Natividad de la Virgen María

Natividad de la Virgen María

XII Víspera de la Natividad de Nuestra Señora

 

¡Qué alegría tan grande hay en toda la naturaleza!… Oigo cantar a los pajaritos, veo a los corderitos y cabritos saltar de alegría, y a las palomas rondar en bandadas de un lado a otro con inusitado alborozo, allí donde estuvo antes la casa de Ana. Ahora no existe nada: el lugar es todo desierto. Tuve una visión de peregrinos de muy antiguos tiempos que, recogidos sus vestidos, con turbantes en las cabezas y largos bastones de viaje, atravesaban esta comarca para dirigirse al monte Carmelo. Ellos también notaron esta alegría extraordinaria de la naturaleza. Cuando manifestaron su extrañeza y preguntaron a las personas con las cuales se hospedaron, la razón de tal suceso, les respondieron que tales contentos y manifestaciones de alegría se notan todas las vísperas, desde el nacimiento de María y que allí había estado la casa de Ana.

Hablaron entonces de un varón santo, de tiempos antiguos, que había observado esta renovación de la naturaleza, que fue la causa de que se celebrase entonces la fiesta del nacimiento de María en la Iglesia Católica.

Doscientos cincuenta años después del tránsito de María al cielo vi a un piadoso peregrino atravesar la Tierra Santa y visitar y anotar todos los lugares por donde había estado Jesús en su peregrinación sobre la tierra, para venerarlos y recordarlos. Este hombre gozó de una inspiración sobrenatural que le guiaba. En algunos lugares se detenía varios días, probando especial dulzura y contento, y recibía revelaciones mientras estaba en oración y meditación piadosas. Había tenido siempre la impresión de que cerca del 8 de septiembre había una grande alegría en la naturaleza en Tierra Santa y oía en ese tiempo armoniosos cantos de pájaros. Finalmente obtuvo, después de mucho pedir en oración, la revelación de que esa era la fecha del nacimiento de María. Tuvo esta revelación en el camino al monte Sinaí y el aviso de que allí había una capilla murada dedicada a María, en una gruta del profeta Elías. Se le dijo que debía decir estas cosas a los solitarios que habitaban en las faldas del monte Sinaí, adonde le he visto llegar. Donde ahora están los monjes, había ya ermitaños que vivían aislados: el lugar era entonces tan agreste del lado del valle, como ahora, necesitándose un aparato para poder subir. Observé que, según sus indicaciones, se celebró allí la festividad del nacimiento de María el 8 de septiembre del año y que luego pasó esta fiesta a la Iglesia universal.

Vi también que los ermitaños, juntos con el peregrino, escudriñaron la gruta de Elías buscando la capilla amurallada de María. No era cosa fácil encontrarla, pues había muchas grutas de antiguos ermitaños y de los esenios, entre jardines y huertas agrestes, donde aún crecían hermosas frutas. El vidente dijo que trajeran a un judío, y la gruta de la cual el judío fuera arrojado afuera, sería la señal de que ésa era la de Elías. Le fue dicho esto en una revelación.

Tuvo luego la visión de cómo buscaron a un viejo judío y lo llevaron a la gruta del monte, y como éste era siempre arrojado afuera de una gruta, que tenía una puerta angosta amurallada, a pesar de que él se esforzaba por entrar. Por este prodigio reconocieron la gruta de Elías, dentro de la cual encontraron una segunda cueva amurallada, que había sido la capilla donde el profeta había orado a la futura Madre del Salvador.

Allí dentro hallaron huesos sagrados de profetas y de antiguos padres, como también biombos tejidos y utensilios que habían servido antiguamente para el servicio divino. El lugar donde estuvo la zarza se llama, según el lenguaje de la región, “Sombra de Dios”, y es visitado por los peregrinos, que se descansan antes. La capilla de Elías estaba hecha con hermosas piedras de colores y floreadas. Hay en las cercanías una montaña de arena rojiza, en la falda de la cual se cosechan hermosas frutas.

Natividad de la Virgen María

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XIII Oraciones para la fiesta del Nacimiento de María

 

Vi muchas cosas relacionadas con Santa Brígida y tuve conocimiento de varias comunicaciones hechas a esta santa sobre la Concepción Inmaculada y la Natividad de María. Recuerdo que la Virgen Santísima le dijo que cuando las mujeres embarazadas santifican la víspera del día de su Nacimiento, ayunando y recitando con devoción nueve veces el Ave María, en honor de los nueve meses que Ella había pasado en el seno de su madre, y cuando renuevan con frecuencia este ejercicio de piedad en el curso de su preñez y la víspera de su alumbramiento, acercándose con piedad a los sacramentos, lleva Ella esas oraciones ante Dios y les obtiene un parto feliz, aunque las condiciones se presenten difíciles.

En cuanto a mí, se me acercó la Virgen y me dijo, entre otras cosas, que quien en el día de hoy, (festividad del Nacimiento de La Virgen) por la tarde, recite con devoción nueve veces el Ave María en honor de su permanencia de nueve meses en el seno de su madre (Santa Ana) y de su nacimiento, y continúe durante nueve días este ejercicio de piedad, da a los ángeles cada día nueve flores destinadas a formar un ramillete que Ella recibe en el cielo y presenta a la Santísima Trinidad, con el fin de obtener una gracia para la persona que ha dicho esas mismas oraciones.

 

Más tarde me sentí transportada a la altura, entre el cielo y la tierra. Debajo estaba la tierra, oscura y esfumada. En el cielo, entre los coros de los ángeles y santos, vi a la Santísima Virgen ante el trono de Dios. Pude ver construir para Ella, con las oraciones y las devociones de los fieles del mundo dos puertas o tronos de honor que crecían hasta formar iglesias, palacios y ciudades enteras. Me admiró que estos edificios estuvieran hechos totalmente de plantas, flores y guirnaldas, expresando, las diversas especies, la naturaleza y el mérito de las oraciones, dichas por los individuos o por las comunidades. Vi que para conducirlo hasta el cielo los ángeles y santos tomaban todo esto de entre las manos de quienes decían tales oraciones.

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