XXI
Presentación de la Niña María en el Templo

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Esta mañana fueron al Templo: Zacarías, Joaquín y otros hombres. Más tarde fue
llevada María por su madre en medio de un acompañamiento solemne. Ana y su hija
María Helí, con la pequeña María Cleofás, marchaban delante; iba luego la santa
niña María con su vestidito y su manto azul celeste, los brazos y el cuello
adornados con guirnaldas: llevaba en la mano un cirio ceñido de flores. A su
lado caminaban tres niñitas con cirios semejantes. Tenían vestidos blancos,
bordados de oro y peplos celestes, como María, y estaban rodeadas de guirnaldas
de flores; llevaban otras pequeñas guirnaldas alrededor del cuello y de los
brazos. Iban en seguida las otras jóvenes y niñas vestidas de fiesta, aunque no
uniformemente. Todas llevaban pequeños mantos. Cerraban el cortejo las demás
mujeres.

Como no se podía ir en línea recta desde la posada al Templo, tuvieron que dar
una vuelta pasando por varias calles. Todo el mundo se admiraba de ver el
hermoso cortejo y en las puertas de varias casas rendían honores. En María se
notaba algo de santo y de conmovedor. A la llegada de la comitiva he visto a
varios servidores del Templo empeñados en abrir con grande esfuerzo una puerta
muy alta y muy pesada, que brillaba como oro y que tenía grabadas varias
figuras: cabezas, racimos de uvas y gavillas de trigo. Era la Puerta Dorada. La
comitiva entró por esa puerta. Para llegar a ella era preciso subir cincuenta
escalones; creo que había entre ellos algunos descansos. Quisieron llevar a
María de la mano; pero ella no lo permitió: subió los escalones rápidamente, sin
tropiezos, llena de alegre entusiasmo. Todos se hallaban profundamente
conmovidos.

Bajo la Puerta Dorada fue recibida María por Zacarías, Joaquín y algunos
sacerdotes que la llevaron hacia la derecha, bajo la amplia arcada de la puerta,
a las altas salas donde se había preparado una comida en honor de alguien. Aquí
se separaron las personas de la comitiva. La mayoría de las mujeres y de las
niñas se dirigieron al sitio del Templo que les estaba reservado para orar.
Joaquín y Zacarías fueron al lugar del sacrificio. Los sacerdotes hicieron
todavía algunas preguntas a María en una sala y cuando se hubieron retirado,
asombrados de la sabiduría de la niña, Ana vistió a su hija con el tercer traje
de fiesta, que era de color azul violáceo y le puso el manto, el velo y la
corona ya descritos por mí al relatar la ceremonia que tuvo lugar en la casa de
Ana.

Entre tanto Joaquín había ido al sacrificio con los sacerdotes. Luego de recibir
un poco de fuego tomado de un lugar determinado, se colocó entre dos sacerdotes
cerca del altar. Estoy demasiada enferma y distraída para dar la explicación del
sacrificio en el orden necesario. Recuerdo lo siguiente: no se podía llegar al
altar más que por tres lados. Los trozos preparados para el holocausto no
estaban todos en el mismo lugar, sino puestos alrededor, en distintos sitios. En
los cuatro extremos del altar había cuatro columnas de metal, huecas, sobre las
cuales descansaban cosas que parecían caños de chimenea. Eran anchos embudos de
cobre terminados en tubos en forma de cuernos, de modo que el humo podía salir
pasando por sobre la cabeza de los sacerdotes que ofrecían el sacrificio.

Mientras se consumía sobre el altar la ofrenda de Joaquín, Ana fue con María y
las jóvenes que la acompañaban, al vestíbulo reservado a las mujeres. Este lugar
estaba separado del altar del sacrificio por un muro que terminaba en lo alto en
una reja. En medio de este muro había una puerta. El atrio de las mujeres, a
partir del muro de separación, iba subiendo de manera que por lo menos las que
se hallaban más alejadas podían ver hasta cierto punto el altar del sacrificio.
Cuando la puerta del muro estaba abierta, algunas mujeres podían ver el altar.

