LA DOLOROSA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (XXV)

san-juan-y-la-virgen

XLIV. La noche antes de la Resurrección


Cuando se acabó el sábado, Juan vino con las santas mujeres, lloró con ellas, y las consoló. Se fue poco después; entonces Pedro y Santiago el Menor vinieron a verlas con la misma intención, pero estuvieron poco con ellas. Las santas mujeres; mostraron otra vez su dolor envolviéndose en sus mantos y sentándose en la ceniza.

Mientras la Virgen Santísima oraba interiormente, llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirla que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque el Señor estaba cerca. El corazón de María se inundó de gozo: se envolvió en su manto y dejo a las santas mujeres sin decir a nadie nada. La vi ir de prisa a la puerta pequeña de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro.

Podían ser las nueve de la noche: la Virgen se acercaba a pasos precipitados hacia la puerta, cuando la vi pararse en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad, y el alma del Salvador resplandeciente bajó hasta María, acompañada de una multitud de almas de Patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos, y mostrando a la Virgen, dijo: “María, mi Madre”. Pareció que la abrazaba, y desapareció. La Virgen se arrodilló y beso la tierra en el sitio donde había aparecido. Sus rodillas y sus pies quedaron impresos sobre la piedra, y se volvió llena de un consuelo inefable a las santas mujeres que encontró ocupadas en preparar ungüentos y aromas. No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado; consoló a las otras, y las fortaleció en la fe.

Cuando María volvió, vi a las santas mujeres cerca de una mesa larga cubierta con un paño que llegaba al suelo. Encima había muchos manojos de hierbas que ellas arreglaban, mezclándolas; tenían botes de bálsamo y agua de nardo, y además flores frescas, entre las cuales había, me parece, una iris rayada y una azucena. Mientras la ausencia de la Virgen, Magdalena, María de Cleofás, Salomé, Juana y María Salomé, habían ido a comprar todo esto a la ciudad. Al día siguiente querían cubrir con ello el cuerpo del Salvador.
jose-de-arimatea


XLV. José de Arimatea puesto en libertad


Poco después de la vuelta de la Virgen Santísima, vi a José de Arimatea rezando en la cárcel. De pronto la prisión se llenó de luz y oí una voz que le llamaba por su nombre. El tejado se levanto dejando una abertura, y vi una forma luminosa echarle una sabana, que me recordó la que sirvió para amortajar a Jesús. José la tomo con ambas manos, y se dejó levantar hasta la abertura, que cerro detrás de él. Cuando llegó a lo alto de la torre la aparición desapareció. No sé si fue el Salvador o un ángel quien lo libertó.

Siguió la muralla hasta cerca del Cenáculo, que estaba en la inmediación de la meridional de Sión. Entonces bajó y llamó en el Cenáculo. Los discípulos juntos habían cerrado la puerta estaban muy afligidos por la desaparición de José, creyendo que lo habían echado en una cloaca, porque así se había corrido la voz Cuando le vieron entrar, su alegría fue grande, como más tarde cuando San Pedro fue libertado de la prisión. Contó lo que le había sucedido: le dieron de comer, y tributaron gracias a Dios Él salió de Jerusalén por la noche, y se fue a Arimatea su patria; volvió, sin embargo, cuando supo que ya no corría peligro.

Vi también al fin del sábado a Caifas y a otros sacerdotes hablar con Nicodemo en su casa. Le hicieron muchas preguntas con benevolencia fingida. Estuvo firme en su fe, defendió siempre la inocencia de Jesús, y ellos se retiraron.

jerusalen-02


XLVI. La noche de la Resurrección


Pronto vi e1 sepulcro del señor; todo estaba tranquilo alrededor; había seis o siete guardias de pie, o sentados. Casio está siempre en contemplación. El santo Cuerpo, envuelto en la mortaja y rodeado de luz, reposaba entre los ángeles que yo había visto constantemente en adoración a la cabeza y a los pies del Salvador, desde que se le puso en el sepulcro. Esos ángeles parecían sacerdotes; su postura y sus brazos cruzados sobre le pecho me recordaban los querubines del Arca de la Alianza, mas no les vi las alas. El Santo Sepulcro, todo entero, me recordó muchas veces el Arca de la Alianza en diversas épocas de su historia. Quizás la luz y la presencia de los ángeles eran visibles para Casio, pues estaba en contemplación delante de la puerta del sepulcro como quien adora al Santísimo Sacramento.

Vi el alma del Señor, acompañada de las almas de los Patriarcas, entrar en el sepulcro por medio del peñasco y mostrarles todas las heridas de su sagrado Cuerpo. La mortaja se abrió y el cuerpo apareció cubierto de llagas; era lo mismo que si la Divinidad que habitaba en él hubiese mostrado a esas almas de un modo misterioso toda la extensión de su martirio. Me pareció transparente, y se podía ver hasta el fondo de sus heridas. Las almas estaban llenas de respeto mezclado de terror y de viva compasión.

