Por que no es bueno HALLOWEEN.

A veces tienes una clara intuición sobre la respuesta a una pregunta pero no sabes ponerle las palabras adecuadas, entonces escuchas con excitación que alguien ha sabido ponérselas y que es eso precisamente lo que tu pensabas. Cuando encuentras algo así te apetece compartirlo. Yo lo he sentido al escuchar a D. Lorenzo Trujillo en su reflexión dominical (la segunda parte sobre todo) y os paso el enlace www.formacioncristiana.org pinchad donde pone «reflexión dominical».

Nada más.

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ENRIQUE DE DIEGO DESDE LA PLATAFORMA DE LAS CLASES MEDIAS.

Enrique de Diego es  pre=»es «>aparte de  «>periodista alma del Movimiento de las Clases Medias.En una sociedad tan narcotizada y anodina como la nuestra se agradece que exista alguien que por lo menos intenta reaccionar, hacer algo, aunque sea lo más parecido al profeta que clama en el desierto de nuestra vulgaridad y pasotismo. Selecciono este artículo publicado en www.elsemanaldigital.com porque me induce a la reflexión y a la acción. Dice grandes verdades, aquí os lo transcribo…

¿ MERECE ESTA SOCIEDAD SOBREVIVIR ?

enrique de diego

Enrique de Diego en medio de una movilización

 Con un modelo político inviable, basado en la mentira y la corrupción generalizada, en el que se llegó a la estupidez de montar diecisiete miniestados, con una economía intervenida basada en el más corrupto mercantilismo, con un sistema financiero asaltado por los políticos y degenerado en su larga mano, con una sociedad adormecida, con las mentes degradadas e incapaces de ver la realidad, España -cuyo Estado ya está en quiebra como el conjunto de sus instituciones, aunque sigan viviendo del cuento y del engaño- con un Gobierno de inútiles y una oposición de incompetentes, se encamina hacia la miseria y el hambre generalizadas.

No se trata de una profecía, sino de la más estricta lógica que permite establecer consecuencias lógicas a las causas.

He dicho muchas veces, y voy a seguir repitiéndolo, cueste lo que cueste, que el Estado y las autonomías no pagarán a sus funcionarios, que no estarán abiertos los hospitales ni los colegios, que se fallará en el pago de las pensiones. Todo esto lo puede ver cualquier, no es preciso ser muy listo, viendo como se dispara la deuda y como sigue aumentando el gasto. Reduciendo ingresos y aumentando gastos se va a la quiebra. A nivel social, la quiebra implica violencia y conflictos.

Se ha producido una noticia de la máxima importancia. Y es muy probable que sólo la escuchen en A Fondo. La Comunidad de Murcia –porque hemos llegado al desquicie de que Murcia tenga un Gobierno y un Parlamento y que lo tenga Madrid- decidió el 9 de octubre recortar gastos por valor de 25 millones de euros de sanidad, la llamada política social, educación, etc. Bueno, en principio, la conclusión es que se pueden recortar gastos.

Conclusión precipitada: lo que se hizo fue una rapiña de fondos para poder pagar a los funcionarios. La Comunidad de Murcia no ha pagado el sueldo de este mes a los trabajadores de su servicio de salud.

La partida más importante de cuantas sufren el tijeretazo es la relativa al apoyo a la industria agroalimentaria: 4.547.440,23 euros. Luego, el plan de optimización inmobiliaria de edificios de uso administrativo: 2.361.142,42 euros. Y en tercer lugar la Radiotelevisión de la Región de Murcia: 2.201.811,36 euros. También hay recortes importantes en infraestructuras…para pagar a los funcionarios.

Conclusión definitiva: la Comunidad de Murcia no invertirá, ni seguirá con el gasto social, porque para lo que va a servir, únicamente, es para pagar a sus funcionarios.

La casta parasitaria ha llegado a su colapso, a sus contradicciones objetivas y últimas.

Como, además, todo es mentira, la Comunidad de Murcia no recaudará lo que piensa, ni el Gobierno le remitirá lo convenido y, a no mucho tardar, los funcionarios no cobrarán.

Frente a esta situación entre terrible y patética, que precisa de inmediato una regeneración democrática a fondo, la cuestión que se me plantea es: ¿merece esta sociedad sobrevivir? La respuesta la podré dar el sábado 7 de noviembre, a las 12 horas, en la Plaza de Alonso Martínez, a la vista del nivel y la cuantía de la movilización. 

 

VIDA DE LA VIRGEN MARIA XXIX

LA ANUNCIACION EL GRECOLA ANUNCIACION DE FRA ANGELICO

XXIX
La anunciación del Ángel

Tuve una visión de la Anunciación de María el día de esa fiesta. He visto a la
Virgen Santísima poco después de su desposorio, en la casa de San José, en
Nazaret. José había salido con dos asnos para traer algo que había heredado o
para buscar las herramientas de su oficio. Me pareció que se hallaba aún en
camino. Además de la Virgen y de dos jovencitas de su edad que habían sido,
según creo, sus compañeras en el Templo, vi en la casa a Santa Ana con aquella
parienta viuda que se hallaba a su servicio y que más tarde la acompañó a Belén,
después del nacimiento de Jesús. Santa Ana había renovado todo en la casa. Vi a
las cuatro mujeres yendo y viniendo por el interior paseando juntas en el patio.
Al atardecer las he visto entrar y rezar de pie en torno de una pequeña mesa
redonda; después comieron verduras y se separaron. Santa Ana anduvo aún en la
casa de un lado a otro, como una madre de familia ocupada en quehaceres
domésticos. María y las dos jóvenes se retiraron a sus dormitorios, separados.

El frente de la alcoba, hacia la puerta, era redondo, y en esta parte circular,
separada por un tabique de la altura de un hombre, se encontraba arrollado el
lecho de María. Fui conducida hasta aquella habitación por el joven
resplandeciente que siempre me acompaña, y vi allí lo que voy a relatar en la
forma que puede hacerlo una persona tan miserable como yo.

Cuando hubo entrado la Santísima Virgen se puso, detrás de la mampara de su
lecho, un largo vestido de lana blanca con ancho ceñidor y se cubrió la cabeza
con un velo blanco amarillento. La sirvienta entró con una luz, encendió una
lámpara de varios brazos que colgaba del techo, y se retiró. La Virgen tomó una
mesita baja arrimada contra el muro y la puso en el centro de la habitación. La
mesa estaba cubierta con una carpeta roja y azul, en medio de la cual había una
figura bordada: no sé si era una letra o un adorno simplemente.

