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En el apartado de cartas al director en la edición dominical de un diario, leí ésta de un padre agradecido, quiero hacerme eco de ella porque estoy harto de que solo prestemos atención a las noticias negativas sobre las personas y que nos hacen olvidar cuanto de positivo guardan en su interior.

 

“Soy padre de una niña que está enferma de cáncer. De un tipo violento y horrible. Llevamos mucho tiempo en el Hospital Niño Jesús de Madrid luchando para que mi hija no se muera. Quien haya pasado por esto, sabe de lo que hablo. Quien no lo sepa que dé gracias, porque no somos raros, ni pobres, ni ricos, ni tontos. Somos una familia normal. Tanto como usted que está leyendo esto. Todo normal hasta el día que, de pronto y sin saber por qué, llega el horror.

Una mañana de tantas en el hospital, días antes de Nochebuena, una de las supervisoras nos preguntó a varios padres si tendríamos inconveniente en que la Princesa de Asturias nos viniera a saludar. Le dijimos que no. Y así fue, llegó Letizia Ortiz, nos saludo amablemente a todos (casi pidiendo perdón por creer que podría molestar) y se centró en un grupo de niños, entre ellos mi hija.

Fue sencillamente maravillosa con todos ellos. Cariñosa y simpática. Y durante toda la mañana saludó a todos y cada uno de los pequeños pacientes de la planta de oncología infantil del hospital. Con la misma sonrisa y con un amor enorme a todos los niños y a unas familias que estamos pasando por un calvario.

Y ante esto, podrán decir ustedes: bueno, y eso para qué sirve. Quien se haga esa pregunta no sabe lo que es tener un hijo enfermo. A estos sólo les diré una cosa: mi hija fue inmensamente feliz por el mero hecho de recibir la visita de esa persona llamada Letizia. Y sólo por las lágrimas de emoción que pude ver en sus ojos, por cómo miraba a la Princesa mientras ella bromeaba para hacerle sonreír, para disfrutar de esa sonrisa cada vez más apagada, mientras se interesaba por sus dibujos, por la vida, por los sentimientos de mi niña, sólo por eso, yo les digo que el trabajo que el trabajo que hace la Princesa de Asturias merece la pena.

Calladamente llegó al hospital y calladamente se fue. Por la puerta principal y sin más historias. Sin prensa, sin estridencias. Y he esperado todos estos días para comprobar una vez más, que lo bueno no se sabe: No sé de monarquías ni de repúblicas, soy un ciudadano de mi tiempo, atento a lo que ocurre en mi país. Como la mayoría, leo periódicos, veo la tele o escucho la radio, por lo que sé lo que se dice de ella, pero todo lo que digan da igual.

Compartir su tiempo a nuestro lado, el cariño que trasmitía su mirada hacía nuestros hijos, la determinación y el coraje con los que afronta las situaciones que le ha tocado vivir a esta persona, merecen un respeto. Y yo se lo quiero otorgar con estas palabras.

Gracias, Princesa”.

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