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Aquí os extraigo un trocito de un precioso libro cuya lectura aconsejo a todo el mundo, espero que os guste…

 

La mayoría de la gente siente miedo cuando piensa en su muerte o en la de los seres queridos. En realidad, nos dice la Virgen  ”¡la muerte no existe!”. Simplemente cae un velo, como la cortina del Templo de Jerusalén que se rompe por el medio, revelando aquello que ya estaba allí, escondido en lo invisible: ¡el Santo de los Santos!

            Una imagen algo burda por cierto, como toda comparación, me viene a la mente: existen ventanas cuyos cristales permiten ver desde el interior aquello que acontece en el exterior, pero que impiden que la gente del exterior mire hacia dentro. El grado de opacidad puede variar, y a veces, si pegamos bien la nariz en el cristal, podemos discernir un poco lo que está en el interior. Pero supongamos que el cristalero se equivoque y coloque los cristales al revés, de manera que los que estén en el interior no puedan ver al exterior… ¡Esto es lo que nos ocurre! ¡Los que estamos en la Tierra somos como gente que no ve a quienes nos ven! Allí comienza la tragedia de la falta de fe, pues, entre no “ver” a alguien e ignorar del todo su existencia, ¡sólo hay un paso! “Queridos hijos”, nos dice la Virgen, “vosotros sois inconscientes”.

            Los santos han vencido esta opacidad y viven como si vieran lo invisible. Esto les permite abrazar las realidades invisibles sin temer el día en que el cristal se rompa, y que el velo caiga. La corte celestial les resulta ya familiar y consideran el paso hacia la muerte como aquel beso tan esperado que los introducirá para siempre en la compañía de los elegidos, después del exilio.

            La Tierra es como el tiempo del deseo; el Cielo, la eternidad de la posesión. Si estando en la Tierra no experimento el deseo del Cielo, soy como un moribundo que aún puede ser reanimado. Pero si transfiero mi capacidad de desear al mundo material, ya soy un hombre muerto; aterrado por la hora de mi muerte, momento en que perderé todos mis (falsos) tesoros. Por cierto, solamente podemos “contemplar con alegría la vida eterna” en la medida en que estemos menos apegados a las cosas materiales.

            Marija* ha recibido luces al respecto… La Virgen le ha explicado que en el Cielo, cada uno de los elegidos sabe exactamente lo que los demás han hecho por él, y cómo, por medio de sus oraciones, sacrificios y ofrendas, han participado en el crecimiento de su grado de gloria eterna ¡Inclusive a veces, los elegidos ven cómo las plegarias de tal o cual persona les han servido para no perderse! En el Cielo, cada uno estará eternamente agradecido hacia cada una de estas personas y vivirá en una relación de amor muy especial con ellas. Esta realidad es maravillosa y por cierto reconfortante, sobre todo cuando en la Tierra no vemos aún el fruto de nuestros sacrificios y de nuestras oraciones por aquellos que amamos. ¡La Virgen nos da aquí un esperanza que puede sanarnos del desaliento! Nos ayuda a arriesgarnos por los verdaderos valores y así a “contemplar con alegría la vida eterna”.

*Marija es una de las videntes de la Virgen de Medjugorje

Extraído del libro “EL NIÑO ESCONDIDO de MEDJUGORJE” de Sor Emmanuel Maillard)

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