Sobre la mesa había un rollo de pergamino escrito. Habiéndola colocado la Virgen
entre su lecho y la puerta, en un lugar donde el suelo estaba cubierto con una
alfombra, puso delante de sí un pequeño cojín redondo, sobre el cual se
arrodilló, afirmándose con las dos manos sobre la mesa. María veló su rostro y
juntó las manos delante del pecho, sin cruzar los dedos. Durante largo tiempo la
vi así orando ardientemente, con la faz vuelta al cielo, invocando la Redención,
la venida del Rey prometido a Israel, y pidiendo con fervor le fuera permitido
tomar parte en aquella misión. Permaneció mucho tiempo arrodillada, transportada
en éxtasis; luego inclinó la cabeza sobre el pecho.

Entonces del techo de la habitación bajó, a su lado derecho, en línea algún
tanto oblicua, un golpe tan grande de luz, que me vi obligada a volver los ojos
hacia la puerta del patio. Vi, en medio de aquella masa de luz, a un joven
resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que había descendido ante María,
a través de los aires. Era el Arcángel Gabriel. Cuando habló vi que salían las
palabras de su boca como si fuesen letras de fuego: las leí y las comprendí.

María inclinó un tanto su cabeza velada a la derecha. Sin embargo, en su
modestia, no miró al ángel. El Arcángel siguió hablando. María volvió entonces
el rostro hacia él, como si obedeciera una orden, levantó un poco el velo y
respondió. El ángel dijo todavía algunas palabras. María alzó el velo
totalmente, miró al ángel y pronunció las sagradas palabras:
«He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra»… 

 María se hallaba en un profundo arrobamiento. La habitación resplandecía y ya
no veía yo la lámpara del techo ni el techo mismo. El cielo aparecía abierto y
mis miradas siguieron por encima del ángel una ruta luminosa. En el punto
extremo de aquel río de luz se alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era
como un fulgor triangular, cuyos rayos se penetraban recíprocamente. Reconocí
allí Aquello que sólo se puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo, y, sin embargo, un solo Dios Todopoderoso.

Cuando la Santísima Virgen hubo dicho: «Hágase en mí según tu palabra», vi una
aparición alada del Espíritu Santo, que no se parecía a la representación
habitual bajo la forma de paloma: la cabeza se asemejaba a un rostro humano; la
luz se derramaba a los costados en forma de alas. Vi partir de allí como tres
efluvios luminosos hacia el costado derecho de la Virgen, donde volvieron a
reunirse. Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen
volvióse luminosa Ella misma y como transparente: parecía que todo lo que había
de opaco en ella desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el espléndido día.
Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de opaco o de oscuro.
Resplandecía como enteramente iluminada.

Después de esto vi que el ángel desaparecía y que la faja luminosa, de donde
había salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y volviese hacia sí
la luz que había dejado caer. Mientras veía todas estas cosas en la habitación
de María tuve una impresión personal de naturaleza singular. Me hallaba en
angustia continua, como si me acechasen peligrosas emboscadas, y vi una horrible
serpiente que se arrastraba a través de la casa y por los escalones hasta la
puerta, donde me había detenido cuando la luz penetró en la Santísima Virgen.

El monstruo había llegado ya al tercer escalón. Aquella serpiente era del tamaño
de un niño, con la cabezota ancha y chata, y a la altura del pecho tenía dos
patas cortas membranosas, armadas con garras, sobre las cuales se arrastraba,
que parecían alas de murciélago. Tenía manchas de diferentes colores, de aspecto
repugnante; se parecía a la serpiente del Paraíso terrenal, pero de aspecto más
deforme y espantoso. Cuando el ángel desapareció de la presencia de la Virgen,
ésta pisa la cabeza del monstruo que estaba delante de la puerta, el cual lanzó
un grito tan espantoso que me hizo estremecer. Después he visto aparecer tres
espíritus, que golpearon al odioso reptil echándolo fuera de la casa.
 
Desaparecido el ángel he visto a María arrobada en éxtasis profundo, en absoluto
recogimiento. Pude ver que ya conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en
sí misma, donde se hallaba como un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente
formado y provisto de todos sus miembros. Aquí, en Nazaret, no es lo mismo que
en Jerusalén, donde las mujeres deben quedarse en el atrio, sin poder entrar en
el Templo, porque solamente los sacerdotes tienen acceso al Santuario. En
Nazaret la misma Virgen es el Templo: el Santo de los Santos está en Ella, como
también el Sumo Sacerdote y se halla Ella sola con Él. ¡Qué conmovedor es todo
esto y qué natural y sencillo al mismo tiempo! Quedaban cumplidas las palabras
del salmo 45: «El Altísimo
ha santificado su tabernáculo; Dios está en medio de Él, y no será conmovido».

 

Era más o menos la medianoche cuando contemplé todo este espectáculo. Al cabo de
algún tiempo Ana entró en la habitación de María con las demás mujeres. Un
movimiento admirable en la naturaleza las había despertado: una luz maravillosa
había aparecido por encima de la casa. Cuando vieron a María de rodillas, bajo
la lámpara, arrebatada en el éxtasis de su plegaria, se alejaron
respetuosamente.

Después de algún tiempo vi a la Virgen levantarse y acercarse al altarcito de la
pared; encendió la lámpara y oró de pie. Delante de ella, sobre un alto atril,
había rollos escritos. Sólo al amanecer la vi descansando. El guía me llevó
fuera de la habitación; pero cuando estuve en el pequeño vestíbulo de la casa me
vi presa de gran temor. Aquella horrible serpiente, que estaba allí en acecho,
se precipitó sobre mí y quiso ocultarse entre los pliegues de mi vestido. Me
encontré en medio de una angustia horrible; pero mi guía me alejó de allí y pude
ver que reaparecían los tres espíritus, que golpearon nuevamente al monstruo.
Aún resuena en mí su grito horroroso y me espanta su recuerdo.
 
Contemplando esta noche el misterio, de la Encarnación comprendía todavía muchas
otras cosas. Ana recibió un conocimiento interior de lo que estaba realizándose.
Supe también por qué el Redentor debía quedar nueve meses en el seno de su Madre
y nacer bajo la forma de niño; el porqué no quiso aparecer en forma de hombre
perfecto como nuestro primer padre Adán saliendo de las manos de Dios: todo esto
se me explicó, pero ya no lo puedo explicar con claridad. Lo que puedo decir es
que Él quiso santificar nuevamente el acto de la concepción y la natividad de
los hombres, degradados por el pecado original.

