PROFECIA A ZACARIAS

XXIII
El nacimiento de Juan es anunciado a Zacarías
He visto a Zacarías hablando con Isabel, confiándole la pena que le causaba
tener que ir a cumplir su servicio en el Templo de Jerusalén, debido al
desprecio con que se le trataba por la esterilidad de su matrimonio. Zacarías
estaba de servicio dos veces por año: No vivían en Hebrón mismo, sino a una
legua de allí, en Juta. Entre Juta y Hebrón subsistían muchos antiguos muros;
quizás en otros tiempos aquellos dos lugares habían estado unidos. Al otro lado
de Hebrón se veían muchos edificios diseminados, como restos de la antigua
ciudad que fue en otros tiempos tan grande como Jerusalén. Los sacerdotes que
habitaban en Hebrón eran menos elevados en dignidad que los que vivían en Juta.
Zacarías era así como jefe de estos últimos y gozaba, lo mismo que Isabel, del
mayor respeto a causa de su virtud y de la pureza de su linaje de Aarón, su
antepasado.

He visto a Zacarías visitar, con varios sacerdotes del país, una pequeña
propiedad suya en las cercanías de Juta. Era un huerto con árboles frutales y
una casita. Zacarías oró allí con sus compañeros, dándoles luego instrucciones y
preparándolos para el servicio del Templo que les iba a tocar. También le oí
hablar de su aflicción y del presentimiento de algo que habría de sucederle.

Marchó Zacarías con aquellos sacerdotes a Jerusalén, donde esperó cuatro días
hasta que le llegó el turno de ofrecer sacrificio. Durante este tiempo oraba
continuamente en el Templo. Cuando le tocó presentar el incienso, lo vi entrar
en el Santuario, donde se hallaba el altar de los perfumes, delante de la
entrada del Santo de los Santos. Encima de él, el techo estaba abierto, de modo
que podía verse el cielo. El sacerdote no era visible desde el exterior. En el
momento de entrar, otro sacerdote le dijo algo, retirándose de inmediato.

Cuando Zacarías estuvo solo, vi que levantaba una cortina y entraba en un lugar
oscuro. Tomó algo que colocó sobre el altar, encendiendo el incienso. En aquel
momento pude ver, a la derecha del altar, una luz que bajaba hacia él y una
forma brillante que se acercaba. Asustado, arrebatado en éxtasis, le vi caer
hacia el altar. El ángel lo levantó, le habló durante largo tiempo, y Zacarías
respondía. Por encima de su cabeza el cielo estaba abierto y dos ángeles subían
y bajaban como por una escala. El cinturón de Zacarías estaba desprendido,
quedando sus ropas entreabiertas; vi que uno de los ángeles parecía retirar algo
de su cuerpo mientras el otro le colocaba en el flanco un objeto luminoso. Todo
esto se asemejaba a lo que había sucedido cuando Joaquín recibió la bendición
del ángel para la concepción de la Virgen Santísima.
 
Los sacerdotes tenían por costumbre salir del Santuario inmediatamente después
de haber encendido el incienso. Como Zacarías tardara mucho en salir, el pueblo,
que oraba afuera, esperando, empezó a inquietarse; pero Zacarías, al salir,
estaba mudo y vi que escribió algo sobre una tablilla. Cuando salió al vestíbulo
muchas personas se agruparon a su alrededor preguntándole la razón de su
tardanza; mas él no podía hablar, y haciendo signos con la mano, mostraba su
boca. La tablilla escrita, que mandó a Juta en seguida a casa de Isabel,
anunciaba que Dios le había hecho una promesa y al mismo tiempo le decía que
había perdido el uso de la palabra.

