy tan viejo-, lo del sacerdos in aeternum, sacerdote para la eternidad, era algo, simplemente, incuestionable. Es que ni se nos pasaba por la cabeza dejar de ser aquello que libremente elegíamos. Sabíamos, sí, que había quienes fracasaban y derivaban hacia otros puertos; pero eso, pensábamos, no tenía que ver con cada uno de nosotros; era, cuando más, como un accidente de circulación, en el que no se piensa cuando se empieza un viaje y que, en todo caso, no se prevé como una opción voluntaria. Por eso a mí me asombró tanto cuando empecé a oír a algunos teólogos eso del sacerdocio ad tempus, eso de que uno podía ordenarse sacerdote para cinco, para siete años, prestar ese servicio a la Iglesia y luego replantearse si seguir en esa misma tarea o regresar a otros cuarteles. Me parecía, en cambio, a mí, que el sacerdocio o era para siempre o no era sacerdocio; que si la entrega a Cristo y a la Iglesia era una entrega de amor, no cabían ya planes quinquenales. Uno podía fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿cabía mayor fracaso que lanzarse a volar con las alas atadas por toda una maraña de condicionamientos?

Y lo que ahora más me preocupa del problema es que parece que este pánico a lo irrevocable se ha convertido en una de las características espirituales de la mayor parte de nuestra juventud y de un buen porcentaje de adultos. La gente, tiene razón Marías, no es amiga de jugarse la vida a una carta en ningún terreno; prefiere embarcarse hoy en el barco de hoy y mañana ya pensará en qué barco lo hace.

Y, repito, lo más grave es que esto se está presentando como un ideal, como «lo inteligente», como «lo civilizado». ¿Con qué razones? Te dicen: todo es relativo, comenzando por mí mismo. Yo sé cómo es hoy el hombre que yo soy; pero no sé cómo seré mañana. Todos cambiamos de ideas, de modos de ser. ¿Por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará?

Y hay en este raciocinio algo de verdad: es cierto que hay muchas cosas relativas en la vida, muchas ante las que un hombre debe permanecer y en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con nueva luz. Pero, relativizarlo todo, ¿no será un modo de no llegar nunca a vivir?

En realidad, esas cosas permanentes son pocas: el amor que se ha elegido, la misión a la que uno se entrega, unas cuantas ideas vertebrales y, entre ellas, desde luego, para el creyente, su fe.

En éstas, lo confieso, mis apuestas siempre fueron y espero que sigan siendo totales. Por esas tres o cuatro cosas yo estoy dispuesto a jugar a una sola carta, precisamente porque estoy seguro de que esas cosas o son enteras o no son. Así de sencillo: o son totales o no existen. Un amor condicionado es un amor putrefacto. Un amor «a ver cómo funciona» es un brutal engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede fracasar; pero un amor con condiciones no sólo es que nazca fracasado, es que no llega a nacer.

Del libro «Razones desde la otra orilla».

Jose Luis Martin Descalzo

Desmadre en las aulas…

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“Cuando un pueblo devorado por la sed de libertad se encuentra que tiene escanciadores que le versan toda la que quiere, hasta emborracharlo, sucede que los gobernantes dispuestos a escuchar las exigencias de los cada vez más exigentes súbditos sean llamados déspotas. Sucede que quien se demuestra disciplinado venga calificado como un hombre sin carácter, un siervo. Sucede que el padre atemorizado termine tratando a sus hijos como sus iguales y ya no sea respetado, que el maestro no se atreva a corregir a sus alumnos y que éstos hagan burla de él, que los jóvenes pretendan los mismos derechos que los ancianos y para no parecer demasiado severos los ancianos les contenten con ellos. En tal clima de libertad, y en nombre de la misma, ya no hay respeto ni consideración por nadie. Y en medio de tanto libertinaje nace, se desarrolla, una mala planta: la tiranía.”

 

No quiero parecer apocalíptico, este texto que acabáis de leer no es una artículo de un suplemento semanal es un párrafo de la Repubblica de Platón, totalmente aplicable a la triste realidad de los institutos de enseñanza media de España. Por su interés también os transcribo abajo una noticia que he leído en un medio digital, yo tengo una pequeña experiencia como profesor de enseñanza media y os puedo decir que, si bien no he pasado ninguna experiencia de este tipo, no me extrañaría nada que ocurriese, no estoy exagerando, la cosa se está poniendo fea. También os propongo la lectura de La lengua de las mariposas, de D. Lorenzo Trujillo si estáis relacionados con la enseñanza o simplemente os interesa el tema os iluminará…

http://www.parroquiasanpedro.com/Actualidad%20y%20Reflexion/Actualidad%20y%20Reflexion.htm#La%20lengua%20de%20las%20mariposas

 

ARTÍCULO LEÍDO EN PERIODISTA DIGITAL…

Un muchacho abofetea a una chica y cuando el profesor le sujeta por el brazo otros chavales gritan «¡Ahora, ahora!» y el profesor recibe una tunda de patadas. Una profesora expulsa de clase a un alumno y su compinche grita: «¡Dale una hostia, que no puede hacerte nada!». Los informes escolares describen escenas de sexo en los retretes, de violencia con padres de alumnos, porros por todas partes, amenazas, humillaciones, hurtos, y así durante tres folios. Los funcionarios políticos, de la mano con los sindicatos, ocultan la deplorable situación de la educación en España.