Si María se convirtió en Madre y si Él no vino más temprano al mundo fue porque
ella era lo que ninguna criatura fue antes ni será después: el puro vaso de
gracia que Dios había prometido a los hombres y en el cual Él debía hacerse
hombre, para pagar las deudas de la humanidad, mediante los abundantes méritos
de su pasión.
 
La Santísima Virgen era la flor perfectamente pura de la raza humana abierta en
la plenitud de los tiempos. Todos los hijos de Dios entre los hombres, todos,
hasta los que desde el principio habían trabajado en la obra de la
santificación, han contribuido a su venida. Ella era el único oro puro de la
tierra; solamente ella era la porción inmaculada de la carne y de la sangre de
la humanidad entera, que preparada, depurada, recogida y consagrada a través de
todas las generaciones de sus antepasados; conducida, protegida y fortalecida
bajo el régimen de la ley de Moisés, se realizaba finalmente como plenitud de la
gracia. Predestinada en la eternidad, surgió en el tiempo como Madre del Verbo
Eterno.
 
La Virgen María contaba poco más de catorce años cuando tuvo lugar la
Encarnación de Jesucristo. Jesús llegó a la edad de treinta y tres años y tres
veces seis semanas. Digo tres veces seis, porque en este mismo instante estoy
viendo la cifra seis repetida tres veces.

Arriba

 

 

VIDA DE LA VIRGEN MARIA XXVI, XXVII Y XXVIII.

Marca del Anillo de boda de la Virgen María

Marca del Anillo de boda de la Virgen María

XXVI
El anillo nupcial de María
He visto que el anillo nupcial de María no es de oro ni de plata ni de otro
metal. Tiene un color sombrío con reflejos cambiantes. No es tampoco un pequeño
círculo delgado, sino bastante grueso como un dedo de ancho. Lo vi todo liso,
aunque llevaba incrustados pequeños triángulos regulares en los cuales había
letras. Vi que estaba bien guardado bajo muchas cerraduras en una hermosa
iglesia. Hay personas piadosas que antes de celebrar sus bodas tocan esta
reliquia preciosa con sus alianzas matrimoniales. En estos últimos días he
sabido muchos detalles relativos a la historia del anillo nupcial de María; pero
no puedo relatarlo en el orden debido.

He visto una fiesta en una ciudad de Italia (Perusa) donde se conserva este
anillo. Estaba expuesto en una especie de viril, encima del tabernáculo. Había
allí un gran altar embellecido con adornos de plata. Mucha gente llevaba sus
anillos para hacerlos tocar en la custodia. Durante esta fiesta he visto
aparecer de ambos lados del altar del anillo, a María y a José con sus trajes de
bodas. Me pareció que José colocaba el anillo en el dedo de María. En aquel
momento vi el anillo todo luminoso, como en movimiento. A la izquierda y a la
derecha del altar, vi otros dos altares, los cuales probablemente no se hallaban
en la misma iglesia; pero me fueron mostrados allí en esta visión.

Sobre el altar de la derecha se hallaba una imagen del Ecce Homo, que un piadoso
magistrado romano, amigo de San Pedro, había recibido milagrosamente. Sobre el
altar de la izquierda estaba una de las mortajas de Nuestro Señor.

Terminadas las bodas, se volvió Ana a Nazaret, y María partió también en
compañía de varias vírgenes que habían dejado el Templo al mismo tiempo que
ella. No sé hasta dónde acompañaron a María: sólo recuerdo que el primer sitio
donde se detuvieron para pasar la noche fue la escuela de Levitas de Bet-Horon.
María hacía el viaje a pie. Después de las bodas, José había ido a Belén para
ordenar algunos asuntos de familia. Más tarde se trasladó a Nazaret.
XXVII
La casa de Nazaret
He visto una fiesta en la casa de Santa Ana. Vi allí a seis huéspedes, sin
contar a los familiares de la casa, y a algunos niños  reunidos con José y María
en torno de una mesa, sobre la cual había vasos. La Virgen tenía un manto con
flores rojas, azules y blancas, como se ve en las antiguas casullas. Llevaba un
velo transparente y por encima otro negro. Esta parecía una continuación de la
fiesta de bodas.

Mi guía me llevó a la casa de Santa Ana, que reconocí enseguida con todos sus
detalles. No encontré allí a José ni a María. Vi que Santa Ana se disponía a ir
a Nazaret, donde habitaba ahora la Sagrada Familia. Llevaba bajo el brazo un
envoltorio para María. Para ir a Nazaret tuvo que atravesar una llanura y luego
un bosquecillo, delante de una altura. Yo seguí el mismo camino. He visto a Ana
visitando a María y entregarle lo que había traído para ella, volviéndose luego
a su casa. María lloró mucho y acompañó a su santa madre un trozo de camino. Vi
a San José frente a la casa en un sitio algo apartado.

La casita de Nazaret, que Ana había preparado para María y José, pertenecía a
Santa Ana. Ella podía, desde su casa, llegar allí sin ser observada, por caminos
extraviados, en media hora de camino.

La casa de José no estaba muy lejos de la puerta de la ciudad y no era tan
grande como la de Santa Ana. Había en la vecindad un pozo cuadrangular al cual
se bajaba por algunas escaleras. Delante de la casa había un pequeño patio
cuadrado. Estaba sobre una colinita, no edificada ni cavada, sino que estaba
separada de la colina por la parte de atrás, y a la cual conducía un sendero
angosto abierto en la misma roca. En la parte posterior tenía una abertura por
arriba, en forma de ventana, que miraba a lo alto de la colina. Había bastante
oscuridad detrás de la casa. La parte posterior de la casita era triangular y
era más elevada que la anterior. La parte baja estaba cavada en la piedra; la
parte alta era de materiales livianos.

En la parte posterior estaba el dormitorio de María: allí tuvo lugar la
Anunciación del Ángel. Esta habitación tenía forma semicircular debido a los
tabiques de juncos entretejidos groseramente, que cubrían las paredes
posteriores en lugar de los biombos livianos que se usaban. Los tabiques que
cubrían las paredes tenían dibujos de varias formas y colores. El lecho de María
estaba en el lado derecho; detrás de un tabique entretejido. En la parte
izquierda estaba el armario y la pequeña mesa con el escabel: era éste el lugar
de oración de María.

La parte posterior de la casa estaba separada del resto por el hogar, que era
una pared en medio de la cual se levantaba una chimenea hasta el techo. Por la
abertura del techo salía la chimenea, terminada en un pequeño tejadito. Más
tarde he visto al final de esta chimenea dos pequeñas campanas colgadas.

