TEMPLO DE JERUSALEN 3

XXII
María en el Templo

He visto una fiesta en las habitaciones de las vírgenes del Templo. María pidió
a las maestras y a cada doncella en particular si querían admitirla entre ellas,
pues esta era la costumbre que se practicaba. Hubo una comida y una pequeña
fiesta en la que algunas niñas tocaron instrumentos de música. Por la noche vi a
Noemí, una de las maestras, que conducía a la niña María hasta la pequeña
habitación que le estaba reservada y desde la cual podía ver el interior del
Templo. Había en ella una mesa pequeña, un escabel y algunos estantes en los
ángulos. Delante de esta habitación había lugar para la alcoba, el guardarropa y
el aposento de Noemí. María habló a Noemí de su deseo de levantarse varias veces
durante la noche, pero ésta no se lo permitió. Las mujeres del Templo llevaban
largas y amplias vestiduras blancas, ceñidas con fajas y mangas muy anchas, que
recogían para trabajar. Iban veladas.

No recuerdo haber visto nunca a Herodes que haya hecho reconstruir de nuevo la
totalidad del Templo. Sólo vi que durante su reinado se hicieron diversos
cambios. Cuando María entró en el Templo, once años antes del nacimiento del
Salvador, no se hacían trabajos propiamente dichos; pero, como siempre, se
trabajaba en las construcciones exteriores: esto no dejó de hacerse nunca. He
visto hoy la habitación de María en el Templo. En el costado Norte, frente al
Santuario, se hallaban en la parte alta varias salas que comunicaban con las
habitaciones de las mujeres. El dormitorio de María era uno de los más
retirados, frente al Santo de los Santos. Desde el corredor, levantando una
cortina, se pasaba a una sala anterior separada del dormitorio por un tabique de
forma convexa o terminada en ángulo. En los ángulos de la derecha e izquierda
estaban las divisiones para guardar la ropa y los objetos de uso; frente a la
puerta abierta de este tabique, algunos escalones llevaban arriba hasta una
abertura, delante de la cual había un tapiz, pudiéndose ver desde allí el
interior del Templo. A izquierda, contra el muro de la habitación, había una
alfombra enrollada, que cuando estaba extendida formaba el lecho sobre el cual
reposaba la niña María. En un nicho de la muralla estaba colocada una lámpara,
cerca de la cual vi a la niña de pie, sobre un escabel, leyendo oraciones en un
rollo de pergamino. Llevaba un vestido de listas blancas y azules, sembrado de
flores amarillas. Había en la habitación una mesa baja y redonda.

Vi entrar en la habitación a la profetisa Ana, que colocó sobre la mesa una
fuente con frutas del grosor de un haba y una anforita. María tenía una destreza
superior a su edad: desde entonces la vi trabajar en pequeños pedazos de tela
blanca para el servicio del Templo. Las paredes de su pieza estaban sobrepuestas
con piedras triangulares de varios colores. A menudo oía yo a la niña decir a
Ana: “¡Ah, pronto el Niño prometido nacerá! ¡Oh, si yo pudiera ver al Niño
Redentor!”… Ana le respondía; “Yo soy ya anciana y debí esperar mucho a ese
Niño. ¡Tú, en cambio, eres tan pequeña!”… María lloraba a menudo por el ansia
de ver al Niño Redentor.

Las niñas que se educaban en el Templo se ocupaban de bordar, adornar, lavar y
ordenar las vestiduras sacerdotales y limpiar los utensilios sagrados del
Templo. En sus habitaciones, desde donde podían ver el Templo, oraban y
meditaban. Estaban consagradas al Señor por medio de la entrega que hacían sus
padres en el Templo. Cuando llegaban a la edad conveniente, eran casadas, pues
había entre los israelitas piadosos la silenciosa esperanza de que, de una de
estas vírgenes consagradas al Señor debía nacer el Mesías. Cuan ciegos y duros
de corazón eran los fariseos y los sacerdotes del Templo se puede conocer por el
poco interés y desconocimiento que manifestaron con las santas personas con las
cuales trataron. Primeramente desecharon sin motivo el sacrificio de Joaquín.
Sólo después de algunos meses, por orden de Dios, fue aceptado el sacrificio de
Joaquín y de Ana. Joaquín llega a las cercanías del Santuario y se encuentra con
Ana, sin saberlo de antemano, conducidos por los pasajes debajo del Templo por
los mismos sacerdotes. Aquí se encuentran ambos esposos y María es concebida.
Otros sacerdotes los esperan en la salida del Templo. Todo esto sucedía por
orden e inspiración de Dios. He visto algunas veces que las estériles eran
llevadas allí por orden de Dios.

