XXXVII
La festividad del Sábado
José preparó su lámpara y se puso a orar en compañía de la Virgen Santísima,
guardando la observancia del sábado con piedad conmovedora. Comieron alguna cosa
y descansaron sobre esteras extendidas en el suelo. Vi a la Sagrada Familia
permanecer allí todo el día. María y José oraban juntos. He visto a la mujer del
dueño de la posada pasar el día al lado de María con sus tres hijos. Allegóse
también aquella mujer que los había hospedado la víspera, con dos de sus hijos.
Se sentaron al lado de María amigablemente, quedando muy impresionados por la
modestia y la sabiduría de la Virgen, que conversó también con los niños,
dándoles algunas útiles instrucciones. Los niños tenían pequeños rollos de
pergamino. María les hizo leer y les habló de modo tan amable que las criaturas
no apartaban la vista ni un instante de Ella. Era algo muy conmovedor ver esta
atención de los niños y escuchar las enseñanzas de María.

Al caer la tarde vi a José paseando con el dueño de la posada por los
alrededores, mirando los campos y los jardines y tratándose familiarmente. Así
veo a las personas piadosas del país en el día festivo del sábado. Los santos
viajeros quedaron en ese lugar la noche siguiente. Los buenos esposos de la
posada se encariñaron sumamente con María y le pidieron que se quedara con ellos
hasta el nacimiento del Niño. Le mostraron una habitación muy cómoda, y la mujer
se ofreció a servirles de todo corazón y con amable insistencia; pero los
viajeros reanudaron su viaje por la mañana muy temprano y descendieron por el
Suroeste de la montaña, hacia un hermoso valle. Se alejaron aún más de Samaria.
Mientras iban descendiendo se podía ver el templo del monte Garizim, pues se lo
ve desde muy lejos. Sobre el techo hay figuras de leones o de otros animales
semejantes, que brillan a los rayos del sol.

Hoy los he visto hacer unas seis leguas de camino. Al atardecer se encontraban
en una llanura a una legua al Sureste de Siquem. Entraron en una casa de
pastores bastante grande donde fueron recibidos bien. El dueño de casa estaba
encargado de cuidar los campos y jardines, propiedad de una vecina ciudad. La
casa no estaba en la llanura sino sobre una pendiente. Todo era fértil en esta
comarca y en mejores condiciones que el país recorrido anteriormente; pues aquí
se estaba de cara al sol, lo que en la Tierra Prometida es causa de una
diferencia notable en esta época del año.

Desde este lugar hasta Belén se encuentran muchas de estas viviendas pastoriles
diseminadas en los valles. Algunas hijas de pastores, que vivían en estos
lugares, se casaron más tarde con servidores que habían venido con los Reyes
Magos, y se quedaron en la comarca. De uno de estos matrimonios era un niño
curado por Nuestro Señor, en esta misma casa, a instancias de María, el 31 de
Julio de su segundo año de predicación, después de su diálogo con la Samaritana.
Jesús eligió luego a este joven y a otros dos para acompañarlo durante el viaje
que hizo por Arabia después de la muerte de Lázaro. Este joven fue más tarde
discípulo del Señor. He visto que Jesús se detuvo aquí con frecuencia para
predicar y enseñar. Ahora José bendice a algunos niños que encontró en la casa.

XXXVIII
Los viajeros son rechazados en varias casas
Hoy los he visto seguir un sendero más uniforme. La Virgen desmontaba a ratos,
siguiendo a pie algunos trechos. A menudo se detenían en lugares apropiados para
tomar alimento. Llevaban panecillos y una bebida que refresca y fortalece, en
recipientes muy elegantes, con dos asas que parecían de bronce por el brillo.
Esta bebida era el bálsamo que tomaban mezclado con agua. Recogían bayas y
frutas de los árboles y arbustos en los lugares más expuestos al sol. La montura
de María tenía a derecha e izquierda unos rebordes sobre los cuales apoyaba los
pies: de esa manera no quedaban en el aire, como veo a la gente de nuestro país.
Los movimientos de María eran siempre sosegados, singularmente modestos. Se
sentaba alternativamente a derecha e izquierda.