A derecha e izquierda había dos puertas con tres escalones que iban a la alcoba
de María. En las paredes del hogar había varios huecos abiertos con el menaje y
otros objetos que aún veo en la casa de Loreto, Detrás de la chimenea había un
tirante de cedro, al cual estaba adherida la pared del hogar con la chimenea.
Desde este tirante, plantado verticalmente salía otro a través, a la mitad de la
pared posterior, donde estaban metidos otros, por ambos lados. El color de estos
maderos era azulado con adornos amarillos. A través de ellos se veía el techo,
revestido interiormente de hojas y de esteras; en los ángulos había adornos de
estrellas. La estrella del ángulo del medio era grande y parecía representar el
lucero de la mañana. Más tarde he visto allí más número de estrellas. Sobre el
tirante horizontal que salía de la chimenea e iba a la pared posterior por una
abertura exterior, colgaba la lámpara. Debajo de la chimenea se veía otro
tirante. El techo exterior no era en punta, sino plano, de modo que se podía
caminar sobre él, pues estaba resguardado por un parapeto en torno de esa
azotea.

Cuando la Virgen Santísima, después de la muerte de San José, dejó la casita de
Nazaret y fue a vivir en las cercanías de Cafarnaúm, se empezó a adornar la
casa, conservándola como un lugar sagrado de oración. María peregrinaba a menudo
desde Cafarnaúm hasta allá, para visitar el lugar de la Encarnación y entregarse
a la oración. Pedro y Juan, cuando iban a Palestina, solían visitar la casita
para consagrar en ella, pues se había instalado un altar en el lugar donde había
estado el hogar. El armarito que María había usado lo pusieron sobre la mesa del
altar como a manera de tabernáculo.

La Casa de Nazaret de la Sagrada Familia en el Santuario de Loreto (Italia)

La Casa de Nazaret de la Sagrada Familia en el Santuario de Loreto (Italia)

XXVIII
Traslado de La santa casa de Nazaret a Loreto
He tenido a menudo la visión del traslado de la santa casa de Nazaret a Loreto.
Yo no lo podía creer, a pesar de haberlo visto repetidas veces en visión.

La he visto llevada por siete ángeles, que flotaban sobre el mar con ella. No
tenía suelo, pero había en lugar del suelo un cimiento de luz y de claridad. De
ambos lados tenía como asas. Tres ángeles la sostenían de un lado; otros tres
del otro, llevándola por los aires. Uno de los ángeles volaba delante arrojando
una gran estela de luz y de resplandor.

Recuerdo haber visto que se llevaba a Europa la parte posterior de la casa, con
el hogar y la chimenea, con el altar del Apóstol y con la pequeña ventana. Me
parece, cuando pienso en ello, que las demás partes de la casa estaban pegadas a
esta parte y que quedaron así, casi en estado de caerse por sí solas.

Veo en Loreto también la cruz que María usó en Éfeso: está hecha de varias
clases de madera. Más tarde la poseyeron los Apóstoles. Muchos prodigios se
obran por medio de esta cruz.

Las paredes de la santa casa de Loreto son totalmente las mismas de Nazaret. Los
tirantes que estaban debajo de la chimenea son los mismos. La imagen milagrosa
de María está ahora sobre el altar de los Apóstoles.

VIDA DE LA VIRGEN MARÍA. XXV.

DESPOSORIOS DE MARIA Y JOSE

XXV
Desposorio de la Virgen María con San José
María vivía entre tanto en el Templo con otras muchas jóvenes bajo la custodia
de las piadosas matronas, ocupadas en bordar, en tejer y en labores para las
colgaduras del Templo y las vestiduras sacerdotales. También limpiaban las
vestiduras y otros objetos destinados al culto divino.

Cuando llegaban a la mayoría de edad, se las casaba. Sus padres las habían
entregado totalmente a Dios y entre los israelitas más piadosos existía el
presentimiento que de uno de esos matrimonios se produciría el advenimiento del
Mesías.

Cuando María tenía catorce años y debía salir pronto del Templo para casarse,
junto con otras siete jóvenes, vi a Santa Ana visitarla en el Templo. Al
anunciar a María que debía abandonar el Templo para casarse, la vi profundamente
conmovida, declarando al sacerdote que no deseaba abandonar el Templo, pues se
había consagrado sólo a Dios y no tenía inclinación por el matrimonio. A todo
esto le fue respondido que debía aceptar algún esposo. La vi luego en su
oratorio, rezando a Dios con mucho fervor.

Recuerdo que, teniendo mucha sed, bajó con su pequeño cántaro para recoger agua
de una fuente o depósito, y que allí, sin aparición visible, escuchó una voz que
la consoló, haciéndole saber al mismo tiempo, que era necesario aceptar ese
casamiento. Aquello no era la Anunciación, que me fue dado ver más tarde en
Nazaret. Creí, sin embargo, haber visto esta vez, la aparición de un ángel. En
mi juventud confundí a veces este hecho con la Anunciación, creyendo que había
tenido lugar en el Templo.

Vi a un sacerdote muy anciano, que no podía caminar: debía ser el Sumo
Pontífice. Fue llevado por otros sacerdotes hasta el Santo de los Santos y
mientras encendía un sacrificio de incienso, leía las oraciones en un rollo de
pergamino colocado sobre una especie de atril. Hallándose arrebatado en éxtasis
tuvo una aparición y su dedo fue llevado sobre el pergamino al siguiente pasaje
de Isaías: «Un retoño saldrá de la raíz de Jessé y una flor ascenderá de esa
raíz». Cuando el anciano volvió en sí, leyó este pasaje y tuvo conocimiento de
algo al respecto.

Luego se enviaron mensajeros a todas las regiones del país convocando al Templo
a todos los hombres de la raza de David que no estaban casados. Cuando varios de
ellos se encontraron reunidos en el Templo, en traje de fiesta, les fue
presentada María. Entre ellos vi a un joven muy piadoso de Belén, que había
pedido a Dios, con gran fervor, el cumplimiento de la promesa: en su corazón vi
un gran deseo de ser elegido por esposo de María.

En cuanto a Ella, volvió a su celda y derramó muchas lágrimas, sin poder
imaginar siquiera que habría de permanecer siempre virgen.

