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Hace ya bastantes años, estuve en Roma en la ceremonia de nombramiento de un Cardenal español.

 

Asistió el Ministro de Justicia -no recuerdo quién era- en representación de nuestro Gobierno.

 

Por la tarde hubo una recepción, a la que asistimos mi mujer y yo. El Ministro habló, con un discurso muy correcto y bien preparado. Le contestó el Cardenal. Me llamó la atención lo que dijo: que Ministro y Diácono querían decir lo mismo, porque las dos palabras significaban “servidor”.

 

Tengo la impresión de que el Ministro no se veía como Diácono y que, además, no pensaba proponer al Presidente del Gobierno que convocara el Consejo de Diáconos, porque quedaría un poco raro.

 

Me he acordado de aquella tarde en Roma, cuando he visto a algún Ministro de los recién nombrados con una sonrisa de oreja a oreja sosteniendo la cartera en alto, como diciendo: “¡¡Lo conseguí!!”

 

Y me acuerdo de aquella tarde en Roma cuando veo fotos de personajes de todo tipo, que salen en la primera página de cualquier periódico con cara de triunfadores porque les  han elegido o alguien les ha nombrado a dedo.

 

Y me acuerdo de cuando a los gobernantes se les llamaba “servidores públicos” y de lo que me decía Antonio: “servidores públicos lo somos todos, y el que no lo sea, no vale nada”.

 

Y me acuerdo del abuelo de mi mujer, que, según la  leyenda familiar, fue el último Alcalde de la ciudad que no cobró por ser Alcalde.

 

Y uno compara al abuelo con otros y se pregunta qué andarán buscando esos otros: ¿dinero, poder, farfolla,…?

 

En el caso de nuestros Ministros, tengo la sensación de que son buena gente, que lo que andan buscando es proteger a su Presidente y ver si ganan las elecciones europeas y luego las otras y luego las otras y si no hay otras, pues también.  Porque pienso que esta gente siempre está en campaña electoral y cuando digo siempre, quiero decir siempre, o mejor dicho, siempre siempre.

 

Si es así, nadie puede negar que son leales, lo cual es una virtud que ahora no abunda demasiado.

 

Lo malo es que la gente de la calle puede pensar que esos señores y señoras son los importantes y puede ser que no lo sean.

 

En realidad, yo estoy convencido de que no lo son. Estoy seguro de que los importantes son los otros: la gente normal, que trabaja normal, que desempeña sus responsabilidades de modo normal, pero que, como no “lucen” su normalidad (porque si la lucieran dejaría de ser normalidad), nadie les conoce, y hasta pueden llegar a pensar que los importantes son los otros.

 

Y ¿sabéis lo que me pasa? Que me fío más de los normales. Me fío más de David, responsable de marketing en una empresa que conozco, y de Javier, que dirige una empresa de 400 personas y no dice nada, y de Fede, que, a la chita callando, da trabajo a 150 personas, y de Óscar, que lucha por hacer bien su trabajo, y de Cuca, que saca adelante su negocio familiar, en silencio. Y me fío de mi amigo Diego, sindicalista, que está  haciendo todo lo que puede para  conseguir que los de Volkswagen traigan el Q3 a Martorell. (Por cierto, cuando  llegue, lo primero que hay que hacer es cambiarle el nombre al coche.)

 

Y pienso que  cuando la gente me pregunta “¿Cuándo saldremos de ésta?”,  les debería contestar que ya estamos saliendo de ésta, porque David y Javier y Fede y Óscar y Cuca y Diego y tantos y tantos están trabajando en serio, mientras algunos tontainas  se  dedican a hacerse fotos, a decir sinsorgadas,  y, en definitiva, a esperar a que pase el temporal.

 

También hacen otra cosa: poner palos en las ruedas de los que trabajan bien.

 

 

P.S.

 

  1. Lo de “farfolla” es algo que decía un amigo  mío  cuando se refería a toda la parafernalia que, a veces rodea a estos  señores.  Mi amigo dice que, si rascas un poco, descubres que, debajo, no hay nada.
  2. Lo de  “sinsorgada”  viene de “sinsorgo”, que, según el Diccionario de  la Real Academia, quiere decir “persona insustancial y de poca formalidad”. O sea, lo que en Aragón se llama  “un desustanciao”.
  3. Cada vez  estoy más convencido de que la campaña electoral, para los políticos, es eterna, sin principio ni fin. Por lo menos, sin fin. Recientemente, he  estado en dos actos. En uno habló un político de un partido y en otro, uno de un partido opuesto. Los dos empezaron muy bien sus respectivos discursos. Pero, cuando, en los dos casos, yo pensaba “qué bien lo está haciendo”, cada uno de los discursantes se acordó de lo de la campaña electoral y empezó a atacar al partido contrario, sin que viniese a cuento, estropeando su actuación. No sé si es que tienen un contrato con sus jefes, en el que tienen prohibido hablar normal.

 

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