el-cid-campeador

Nunca había firmado libros el día de Sant Jordi en Barcelona. Nunca había pensado que eso sucedería alguna vez. Pues ha sucedido.

 

Impresionante. La sociedad civil por la calle, mientras los políticos toman chocolate con melindros en Pedralbes.

 

La sociedad civil, formada por miles y miles de personas, que, para salir a la calle, no necesitan permiso de esos señores que hablan y hablan y no hacen y no hacen y, en cuanto te descuidas, gastan y gastan, con mucha frecuencia en cosas no necesarias y, si te descuidas, perjudiciales.

 

Me encantó cenar con autores, desayunar con autores, comer con autores. Como yo ya sé lo que soy, cuando alguien me llama “autor” me entra la risa. Cuando firmas al lado de Luis Sepúlveda y de José Mª Beneyto, o cerca de Antonio Gala, o comes con Carmen Posadas entre otros, te das cuenta de que allí te has colado. ¡Bendito cuele!

 

Descubrí que me encanta firmar libros. Como no estoy acostumbrado, me apetece poner unas dedicatorias larguísimas, hablando de esa persona, de sus estudios, de su familia, con lo cual la cola se hace más larga y los que me acompañan se ponen nerviosos y dicen: “menos rollo y más  firmas, por favor”.

 

Pero lo que más me maravilló es que todos los que venían a que les firmase el libro venían sonriendo. Y esto no era porque yo fuera “el simpático”, como al principio me creí. No, les pasaba a todos los que estaban firmando.

 

¡Qué preciosidad! La crisis y el paro y los despidos y la gripe y todo, apartados por un momento. Y todos sonriendo. Y muchos, al sol. Y yo, enrollándome, porque cuando ves  a alguien, joven, maduro o de mi edad, que ha estado al sol y te sonríe y te pide por favor que le firmes un libro, te dan ganas de levantarte, darle un par de besos y llevarle el libro firmado a su casa. Y luego, volver al siguiente y repetir la operación.

 

Acabé de firmar a las 9 de la noche. Casi no había luz. Me dio pena que se acabase tan pronto el día. Cogí un taxi y llegué a casa. Al subir en el ascensor, me di cuenta de que no podía con mi alma. Para cenar, me tomé un whisky y un huevo frito. Es una mezcla que no recomendaría Ferran Adrià, pero me sentó muy bien. Dormí de película. Al día siguiente, cuando me levanté, estuve por volver al Paseo de Gracia, a ver si me dejaban seguir firmando.

 

Pero no lo hice, por si no había nadie.

 

P.S.

 

* Ya sé que alguno dirá que estoy contento porque, cuantos más libros firmo, más libros vendo y más dinero cobro. Pues mira, sí. Pero, de verdad, del día de Sant Jordi me han quedado en la cabeza las caras de ilusión de la gente, el reencuentro con secretarias del IESE que no había vuelto a ver desde hacía años, las señoras del Mercat de la Llibertat que habían dejado sus puestos y me traían libros para firmar y para repartir entre sus compañeras, el ejecutivo que dice: “¿Me puedo hacer una foto con usted?” Esas  cosas, que, aunque un poco tarde, he descubierto que me gustan.

 

* Y cuando veo esas personas, y veo a algunos que, mientras  tanto, toman copas en el Palacio de Pedralbes preparando sus próximas conspiraciones político-rastreras, me da la vena literaria (ahora soy autor) y me acuerdo de aquello del Cid: “Dios, qué buen vasallo, hubiese buen señor!”

 

* Uno no es autor, pero tiene amigos filólogos, que me dicen que “el verdadero sentido de la frase del Poema lo da el acento de la conjunción sí, que muchos pasan por alto: no es una condicional, sino una desiderativa (“¡ojalá tuviera buen señor!”).

 

* Ojalá.

 

Anuncios