basilica_del_pilar

Sé que no es lo más ortodoxo en un blog esto del “copy/paste” pero como sé que compartís conmigo la admiración por D. Leopoldo, os lo pongo fácil y así lo leemos juntos. Un saludo.

DESDE SAN QUIRICO. 

Voy de vez en cuando a Zaragoza. Tengo a mi hija Blanca trabajando allí y, con esto del AVE,  llegamos en hora y media.

 

Hace muchos años que me fui de mi tierra. Pero cuando voy, me da la sensación de que, a pesar de lo que ha cambiado la ciudad, allí se sigue estando muy bien.

 

Sé a qué bar tengo que ir para encontrar a los niños de mi Colegio, que, por cierto, tienen todos 75 años. Sé a  qué hotel tengo que ir. Sé dónde están las tiendas que me gustan.

 

Y, sobre todo, sé que tengo la obligación, por buena educación, de ir a ver a la Virgen del Pilar. Porque aquí pasan dos cosas:

 

1, Que yo ya sé que todas las Vírgenes son la misma, pero la del Pilar, para mí, es “otra  cosa”.

 

2. Que en Zaragoza, cuando yo era chaval, y salíamos chicas y chicos a pasear arriba y abajo por el  Paseo de la Independencia -hoy Avenida, con coches-, íbamos antes “a ver a la Virgen”. La veíamos, le decíamos “hola” y nos íbamos a la Espiga, que era un bar muy majo, donde daban unas tapas muy ricas.

 

Ahora, cuando voy a Zaragoza, hago lo mismo. Voy a ver  a la Virgen y luego voy a San Siro, porque la Espiga desapareció y a los de mi Colegio les encuentro allí.

 

En el camino del Pilar a San Siro me encuentro con Juana. Es una buena profesional, con prestigio reconocido. Muy amiga de mi hija y, como consecuencia, muy amiga mía.

 

Siempre que me la encuentro, como siempre que me encuentro a mis amigos en Zaragoza, “cogemos un capazo”. Así se llama en Aragón a esos ratos tan fenomenales en los que te paras a hablar con alguien con tranquilidad, sabiendo que si te lías un poco no pasa nada, porque las distancias son cortas y la prisa es menor que en estas locuras de ciudades grandes donde se nos ha ocurrido vivir a muchos.

 

Juana es una mujer tranquila, pero no sé por qué, me parece que hoy está un poco alborotada.

 

Me dice que sí, que está nerviosa, porque ha llegado a la  conclusión de que hay mucha gente que:

 

1.     O no tienen ninguna prioridad  y todo les da lo mismo.

 

2.     O tienen las prioridades equivocadas.

 

3.     O cambian de prioridades a diario, que, prácticamente, es como si no tuvieran ninguna.

 

Y dice que, además, eso pasa en todos los niveles de gente: los ricos, los menos ricos y los menos menos ricos. Y que cree que hay muchos, hoy en día, que son como la señora móvil de Rigoletto, que parecía una pluma al viento.

 

Dice que leyó mi artículo sobre la palanca y el churro y que lo encontró incompleto. Que es verdad, que no se puede  hacer palanca con un churro, pero que me olvidé de poner que, además, ahora, los churros no saben qué palanca coger ni qué piedra mover con la palanca. Con lo que sucede que:

 

1.     El churro no tiene fuerza, porque, como buen churro, está blandito.

 

2.     Cuando hace fuerza porque algo le parece interesante, si le cuesta un poco de esfuerzo, o no hace fuerza o cambia de dirección porque le resulta más fácil.

 

Y añade: “¿Te acuerdas de aquellos tiempos, en los que la gente tenía convicciones? ¿Te acuerdas de lo que dijo Horacio: ´Dulce et decorum est pro Patria mori´?”

 

Uno es mayor, pero no conoció a Horacio. Lo que pasa es que uno estudió latín en el Colegio del Salvador de Zaragoza y se  acuerda de que la frase que ha soltado Juana quiere decir que es dulce y honroso morir por la Patria.

 

Y como le he dado pie, y parece que no necesita que le den cuerda, porque se la da ella misma, Juana dice: “¿Morir por la Patria? ¡Pero si no son capaces ni de andar cien metros sin coger el autobús!

 

¿No ves que, además, no saben lo que es importante y  lo que no? Les ha dado a muchos la obsesión de moverse por el dinero y por comprarse trastitos y por ir de viaje a no sé dónde y han perdido el norte.

 

No pueden ir a cosas importantes porque tienen que hacer cosas poco importantes. No pueden llegar puntuales porque se han entretenido con tonterías”.

De repente, Juana corta el discurso y me dice: “Me voy, que tengo una cita con una chica joven que me ha pedido consejo profesional”.

 

Y sale corriendo, mirando el reloj, porque, para ella, lo de cumplir con  sus compromisos, debe ser una prioridad.

 

Le veo irse y creo:

 

  1. Que, en su caso, el  churro ha salido duro.

 

  1. Que tiene las prioridades muy claras.

 

  1. Que, como consecuencia, cuando tiene varias cosas que hacer, inconscientemente les pone al lado un número:

 

  1.  
    1. Esto, lo primero.

 

  1.  
    1. Aquello, lo segundo.

 

  1.  
    1. Aquello, lo tercero

 

Y estoy seguro de que, por la noche, cuando se va a dormir, repasa lo que tenía que hacer y, si ha luchado por hacer lo que estaba en primer nivel, se va a la cama tranquila, aunque no le haya acabado de salir bien, pero con la convicción de que ha hecho lo que ha podido para cumplir lo prioritario.

 

Y pienso que sí, que yo también me encuentro gente que no sabe por dónde anda, porque con tanto ruido como hay por la calle, con tantas cosas que nos dicen (con tantos inputs, dirían los entendidos), han perdido la brújula y van unas veces hacia el norte, otras hacia el sur y otras hacia el suroeste. Lo malo es que, como no estudiaron Geografía, no saben dónde está el norte ni el sur, ni, por supuesto, el suroeste, que les suena a Geografía avanzada.

 

Vuelvo a  Barcelona. Me encuentro con un amigo mío, responsable financiero de una Organización dedicada a la enseñanza. Está exultante. Casi sin darme tiempo a que le salude, me dice que han ido los padres de una niña a verle, para decirle que, como están un poco justos de dinero, han decidido pagar por anticipado el Colegio con lo que se habían guardado para esquiar estos días. Cuando me lo cuenta, se le saltan las lágrimas.

 

Buff…Y a mí, también.  Porque sí que hay gente que tiene las prioridades bien definidas.

 

Voy a San Quirico, desayuno con mi amigo y le cuento mis dos encuentros.

 

Cuando le digo lo de mi amigo de Barcelona, veo que también se le humedecen los ojos.

 

Pero al contarle el capazo que cogí con Juana, pienso que menos mal que no estuvo. Porque, con todo lo que me dice, veo que la conversación se habría alargado mucho, Juana no habría podido llegar a tiempo a cumplir un compromiso que para  ella era prioritario y yo no hubiera llegado a tiempo a San Siro, a estar con mis amigos del Colegio, que, para mí, en Zaragoza, es lo más importante que tengo que hacer, después  de ir a ver a la Virgen.

 

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