DON DAMIAN EN EL DIA DE CIUDAD REAL

En el DIA DE CIUDAD REAL del 2 de Julio aparecía en la última página una semblanza de un amigo, Damián Díaz, sacerdote. Vemos que dentro de la Iglesia hay algo más que esos supuestos potentados poderosísimos y distantes que nos quieren mostrar los medios y las novelas de historia-ficción. En la Iglesia Católica hay muchísimos como él, pero hacen menos ruido… Me he alegrado mucho de que le hayan dedicado este artículo, sé con seguridad que no se le va a subir a la cabeza. Desde aquí le mando a Damián un mensaje de aliento para que siga en la brecha.

 

RETRATO En la actualidad es el delegado diocesano de misiones de Ciudad Real.

DAMIÁN DÍAZ, NUEVE AÑOS AYUDANDO A LOS NECESITADOS EN LA SELVA ZAIREÑA

Trabajó en el área que rodea a la población de Bafwasende, en el noroeste del país.

PABLO SAIZ DE QUEVEDO

CIUDAD REAL

A sus 54 años, Damián Díaz transmite una imagen sonriente y afable, que encaja a la perfección con su posición actual de párroco en Pedro Muñoz. Claro que su otra ocupación como delegado diocesano de misiones da una pista de un pasado comprometido y aventurero: el que le llevó a convertirse él mismo en misionero e irse a Zaire, la actual República Democrática del Congo, a extender la palabra de Dios y ayudar a los más necesitados.

            Su vocación le vino desde muy temprana edad. “Cuando tenía 13, 14 ó 15 años”, dice “leía revistas y libros ambientados en las misiones”. Esos sueños infantiles, una vez madurados, le llevaron primero al seminario, y luego a Roma a estudiar una preparación específica para esta tarea. De ahí se fue a Retuerta de Bullaque como párroco, y estuvo allí tres años hasta que llegó su oportunidad: En 1983, marchó para el Zaire.

            EVANGELIZAR Y ASISTIR

            En el país, Díaz encontró una sociedad muy pobre y en una “calma inquieta”, con el dictador Mobutu Sese Seko gobernando sin una oposición real que le plantara cara. Díaz y otro sacerdote, Eusebio Ortega, actuaban en el área circundante a la población de Bafwasende, situada en la zona noroeste del país, a 260 kilómetros de Kisangani. Su tarea era difundir el evangelio cristiano entre las comunidades que viven en la selva, y darles asistencia sanitaria, educativa, alimentaria y de otras vertientes.

            En concreto, Díaz se ocupaba de las agrupaciones humanas situadas en un radio de 150 kilómetros de Bafwasende. Cada dos meses, hacía una gira de 17 ó 18 días, adentrándose en la selva por caminos demasiado estrechos para recorrerlos en todoterreno: tenía que ir a pie, en bicicleta o en moto, guiado por algún joven local o catequista. Aunque era un trayecto dificultoso, el sacerdote asegura que nunca llegó a sufrir un percance con las fieras de la jungla, en parte porque cuando iba en motocicleta el ruido las asustaba.

            Eso no quiere decir que su labor fuera fácil, pero sí que fue productiva. Cuando llegó, sólo había tres comunidades cristianas en esa área, y se marchó en 1992 dejando un total de 23, a las que dotó además de recursos para su supervivencia y prosperidad como estanques para piscicultura, escuelas o infraestructuras para el reparto de medicamentos.

LA VIDA TRAS LAS MISIONES

            Tras pasar casi un década ayudando a los zaireños, Damián Díaz regresó a la provincia, donde volvió a ser párroco de un municipio: primero de Castellar, luego en Socuéllamos, y finalmente en Pedro Muñoz, donde sigue hasta hoy. Sólo volvió a la actual República Democrática del Congo en 1995, y lo que vio no era nada halagüeño: encontró Kisangani mucho más deteriorada de lo que la recordaba, y descubrió que la explotación de diamantes estaba echando a perder la vida de las comunidades selváticas.

Ahora da salida a su vocación misionera desde su puesto como delegado diocesano, ocupándose de los programas de animación misionera, las campañas de concienciación sobre el tema, y actividades relacionadas.

            En cuanto a la posibilidad de volver a ser misionero de a pie, por ahora no se lo plantea, dado que desea ayudar a sus padres, que están enfermos, pero sabe que algún día lo hará porque “es algo que uno lleva dentro”. Ahora bien, advierte, tiene claro que se irá a otro país en el que se hable francés y swahili, que son los idiomas que conoce, o bien a Latinoamérica. “Aprender otro idioma nativo”, explica, “me costaría mucho trabajo con la edad”.

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