Hermanas de la Caridad en Calcuta

Las hermanas de la Caridad rezan antes de salir a las calles de Calcuta.

Leí este artículo el domingo y me quedé con esta reflexión… LOS ENFERMOS SE NIEGAN A VIVIR, NO POR LA ENFERMEDAD SINO PORQUE ESTÁN SOLOS… y me acordé del debate sobre la eutanasia. Hagamos caso a estas monjas que tienen más experiencia que nadie con los moribundos. (Abajo os copio el artículo completo)

La Razón. Calcuta 2 Agosto 09 – Belén Manrique – Enviada especial

A PESAR DEL SUFRIMIENTO QUE LES RODEA LAS HERMANAS ESTÁN SIEMPRE ALEGRES.

CALCUTA-Son las seis y media de la tarde en Calcuta. Acaba de empezar la hora santa en la casa madre de las Misioneras de la Caridad. Alrededor de 20 monjas ataviadas con el sari blanco decorado con la banda azul que las caracteriza y distingue como hermanas de la Caridad rezan el Rosario arrodilladas ante el Santísimo, mientras el doble de voluntarios, unos 40, las acompañamos con nuestras oraciones o escribimos en un cuaderno las experiencias diarias. El silencio interior de la capilla se rompe con el ensordecedor ruido de los vehículos de la calle que penetra por las ventanas abiertas. Sin embargo, resulta sorprendente que no logre perturbar el momento de oración de las monjas, que aguantan arrodilladas durante toda la hora, algunas a pesar de su vejez, con entereza, pasión y entrega. Una planta más abajo, el cuerpo de la Madre Teresa descansa en una tumba decorada con flores y velas alrededor de la cual se puede ver constantemente a indios rezando.
Esta escena se repite cada día y a la misma hora en la casa de la congregación que inició la Madre Teresa de Calcuta en 1946, cuando, mientras viajaba en tren por la India, tuvo un encuentro místico con Cristo, quien le decía: «I Thirst», «Tengo Sed», frase que se puede leer al lado de un crucifijo en las fachadas y paredes de las numerosas casas de la orden. Y es que es ésta precisamente la finalidad de la congregación: saciar la sed de amor y de sacrificio que tuvo Jesús en la cruz a través de la caridad hacia los más desfavorecidos.

 
Una tarea nada fácil, ya que significa renunciar a todas las comodidades,  incluso a la propia vida, por pasar los 365 días del año al servicio de niños desnutridos, discapacitados o enfermos terminales olvidados por la sociedad  y a los que las monjas recogen para dar una vida o una muerte digna. Sin embargo, ellas siempre están felices, y eso es, quizá, una de las cosas que más nos impresiona y conmueve a los cientos de voluntarios que por estas fechas llenamos las casas de la orden para colaborar con nuestro pequeño granito de arena, cambiando las horas de playa tumbados al sol por momentos de charlas y juegos con niños y adultos necesitados de atención y cariño. «Todo aquí merece la pena»
Las seis de la mañana ya no es la hora de llegar a casa después de una noche de fiesta veraniega, sino el momento de entrar en la capilla para oír misa con las monjas, que nos dará las fuerzas necesarias para afrontar la dura jornada. Y es que moverse por las calles de Calcuta resulta agotador por su caótico tráfico, la suciedad, el calor húmedo y pegajoso, los fuertes y desagradables olores… Pero merece la pena por hacer compañía a un enfermo que se niega a comer y seguir viviendo, no por la enfermedad que padece, sino porque está solo en el mundo; o arrancarle la sonrisa a un niño con parálisis cerebral. La Madre Teresa combatía el aborto con la adopción ya que valoraba la vida como un precioso regalo de Dios. Así, mientras en Occidente se considera que un niño con síndrome de down no merece vivir, en Calcuta monjas y voluntarios dan un hogar, educación y cariño a cientos de ellos.

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