Al cabo del tiempo se volvió a su casa. También Isabel había recibido una
revelación, que ahora no recuerdo cómo. Zacarías era un hombre de estatura
elevada, grande y de porte majestuoso.
XXIV
Infancia y juventud de San José
José, cuyo padre se llamaba Jacob, era el tercero entre seis hermanos. Sus 
padres habitaban un gran edificio situado poco antes de llegar a Belén, que
había sido en otro tiempo la casa paterna de David, cuyo padre, Jessé, era el
dueño. En la época de José casi no quedaban más que los anchos muros de aquella
antigua construcción. Creo que conozco mejor esta casa que nuestra aldea de
Flamske. Delante de la casa había un patio anterior rodeado de galerías abiertas
como al frente de las casas de la Roma antigua. En sus galerías pude ver figuras
semejantes a cabezas de antiguos personajes. Hacia un lado del patio, había una
fuente debajo de un pequeño edificio de piedra, donde el agua salía de la boca
de animales. La casa no tenía ventanas en el piso bajo, pero sí aberturas
redondas arriba. He visto una puerta de entrada. Alrededor de la casa corría una
amplia galería, en cuyos rincones había cuatro torrecillas parecidas a gruesas
columnas terminadas cada una en una especie de cúpula, donde sobresalían
pequeños banderines. Por las aberturas de esas cupulitas, a las que se llegaba
mediante escaleras abiertas en las torrecillas, podía verse a lo lejos, sin ser
visto. Torrecillas, semejantes a éstas había en el palacio de David, en
Jerusalén; fue desde la cúpula de una de ellas desde donde pudo mirar a Bersabé
mientras tomaba el baño.

En lo alto de la casa, la galería corría alrededor de un piso poco elevado, cuyo
techo plano soportaba una construcción terminada en otra torre pequeña, José y
sus hermanos habitaban en la parte alta con un viejo judío, su preceptor.
Dormían alrededor de una habitación colocada en el centro, que dominaba la
galería. Sus lechos consistían en colchas arrolladas contra el muro durante el
día, separadas entre sí por esteras movibles. Los he visto jugando en su
dormitorio.

También vi a los padres, los cuales se relacionaban poco con sus hijos. No me
parecieron ni buenos ni malos. José tendría ocho años más o menos. De natural
muy distinto a sus hermanos, era muy inteligente, y aprendía todo muy
fácilmente, a pesar de ser sencillo, apacible, piadoso y sin ambiciones. Sus
hermanos lo hacían víctima de toda clase de travesuras y a veces lo maltrataban.
Aquellos muchachos poseían pequeños jardines divididos en compartimentos: vi en
ellos muchas plantas y arbustos. He visto que a menudo iban los hermanos de José
a escondidas y le causaban destrozos en sus parcelas, haciéndole sufrir mucho.
Lo he visto con frecuencia bajo la galería del patio, de rodillas, rezando con
los brazos extendidos. Sucedía entonces que sus hermanos se deslizaban detrás de
él y le golpeaban. Estando de rodillas una vez uno de ellos le golpeó por
detrás, y como José parecía no advertirlo, volvió aquél a golpearlo con tal
insistencia, que el pobre José cayó hacia delante sobre las losas del suelo.
Comprendí por esto que José debía estar arrebatado en éxtasis durante la
oración. Cuando volvió en sí, no dio muestras de alterarse, ni pensó
en vengarse: buscó otro rincón aislado para continuar su plegaria.

Los padres no le mostraban tampoco mayor cariño. Hubieran deseado que empleara
su talento en conquistarse una posición en el mundo; pero José no aspiraba a
nada de esto. Los padres encontraban a José demasiado simple y rutinario; les
parecía mal que amara tanto la oración y el trabajo manual.

En otra época en que podría tener doce años lo vi a menudo huir de las molestias
de sus hermanos, yendo al otro lado de Belén, no muy lejos de lo que fue más
tarde la gruta del pesebre, y detenerse allí algún tiempo al lado de unas
piadosas mujeres pertenecientes a la comunidad de los esenios. Habitaban estas
mujeres cerca de una cantera abierta en la colina, encima de la cual se hallaba
Belén, en cuevas cavadas en la misma roca. Cultivaban pequeñas huertas contiguas
e instruían a otros niños de los esenios. Frecuentemente veía al pequeño José,
mientras recitaban oraciones escritas en un rollo a la luz de la lámpara
suspendida en la pared de la roca, buscar refugio cerca de ellas para librarse
de las persecuciones de sus hermanos. También lo vi detenerse en las grutas, una
de las cuales habría de ser más tarde el lugar de Nacimiento del Redentor.