En seguida tuve una visión misteriosa, que no puedo explicar ni contar bien claramente. Me pareció que el alma de Jesús, sin estar todavía completamente unida a su cuerpo, salía del sepulcro en Él y con Él; me pareció ver a los dos ángeles que adoraban a las extremidades del sepulcro, levantar el sagrado cuerpo desnudo, cubierto de heridas, y subir hasta el cielo de en medio de la roca que se conmovía; Jesús parecía presentar su cuerpo lacerado delante del Trono de su Padre celestial, en medio de los coros innumerables de ángeles prosternados: quizás así como las almas de los profetas entraron momentáneamente en sus cuerpos, después de la muerte de Jesús, sin volver a la vida en realidad, pues se separaron de nuevo sin el menor esfuerzo.

En ese momento hubo una conmoción en la peña: cuatro de los guardias habían ido por algo a la ciudad; los otros tres cayeron casi sin conocimiento. Atribuyeron eso a un temblor de tierra. Casio estaba conmovido, pues veía algo de lo que pasaba, aunque no era claro para él. Pero se quedó en su sitio esperando lo que iba a suceder. Mientras tanto, los soldados ausentes volvieron.

Vi de nuevo a las santas mujeres, que habían acabado de preparar sus aromas y se habían retirado a sus celdas. Sin embargo, no se acostaron para dormir; sólo se reclinaron sobre los cobertores enrollados. Querían ir al sepulcro antes de amanecer, porque temían a los enemigos de Jesús; pero la Virgen, llena de nuevo valor desde que se le había aparecido su Hijo, las tranquilizó, diciéndoles que podían descansar y sin temor ir al sepulcro, que no les sucedería ningún mal. Entonces se permitieron un poco de reposo.

Serían las once de la noche cuando la Virgen, llevada de amor y por un deseo irresistible, se levantó, se puso un manto pardo, y salió sola de la casa. Yo decía: “¿Cómo dejarán a esta Santa Madre, tan acabada, tan afligida, ir sola entre tanto peligro?” Fue a la casa de Caifas, al palacio de Pilatos, corrió todo el camino de la cruz por las calles desiertas, parándose en los sitios donde el Salvador había sufrido los mayores dolores o pésimos tratamientos. Parecía que buscaba un objeto perdido; con frecuencia se prosternaba en el suelo, tocaba las piedras o las besaba, como si hubiese habido sangre del Salvador. Estaba llena de amor inefable, y todos los sitios santificados se le aparecían luminosos. Yo la acompañé todo el camino, y sentí todo lo que Ella sintió, según la medida de mis fuerzas.

Fue así hasta el Calvario, y conforme se iba acercando, se paró de pronto. Vi a Jesús con su sagrado cuerpo aparecerse delante de la Virgen, precedido de un ángel, teniendo a ambos lados a los ángeles del sepulcro y seguido de una multitud de almas libertadas. El cuerpo de Jesús estaba resplandeciente; yo no veía en Él ningún movimiento; pero salió de Él una voz que anuncio a su Madre lo que había hecho en el limbo y le dijo que iba a resucitar y a venir a ella con su cuerpo transfigurado, que debía esperarle cerca de la piedra donde se había caído en el Calvario.

La aparición se dirigió del lado de la ciudad, y la Virgen se fue a arrodillar al sitio que le había sido designado. Podía ser media noche porque la Virgen había estado mucho tiempo en el camino de la cruz. Vi al Salvador con su escolta celestial seguir el mismo camino: todo el suplicio de Jesús fue mostrado a las almas con las menores circunstancias. Los ángeles recogían todas las partes de su sustancia sagrada que le habían sido arrancadas del cuerpo.

Me careció después que e1 cuerpo de1 señor reposaba otra vez en el sepulcro y que los ángeles le restituían de un modo misterioso todo lo que los verdugos y los instrumentos del suplicio le habían arrancado. Lo vi otra vez resplandeciente en su mortaja, con los dos ángeles en adoración a la cabeza y a los pies. No puedo expresar cómo sucedió todo eso, pues no lo alcanza nuestra razón: además, lo que me parece claro e inteligible cuando lo veo, se vuelve oscuro cuando quiero expresarlo con palabras.

Cuando el cielo comenzó a relucir al Oriente, vi a Magdalena, María, hija de Cleofás, Juana Chusa y Salomé, salir del Cenáculo envueltas en sus mantos. Llevaban aromas, y una de ellas una luz encendida, pero oculta debajo de sus vestidos. Las vi dirigirse tímidamente hacia la puerta de José de Arimatea.

Anuncio publicitario

Un comentario en “LA DOLOROSA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (XXV)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s