Después de esto vi al Sumo Sacerdote, obedeciendo a un impulso interior,
presentar unas ramas a los asistentes, ordenando que cada uno de ellos la
marcara una con su nombre y la tuviera en la mano durante la oración y el
sacrificio. Cuando hubieron hecho esto, las ramas fueron tomadas nuevamente de
sus manos y colocadas en un altar delante del Santo de los Santos, siéndoles
anunciado que aquél de entre ellos cuya rama floreciere sería el designado por
el Señor para ser el esposo de María de Nazaret.

Mientras las ramas se hallaban delante del Santo de los Santos, siguió
celebrándose el sacrificio y continuó la oración. Durante este tiempo vi al
joven, cuyo nombre quizás recuerde, (y que la Tradición llama Agabus) invocar a
Dios en una sala del Templo, con los brazos extendidos, y derramar ardientes
lágrimas, cuando después del tiempo marcado, les fueron devueltas las ramas
anunciándoles que ninguno de ellos había sido designado por Dios para ser esposo
de aquella Virgen.

Volvieron los hombres a sus casas y el joven se retiró al monte Carmelo, junto
con los sacerdotes que vivían allí desde el tiempo de Elías, quedándose con
ellos y orando continuamente por el cumplimiento de la Promesa.

Luego vi a los sacerdotes del Templo buscando nuevamente en los registros de las
familias, si quedaba algún descendiente de la familia de David que no hubiese
sido llamado. Hallaron la indicación de seis hermanos que habitaban en Belén,
uno de los cuales era desconocido y andaba ausente desde hacía tiempo. Buscaron
el domicilio de José, descubriéndolo a poca distancia de Samaria, en un lugar
situado cerca de un riachuelo. Habitaba a la orilla del río y trabajaba bajo las
órdenes de un carpintero.

Obedeciendo a las órdenes del Sumo Sacerdote, acudió José a Jerusalén y se
presentó en el Templo. Mientras oraban y ofrecían sacrificio pusiéronle también
en las manos una vara, y en el momento en que él se disponía a dejarla sobre el
altar, delante del Santo de los Santos, brotó de la vara una flor blanca,
semejante a una azucena; y pude ver una aparición luminosa bajar sobre él: era
como si en ese momento José hubiese recibido al Espíritu Santo. Así se supo que
éste era el hombre designado por Dios para ser prometido de María Santísima, y
los sacerdotes lo presentaron a María, en presencia de su madre. María,
resignada a la voluntad de Dios, lo aceptó humildemente, sabiendo que Dios todo
lo podía, puesto que Él había recibido su voto de pertenecer sólo a Él.

BODA MARIA Y JOSE
Ceremonia nupcial
Las bodas de María y José, que duraron de seis a siete días, fueron celebradas
en Jerusalén en una casa situada cerca de la montaña de Sión que se alquilaba a
menudo para ocasiones semejantes. Además de las maestras y compañeras de María
de la escuela del Templo, asistieron muchos parientes de Joaquín y de Ana, entre
otros un matrimonio de Gofna con dos hijas. Las bodas fueron solemnes y
suntuosas, y se ofrecieron e inmolaron muchos corderos como sacrificio en el
Templo.

He podido ver muy bien a María con su vestido nupcial. Llevaba una túnica muy
amplia abierta por delante, con anchas mangas. Era de fondo azul, con grandes
rosas rojas, blancas y amarillas, mezcladas de hojas verdes, al modo de las
ricas casullas de los tiempos antiguos. El borde inferior estaba adornado con
flecos y borlas.

Encima del traje llevaba un manto celeste parecido a un gran paño. Además de
este manto, las mujeres judías solían llevar en ciertas ocasiones algo así como
un abrigo de duelo con mangas. El manto de María caíale sobre los hombros
volviendo hacia adelante por ambos lados y terminando en una cola.

Llevaba en la mano izquierda una pequeña corona de rosas blancas y rojas de
seda; en la derecha tenía, a modo de cetro, un hermoso candelero de oro sin pie,
con una pequeña bandeja sobrepuesta, en el que ardía algo que producía una llama
blanquecina. Ana había traído el vestido de boda, y María, en su humildad, no
quería ponérselo después de los esponsales.

Las jóvenes del Templo arreglaron el cabello de María, terminando el tocado en
muy breve tiempo. Sus cabellos fueron ajustados en torno a la cabeza, de la cual
colgaba un velo blanco que caía por debajo de los hombros. Sobre este velo le
fue puesta una corona.
La Virgen María es rubia
La cabellera de María era abundante, de color rubio de oro, cejas negras y
altas, grandes ojos de párpados habitualmente entornados con largas pestañas
negras, nariz de bella forma un poco alargada, boca noble y graciosa, y fino
mentón. Su estatura era mediana.

Vestida con su hermoso traje, era su andar lleno de gracia, de decencia y de
gravedad. Vistióse luego para la boda con otro atavío menos adornado, del cual
poseo un pequeño trozo que guardo entre mis reliquias. Las personas acomodadas
mudaban tres o cuatro veces sus vestidos durante las bodas. Llevó este traje
listado en Caná y en otras ocasiones solemnes. A veces volvía a ponerse su
vestido de bodas cuando iba al Templo. En ese traje de gala, María me recordaba
a ciertas mujeres ilustres de otras épocas, por ejemplo a Santa Elena y a Santa
Cunegunda, aunque distinguiéndose de ellas por el manto con que se envolvían las
mujeres judías, más parecido al de las damas romanas. Había en Sión, en la
vecindad del Cenáculo, algunas mujeres que preparaban hermosas telas de todas
clases, según pude ver a propósito de sus vestidos.

José llevaba un traje largo, muy amplio, de color azul con mangas anchas y
sujetas al costado por cordones. En torno al cuello tenía una esclavina parda o
más bien una ancha estola, y en el pecho colgábanle dos tiras blancas. He visto
todos los pormenores de los esponsales de María y José: la comida de boda y las
demás solemnidades; pero he visto al mismo tiempo otras tantas cosas. Me
encuentro tan enferma, tan molesta de mil diversas formas, que no me atrevo a
decir más para no introducir confusión en estos relatos.

15 DE OCTUBRE DIA DE SANTA TERESA DE JESÚS.

A mí esta poesía me conmueve especialmente, no es perder tiempo sino ganarlos dedicar unos minutos a su lectura.

