SAN JOAQUIN CON LA VIRGEN MARIA

III
San Joaquín y Santa Ana
 Un año y medio más tarde se casó Ana con Helí o Joaquín, también por un aviso
profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de
Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con
Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había
tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás
por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes y era pariente de San José.
Era pequeño de estatura y delgado, era hombre de buena índole y de atrayentes
maneras. Tenía, como Ana, algo de inexplicable en sí.

Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no
conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte.
Pocas veces los he visto reír, aunque no eran melancólicos ni tristes. Tenían un
carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la
madurez de los ancianos.

Fueron unidos en matrimonio en un pequeño lugar donde había una pequeña escuela.
Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos;
los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en
otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia “sí”, y quedaban los padres
conformes; decía, en cambio, “no”, teniendo sus razones, y también quedaban los
padres de acuerdo.

Primeramente eran los padres quienes arreglaban el asunto; a esto seguíase la
conversación en la sinagoga. Los sacerdotes rezaban en el lugar sagrado con los
rollos de la ley y los parientes en el lugar acostumbrado. Los novios se
hablaban en un lugar aparte sobre las condiciones y sus intenciones; luego se
presentaban a los padres. Éstos hablaban con el sacerdote que salía a
escucharlos, y a los pocos días se efectuaba el casamiento.

Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la
estricta vida y costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un
tanto apartada, entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y
notable. Allí vivieron unos siete años. Los padres de Ana eran más bien ricos;
tenían mucho ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No he
visto que cultivasen campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo.

Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos. A menudo partían
sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos
mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la
daban a los pobres o a los parientes necesitados, de los cuales he visto que
había algunos allí que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban
para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se
les pedía. Por eso yo pensaba en mi niñez: “El dar produce riqueza; recibe el
doble de lo que da”.

He visto que esta tercera parte siempre se aumentaba y que muy luego estaban de
nuevo con lo que habían regalado, y podían partir de nuevo su hacienda entre los
demás. Tenían muchos parientes que solían juntarse en las solemnidades del año.
No he visto en estas fiestas derroche ni exceso. Daban una parte de la comida a
los pobres. No he visto verdaderos banquetes entre ellos. Cuando se encontraban
juntos se sentaban en el suelo entre tapetes, en rueda, y hablaban mucho de Dios
con grandes esperanzas. A veces había entre los parientes gente no tan buena que
miraba mal estas conversaciones y cómo dirigían los ojos a lo alto y al cielo.
Sin embargo, con estos malos, ellos se mostraban buenos y les daban el doble. He
visto que estos mal criados exigían con tumulto y pretensiones lo que Joaquín y
Ana daban de buena voluntad. Si había pobres entre su familia les daban una
oveja o a veces varias.

En este lugar tuvo Ana su primera hija, que llamó también María. He visto a Ana
llena de alegría por el nacimiento de esta niña. Era una niña muy amable; la he
visto crecer robusta y fuerte, pero muy piadosa y mansa. Los padres la querían
mucho. Tenían, sin embargo, una inquietud que yo no entendía bien: les parecía
que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar
de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra
Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus
obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, lo que
pude calcular en la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de
sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y
aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios.

Tomaron esta resolución en casa de sus padres y Eliud les preparó las cosas
necesarias para el viaje. Los ganados eran divididos, separando los bueyes,
asnos y ovejas; estos animales me parecían más grandes que los de nuestro país.
Sobre los asnos y bueyes fueron cargados utensilios, recipientes y vestidos.
Estas gentes eran tan diestras en cargarlos, como los animales en recibir la
carga que les ponían. Nosotros no somos tan capaces de cargar mercaderías sobre
carros como eran diestros éstos en cargar sus animales. Tenían hermoso menaje:
todos sus utensilios eran mejores y más artísticos que los nuestros. Delicados
jarrones de formas elegantes, sobre los cuales había lindos grabados, eran
empaquetados, llenándolos con musgo y envueltos diestramente; luego eran
sujetados con una correa y colgados del lomo de los animales. Sobre las espaldas
de los animales colocaban toda clase de paquetes con vestimentas de multicolores
envoltorios, mantas y colchas bordadas de oro. Eliud les dio a los que partían
una bolsita con una masa pequeña y pesada, como si fuera un pedazo de metal
precioso.

