Julian Simon Economista Optimista

Y héte aquí que encuentro casualmente en el blog de Fdez. Barbadillo  a un señor que respalda científicamente lo que yo vengo opinando… que el peligro no viene por el cambio climático, ni la explosión demográfica si no más bien de la falta de libertad para el desarrollo humano. Os paso un pequeño resumen sobre este interesantísimo personaje que abre una ventana para que entre aire fresco en este enrarecido ambiente ecoapocalíptico que nos rodea.

Un homenaje a Julian Simon

por Stephen Moore

Stephen Moore es presidente del Free Enterprise Fund y es Académico Titular de Cato Institute.

A inicios de este año, un grupo de geólogos publicó una teoría asombrosa: el calor del núcleo de La Tierra está constantemente reponiendo los depósitos subterráneos de carbón, gas natural, y petróleo. Aunque lejos de ser probada, la teoría sugiere que lo que conocemos como combustibles “fósiles” podrían de hecho ser renovables y, para todos los propósitos básicos, ilimitados. La implicación: energía barata y fácilmente accesible por siglos y siglos de humanidad.

En algún lugar del cielo, Julian Simon está sonriendo.

Economista, autor, inventor, y amigo de contradecir, Simon—quien muriera antes de tiempo en 1998—fue lo más cercano que hemos estado de alcanzar un recurso humano irremplazable. Uno de esos raros pioneros que Dios pone en nuestro camino, sus ideas estuvieron muy adelantadas a su tiempo como para ganar el galardón de todo icono: ser desestimado durante la mayor parte de su carrera como alguien oscuro y hasta peligroso. Eso sucede a lo largo de la historia: Galileo fue calificado de loco por proclamar que La Tierra era redonda y giraba alrededor del Sol. Julian Simon, en una era de supuestos límites, nos enseñó que La Tierra y su cargamento humano son esencialmente infinitos. “Los recursos son creados por el intelecto del hombre”, predicó Simon, “y éste es ilimitado en su capacidad”.

Los maltusianos ligaron el crecimiento de la población humana a, como al misántropo multimillonario Ted Turner le gusta ponerlo, “una plaga de langostas”. Simon vio algo totalmente diferente. “Los seres humanos”, escribió, “no son únicamente bocas que alimentar, sino también mentes productivas e inventivas que ayudan a encontrar soluciones creativas a los problemas del hombre, dejándonos en el largo plazo mejor que antes”.

En medio de la confusión económica y ecológica de finales de los sesenta y las filas para conseguir gasolina, los embargos petroleros árabes, las masas de personas hambrientas en África y Asia, los accidentes nucleares y la creciente inflación mundial de los setenta, Julian Simon fue una voz solitaria y mesurada que nos aseguró que la vida en el planeta estaba mejorando, y no poniéndose peor. Cuando los expertos dijeron que se nos estaba acabando el petróleo y que los precios llegarían a los $100 por barril para el final del siglo XX, él nos aseguró calmadamente: no, los precios del petróleo caerán. (Hoy, tomando en cuenta la inflación, el crudo cuesta un tercio de lo que costaba en los setenta). Cuando la sabiduría popular dijo que estábamos perdiendo la capacidad de alimentarnos a sí mismos, Simon predijo correctamente que los suministros de comida, impulsados por la Revolución Verde en la agricultura, iban a superar el ritmo del creciente número de bocas humanas por alimentar. Cuando los amigos de cerrar las fronteras dijeron que los inmigrantes estaban robando trabajos estadounidenses y abusando del sistema de bienestar, Simon respondió con papeles que mostraban que los inmigrantes eran un factor clave en mantener a Estados Unidos como un gran país.

Los ambientalistas apocalípticos furiosamente denunciaron a Simon como un maniático. Paul Ehrlich, el biólogo de Stanford—cuyo libro The Population Bomb (La Bomba Poblacional) bien podría establecer el récord de todos los tiempos de profecías equivocadas—una vez bromeó diciendo que Simon probó que “lo único que no se está acabando en La Tierra son los idiotas”. Al momento de la muerte de Simon debido a un ataque al corazón a los 65 años de edad, los académicos y conocedores solo podían observar el estado de los asuntos humanos y conceder rencorosamente que fue el “cazador de pesimistas”—como lo apodara la revista Wired—el que estuvo todo el tiempo en lo correcto, y los apocalípticos como Ehrlich quienes eran los estafadores. “Cada tendencia de bienestar humano—expectativa de vida, mortalidad infantil, ingreso per cápita en la India, el número de carros por persona en China, la disponibilidad y calidad de agua y vivienda, el monto de tiempo ocioso que disfrutamos—está mejorando, no empeorando”, escribió poco antes de su muerte en una versión actualizada de su libro más famoso, The Ultimate Resource (El Recurso Fundamental).