María llega al Templo teniendo algo menos de cuatro años: en toda su
presentación hay signos extraordinarios y desusados. La hermana de la madre de
Lázaro viene a ser la maestra de María, la cual aparece en el Templo con tales
señales no comunes que algunos sacerdotes ancianos escribían en grandes libros
acerca de esta niña extraordinaria. Creo que estos escritos existen aún entre
otros escritos, ocultos por ahora. Más tarde suceden otros prodigios, como el
florecimiento de la vara en el casamiento con José. Luego la extraña historia de
la venida de los tres Reyes Magos, de los pastores, por medio de la llamada de
los ángeles. Después, en la presentación de Jesús en el Templo, el testimonio de
Simeón y de Ana; y el hecho admirable de Jesús entre los doctores del Templo a
los doce años. Todo este conjunto de cosas extraordinarias las despreciaron los
fariseos y las desatendieron. Tenían las cabezas llenas de otras ideas y asuntos
profanos y de gobierno. Porque la Santa Familia vivió en pobreza voluntaria fue
relegada al olvido, como el común del pueblo. Los pocos iluminados, como Simeón,
Ana y otros, tuvieron que callar y reservarse delante de ellos.

Cuando Jesús comenzó su vida pública y Juan dio testimonio de Él, lo
contradijeron con tanta obstinación en sus enseñanzas, que los hechos
extraordinarios de su juventud, si es que no los habían olvidado, no tenían
interés ninguno en darlos a conocer a los demás. El gobierno de Herodes y el
yugo de los romanos, bajo el cual cayeron, los enredó de tal manera en las
intrigas palaciegas y en los negocios humanos, que todo espíritu huyó de ellos.
Despreciaron el testimonio de Juan y olvidaron al decapitado. Despreciaron los
milagros y la predicación de Jesús. Tenían ideas erróneas sobre el Mesías y los
profetas: así pudieron maltratarlo tan bárbaramente, darle muerte y negar luego
su resurrección y las señales milagrosas sucedidas, como también el cumplimiento
de las profecías en la destrucción de Jerusalén. Pero si su ceguera fue grande
al no reconocer las señales de la venida del Mesías, mayor es su obstinación
después que obró milagros y escucharon su predicación. Si su obstinación no
fuese tan grandemente extraordinaria, ¿cómo podría esta ceguera continuar hasta
nuestros días?

Cuando voy por las calles de la presente Jerusalén para hacer el Via Crucis veo
a menudo, debajo de un ruinoso edificio, una gran arcada en parte derruida y en,
parte con agua que entró. El agua llega, al presente, hasta la tabla de la mesa,
del medio de la cual se levanta una columna, en torno de la que cuelgan cajas
llenas de rollos escritos. Debajo de la mesa hay también rollos dentro del agua.
Estos subterráneos deben ser sepulcros: se extienden hasta el monte Calvario.
Creo que es la casa que habitó Pilatos. Ese tesoro de escritos será a su tiempo
descubierto.

He visto a la Santísima Virgen en el Templo, unas veces en la habitación de las
mujeres con las demás niñas, otras veces en su pequeño dormitorio, creciendo en
medio del estudio, de la oración y del trabajo, mientras hilaba y tejía para el
servicio del Templo. María lavaba la ropa y limpiaba los vasos sagrados. Como
todos los santos, sólo comía para el propio sustento, sin probar jamás otros
alimentos que aquéllos a los que había prometido limitarse. Pude verla a menudo
entregada a la oración y a la meditación. Además de las oraciones vocales
prescritas en el Templo, la vida de María era una aspiración incesante hacia la
redención, una plegaria interior continua. Hacía todo esto con gran serenidad y
en secreto, levantándose de su lecho e invocando al Señor cuando todos dormían.
A veces la vi llorando, resplandeciente, durante la oración. María rezaba con el
rostro velado. También se cubría cuando hablaba con los sacerdotes o bajaba a
una habitación vecina para recibir su trabajo o entregar el que había terminado.
En tres lados del Templo estaban estas habitaciones, que parecían semejantes a
nuestras sacristías. Se guardaban en ellas los objetos que las mujeres
encargadas debían cuidar o confeccionar.

He visto a María en estado de éxtasis continuo y de oración interior. Su alma no
parecía hallarse en la tierra y recibía a menudo consuelos celestiales.
Suspiraba continuamente por el cumplimiento de la promesa y en su humildad
apenas podía formular el deseo de ser la última entre las criadas de la Madre
del Redentor. La maestra que la cuidaba era Noemí, hermana de la madre de
Lázaro. Tenía cincuenta años y pertenecía a la sociedad de los esenios, así como
las mujeres agregadas al servicio del Templo. María aprendió a trabajar a su
lado, acompañándola cuando limpiaba las ropas y los vasos manchados con la
sangre de los sacrificios; repartía y preparaba porciones de carne de las
víctimas reservadas para los sacerdotes y las mujeres. Más tarde se ocupó con
mayor actividad de los quehaceres domésticos. Cuando Zacarías se hallaba en el
Templo, de turno, la visitaba a menudo; Simeón también la conocía. Los destinos
para los cuales estaba llamada María no podían ser completamente desconocidos
por los sacerdotes. Su manera de ser, su porte, su gracia infinita, su sabiduría
extraordinaria, eran tan notables que ni aún su extrema humildad lograba
ocultar.

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