SANTA ANA CON LA VIRGEN MARIA NIÑA

Cuando todo estuvo en orden acudieron siervos y siervas a reforzar la comitiva y
arreaba los animales cargados delante de sí hacia la nueva vivienda, la cual se
encontraba a cinco o seis horas de camino. La casa estaba situada en una colina
entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Una avenida de terebintos bordeaba el
camino hasta el lugar. Delante de la casa había un patio cerrado cuyo suelo
estaba formado por una roca desnuda, rodeado por un muro de poca altura, hecho
de peña viva; detrás de este muro por encima de él había un seto vivo. En uno de
los costados del patio había habitaciones de poca monta para hospedar pasajeros
y guardar enseres. Había un cobertizo para encerrar el ganado y las demás
bestias de carga.

Todo estaba rodeado de jardines, y en medio de ellos, cerca de la casa, se
levantaba un gran árbol de una especie rara; sus ramas bajaban hasta la tierra,
echaban raíces y así brotaban nuevos árboles formando una tupida vegetación.
Cuando llegaron los viajeros a la vivienda encontraron todo arreglado y cada
cosa en su lugar, pues habían los padres enviado a algunos antes con el encargo
de preparar todo lo necesario. Los siervos y siervas habían desatado los
paquetes y colocado cada cosa en su lugar. Pronto quedó todo ordenado y habiendo
dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín,
con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía
permanecer con los abuelos.

En todas estas visitas y en otras ocasiones nunca los he visto comer con exceso
o despilfarro. Se colocaban en rueda, teniendo cada uno, sobre la alfombra, dos
platitos y dos recipientes. No hablaban generalmente en todo el tiempo sino de
las cosas de Dios y de sus esperanzas en el Mesías. La puerta de la gran casa
estaba en medio. Se entraba por ella a una especie de antesala, que corría por
todo lo ancho de la casa. A derecha e izquierda de la sala había pequeñas piezas
separadas por biombos de juncos entretejidos, que se podían quitar o poner a
voluntad. En la sala se hacían las comidas más solemnes, como se hizo cuando
María fue enviada al templo.

Desde entonces comenzaron una vida completamente nueva. Queriendo sacrificar a
Dios todo su pasado y haciendo como si por primera vez estuviesen reunidos, se
empeñaron, desde ese instante, por medio de una vida agradable a Dios, en hacer
descender sobre ellos la bendición, que era el único objeto de sus ardientes
deseos. Los vi visitando sus rebaños y dividiéndolos en tres partes, siguiendo
la costumbre de sus padres: una para el templo, otra para los pobres y la
tercera para ellos mismos. Al templo enviaban la mejor parte; los pobres
recibían un buen tercio, y la parte menos buena la reservaban para sí.

Como la casa era amplia, vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas,
donde era posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran
devoción y fervor. Los vi vivir así durante largo tiempo. Daban muchas limosnas
y cada vez que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de
nuevo rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y
renunciamientos. Los he visto vestir ropas de penitencia cuando rezaban y varias
veces vi a Joaquín, mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, orar a
Dios en la pradera. En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después
del nacimiento de su primera hija María, anhelando ardientemente la bendición
prometida y su tristeza era cada día mayor.

Pude ver también a algunos hombres perversos acercarse a ellos y ofenderlos,
diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña
devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña
era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y
otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín
y de Ana.

Tenía ésta la firme convicción interior de que se acercaba el advenimiento del
Mesías y que ella pertenecía a la familia dentro de la cual debía encarnarse el
Redentor. Oraba pidiendo con ansia el cumplimiento de la promesa, y seguía
aspirando, como Joaquín, hacia una pureza de vida cada vez más perfecta. La
vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en
la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar se ser pequeño y delgado, era
de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la
pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque
bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o
las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el
reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí
mismos.

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