En persona Julian Simon lo podía derribar a uno con su entusiasmo contagiante. En reuniones profesionales y cenas formales, era famoso por sus corbatas fluorescentes. “Existe suficiente aburrimiento en el mundo”, era su explicación. El resto del planeta estaba viviendo en blanco y negro; Julian Simon vivía en Technicolor.

Cuando lo conocí por primera vez en mis años en la Universidad de Illinois en 1980, las ideas de Simon eran tan sorprendentes que rayaban en la locura. Yo entonces sabía lo que todo el mundo sabía: que el mundo se estaba dirigiendo a una catástrofe ecológica, probablemente de proporciones bíblicas. Invierno nuclear, agotamiento del ozono, aire envenenado, lluvia ácida, extinción de especies, la muerte de los bosques y océanos, calentamiento globa—lla única pregunta es cuál iba a matarnos primero. Los apocalípticos del Club de Roma recién habían publicado su primer quejido, Los Límites al Crecimiento, el cual reporta que a La Tierra se le estaba acabando prácticamente todo lo necesario para mantener una vida sostenible. Paul Ehrlich había aparecido en el Tonight Show de Johnny Carson una docena de veces llenándole la cabeza a los estadounidenses con predicciones de inminentes hambrunas mundiales y pronósticos tenebrosos (por ejemplo: “Si fuera un jugador, apostaría a que Inglaterra no existirá en el año 2000”). Mientras tanto, la evaluación sobre el futuro de La Tierra de la administración Carter, Global 2000, ganaba titulares con sus predicciones de que “para el año 2000 el mundo estará más aglomerado, más contaminado, y menos estable ecológicamente”. El maltusianismo era ahora la posición oficial del gobierno de Estados Unidos.

En medio de esto vino un eufórico, infatigable y calvo profesor de economía del Medio Oeste diciéndonos que todo estaba equivocado—que de hecho La Tierra no era plana. Era Julian Simon contra una red bien financiada y altamente respetada de cientos de apocalípticos profesionales, todos insistiendo en lo obvio—que todos nos estábamos yendo al infierno. Como resultó, ellos fueron derrotados.

Lo que otro montón de gente curiosa y de mentalidad abierta descubrió, escuchando a Simon y leyendo sus prodigiosos trabajos, era que los hechos que él ordenaba eran abrumadores. En Jerry McGuire, la expresión de Tom Cruise era “¡Muéstrame el dinero!” Julian tenía una variante profesional: “¡Muéstrame los datos!”

Su especialidad era examinar las tendencias no sobre cinco o diez o veinte años, sino sobre períodos muy largos—hasta que la información utilizable estuviera a disposición. Su metodología era simple: el mejor—de hecho el único—pronosticador del futuro es el pasado. Uno de sus eslóganes favoritos lo sacó de Winston Churchill: “Entre más atrás se mire, más adelante se puede ver”. Lo cual explica cómo Julian Simon discernió tendencias que el resto de nosotros no pudimos ver.

La “crisis” energética de mediados de los setenta fue un clásico ejemplo de análisis de corto plazo. Los pesimistas miraron al período de 1972-1980—cuando los precios del petróleo explotaron de $3 a $30 por barril—y anunciaron que los precios aumentarían para siempre. Simon dijo: Pamplinas. Él miró a los precios de la energía sobre un período de 200 años—y como era de esperarse, con saltos ocasionales, éstos habían disminuido constantemente durante ese período. (Solo imagínese lo que pudo haber costado iluminar la casa de uno con aceite de ballena). Los setenta fueron una aberración histórica, ocasionada por las guerras en el Medio Oriente. Y por supuesto, una vez que la crisis política acabó, los precios del petróleo retomaron su histórica tendencia a la baja.

Simon se deleitaba indicando contradicciones inherentes entre la teoría apocalíptica y la evidencia del mundo real. “¿Existe un monto finito de petróleo?” preguntaba. Las audiencias asentían al unísono con sus cabezas. Bueno entonces, respondía, si los suministros de petróleo son finitos y los estamos usando a un ritmo acelerado, ¿por qué continúa cayendo el precio del crudo? La economía 101 dice que la escasez causa que los precios aumenten, ¡y ahí estábamos viendo a las gráficas de Julian que mostraban que el precio de la energía ha caído durante 200 años! Silencio atónito.