Padres que van a la cárcel por un cachete a sus hijos mientras los adolescentes toman el control de los institutos ante el miedo de los adultos. Terror y silencio en las aulas de una sociedad con los valores manga por hombro. Felix de Azúa lo cuenta en los foros de debate de El País. Un amigo suyo profesor de instituto advirtió la hoja de informes internos sobre la mesa del director. Cada día, un profesor de guardia anota lo que en la jerga burocrática suele llamarse «incidencias». Estos informes son secretos y ni siquiera sabemos si los realizan todos los centros de enseñanza media. El informe era tan escalofriante que, sin pensarlo dos veces, sacó una fotocopia y me la envió para que me percatase de la vida normal de un instituto en la España actual. Parecía un serial de adolescentes. Otra prueba de que la tele es el único centro pedagógico del país.

Llamo a mi amigo y le digo que sería interesante publicar el informe tal cual está, sin añadir ni una coma, y que le pida permiso al colega que lo firma. Por supuesto, borrando los nombres y ocultando la ciudad del instituto. Así lo hace mi amigo, pero la respuesta es un grito de espanto. «¡Tú quieres que me maten! Como se enteren de que he divulgado ese informe, me trituran». ¿Quién? Sus propios jefes.

La ocultación de lo que está sucediendo en la enseñanza (la peor de Europa) se diría pactada por los funcionarios políticos y los sindicatos. Se sabe que solo en Cataluña el año pasado 163 profesores denunciaron agresiones de alumnos (ANP). ¡Cómo debió de ser cada uno de esos ataques para ponerlos en manos de nuestra adorable Administración! ¡Y cuántos deben de producirse para que aflore esa punta de iceberg!

EDWARD L. BERNAYS PADRE DE LA MANIPULACIÓN MEDIÁTICA.

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Pudiera ser el personaje más influyente desde la sombra del siglo XX: Edward L. Bernays (1891-1995).


Bernays partió de las teorías de su tío, Sigmund Freud y las aplicó a las masas con el fin de identificar la democracia con el consumo. Este fue su gran descubrimiento y su orgullo. Reinventó la propaganda, a la que denominó “relaciones públicas”, y desarrolló técnicas de manipulación del consumo inducido de productos. Asesoró a varios presidentes de los EEUU y numerosas multinacionales contrataron sus servicios.


En el Episodio I del documental “Máquinas de Felicidad”, Bernays, siguiendo a su tío, nos previene de las fuerzas “primitivas sexuales y agresivas” que escondemos los seres humanos, fuerzas que pueden llevar a la sociedad al caos y la destrucción. La necesidad de corregir esas fuerzas es la motivación para poner en práctica estas técnicas de manipulación de masas.

Es el padre del consumismo, pues enseñó a las corporaciones cómo conseguir que la gente pudiera desear cosas que no necesita. Su primera meta, fue persuadir a las mujeres para que fumasen, rompiendo los tabúes que había en los años 20 (por encargo del presidente de la Corporación Americana del Tabaco). Uno de los escasos psicoanalistas en EEUU le explicaría que el cigarrillo era un símbolo fálico, del poder masculino; con lo que si pudiera encontrar una forma de relacionar el cigarrillo con un reto a ese poder masculino, las mujeres fumarían.


En una multitudinaria marcha anual en Nueva York, Bernays persuadió a un grupo de mujeres jóvenes, debutantes en la marcha, para que entraran en ésta y ante una señal encendieran cigarrillos; mientras tanto, había informado a la prensa de que se preparaba una protesta en la que un grupo de mujeres pretendía encender sus “antorchas de la libertad”, que sería el término en el que se centraría todo. El mensaje, sería que cualquiera que apoyase este tipo de igualdad, lo haría encendiendo sus propias “antorchas de la libertad” (y qué hay más americano que eso, hasta la estatua de la libertad tiene su antorcha…). Desde entonces, las ventas de cigarrillos a mujeres empezarían a ascender, haciendo fumar en mujeres un acto aceptable, a través de este acto simbólico. De hecho, las ventas de tabaco se dispararon.


Bernays sacó la conclusión; podía hacerse que la gente se comportara de forma irracional si se enlazaban productos con sus emociones y deseos. Es decir, la idea de que fumar hiciera más libre a la mujer era irracional en sí, pero podía hacerles sentir más independientes. Los objetos, podrían ser poderosos símbolos sobre la forma en que querrías que otros te vieran; la compra del producto no debería apelar a motivos racionales, sino a las emociones. Podrías sentirte mejor comprando esta o esa cosa…

Sólo un dato: la muerte de mujeres, en Estados Unidos, a raíz de cáncer de pulmón creció un 600% en los últimos 50 años, mientras que se mantuvo estable entre los hombres. Creo que todo esto debe invitarnos a reflexionar.

