LA ANUNCIACION EL GRECOLA ANUNCIACION DE FRA ANGELICO

XXIX
La anunciación del Ángel

Tuve una visión de la Anunciación de María el día de esa fiesta. He visto a la
Virgen Santísima poco después de su desposorio, en la casa de San José, en
Nazaret. José había salido con dos asnos para traer algo que había heredado o
para buscar las herramientas de su oficio. Me pareció que se hallaba aún en
camino. Además de la Virgen y de dos jovencitas de su edad que habían sido,
según creo, sus compañeras en el Templo, vi en la casa a Santa Ana con aquella
parienta viuda que se hallaba a su servicio y que más tarde la acompañó a Belén,
después del nacimiento de Jesús. Santa Ana había renovado todo en la casa. Vi a
las cuatro mujeres yendo y viniendo por el interior paseando juntas en el patio.
Al atardecer las he visto entrar y rezar de pie en torno de una pequeña mesa
redonda; después comieron verduras y se separaron. Santa Ana anduvo aún en la
casa de un lado a otro, como una madre de familia ocupada en quehaceres
domésticos. María y las dos jóvenes se retiraron a sus dormitorios, separados.

El frente de la alcoba, hacia la puerta, era redondo, y en esta parte circular,
separada por un tabique de la altura de un hombre, se encontraba arrollado el
lecho de María. Fui conducida hasta aquella habitación por el joven
resplandeciente que siempre me acompaña, y vi allí lo que voy a relatar en la
forma que puede hacerlo una persona tan miserable como yo.

Cuando hubo entrado la Santísima Virgen se puso, detrás de la mampara de su
lecho, un largo vestido de lana blanca con ancho ceñidor y se cubrió la cabeza
con un velo blanco amarillento. La sirvienta entró con una luz, encendió una
lámpara de varios brazos que colgaba del techo, y se retiró. La Virgen tomó una
mesita baja arrimada contra el muro y la puso en el centro de la habitación. La
mesa estaba cubierta con una carpeta roja y azul, en medio de la cual había una
figura bordada: no sé si era una letra o un adorno simplemente.

Sobre la mesa había un rollo de pergamino escrito. Habiéndola colocado la Virgen
entre su lecho y la puerta, en un lugar donde el suelo estaba cubierto con una
alfombra, puso delante de sí un pequeño cojín redondo, sobre el cual se
arrodilló, afirmándose con las dos manos sobre la mesa. María veló su rostro y
juntó las manos delante del pecho, sin cruzar los dedos. Durante largo tiempo la
vi así orando ardientemente, con la faz vuelta al cielo, invocando la Redención,
la venida del Rey prometido a Israel, y pidiendo con fervor le fuera permitido
tomar parte en aquella misión. Permaneció mucho tiempo arrodillada, transportada
en éxtasis; luego inclinó la cabeza sobre el pecho.

Entonces del techo de la habitación bajó, a su lado derecho, en línea algún
tanto oblicua, un golpe tan grande de luz, que me vi obligada a volver los ojos
hacia la puerta del patio. Vi, en medio de aquella masa de luz, a un joven
resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que había descendido ante María,
a través de los aires. Era el Arcángel Gabriel. Cuando habló vi que salían las
palabras de su boca como si fuesen letras de fuego: las leí y las comprendí.

María inclinó un tanto su cabeza velada a la derecha. Sin embargo, en su
modestia, no miró al ángel. El Arcángel siguió hablando. María volvió entonces
el rostro hacia él, como si obedeciera una orden, levantó un poco el velo y
respondió. El ángel dijo todavía algunas palabras. María alzó el velo
totalmente, miró al ángel y pronunció las sagradas palabras:
“He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”… 

 María se hallaba en un profundo arrobamiento. La habitación resplandecía y ya
no veía yo la lámpara del techo ni el techo mismo. El cielo aparecía abierto y
mis miradas siguieron por encima del ángel una ruta luminosa. En el punto
extremo de aquel río de luz se alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era
como un fulgor triangular, cuyos rayos se penetraban recíprocamente. Reconocí
allí Aquello que sólo se puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo, y, sin embargo, un solo Dios Todopoderoso.

Cuando la Santísima Virgen hubo dicho: “Hágase en mí según tu palabra”, vi una
aparición alada del Espíritu Santo, que no se parecía a la representación
habitual bajo la forma de paloma: la cabeza se asemejaba a un rostro humano; la
luz se derramaba a los costados en forma de alas. Vi partir de allí como tres
efluvios luminosos hacia el costado derecho de la Virgen, donde volvieron a
reunirse. Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen
volvióse luminosa Ella misma y como transparente: parecía que todo lo que había
de opaco en ella desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el espléndido día.
Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de opaco o de oscuro.
Resplandecía como enteramente iluminada.