La respuesta, como la explicaba pacientemente Simon, es que la gente está siempre inventando nuevas fuentes de energía barata, desarrollando sustitutos (¿alguien usa todavía aceite de ballena?), y descubriendo nuevas reservas—el fondo del Mar del Norte, el esquisto de Wyoming, y quién sabe qué sigue. De hecho, hoy en día las reservas probadas de petróleo—ni qué decir de aquellas fuentes de energía que no podemos imaginar—son mucho mayores de lo que eran en los ochenta (lo cual incidentalmente dice mucho del por qué los precios del petróleo han permanecido bajos).

Aunque publicó una docena de libros y más de 200 artículos académicos, Simon es mejor recordado por su extraordinaria lucha intelectual con Paul Ehrlich, el siempre equivocado biólogo de Stanford. El venerado padrino de los neo-maltusianos en el Estados Unidos del siglo XX, Ehrlich una vez se quejó de que intentar explicarle límites biológicos a Simon “sería como tratar de explicarle distribución de gas a un arándano”. Quizás debió haber intentado. En 1980, Simon le ofreció a Ehrlich una apuesta de $1.000: que cinco mercancías—de escogencia de Ehrlich—serían más escasas y por lo tanto más caras en un período de diez años. Ehrlich tontamente aceptó, especificando al cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno. No hay que hacer mucho esfuerzo para saber quién ganó. (El precio de las cinco mercancías disminuyó un promedio del 40%). La historia fue publicada en la primera plana de la New York Times Magazine, y por primera vez en su vida Simon fue tomado en serio. Otra apuesta de $100.000 de que cualquier medida significativa de la vida en el planeta mejoraría y no empeoraría sobre un período de 10 años—hecha en su libro The State of Humanity (El Estado de la Humanidad) de 1996—nunca obtuvo alguien que la aceptara.

La contribución más importante de Simon puede ser la de desinflar el coco de la “sobrepoblación”. Frecuentemente se le preguntaba: De seguro que tenemos que estar preocupados por que la población del mundo se triplicara durante el siglo XX, de 2.000 millones a 6.000 millones. ¿No sugiere esto que el hombre está copulando descontroladamente, como las famosas ratas noruegas de John B. Calhoun que se multiplicaban en su encierro hasta que morían por falta de alimento? No, contestaba Simon, porque la humanidad no se propaga como ratas de campo. Somos la única especie facultada con la razón. Y con sus datos escrupulosos Simon continuaba al mostrar que conforme la gente se hace más rica tienen menos niños. Hace 20 años, los pesimistas pronosticaban un planeta Tierra agolpado. Hoy, todos los demógrafos serios predicen que la población global se estabilizará al final de este siglo. En Europa Occidental ya está sucediendo; la población nativa de Japón ha estado disminuyendo desde 1998.

Cuando conocí por primera vez a Julian Simon le pregunté sobre un reporte de las Naciones Unidas que pronosticaba una Tierra de 10.000 millones de personas. “Sí, es fantástico, ¿no?” “¿Qué?” le respondí. “Es una excelente noticia que el mundo pueda sostener a 10.000 millones de personas, quienes serán más sanas y prósperas de lo que somos hoy en día”, me señaló. En otra ocasión poco antes de su muerte, le mostré un reporte sobre la creciente obesidad en el Tercer Mundo. “Increíble”, exclamó, “durante 100.000 años los seres humanos han dedicado casi todo su tiempo a consumir suficientes calorías. Ahora la humanidad está tratando de consumir menos”.

Esa era Julian—la sabiduría convencional nunca tuvo un peor enemigo. Él disfrutaba doblar las mentes de los estudiantes preguntándoles, “¿Por qué es que cada vez que nace un ternero el PIB per cápita de la nación aumenta, y cada vez que nace un bebé el PIB per cápita cae?” Buena pregunta—o quizás necesitemos una medida más sofisticada.

Una de las armas secretas de Simon era su antecedente profesional como estadígrafo. Él examinó años de promedios de bateo en béisbol y llegó a la sorprendente conclusión de que no existen las rachas de bateo. Si un bateador con un promedio de .300 tuvo cuatro hits al bate, su posibilidad estadística de tener un hit en su próxima oportunidad al bate sigue siendo de 3 en 10. Nunca estuve totalmente convencido, pero como siempre él tenía los datos. Yo todo lo que tenía era la superstición.

Pero en ningún otro tema era Julian Simon un destructor de mitos tan prominente como en el de la inmigración. Durante décadas las encuestas han mostrado que la mayoría de nosotros creemos que los inmigrantes le quitan el trabajo a los estadounidenses, disminuyen los salarios, abusan de los servicios públicos, y lastiman nuestra economía. En su galardonado libro de 1990, The Economic Consequences of Immigration (Las Consecuencias Económicas de la Inmigración), Simon demostró que cada una de estas creencias es totalmente contradicha por los hechos. “Los inmigrantes no solo no quitan puestos de trabajo, sino que los crean a través de sus compras y a través de su propensión a empezar nuevos negocios”. Spencer Abraham, actual secretario de Energía de Estados Unidos, entonces presidente del Comité sobre Inmigración del Senado, le da crédito al trabajo de Simon por ayudar “a mantener abiertas las puertas de Estados Unidos a los inmigrantes”.