 La primera diligencia de José, cuando llegaban a un lugar, era buscar un sitio
donde María pudiese sentarse y descansar cómodamente. Ambos se lavaban con
frecuencia los pies. Era de noche cuando llegaron a una casa aislada. José llamó
y pidió hospitalidad; pero el dueño de casa no quiso abrir. José le explicó la
situación de María, diciendo que no estaba en condición de seguir su camino y
agregando que no pedía hospedaje gratis. Todo fue inútil: aquel hombre duro y
grosero respondió que su casa no era una posada, que lo dejaran tranquilo, que
no golpeasen a la puerta. Ni siquiera abrió la puerta para hablar, sino que dio
su respuesta desde el interior.

Los viajeros continuaron su camino, y al poco tiempo entraron en un cobertizo
cerca del cual habían visto detenerse a la borriquilla. El refugio estaba sobre
un terreno llano. José encendió luz y preparó un lecho para María, que lo
ayudaba en todo esto. Metió al asno y le dio forraje. Rezaron, comieron y
durmieron algunas horas. Desde la última posada hasta aquí habría unas seis
leguas. Se hallaban ahora a unas veintiséis de Nazaret y a unas diez de
Jerusalén. Hasta aquel camino no habían seguido el sendero principal, sino
atravesando otros de comunicación que iban del Jordán a Samaria, tocando las
grandes rutas que llevan de Siria a Egipto. Los atajos eran muy angostos y en
las montañas se hallaban a menudo tan apretados que les era necesario tomar
muchas precauciones para poder andar sin tropezar ni caerse. Los asnos avanzaban
con paso muy seguro.

Antes de aclarar el día partieron y tomaron un camino que volvía a subir. Me
parece que llegaron a la ruta que lleva de Gábara hasta Jerusalén, que en este
lugar era el límite entre Samaria y Judea. En otra casa donde pidieron
hospitalidad fueron igualmente rechazados groseramente.

A varias leguas al Nordeste de Betania, María se sintió muy fatigada y deseó
descansar y tomar alimento. José se desvió una legua de camino en busca de una
higuera grande que solía estar cargada de higos, en torno de la cual había
asientos para descansar a su sombra. José conoció el lugar en uno de sus
anteriores viajes. Al llegar a la higuera no encontró en ella ni una fruta, lo
cual lo entristeció mucho. Recuerdo vagamente que Jesús halló más tarde esta
higuera cubierta de hojas verdes, pero sin frutos. Creo que el Señor la maldijo
en la ocasión que había salido de Jerusalén, y el árbol se secó por completo.

Más tarde se acercaron a una casa cuyo dueño trató asperamente a José, que le
había pedido humildemente hospitalidad. Miró luego a la Santísima Virgen, a la
luz de una linterna y se burló de José porque llevaba una mujer tan joven. En
cambio la dueña de casa se acercó y se compadeció de María: le ofreció una
habitación en un edificio vecino y les llevó panecillos para su alimento. El
marido se arrepintió de haber sido descomedido y se mostró luego más servicial
con los santos viajeros.

Más tarde llegaron a otra casa habitada por una pareja joven. Aunque fueron
recibidos, no lo hicieron con cortesía y casi ni se ocuparon de ellos. Estas
personas no eran pastores sencillos, sino como campesinos ricos, gente ocupada
en negocios. Jesús visitó una de estas casas, después de su bautismo. La
habitación donde la Sagrada Familia había pasado la noche, la habían convertido
en oratorio. No recuerdo si era propiamente la casa aquélla cuyo dueño se burló
de José. Recuerdo vagamente que el arreglo lo hicieron después de los milagros
que sucedieron al Nacimiento de Jesús.

XXXIX
Últimas etapas del camino
En las últimas etapas José se detuvo varias veces, pues María estaba cada vez
más fatigada. Siguiendo el camino indicado por la borriquilla, hicieron un rodeo
de un día y medio al Este de Jerusalén. El padre de José había poseído algunos
pastizales en aquella comarca, y él conocía bien la región. Si hubieran seguido
atravesando directamente el desierto que se halla al Mediodía, detrás de
Betania, hubieran podido llegar a Belén en seis horas; pero el camino era
montañoso y muy incómodo en esta estación.

Siguieron a la borriquilla a lo largo de los valles y se acercaron algo al
Jordán. Hoy vi a los santos caminantes que entraban en pleno día en una casa
grande de pastores. Está a tres leguas de un lugar donde Juan bautizaba más
tarde en el Jordán y a siete de Belén. Es la misma casa donde Jesús, treinta
años más tarde, estuvo la noche del 11 de Octubre, víspera del día en que por
primera vez, después de su bautismo, pasó delante de Juan Bautista.

