HAY QUE VOLVER A LA CENSURA… Leopoldo Abadía

Si algunos cerraran la boca...

 

Me ha dado un ataque de sensatez. Y no sé si ha sido por contagio o por reacción violenta.

 Puede haber sido por contagio, porque veo y oigo a muchos sensatos por la calle. También puede haber sido por reacción violenta, porque veo y oigo a muchos insensatos por la calle. He leído cosas esta semana que me han hecho palidecer. Cosas como, por ejemplo:

 – Que es mejor pagar 59.000 euros diarios a Francia que poner un cementerio nuclear en San Quirico.

 – Que si no se rotula tu tienda en catalán te pueden poner hasta 10.000 euros de multa.

 – Que D. José Luis va a hablar en Davos sobre dos temas que domina bien:

 “Repensando la Eurozona” 

“El rediseño de la gobernanza mundial”

 (Por cierto, mi abuelo Leopoldo, que hablaba bastante claro, aunque a veces se le escapaban expresiones políticamente muy incorrectas, al oír esto del repensar y el rediseñar hubiera dicho algún palabro un poco grosero, sobre todo al darse cuenta de quién era el especialista español en los citados rediseños y repensamientos. Al llegar a lo de la gobernanza, alguien de la familia le hubiera dicho que se callase durante unos días sus opiniones.)

 Sigo:

 – Que D. Gerardo se queja de que D. Miguel ha ido contando por ahí que D. Gerardo lo está pasando un poco mal y que debe muchos euros a la Caja que hasta ahora presidía D. Miguel.

 – Que un personaje quiere despolitizar las Cajas, a los pocos días del espectáculo que han dado Dª Esperanza y otros.

 Y como consecuencia de estas tonterías y de muchísimas otras más, incluidas las cosas que dicen algunos gobernantes nuestros cuando el FMI advierte de que no vamos bien, o las cosas que dice la Sra. Pajín para explicar por qué unas entidades financieras (despolitizadas, por cierto), le perdonaron al PSOE unos cuantos euros de nada, el pobre José Manuel Campa, a quien no conozco, pero que como es profesor del IESE me cae muy bien, tiene que darse una vuelta por ahí, diciendo que no se preocupen, que todo va fenomenal, que no pasa nada, que la Sra. Salgado lo ha dejado claro, etc.

Dicen que eso se llama non deal road show. Sin el non deal, el road show es eso que se suele hacer para conseguir que la gente ponga dinero en tu empresa, o en tu nación. Añadiendo lo del non deal, parece que el tema se reduce a una gira de propaganda, explicando lo majos que somos y que todo el mundo esté tranquilo, porque ya nos hemos dado cuenta de que “crece la desconfianza y hay que empezar a hacer los deberes”.

Sí, sí, habéis leído bien. Vamos a empezar a hacer los deberes. A D. José Luis le ha pasado lo mismo que a D. Barack, que, “menos ambicioso, se centrará en 2010 en crear empleo” (a los dos les ha costado un poco bajar de lo planetario a lo menos planetario).

Lo que pasa en nuestro caso, que es el que me importa, es que, o hacemos los deberes pronto o no sé qué va a explicar D. José Lis el día que tenga que hablar sobre la gobernanza.

Lo peor de todo es que a todas esas cosas les llaman optimismo. Y,  peor todavía, es que los optimistas de verdad se callan y aguantan que les prostituyan el  nombre (con perdón por lo de la prostitución).

Ha de volver la censura. Ya sé que, dicho así, suena mal, pero ha de volver. Deberíamos crear una comisión de 6 personas sensatas. Ya he pensado  quiénes pueden ser: tres de San Quirico y tres del pueblo de al lado. A mi amigo de San Quirico le voy a  dejar descansar, porque lo necesito para otras cosas, más importantes todavía. Tengo a los 6 in pectore, o sea, no se lo he dicho todavía, por prudencia, pero se lo diré pronto.