María y las otras jóvenes se hallaban de pie, delante de Ana, y las demás
parientas estaban a poca distancia de la puerta. En sitio aparte había un grupo
de niños del Templo, vestidos de blanco, que tañían flautas y arpas. Después del
sacrificio se preparó bajo la puerta de separación un altar portátil cubierto,
con algunos escalones para subir. Zacarías y Joaquín fueron con un sacerdote
desde el patio hasta este altar, delante del cual estaba otro sacerdote y dos
levitas con rollos y todo lo necesario para escribir. Un poco atrás se hallaban
las doncellas que habían acompañado a María. María se arrodilló sobre los
escalones; Joaquín y Ana extendieron las manos sobre su cabeza. El sacerdote
cortó un poco de sus cabellos, quemándolos luego sobre un brasero. Los padres
pronunciaron algunas palabras, ofreciendo a su hija, y los levitas las
escribieron.

Entretanto las niñas cantaban el salmo “Eructavit cor meum verbum bonum” y los
sacerdotes el salmo “Deus deorum Dominus locutus est” mientras los niños tocaban
sus instrumentos. Observé entonces que dos sacerdotes tomaron a María de la mano
y la llevaron por unos escalones hacia un lugar elevado del muro, que separaba
el vestíbulo del Santuario. Colocaron a la niña en una especie de nicho en el
centro de aquel muro, de manera que ella pudiera ver el sitio donde se hallaban,
puestos en fila, varios hombres que me parecieron consagrados al Templo. Dos
sacerdotes estaban a su lado; había otros dos en los escalones, recitando en
alta voz oraciones escritas en rollos.

Del otro lado del muro se hallaba de pie un anciano príncipe de los sacerdotes,
cerca del altar, en un sitio bastante elevado que permitía vérsele el busto. Yo
lo vi presentando el incienso, cuyo humo se esparció alrededor de María. Durante
esta ceremonia vi en torno de María un cuadro simbólico que pronto llenó el
Templo y lo oscureció. Vi una gloria luminosa debajo del corazón de María y
comprendí que ella encerraba la promesa de la sacrosanta bendición de Dios. Esta
gloria aparecía rodeada por el arca de Noé, de manera que la cabeza de María se
alzaba por encima y el arca tomaba a su vez la forma del Arca de la Alianza,
viendo luego a ésta corno encerrada en el Templo.

Luego vi que todas estas formas desaparecían mientras el cáliz de la santa Cena
se mostraba fuera de la gloria, delante del pecho de María, y más arriba, ante
la boca de la Virgen, aparecía un pan marcado con una cruz. A los lados
brillaban rayos de cuyas extremidades surgían figuras con símbolos místicos de
la Santísima Virgen, como todos los nombres de las Letanías que le dirige la
Iglesia. Subían, cruzándose desde sus hombros, dos ramas de olivo y de ciprés, o
de cedro y de ciprés, por encima de una hermosa palmera junto con un pequeño
ramo que vi aparecer detrás de ella. En los espacios de las ramas pude ver todos
los instrumentos de la pasión de Jesucristo. El Espíritu Santo, representado por
una figura alada que parecía más forma humana que paloma, se hallaba suspendido
sobre el cuadro, por encima del cual vi el cielo abierto, el centro de la
celestial Jerusalén, la ciudad de Dios, con todos sus palacios, jardines y
lugares de los futuros santos. Todo estaba lleno de ángeles, y la gloria, que
ahora rodeaba a la Virgen Santísima, lo estaba con cabezas de estos espíritus.
¡Ah, quién pudiera describir estas cosas con palabras humanas!…

