ZACARIAS E ISABEL

XXXI
En casa de Zacarías e Isabel
José y Zacarías están juntos conversando acerca del Mesías, de su próxima venida
y de la realización de las profecías. Zacarías era un anciano de alta estatura y
hermoso cuando estaba vestido de sacerdote. Ahora responde siempre por signos o
escribiendo en su tablilla. Los veo al lado de la casa en una sala abierta al
jardín.

María e Isabel están sentadas sobre una alfombra en el huerto, bajo un árbol
grande, detrás del cual hay una fuente por donde se escapa el agua cuando se
retira la compuerta. En todo el contorno veo un prado cubierto de césped, de
flores y de árboles con pequeñas ciruelas amarillas. Están juntas comiendo
frutas y panecillos sacados de la alforja de José. ¡Qué simplicidad y qué
conmovedora frugalidad!

En la casa hay dos criados y dos mozos de servicio: los veo ir y venir
preparando alimentos en una mesa, debajo dé un árbol. Zacarías y José se acercan
y comen también algo. José quería volverse de inmediato a Nazaret; pero tendrá
que quedarse ocho
días allí. No sabe nada aún del estado de embarazo de María. Isabel y María
habían guardado silencio sobre esto, manteniendo entre ellas una armonía secreta
y profunda, que las unía íntimamente.

Varias veces al día, especialmente antes de las comidas, cuando todos se
hallaban reunidos, las santas mujeres decían una especie de Letanías. José oraba
con ellas. Pude ver una cruz que aparecía entre las dos mujeres, a pesar de no
existir aún la cruz: aquello era como si dos cruces se hubiesen visitado.

Ayer, por la tarde, se juntaron todos para comer, quedándose hasta la medianoche
sentados a la luz de una lámpara, bajo el árbol del jardín. Vi luego a José y a
Zacarías solos en su oratorio, y a María y a Isabel en su pequeña habitación,
una frente a la otra, de pie, absortas y estáticas, diciendo juntas el cántico
del Magníficat. Además del vestuario mencionado, la Virgen usaba algo parecido a
un velo negro transparente, que bajaba sobre el rostro cuando debía hablar con
los hombres.

Hoy Zacarías condujo a José a otro jardín retirado de su casa. Zacarías era un
hombre muy ordenado en todas sus cosas. En este huerto abundan árboles con
frutas hermosas de todas clases: está muy bien cuidado, atravesado por una larga
enramada, bajo la cual hay sombra; en su extremidad hay una glorieta escondida
cuya puerta se abre por un costado. En lo alto de esta casa se ven aberturas
cerradas con bastidores; dentro hay un lecho de reposo hecho de esteras, de
musgos o de otras hierbas. Vi allí dos estatuas blancas del tamaño de un niño:
no sé cómo se encuentran allí ni qué representan. Yo las hallaba parecidas a
Zacarías y a Isabel, de cuando serían más jóvenes.

Hoy por la tarde vi a María y a Isabel ocupadas en la casa. La Virgen tomaba
parte en los quehaceres domésticos y preparaba toda clase de prendas para el
esperado niño. Las he visto trabajando juntas: tejían una colcha grande
destinada al lecho de Isabel, para cuando hubiera dado a luz. Las mujeres judías
usaban colchas de esta clase, las cuales tenían en el centro una especie de
bolsillo
dispuesto de tal manera que la madre podía envolverse completamente en él con su
niño. Encerrada allí dentro y sostenida mediante almohadas podía sentarse o
tenderse según su voluntad. En el borde de la colcha había flores bordadas y
algunas sentencias.

Isabel y María preparaban también toda clase de objetos para regalarlos a los
pobres cuando naciera la criatura. Vi a santa Ana durante la ausencia de María y
de José, enviar a menudo su criada a la casa de Nazaret para ver si todo seguía
en orden allí. Una vez la vi ir allá sola.

Zacarías fue con José a pasear al campo. La casa se hallaba sobre una colina y
es la mejor de toda esa región; otras casitas veo dispersas alrededor. María se
encuentra sola, un tanto fatigada, en la casa con Isabel. He visto a Zacarías y
a José pasar la noche en el jardín situado a alguna distancia de la casa. Unas
veces los vi durmiendo en la glorieta, otras, orando a la intemperie. Volvieron
al amanecer.