Junto a la casa, y un tanto apartada de ella, había una granja donde guardaban
los instrumentos de labranza y los que usaban los pastores. El patio tenía una
fuente rodeada de baños que recibían las aguas de aquélla mediante conductos
especiales. El dueño parecía tener extensas propiedades y allí mismo tenía un
tráfico considerable. He visto que iban y venían varios servidores que comían en
aquella finca.

El dueño recibió a los viajeros muy amigablemente, se mostró muy servicial y los
condujo a una cómoda habitación, mientras algunos servidores se ocuparon del
asno. Un criado lavó en una fuente los pies de José y le dio otras ropas
mientras limpiaba las suyas cubiertas de polvo. Una mujer rindió los mismos
servicios a María. En esta casa tomaron alimento y durmieron.

La dueña de casa tenía un carácter bastante raro: se había encerrado en su casa
y a hurtadillas observaba a María, y como era joven y vanidosa, la belleza
admirable de la Virgen la había llenado de disgusto. Temía también que María se
dirigiera a ella para pedirle que le permitiese quedarse hasta dar a luz a su
Niño. Tuvo la descortesía de no presentarse siquiera y buscó medios para que los
viajeros partieran al día siguiente. Esta es la mujer que encontró Jesús allí,
treinta años más tarde, ciega y encorvada, y que sanó y curó después de hacerle
advertencias sobre su poca caridad y su vanidad de un tiempo.

He visto algunos niños. La Santa Familia pasó la noche en este lugar.

Hoy al medio día vi a la Sagrada Familia abandonar la finca donde se habían
alojado. Algunos de la casa los acompañaron cierta distancia. Después de unas,
dos leguas de camino, llegaron al anochecer a un lugar atravesado por un gran
sendero, a cuyos lados se levantaba una fila de casas con patios y jardines.
José tenía allí parientes. Me parece que eran los hijos del segundo matrimonio
de su padrastro o madrastra. La casa era de muy buena apariencia; sin embargo,
atravesaron este lugar sin detenerse.

A media legua dieron vuelta a la derecha, en dirección de Jerusalén, y arribaron
a una posada grande en cuyo patio había una fuente con cañerías de agua.
Encontraron reunidas a muchas gentes que celebraban un funeral. El interior de
la casa, en cuyo centro estaba el hogar con una abertura para el humo, había
sido transformado en una amplia habitación, suprimiendo los tabiques movibles
que separaban ordinariamente las diversas piezas. Detrás del hogar había
colgaduras negras y frente a él algo así como un ataúd cubierto de paño negro.
Varios hombres rezaban. Tenían largas vestimentas de color negro y encima otros
vestidos blancos más cortos. Algunos llevaban una especie de manípulo negro, con
flecos, colgado del brazo. En otra habitación estaban las mujeres completamente
envueltas en sus vestiduras, llorando, sentadas sobre cofres muy bajos.

Los dueños de casa, ocupados en la ceremonia fúnebre, se contentaron con
hacerles señas de que entrasen; pero los servidores los recibieron muy
cortésmente y se ocuparon de ellos. Les prepararon un alojamiento aparte con
esteras suspendidas, que le daba aspecto de carpa. Más tarde he visto a los
dueños de casa visitando a la Sagrada Familia, en amigable conversación con
ellos. Ya no llevaban las vestiduras blancas. José y María tomaron alimento,
rezaron juntos y se entregaron al descanso.

Hoy a mediodía, María y José se pusieron en camino hacia Belén de donde se
hallaban sólo a unas tres leguas. La dueña de casa insistía en que se quedaran,
pareciéndole que María daría a luz de un momento a otro. María, bajándose el
velo, respondió que debía esperar treinta y seis horas aún. Hasta me parece que
haya dicho treinta y ocho. Aquella mujer los hubiera hospedado con gusto, no en
su casa, sino en otro edificio cercano. En el momento de la partida vi que José,
hablando de sus asnos con el dueño de la casa, elogiaba los animales de éste, y
dijo que llevaba la borriquilla para empeñarla en caso de necesidad. Los
huéspedes hablaron de lo difícil que sería para ellos encontrar alojamiento en
Belén, y José dijo que tenía varios amigos allá y que estaba seguro de ser bien
recibido. A mí me apenaba oírle hablar con tanta convicción de la buena acogida
que le harían. Aún habló de esto mismo con María en el camino. Vemos, pues, que
hasta los santos pueden estar en error.

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