SANTA TERESA DE JESUS

Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
Eterna sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, alteza, un ser, bondad,
La gran vileza mirad,
Que hoy os canta amor así.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
Vuestra, pues me redimistes,
Vuestra, pues que me sufristes,
Vuestra, pues que me llamastes,
Vuestra, porque me esperastes,
Vuestra, pues no me perdí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
Que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
A este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
Amor dulce, veisme aquí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
Yo le pongo en vuestra palma,
Mi cuerpo, mi vida y alma,
Mis entrañas y afición;
Dulce Esposo y redención
Pues por vuestra me ofrecí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
Sí no, dadme sequedad,
Si abundancia y devoción,
Y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
Sólo hallo paz aquí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme, pues, sabiduría,
O por amor, ignorancia,
Dadme años de abundancia,
O de hambre y carestía;
Dad tiniebla o claro día
Revolvedme aquí o allí
¿Qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
Quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
Morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
Desierto o tierra abundosa,
Sea Job en el dolor,
O Juan que al pecho reposa;
Sea’ viña frutuosa
O estéril, si cumple así.
¿Qué mandáis hacer de mí?

Sea Josef puesto en cadenas,
O de Egito Adelantado,
O David sufriendo penas,
O ya David encumbrado,
Sea Jonás anegado,
O libertado de allí,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
Haga fruto o no le haga,
Muéstreme la Ley mi llaga,
Goce de Evangelio blando;
Esté penando o gozando,
Sólo Vos en mí viví,
¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací
¿Qué mandáis hacer de mí?

 

Su última voluntad, ser bautizado…

El cabo Cabello recibió el sacramento mientras agonizaba en el hospitalCristo Ancor Cabello

El arzobispo consoló a la familia en el funeral y les dijo que la muerte del soldado representa una «semilla de la libertad».

9 Octubre 09 – Las Palmas de Gran Canaria – I. M

Una explosión truncó su vida el pasado miércoles en Afganistán, acabando así con sus sueños e ilusiones. Sin embargo, antes de morir el cabo Cristo Ancor Cabello pudo ver cumplido su deseo de bautizarse en el país asiático. El capellán del acuartelamiento de Herat tenía previsto cristianizar al militar grancanario esta misma semana, pero los trágicos hechos le obligaron a hacerlo en los últimos momentos de la vida de Cabello, mientras agonizaba en el hospital de Herat.
El capellán le comentó que su propósito era pedir una concha bautismal a Madrid para oficiar el acto litúrgico, pero Cabello le dijo que él mismo tenía una que había comprado cuando hizo el Camino de Santiago. Y junto a ella, con la que recibió el bautismo y la confirmación, fue sepultado.
Ayer, la emotividad dejó paso a un respetuoso silencio para despedir al militar fallecido. Familiares, amigos, militares y autoridades políticas, todos sin excepción, le rindieron un sentido homenaje. Durante la homilía, el arzobispo castrense Juan del Río Martín destacó la labor realizada por el cabo en su «corta vida militar» y su participación en la misión española en Líbano, por la que fue condecorado con la Medalla de las Naciones Unidas.
El arzobispo subrayó que el cabo grancanario, al igual que otros   militares, dio su vida por «los nobles ideales de la milicia» y contribuyó a que España se convierta en un «país que sabe mirar de frente y no esquiva su mirada ante los graves problemas internacionales   donde las naciones libres se juegan el futuro de su seguridad e independencia».
Asimismo, afirmó que la sociedad «está convencida» de que se acabará con el terrorismo o los ciudadanos terminarán siendo   «esclavos de su intrínseca malicia». Finalmente, tuvo unas palabras de aliento para los familiares y amigos del cabo, a los que dijo que la muerte de Cristo Ancor representa una «semilla de la libertad».
Del Río Martín aseguró que la «dinámica bélica» que se está produciendo en Afganistán «desborda constantemente las tareas de reconstrucción» y reclamó a los presentes que no se desanimen porque el Ejército español está considerado como uno de los «más   prestigiosos» y es uno de los «mejor valorados» por la población, a la que sirve «en aras de la paz y el bien común».
Durante la ceremonia militar hubo además un homenaje a militares que dieron su vida por España, en el que tanto los compañeros del cabo fallecido como sus familiares y autoridades como el Príncipe de Asturias entonaron el himno de «La muerte no es el final», antes del disparo de las salvas en honor del fallecido.
Tras el funeral, los familiares y amigos salieron del acuartelamiento acompañando al féretro en su traslado hasta el Panteón Militar de San Lázaro.
Condolencias del Príncipe a la familia
El acto fúnebre comenzó a las 9:30 horas, con la asistencia del Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, vestido con el uniforme de teniente coronel del Ejército de Tierra y acompañado, entre otras autoridades civiles y militares, por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Ejecutivo canario, Paulino Rivero, la ministra de Defensa, Carme Chacón, y los jefes de Estado Mayor de la Defensa y del Ejército, los generales José Julio Rodríguez Fernández y Fulgencio Coll Boucher, respectivamente.
A su llegada al Acuartelamiento de la Isleta, el Príncipe de Asturias saludó a los familiares del militar e intercambió unas palabras con la madre y la abuela de Cristo Ancor, a quienes   trasladó sus más sentidas condolencias. Pero, sin duda, el momento más emotivo de la ceremonia llegó cuando el jefe de la Brigada de Infantería Canarias 16, el general de Brigada Francisco Javier Martín Alonso, entregó a la madre del soldado la bandera de España que cubrió el féretro del cabo, la boina que llevó en vida y la Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo, concedida a título póstumo, que le impuso el Príncipe Felipe.

VIDA DE LA VIRGEN MARIA XXIII Y XXIV

PROFECIA A ZACARIAS

XXIII
El nacimiento de Juan es anunciado a Zacarías
He visto a Zacarías hablando con Isabel, confiándole la pena que le causaba
tener que ir a cumplir su servicio en el Templo de Jerusalén, debido al
desprecio con que se le trataba por la esterilidad de su matrimonio. Zacarías
estaba de servicio dos veces por año: No vivían en Hebrón mismo, sino a una
legua de allí, en Juta. Entre Juta y Hebrón subsistían muchos antiguos muros;
quizás en otros tiempos aquellos dos lugares habían estado unidos. Al otro lado
de Hebrón se veían muchos edificios diseminados, como restos de la antigua
ciudad que fue en otros tiempos tan grande como Jerusalén. Los sacerdotes que
habitaban en Hebrón eran menos elevados en dignidad que los que vivían en Juta.
Zacarías era así como jefe de estos últimos y gozaba, lo mismo que Isabel, del
mayor respeto a causa de su virtud y de la pureza de su linaje de Aarón, su
antepasado.