Otras dos personalidades prominentes convertidas por Simon fueron Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II. En 1984, con las protestas del lobby que favorecía el control de la población mundial, la administración Reagan adoptó la línea de Simon: que la gente es creadora de recursos, no destructora de éstos, y que “el capitalismo es el mejor anticonceptivo”. Gracias en parte a Julian Simon, Estados Unidos dejó de financiar programas coercitivos de control poblacional alrededor del mundo, entre ellos la política genocida de China de un hijo por pareja. Luego fue invitado al Vaticano a explicar sus teorías. “No son muchos los muchachos judíos de Nueva Jersey que son invitados a tener una audiencia con el Papa”, me dijo con regocijo. Una encíclica posterior del Papa Juan Pablo II tuvo claramente su influencia, ya que urgía a los gobiernos a tratar a la gente “como activos productivos”.

Hoy es más duro—aunque difícilmente imposible con grupos como Greenpeace, Planned Parenthood y otras organizaciones ambientalistas—el mirar racionalmente a la evidencia y creer que se nos está acabando la comida o la energía. Pero aquellos que no conocieron a Julian o a sus escritos en los setenta y comienzos de los ochenta no pueden apreciar en su totalidad la manera salvaje en que fue atacado, tanto por la izquierda como por la derecha.

De hecho la batalla ha continuado sobre su tumba. A finales de los noventa, Bjorn Lomborg, un joven profesor de estadística danés y activista de Greenpeace, leyó el perfil de “Cazador de Pesimistas” de Simon publicado en la revista Wired mientras esperaba por un avión en el aeropuerto de Los Ángeles. Indignado por lo que leyó, Lomborg se embarcó a refutar las extrañas teorías de Simon. A cambio, para su asombro, la información más bien se quedaba corta en mostrar el verdadero caso a favor de un mundo optimista. El inteligente y popular libro de Lomborg, The Skeptical Environmentalist (El Ambientalista Escéptico), todo un compendio de datos, se ganó la cólera instantánea del movimiento Verde mundial por desafiar el culto del Apocalipsis. Pero los ataques que ha recibido de la vieja guardia decadente no son nada comparados con lo que Simon absorbió hace dos décadas. Lomborg tuvo el lujo de pararse sobre los hombros de un gigante—una deuda de gratitud que todos tenemos hacia Julian Simon.

Los ataques contra Simon eran prueba del poder de sus ideas. Por más que han intentado, sus críticos nunca han podido desacreditar sus datos, mucho menos sus teorías. Estando ya en el siglo XXI, casi todos los indicadores de bienestar humano—desde mortalidad infantil hasta acceso a Internet—continúan su ascenso.

A Julian no le parecía que lo describieran como un optimista. “Yo no soy un optimista; soy un realista”, insistía.

Cuando Paul Ehrlich ganó un premio MacArthur de “genio”, John Tierney del New York Times le preguntó a Julian si él creia que algún día podría ganar un premio. Simon respondió: “Lo único que voy a ganar es un McDonald’s”. Ese es el destino de los verdaderos profetas.

Julian Simon creía que el progreso humano dependía en las mentes creativas e ingeniosas, pero también en las instituciones libres, “Las grandes poblaciones son solo un problema cuando están atadas a gobiernos tiránicos”, escribía. De hecho, muchos de sus críticos más ardientes eran activistas gubernamentales quienes insistían que la única solución concebible para el inminente Apocalipsis ecológico era edictos gubernamentales cada vez más severos: políticas coercitivas para la estabilización de la población, racionamiento del gas, controles a los salarios y a los precios, reciclamiento obligatorio, etc. Hubo pocos estadounidenses que ganaron tantas batallas por la libertad como Julian Simon.

Poco antes de su muerte, Simon dijo que se sentía muy cómodo sobre dos predicciones. Primero, que cada medida significativa de bienestar humano continuaría mejorando. Y segundo, que la gente continuaría quejándose sobre cómo las cosas eran mejores en el pasado.

Lo que no dijo es quizás su contribución más perdurable: la idea de que los seres humanos no solo usan recursos mientras habitan este planeta; también los crean. Es por eso que más gente es algo bueno—significa una mayor posibilidad de más Einsteins, Mozarts y Edisons. Y, solo podemos esperar, más Julian Simons.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

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