Oraba solo allí o se ocupaba en fabricar pequeños objetos de madera. Un viejo
carpintero tenía su taller en la vecindad de los esenios. José iba allí a menudo
y aprendía poco a poco ese oficio, en el cual progresaba fácilmente por haber
estudiado algo de geometría y dibujo bajo su preceptor.

Finalmente las molestias de sus hermanos le hicieron imposible la convivencia en
la casa paterna. Un amigo que habitaba cerca de Belén, en una casa separada de
la de sus padres por un pequeño arroyo, le dio ropa con la cual pudo disfrazarse
y abandonar la casa paterna, por la noche, para ir a ganarse la vida en otra
parte con su oficio de carpintero. Tendría entonces de dieciocho a veinte años
de edad.

San José carpintero.

San José carpintero.

Primero lo vi trabajando en casa de un carpintero de Libona, donde puede decirse
que aprendió el oficio. La casa de su patrón estaba construida contra unos muros
que conducían hasta un castillo en ruinas, a todo lo largo de una cresta
montañosa. En aquella muralla habían hecho sus viviendas muchos pobres del
lugar. Allí he visto a José trabajando largos trozos de madera, encerrado entre
grandes muros, donde la luz penetraba por las aberturas superiores. Aquellos
trozos formaban marcos en los cuales debían entrar tabiques de zarzos.

Su patrón era un hombre pobre que no hacía sino trabajos rústicos, de poco
valor. José era piadoso, sencillo y bueno; todos lo querían. Lo he visto
siempre, con perfecta humildad, prestar toda clase de servicios a su patrón,
recoger las virutas, juntar trozos de madera y llevarlos sobre sus hombros. Más
tarde pasó una vez por estos lugares en compañía de liaría y creo que visitó con
ella su antiguo taller.

Mientras tanto sus padres creían que José hubiese sido robado por bandidos.
Luego vi que sus hermanos descubrieron donde se hallaba y le hicieron vivos
reproches, pues tenían mucha vergüenza de la baja condición en que se había
colocado. José quiso quedarse en esa condición, por humildad; pero dejó aquel
sitio y se fue a trabajar a Taanac, cerca de Megido, al borde de un pequeño río,
el Kisón, que desemboca en el mar. Este lugar no está lejos de Afeké, ciudad
natal del Apóstol Santo Tomás. Allí vivió en casa de un patrón bastante rico,
donde se hacían trabajos más delicados.

Después lo vi trabajando en Tiberíades para otro patrón, viviendo solo en una
casa al borde del lago. Tendría entonces unos treinta años. Sus padres habían
muerto en Belén, donde aún habitaban dos de sus hermanos. Los otros se habían
dispersado. La casa paterna ya no era propiedad de la familia, que quedó
totalmente arruinada.

José era muy piadoso y oraba por la pronta venida del Mesías. Estando un día
ocupado en arreglar un oratorio, cerca de su habitación, para poder rezar en
completa soledad, se le apareció un ángel, dándole orden de suspender el
trabajo: que así como en otro tiempo Dios había confiado al patriarca José la
administración de los graneros de Egipto, ahora el granero que encerraba la
cosecha de la Salvación habría de ser confiado a su guardia paternal. José, en
su humildad, no comprendió estas palabras y continuó rezando con mucho fervor
hasta que se le ordenó ir al Templo de Jerusalén para convertirse, en virtud de
una orden venida de lo Alto, en el esposo de la Virgen Santísima.

Antes de esto nunca lo he visto casado, pues vivía muy retraído y evitaba la
compañía de las mujeres.

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