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Nos acercamos a la Semana Santa, por este motivo me gustaría que conocieseis a una beata que pronto será santa: Ana Catalina Emmerich, nacida en 1774, religiosa agustina, enferma y estigmatizada.

 Ana Catalina permaneció en cama desde 1813 hasta su muerte en 1824. Su vida transcurrió en unos tiempos turbulentos en la historia de la Iglesia. La revolución francesa y las guerras napoleónicas hacían estragos en Europa y la Iglesia pasaba una enorme crisis. El Papa llegó a estar preso de Napoleón y los grupos masónicos y racionalistas se habían introducido  entre las filas de la Iglesia, por momentos parecía que el catolicismo se desmoronaba.

A pesar de multitud de contrariedades, Ana Catalina permaneció fiel a su vocación. Desde niña Dios le concedió gracias excepcionales. Durante toda su vida Ana tuvo multitud de visiones en las que con gran claridad vislumbraba trozos de la historia sagrada y acontecimientos en la vida de los santos como si estuviera realmente viviendo entre ellos. Este hecho no tiene parangón en la historia de los santos de la Iglesia por la importancia y cantidad de estas visiones. Otra gracia digna de señalar era su capacidad de distinguir las reliquias y reconocer perfectamente cuando algo era sagrado aún a ciegas.

Un famoso poeta alemán de la época fue el designado por Dios para transcribir todas esas visiones: Clemente Brentano, poeta romántico, hermano de Bettina von Arnim (famosa por su correspondencia con Goethe).

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Clemente, después de una vida azarosa y llena de altibajos, (se casó dos veces, tuvo tres hijos que fallecieron), regresó de las guerras contra Napoleón e hizo examen de conciencia dándose cuenta del carácter improvisado, fragmentario y disperso de su poesía y su existencia. Una amiga cuya mano había pedido le indicó el posible consuelo salvador del catolicismo. Volvió a sus prácticas religiosas en 1817 y en 1818 se unió a la Iglesia Católica ingresando en el monasterio de Dülmen, donde vivió en clausura algunos años, como secretario de Ana Catalina, donde entre otras cosas fue testigo de cómo ésta en 12 años se había mantenido con la Sagrada Forma como único alimento y sin beber nada excepto agua. La visitó en su lecho de enferma durante cinco años en los que escribió sus visiones, que publicó después de su muerte con el título La dolorosa pasión de Nuestro Señor Jesucristo en las meditaciones de la beata Catalina Enmerich. Es esta pequeña obra la que os voy a ir transcribiendo por partes durante los próximos días. En este texto Ana Catalina describe con todo detalle lo acontecido durante la Pasión y Muerte de Jesús, su lectura no deja indiferente a nadie dada su profundidad a la vez que su sencillez. Los detalles casi cinematográficos nos demuestran el carácter sobrenatural de las visiones dado que Ana Catalina no salió en su vida de la pequeña comarca en la que nació y no tenía apenas estudios por lo que era imposible que conociese la vida cotidiana de la Palestina del siglo primero. Sirva como ejemplo el hecho de que se han hecho hallazgos arqueológicos a partir de descripciones que aparecen en los textos que dictó.

Espero que sea de vuestro agrado, os aseguro que es una lectura edificante.

 

 

 

LA AMARGA PASIÓN DE CRISTO. Según las visiones de Ana Catalina Emmerich transcritas por Clemente Brentano.

Primera Meditación

PREPARATIVOS PARA LA PASCUA

Jueves Santo, el 13 Nisán (29 de marzo)

Ayer por la tarde, Nuestro Señor tomó su última comida junto con sus amigos, en casa de Simón el Leproso, en Betania, y allí mismo, María Magdalena ungió por última vez con perfume los pies de Jesús. Judas se escandalizó; corrió a Jerusalén y conspiró con los príncipes de los sacerdotes para entregarles a Jesús. Después de la comida, Jesús volvió a casa de Lázaro, mientras algunos de los apóstoles se dirigían a la posada que se halla a la entrada de Betania. Por la noche, Nicodemo acudió de nuevo a casa de Lázaro y tuvo una larga conversación con el Señor; volvió a Jerusalén antes del amanecer, y Lázaro lo acompañó un tramo del camino.

                Los discípulos le habían preguntado a Jesús dónde quería celebrar la Pascua. Hoy, antes del amanecer. Nuestro Señor ha mandado a buscar a Pedro, a Santiago y a Juan; les ha explicado con detalle todos los preparativos que deben disponer en Jerusalén, y les ha dicho que, subiendo al monte Sión, encontrarían a un hombre con un cántaro de agua. Reconocerían a ese hombre, pues, en la Pascua anterior, en Betania, fue él quien mandó preparar la comida para Jesús; por eso, san Mateo dice: “Él les dijo: Id a la ciudad, a uno, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca, en tu casa haré la Pascua con mis discípulos.” Después debían ser conducidos por ese hombre al cenáculo y allí hacer todos los preparativos necesarios.

                Yo vi a los apóstoles subir a Jerusalén, por una quebrada al sur del Templo y al norte de Sión. En una de las vertientes de la montaña del Templo había una hilera de casas, y ellos marcharon frente a esas casas, siguiendo el curso de un torrente. Cuando alcanzaron la cumbre del monte Sión, que es una montaña más alta que la montaña del Templo, se encaminaron hacia el Mediodía, y al principio de una pequeña cuesta encontraron al hombre que Jesús les había descrito; fueron tras él y le dijeron lo que Jesús les había mandado. El hombre recibió con gran alegría sus palabras y les respondió que en su casa había sido ya dispuesta una cena (probablemente por Nicodemo), pero que, hasta aquel momento, él no había sabido para quién y que se alegraba mucho de saber que era para Jesús. El nombre de este nombre era Helí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa Jesús había anunciado el año anterior la muerte de Juan el Bautista. Helí tenía únicamente un hijo, que era levita, y amigo de san Lucas, antes de que éste fuese llamado por Nuestro Señor, y cinco hijas, todas ellas eran solteras. Todos los años acudía a la fiesta de la Pascua con sus sirvientes, alquilaba una sala y preparaba la Pascua para todos aquellos que no tuvieran amigos con quienes hospedarse en la ciudad. Ese año había alquilado un cenáculo propiedad de Nicodemo y José de Arimatea. Mostró a los apóstoles dónde estaba y cuál era su distribución.

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