He visto a Zacarías visitar, con varios sacerdotes del país, una pequeña
propiedad suya en las cercanías de Juta. Era un huerto con árboles frutales y
una casita. Zacarías oró allí con sus compañeros, dándoles luego instrucciones y
preparándolos para el servicio del Templo que les iba a tocar. También le oí
hablar de su aflicción y del presentimiento de algo que habría de sucederle.

Marchó Zacarías con aquellos sacerdotes a Jerusalén, donde esperó cuatro días
hasta que le llegó el turno de ofrecer sacrificio. Durante este tiempo oraba
continuamente en el Templo. Cuando le tocó presentar el incienso, lo vi entrar
en el Santuario, donde se hallaba el altar de los perfumes, delante de la
entrada del Santo de los Santos. Encima de él, el techo estaba abierto, de modo
que podía verse el cielo. El sacerdote no era visible desde el exterior. En el
momento de entrar, otro sacerdote le dijo algo, retirándose de inmediato.

Cuando Zacarías estuvo solo, vi que levantaba una cortina y entraba en un lugar
oscuro. Tomó algo que colocó sobre el altar, encendiendo el incienso. En aquel
momento pude ver, a la derecha del altar, una luz que bajaba hacia él y una
forma brillante que se acercaba. Asustado, arrebatado en éxtasis, le vi caer
hacia el altar. El ángel lo levantó, le habló durante largo tiempo, y Zacarías
respondía. Por encima de su cabeza el cielo estaba abierto y dos ángeles subían
y bajaban como por una escala. El cinturón de Zacarías estaba desprendido,
quedando sus ropas entreabiertas; vi que uno de los ángeles parecía retirar algo
de su cuerpo mientras el otro le colocaba en el flanco un objeto luminoso. Todo
esto se asemejaba a lo que había sucedido cuando Joaquín recibió la bendición
del ángel para la concepción de la Virgen Santísima.
 
Los sacerdotes tenían por costumbre salir del Santuario inmediatamente después
de haber encendido el incienso. Como Zacarías tardara mucho en salir, el pueblo,
que oraba afuera, esperando, empezó a inquietarse; pero Zacarías, al salir,
estaba mudo y vi que escribió algo sobre una tablilla. Cuando salió al vestíbulo
muchas personas se agruparon a su alrededor preguntándole la razón de su
tardanza; mas él no podía hablar, y haciendo signos con la mano, mostraba su
boca. La tablilla escrita, que mandó a Juta en seguida a casa de Isabel,
anunciaba que Dios le había hecho una promesa y al mismo tiempo le decía que
había perdido el uso de la palabra.

Al cabo del tiempo se volvió a su casa. También Isabel había recibido una
revelación, que ahora no recuerdo cómo. Zacarías era un hombre de estatura
elevada, grande y de porte majestuoso.
XXIV
Infancia y juventud de San José
José, cuyo padre se llamaba Jacob, era el tercero entre seis hermanos. Sus 
padres habitaban un gran edificio situado poco antes de llegar a Belén, que
había sido en otro tiempo la casa paterna de David, cuyo padre, Jessé, era el
dueño. En la época de José casi no quedaban más que los anchos muros de aquella
antigua construcción. Creo que conozco mejor esta casa que nuestra aldea de
Flamske. Delante de la casa había un patio anterior rodeado de galerías abiertas
como al frente de las casas de la Roma antigua. En sus galerías pude ver figuras
semejantes a cabezas de antiguos personajes. Hacia un lado del patio, había una
fuente debajo de un pequeño edificio de piedra, donde el agua salía de la boca
de animales. La casa no tenía ventanas en el piso bajo, pero sí aberturas
redondas arriba. He visto una puerta de entrada. Alrededor de la casa corría una
amplia galería, en cuyos rincones había cuatro torrecillas parecidas a gruesas
columnas terminadas cada una en una especie de cúpula, donde sobresalían
pequeños banderines. Por las aberturas de esas cupulitas, a las que se llegaba
mediante escaleras abiertas en las torrecillas, podía verse a lo lejos, sin ser
visto. Torrecillas, semejantes a éstas había en el palacio de David, en
Jerusalén; fue desde la cúpula de una de ellas desde donde pudo mirar a Bersabé
mientras tomaba el baño.

En lo alto de la casa, la galería corría alrededor de un piso poco elevado, cuyo
techo plano soportaba una construcción terminada en otra torre pequeña, José y
sus hermanos habitaban en la parte alta con un viejo judío, su preceptor.
Dormían alrededor de una habitación colocada en el centro, que dominaba la
galería. Sus lechos consistían en colchas arrolladas contra el muro durante el
día, separadas entre sí por esteras movibles. Los he visto jugando en su
dormitorio.

También vi a los padres, los cuales se relacionaban poco con sus hijos. No me
parecieron ni buenos ni malos. José tendría ocho años más o menos. De natural
muy distinto a sus hermanos, era muy inteligente, y aprendía todo muy
fácilmente, a pesar de ser sencillo, apacible, piadoso y sin ambiciones. Sus
hermanos lo hacían víctima de toda clase de travesuras y a veces lo maltrataban.
Aquellos muchachos poseían pequeños jardines divididos en compartimentos: vi en
ellos muchas plantas y arbustos. He visto que a menudo iban los hermanos de José
a escondidas y le causaban destrozos en sus parcelas, haciéndole sufrir mucho.
Lo he visto con frecuencia bajo la galería del patio, de rodillas, rezando con
los brazos extendidos. Sucedía entonces que sus hermanos se deslizaban detrás de
él y le golpeaban. Estando de rodillas una vez uno de ellos le golpeó por
detrás, y como José parecía no advertirlo, volvió aquél a golpearlo con tal
insistencia, que el pobre José cayó hacia delante sobre las losas del suelo.
Comprendí por esto que José debía estar arrebatado en éxtasis durante la
oración. Cuando volvió en sí, no dio muestras de alterarse, ni pensó
en vengarse: buscó otro rincón aislado para continuar su plegaria.

Los padres no le mostraban tampoco mayor cariño. Hubieran deseado que empleara
su talento en conquistarse una posición en el mundo; pero José no aspiraba a
nada de esto. Los padres encontraban a José demasiado simple y rutinario; les
parecía mal que amara tanto la oración y el trabajo manual.