He visto a Isabel y a María dentro de la casa. Todas las mañanas y las noches
repiten el Magníficat, inspirado a María por el Espíritu Santo, después de la
salutación de Isabel. La salutación del ángel fue como una consagración que
hacía el templo de María Santísima a Dios. Cuando pronunció aquellas palabras:
“He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”, el Verbo Divino,
saludado por la Iglesia y saludado por su sierva, entró en ella. Desde entonces,
Dios estuvo en su templo y María fue el templo y el Arca de la Alianza del Nuevo
Testamento. La salutación de Isabel y el alborozo de Juan en el seno de su
madre, fueron el primer culto rendido ante aquel Santuario. Cuando la Virgen
entonó el Magníficat, la Iglesia de la Nueva Alianza, del nuevo matrimonio,
celebró por primera vez el cumplimiento de las promesas divinas de la Antigua
Alianza, del antiguo matrimonio, recitando, en acción de gracias, un Te Deum
laudamus. ¡Quién pudiera expresar dignamente la emoción de este homenaje rendido
por la Iglesia a su Salvador, aún antes de su nacimiento!

Esta noche, mientras veía orar a las santas mujeres, tuve varias intuiciones y
explicaciones relativas al Magníficat y al acercamiento del Santo Sacramento en
la actual situación de la Santísima Virgen. Mi estado de sufrimiento y mis
numerosas molestias me han hecho olvidar casi todo lo que he podido ver. En el
momento del pasaje del cántico:”Hizo valentías con su brazo”, vi diferentes
cuadros figurativos del Santísimo Sacramento del Altar en el Antiguo Testamento.
Había allí, entre otros, un cuadro de Abrahán sacrificando a Isaac, y de Isaías
anunciando a un rey perverso algo de que éste se burlaba, y que he olvidado. Vi
muchas cosas desde Abrahán hasta Isaías, y desde éste hasta María Santísima.
Siempre veía el Santísimo Sacramento acercándose a la Iglesia de Jesucristo,
quien reposaba todavía en el seno de su Madre.

Hace mucho calor allí donde está María en la tierra prometida. Todos se van al
jardín donde está la casita. Primero Zacarías y José, luego Isabel y María. Han
tendido un toldo bajo un árbol como para hacer una tienda de campaña. Hacia un
lado veo asientos muy bajos con respaldos.
 
Anoche vi a Isabel y a María que iban al jardín un tanto alejado de la casa de
Zacarías. Llevaban frutas y panecillos dentro de unas cestas y parecía que
querían pasar la noche en ese lugar. Cuando José y Zacarías volvieron más tarde,
vi a María que les salía al encuentro. Zacarías tenía su tablilla, pero la luz
era insuficiente para que pudiera escribir y vi que María impulsada por el
Espíritu Santo le anunció que esa misma noche habría de hablar y que podía dejar
su tablilla, ya que pronto podría conversar con José y rezar junto a él.

Tanto me sorprendió esto, que yo, sacudiendo la cabeza, no quise admitirlo; pero
mi Ángel de la Guarda, o mi guía espiritual, que siempre me acompaña, díjome,
haciéndome una señal para que mirase a otra parte: “¿No quieres creer esto? Pues
mira lo que sucede allí”. Mirando hacia el lado que me indicaba vi un cuadro
totalmente distinto, de época muy posterior. Vi al santo ermitaño Goar en un
lugar donde el trigo había sido cortado. Hablaba con los mensajeros de un obispo
mal dispuesto con él y aún aquellos hombres no le tenían afecto. Cuando los hubo
acompañado hasta su casa lo vi buscando un gancho cualquiera para poder colgar
su capa. Como viera un rayo de sol que entraba por la abertura del muro, en la
simplicidad de su fe colgó su capa de aquel rayo y ella quedó suspendida allí en
el aire. Me admiró tanto este prodigio que ya no me asombré de oír hablar a
Zacarías, puesto que aquella gracia le llegaba por intermedio de María
Santísima, dentro de la cual habitaba el mismo Dios. Mi guía me habló entonces
de aquello a que se da el nombre de milagro. Entre otras cosas recuerdo que me
dijo:
“Una confianza total en Dios, con la simplicidad de un niño, da a todas las
cosas el ser y la substancia”.
Estas palabras me aclararon acerca de todos los milagros, aunque no puedo
explicarme esto con claridad.

Vi a los cuatro santos personajes pasar la noche en el jardín: se sentaron y
comieron algunas cosas. Luego los vi caminar de dos en dos, orar juntos y entrar
alternativamente en la glorieta para descansar en ella. Supe también que después
del sábado, José se volvería a Nazaret y que Zacarías lo acompañaría un trecho
de camino. Había un hermoso claro de luna y el cielo estaba muy
puro.

Anuncios