Después de esto vi que el ángel desaparecía y que la faja luminosa, de donde
había salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y volviese hacia sí
la luz que había dejado caer. Mientras veía todas estas cosas en la habitación
de María tuve una impresión personal de naturaleza singular. Me hallaba en
angustia continua, como si me acechasen peligrosas emboscadas, y vi una horrible
serpiente que se arrastraba a través de la casa y por los escalones hasta la
puerta, donde me había detenido cuando la luz penetró en la Santísima Virgen.

El monstruo había llegado ya al tercer escalón. Aquella serpiente era del tamaño
de un niño, con la cabezota ancha y chata, y a la altura del pecho tenía dos
patas cortas membranosas, armadas con garras, sobre las cuales se arrastraba,
que parecían alas de murciélago. Tenía manchas de diferentes colores, de aspecto
repugnante; se parecía a la serpiente del Paraíso terrenal, pero de aspecto más
deforme y espantoso. Cuando el ángel desapareció de la presencia de la Virgen,
ésta pisa la cabeza del monstruo que estaba delante de la puerta, el cual lanzó
un grito tan espantoso que me hizo estremecer. Después he visto aparecer tres
espíritus, que golpearon al odioso reptil echándolo fuera de la casa.
 
Desaparecido el ángel he visto a María arrobada en éxtasis profundo, en absoluto
recogimiento. Pude ver que ya conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en
sí misma, donde se hallaba como un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente
formado y provisto de todos sus miembros. Aquí, en Nazaret, no es lo mismo que
en Jerusalén, donde las mujeres deben quedarse en el atrio, sin poder entrar en
el Templo, porque solamente los sacerdotes tienen acceso al Santuario. En
Nazaret la misma Virgen es el Templo: el Santo de los Santos está en Ella, como
también el Sumo Sacerdote y se halla Ella sola con Él. ¡Qué conmovedor es todo
esto y qué natural y sencillo al mismo tiempo! Quedaban cumplidas las palabras
del salmo 45: “El Altísimo
ha santificado su tabernáculo; Dios está en medio de Él, y no será conmovido”.

 

Era más o menos la medianoche cuando contemplé todo este espectáculo. Al cabo de
algún tiempo Ana entró en la habitación de María con las demás mujeres. Un
movimiento admirable en la naturaleza las había despertado: una luz maravillosa
había aparecido por encima de la casa. Cuando vieron a María de rodillas, bajo
la lámpara, arrebatada en el éxtasis de su plegaria, se alejaron
respetuosamente.

Después de algún tiempo vi a la Virgen levantarse y acercarse al altarcito de la
pared; encendió la lámpara y oró de pie. Delante de ella, sobre un alto atril,
había rollos escritos. Sólo al amanecer la vi descansando. El guía me llevó
fuera de la habitación; pero cuando estuve en el pequeño vestíbulo de la casa me
vi presa de gran temor. Aquella horrible serpiente, que estaba allí en acecho,
se precipitó sobre mí y quiso ocultarse entre los pliegues de mi vestido. Me
encontré en medio de una angustia horrible; pero mi guía me alejó de allí y pude
ver que reaparecían los tres espíritus, que golpearon nuevamente al monstruo.
Aún resuena en mí su grito horroroso y me espanta su recuerdo.
 
Contemplando esta noche el misterio, de la Encarnación comprendía todavía muchas
otras cosas. Ana recibió un conocimiento interior de lo que estaba realizándose.
Supe también por qué el Redentor debía quedar nueve meses en el seno de su Madre
y nacer bajo la forma de niño; el porqué no quiso aparecer en forma de hombre
perfecto como nuestro primer padre Adán saliendo de las manos de Dios: todo esto
se me explicó, pero ya no lo puedo explicar con claridad. Lo que puedo decir es
que Él quiso santificar nuevamente el acto de la concepción y la natividad de
los hombres, degradados por el pecado original.

Si María se convirtió en Madre y si Él no vino más temprano al mundo fue porque
ella era lo que ninguna criatura fue antes ni será después: el puro vaso de
gracia que Dios había prometido a los hombres y en el cual Él debía hacerse
hombre, para pagar las deudas de la humanidad, mediante los abundantes méritos
de su pasión.
 
La Santísima Virgen era la flor perfectamente pura de la raza humana abierta en
la plenitud de los tiempos. Todos los hijos de Dios entre los hombres, todos,
hasta los que desde el principio habían trabajado en la obra de la
santificación, han contribuido a su venida. Ella era el único oro puro de la
tierra; solamente ella era la porción inmaculada de la carne y de la sangre de
la humanidad entera, que preparada, depurada, recogida y consagrada a través de
todas las generaciones de sus antepasados; conducida, protegida y fortalecida
bajo el régimen de la ley de Moisés, se realizaba finalmente como plenitud de la
gracia. Predestinada en la eternidad, surgió en el tiempo como Madre del Verbo
Eterno.
 
La Virgen María contaba poco más de catorce años cuando tuvo lugar la
Encarnación de Jesucristo. Jesús llegó a la edad de treinta y tres años y tres
veces seis semanas. Digo tres veces seis, porque en este mismo instante estoy
viendo la cifra seis repetida tres veces.

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