En otra época en que podría tener doce años lo vi a menudo huir de las molestias
de sus hermanos, yendo al otro lado de Belén, no muy lejos de lo que fue más
tarde la gruta del pesebre, y detenerse allí algún tiempo al lado de unas
piadosas mujeres pertenecientes a la comunidad de los esenios. Habitaban estas
mujeres cerca de una cantera abierta en la colina, encima de la cual se hallaba
Belén, en cuevas cavadas en la misma roca. Cultivaban pequeñas huertas contiguas
e instruían a otros niños de los esenios. Frecuentemente veía al pequeño José,
mientras recitaban oraciones escritas en un rollo a la luz de la lámpara
suspendida en la pared de la roca, buscar refugio cerca de ellas para librarse
de las persecuciones de sus hermanos. También lo vi detenerse en las grutas, una
de las cuales habría de ser más tarde el lugar de Nacimiento del Redentor.

Oraba solo allí o se ocupaba en fabricar pequeños objetos de madera. Un viejo
carpintero tenía su taller en la vecindad de los esenios. José iba allí a menudo
y aprendía poco a poco ese oficio, en el cual progresaba fácilmente por haber
estudiado algo de geometría y dibujo bajo su preceptor.

Finalmente las molestias de sus hermanos le hicieron imposible la convivencia en
la casa paterna. Un amigo que habitaba cerca de Belén, en una casa separada de
la de sus padres por un pequeño arroyo, le dio ropa con la cual pudo disfrazarse
y abandonar la casa paterna, por la noche, para ir a ganarse la vida en otra
parte con su oficio de carpintero. Tendría entonces de dieciocho a veinte años
de edad.

San José carpintero.

San José carpintero.

Primero lo vi trabajando en casa de un carpintero de Libona, donde puede decirse
que aprendió el oficio. La casa de su patrón estaba construida contra unos muros
que conducían hasta un castillo en ruinas, a todo lo largo de una cresta
montañosa. En aquella muralla habían hecho sus viviendas muchos pobres del
lugar. Allí he visto a José trabajando largos trozos de madera, encerrado entre
grandes muros, donde la luz penetraba por las aberturas superiores. Aquellos
trozos formaban marcos en los cuales debían entrar tabiques de zarzos.

Su patrón era un hombre pobre que no hacía sino trabajos rústicos, de poco
valor. José era piadoso, sencillo y bueno; todos lo querían. Lo he visto
siempre, con perfecta humildad, prestar toda clase de servicios a su patrón,
recoger las virutas, juntar trozos de madera y llevarlos sobre sus hombros. Más
tarde pasó una vez por estos lugares en compañía de liaría y creo que visitó con
ella su antiguo taller.

Mientras tanto sus padres creían que José hubiese sido robado por bandidos.
Luego vi que sus hermanos descubrieron donde se hallaba y le hicieron vivos
reproches, pues tenían mucha vergüenza de la baja condición en que se había
colocado. José quiso quedarse en esa condición, por humildad; pero dejó aquel
sitio y se fue a trabajar a Taanac, cerca de Megido, al borde de un pequeño río,
el Kisón, que desemboca en el mar. Este lugar no está lejos de Afeké, ciudad
natal del Apóstol Santo Tomás. Allí vivió en casa de un patrón bastante rico,
donde se hacían trabajos más delicados.

Después lo vi trabajando en Tiberíades para otro patrón, viviendo solo en una
casa al borde del lago. Tendría entonces unos treinta años. Sus padres habían
muerto en Belén, donde aún habitaban dos de sus hermanos. Los otros se habían
dispersado. La casa paterna ya no era propiedad de la familia, que quedó
totalmente arruinada.

José era muy piadoso y oraba por la pronta venida del Mesías. Estando un día
ocupado en arreglar un oratorio, cerca de su habitación, para poder rezar en
completa soledad, se le apareció un ángel, dándole orden de suspender el
trabajo: que así como en otro tiempo Dios había confiado al patriarca José la
administración de los graneros de Egipto, ahora el granero que encerraba la
cosecha de la Salvación habría de ser confiado a su guardia paternal. José, en
su humildad, no comprendió estas palabras y continuó rezando con mucho fervor
hasta que se le ordenó ir al Templo de Jerusalén para convertirse, en virtud de
una orden venida de lo Alto, en el esposo de la Virgen Santísima.

Antes de esto nunca lo he visto casado, pues vivía muy retraído y evitaba la
compañía de las mujeres.

Los abortos realizados durante 15 días cubrirían la demanda de adopción

adopcion

Más argumentos en contra del aborto…

Un informe vincula el descenso de la natalidad con el aumento de esta práctica

MADRID- Sólo con los abortos que se producen durante 15 días en España se cubriría la demanda de adopción internacional en nuestro país. Es una de las conclusiones de un informe sobre aborto, natalidad y adopción presentado ayer por la portavoz de Derecho a Vivir (DAV), Gádor Joya, y elaborado por el Instituto de Política Familiar.
De las 5.000 adopciones que se produjeron en España en 2006, el 87 por ciento (4.472)  fueron internacionales, una cifra que equivale a los abortos que se producen en nuestro país en 15 días.
Déficit de natalidad
Del informe también se desprende que las interrupciones del embarazo que se registran cada año en España (en 2007, más de 112.000), equivalen al déficit de natalidad que tiene nuestro país que, junto con Italia y Grecia, es el que tiene menor tasa de fecundidad de la Unión Europea. Según el documento, se necesitan al menos 25.000 nacimientos más anuales para asegurar mínimamente el nivel de reemplazo generacional, fijado en 2,1 hijos por mujer. Actualmente, España tiene una tasa de 1,37 hijos por mujer.
Joya presentó el informe en el transcurso de una «fiesta» de padres con niños, algunos de ellos con discapacidades como el Síndrome de Down, organizada por DAV en Madrid, en el marco de los actos previos a la manifestación contra la reforma de la Ley del Aborto del 17 de octubre.
Para hoy, los organizadores han previsto un concierto del cantante Martín Valverde. Durante la semana también habrá un encuentro de mujeres embarazadas. Por su parte, la Asociación Católica de Propagandistas, la Fundación   Universitaria San Pablo CEU y Esperanza 2000 han convocado un acto por la vida el próximo martes en Madrid.
Ecografías  para Jiménez
Ginecólogos de la plataforma Derecho a Vivir entregaron ayer a la titular de Sanidad y Política Social, Trinidad Jiménez, un vídeo que muestra «imágenes de pacientes de 12, 13, 14 y 24semanas» de gestación. El portavoz de los ginecólogos, Esteban Rodríguez,   explicó que «en el vídeo queda de manifiesto la vitalidad del ser humano cuando tiene 12 semanas», precisó. «Son imágenes que recogen los comportamientos de los pacientes como   movimientos espontáneos que muestran que son humanos». Los médicos también pidieron «protección jurídica» a la ministra