casa-mendoza

Ayer tuve que ir a la cooperativa, al pasar a la oficina me acordé de aquella zorra disecada con una perdiz en la boca que lucía encima del mostrador y se me agolparon un montón de recuerdos de mi niñez y fui consciente por un momento de cuánto tiempo ha pasado y cuánto ha cambiado nuestro querido y odiado pueblo. Los recuerdos venían asociados a una imagen, un sonido, un olor… Creíamos que en el pueblo nunca cambia nada y de pronto te levantas una mañana y te das cuenta de que los blusones se han esfumado y las boinas hace tiempo que han abandonado los cogotes pálidos de nuestros jubilados. Cuando intento evocar mi primera niñez, siempre acudo a un recuerdo tan antiguo que se podría confundir con un sueño, se trata de la imagen de un “hermano” viejo, más bien alto, bajando por la calle de la arena en una enorme y desvencijada bicicleta, con su boina y su blusón de color negro agrisado por el uso, con una de las mangas flotando al viento, ese viejo era manco y conducía su bicicleta con una sola mano; bajaba con la aceleración provocada por la cuesta abajo en dirección a la iglesia, pegando pequeños botes encima de ese asiento de la bici con dos muelles grandes y una matrícula ilegible de chapa herrumbrosa… avanzando raudo por encima de los descolocados adoquines de la calle… 

Recuerdo también cuando las mulas no eran un “hobby” si no una forma de vida, el ritmo del tiempo iba marcado por el ritmo cadencioso del paso cansino de las bestias, con el sonido de las herraduras sobre la calle… clic clac, en una tarde de verano asolanado… Luego venía la vendimia con ese olor a bodega que llenaba todas las calles del pueblo. Las manos custridas con los primeros fríos, “sorbitando” los mocos mientras nos pasábamos la mano bajo la nariz…

Luego me dejo llevar por la placentera tristeza que produce la melancolía…

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