Se veía todo bajo formas tan diversas y tan multiformes, derivando unas de las
otras en tan continuada transformación, que he olvidado la mayor parte de ellas.
Todo lo que se relaciona con la Santísima Virgen en la antigua y en la nueva
Alianza y hasta en la eternidad, se hallaba allí representado. Sólo puedo
comparar esta visión a otra menor que tuve hace poco, en la cual vi en toda su
magnificencia el significado del santo Rosario. Muchas personas, que se creen
sabias, comprenden esto menos que los pobres y humildes que lo recitan con
simplicidad, pues éstos acrecientan el esplendor con su obediencia, su piedad y
su sencilla confianza en la Iglesia, que recomienda esta oración. Cuando vi todo
esto, las bellezas y magnificencias del Templo, con los muros elegantemente
adornados, me parecían opacos y ennegrecidos detrás de la Virgen Santísima. El
Templo mismo parecía esfumarse y desaparecer: sólo María y la gloria que la
rodeaba lo llenaba todo.

Mientras estas visiones pasaban delante de mis ojos, dejé de ver a la Virgen
Santísima bajo forma de niña: me pareció entonces grande y como suspendida en el
aire. Con todo veía también, a través de María, a los sacerdotes, al sacrificio
del incienso y a todo lo demás de la ceremonia. Parecía que el sacerdote estaba
detrás de ella, anunciando el porvenir e invitando al pueblo a agradecer y a
orar a Dios, porque de esta niña habría de salir algo muy grandioso. Todos los
que estaban en el Templo, aunque no veían lo que yo veía, estaban recogidos y
profundamente conmovidos. Este cuadro se desvaneció gradualmente de la misma
manera que lo había visto aparecer. Al fin sólo quedó la gloria bajo el corazón
de María y la bendición de la promesa brillando en su interior. Luego
desapareció también y sólo vi a la niña María adornada entre los sacerdotes.

Los sacerdotes tomaron las guirnaldas que estaban alrededor de sus brazos y la
antorcha que llevaba en la mano, y se las dieron a las compañeras. Le pusieron
en la cabeza un velo pardo y la hicieron descender las gradas, llevándola a una
sala vecina, donde seis vírgenes del Templo, de mayor edad, salieron a su
encuentro arrojando flores ante ella. Detrás iban sus maestras, Noemí, hermana
de la madre de Lázaro, la profetisa Ana y otra mujer. Los sacerdotes recibieron
a la pequeña María, retirándose luego.

Los padres de la Niña, así como sus parientes más cercanos, se encontraban allí.
Una vez terminados los cantos sagrados, despidióse María de sus padres. Joaquín,
que estaba profundamente conmovido, tomó a María entre sus brazos y apretándola
contra su corazón, dijo en medio de las lágrimas: “Acuérdate de mi alma ante
Dios”. María se dirigió luego con las maestras y varias otras jóvenes a las
habitaciones de las mujeres, al Norte del Templo. Estas habitaban salas abiertas
en los espesos muros del Templo y podían, a través de pasajes y escaleras, subir
a los pequeños oratorios colocados cerca del Santuario y del Santo de los
Santos. Los deudos de María volvieron a la sala contigua a la Puerta Dorada,
donde antes se habían detenido quedándose a comer en compañía de los sacerdotes.
Las mujeres comían en sala aparte.

He olvidado, entre otras muchas cosas, por qué la fiesta había sido tan
brillante y solemne. Sin embargo, sé que fue a consecuencia de una revelación de
la voluntad de Dios. Los padres de María eran personas de condición acomodada y
si vivían pobremente era por espíritu de mortificación y para poder dar más
limosnas a los pobres. Así es cómo Ana, no sé por cuánto tiempo, sólo comió
alimentos fríos. A pesar de esto trataban a la servidumbre con generosidad y la
dotaban. He visto a muchas personas orando en el Templo. Otras habían seguido a
la comitiva hasta la puerta misma.

Algunos de los presentes debieron tener cierto presentimiento de los destinos de
la Niña, pues recuerdo unas palabras que Santa Ana en un momento de entusiasmo
jubiloso dirigió a las mujeres, cuyo sentido era: “He aquí el Arca de la
Alianza, el vaso de la Promesa, que entra ahora en el Templo”. Los padres de
María y demás parientes regresaron hoy a Bet-Horon.

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