EL MUNDO AL REVÉS.

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«Asistimos entre la estupefacción y cierta rabia al espectáculo lamentable que ha ofrecido y sigue ofreciendo la justicia en torno al caso de la madre supuestamente maltratadora de su hijo por haberle propinado un cachete en la nuca«. Carlos Herrera analiza magistralmente este caso, que le costó a la madre 45 días de cárcel y un año de alejamiento de su hijo.

El juzgado de lo Penal número tres de Jaén ha condenado a una madre a 45 días de prisión y le ha prohibido acercarse a su hijo durante más de un año por un delito malos tratos. La madre dio un bofetón al menor, de diez años, y le agarró del cuello tras una pelea que se inició cuando ella le reprendió por no haber hecho los deberes del colegio.

La sentencia considera probado que María del Saliente A.M. estaba en su domicilio de Pozo Alcón (Jaén) cuando recriminó a su hijo de diez años de edad porque no había hecho los deberes del colegio, a lo que éste le respondió tirándole una zapatilla y corriendo a encerrarse en el cuarto de baño.

Según escribe Herrera en ABC:

Sabido es que la progenitora B, sordomuda para más señas, de un chaval de unos diez años, ha sido juzgada y condenada a la pena de cuarenta y cinco días de cárcel y un año de alejamiento del menor por haberle soltado un manotazo que lamentablemente hizo que se diera con el borde del lavabo y sangrara por la nariz o por la boca. Previamente el menor le había tirado a la madre una zapatilla cuando había sido reprendido -supongo que no a gritos- por no haber cumplido con su deber escolar de cada tarde.

Un episodio de «violencia» con sangre casual de por medio como hay tantos en la vida cotidiana, suficiente como para que se de a entender que los golpes no son la solución, pero difícilmente para poco más si se aplica medianamente el sentido común. ¡Quién ha dicho que ese era el intento de la juez! A la cárcel con ella y a la calle después, ya que no podrá acercarse a su hijo a menos de quinientos metros durante un año.

Dónde irá a vivir durante ese tiempo y con qué medios no es cosa de la magistrada. Qué explicación se le dará al hijo, tampoco. Cómo se recompondrá esa familia después de acabar condena tan estúpida, aún menos. Caben varias posibilidades: que la tutela del hijo «maltratado» sea asumida por las autoridades autonómicas correspondientes, dado en acogida a una familia neutral y devuelto posteriormente a su madre cuando se haya cumplido la pena o que el padre, que también existe y está aún más perplejo que la madre, inicie un proceso de separación de semejante fiera corrupia.

La juez asegura que esa es la legislación y que no ha tenido más remedio que aplicarla, cosa que no convence a quienes saben que la leyes son perfectamente interpretables y considerandos como los que concurren en este caso son suficientes como para tomar decisiones muy otras.

Pero lo relatado no ha sido suficiente. Tras la lectura de la sentencia, ¡dos años después de los hechos!, el fiscal del caso, que menudo pájaro debe ser, no se ha sentido satisfecho y ha recurrido la sentencia por considerar que ésta no tuvo en cuenta que la «agresión» se produjo en el domicilio familiar y que eso es un agravante muy serio. En virtud de ello ha solicitado un aumento de la pena de cuarenta y cinco días a sesenta y siete. Ponga usted a trabajar a funcionarios, gaste tiempo, papel, tinta y mensajería para aumentar la pena de cuarenta y cinco días a sesenta y siete. No tenemos bastante con humillar al más elemental y común de los sentidos sino que vamos a hacer que te enteres, sorda, de lo que dice la ley, que para eso he estudiado una carrera y he aprobado unas oposiciones.

Todo lo que rodea el caso es un relato descarnado del abuso. A nadie se le pasa por la cabeza que la madre pretendiera romperle dos dientes a su hijo -cosa que, por cierto, no ocurrió-; la mujer reaccionó de forma tal vez desmedida pero no con el ánimo de maltratar y vejar a un pobre niño desamparado. Maltrato criminal es lo que la madre y su macarra infrigieron a la pobre Alba, la niña catalana que aún sufre secuelas -tal vez irrecuperables- tras una paliza cruel. Maltrato no es perder los nervios ante un niño travieso. Los miembros de mi generación nos habríamos criado sin padres si ese criterio se hubiera aplicado en el tiempo en que éramos educados: estarían todos en la cárcel.

El signo de los tiempos conlleva desposeer de autoridad a los padres de la misma forma que antes se les ha desposeído a los profesores: pegar a un hijo no es aconsejable, pero aún menos lo es que éste le dé un zapatillazo a la madre y que un juez la castigue con cárcel. Con esta estupidez penal se le hace mucho más daño al niño que con el castigo físico que recibió.

Esperemos por el bien de esa familia -y del resto de familias españolas- que esta barbaridad sea mesurada en diferentes recursos. Aunque conociendo la legislación española y a sus intérpretes, no debemos hacernos muchas ilusiones.