Su labor será repasar a diario las noticias que van a poner los periódicos y eliminar las insensateces. Ya sé que esto hará que se reduzca drásticamente el número de páginas de la prensa escrita y que desaparezcan muchos programas de radio y de televisión, pero es que lo otro está siendo inaguantable para los mayores, y deformador para nuestros hijos y para nuestros nietos, que están creciendo en un ambiente en el que cualquier cantamañanas puede decir una cantamañanada, con tal de que ponga cara seria, mire a la lejanía y contemple cómo el viento se hace con la propiedad de la tierra.

O al revés. No me acuerdo bien.

P.S. He escrito este artículo el día 28. Al acabar, veo en Expansión que las intervenciones de D. José Luis en Davos han sido hoy. Lo siento. He llegado tarde. Lo de publicar los viernes tiene ese problema

Anuncio publicitario

VIDA DE LA VIRGEN MARIA L y LI.

Judíos celebrando el Sábado.

La Sagrada Familia celebra la fiesta del Sábado

Mientras me hallaba meditando en la historia de la borriquilla empeñada  ahora
para cubrir los gastos de la circuncisión, y pensando que el próximo Domingo,
día en que tendrá lugar la ceremonia, (se leería el Evangelio del Domingo de
Ramos, que relata la entrada de Jesús montado sobre un asno), vi un cuadro del
cual no puedo explicar bien el sentido ni sé donde se realizaba:

Bajo una palmera había dos carteles sostenidos por ángeles. Sobre uno de ellos
estaban representados diversos instrumentos de martirio; en el centro había una
columna y sobre ella un mortero con dos asas. En el otro cartel había unas
letras: creo que eran cifras indicando años y épocas de la historia de la
Iglesia. Por encima de la palmera estaba arrodillada una Virgen que parecía
salir del tallo y cuyo traje flotaba en el aire. Tenía en sus manos, debajo del
pecho, un vaso de igual forma que el cáliz de la Última Cena, del cual salía la
figura de un Niño luminoso. Vi al Padre Eterno, en la forma que siempre lo veo,
acercarse a la palmera por encima de unas nubes, quitar una gruesa rama que
tenía la forma de una cruz y colocarla sobre el Niño. Después vi al Niño atado a
esa cruz de palma y a la Virgen Santísima presentando a Dios Padre la rama con
el Niño crucificado, mientras ella llevaba en la otra mano el cáliz vacío, que
parecía también su propio corazón. Cuando me disponía a leer las letras del
cartel, bajo la palmera, la llegada de una visita me sacó de esta visión. No
sabría decir si este cuadro lo vi en la gruta del pesebre o en otra parte.
 
Cuando la gente se había ido a la sinagoga de Belén, José preparó en la gruta la
lámpara del sábado con las siete mechas; la encendió y colocó debajo de ella una
pequeña mesa con los rollos que contenían las oraciones. Bajo esta lámpara
celebró el sábado con la Virgen Santísima y la criada de Ana. Se hallaban allí
dos pastores un poco hacia atrás en la gruta y algunas mujeres esenias. Hoy,
antes de la fiesta del sábado, estas mujeres y la sirvienta prepararon los
alimentos. Vi que asaron pájaros en un asador puesto encima del fuego. Los
envolvían en una especie de harina hecha de semillas de espigas de unas plantas
semejantes a cañas, que se encuentran en estado silvestre en lugares pantanosos
de la comarca. Las he visto cultivadas en diversos sitios; en Belén y en Hebrón
crecen sin ser cultivadas. No las he visto cerca de Nazaret. Los pastores de la
torre habían traído algunas para José. He visto que las mujeres con esas
semillas hacían una especie de crema blanca bastante espesa y amasaban tortas
con la harina. La Sagrada Familia guardó para su uso una cantidad muy pequeña de
las abundantes provisiones que los pastores habían traído en sus visitas; lo
sobrante lo regalaban a los pobres.

Hoy he visto varias personas que acudieron a la gruta del pesebre, y por la
noche, después de la terminación de las fiestas del Sábado, vi que las mujeres
esenias y la criada de Ana preparaban comida en una choza construida de ramas
verdes, que José, con la ayuda de los pastores, había levantado a la entrada de
la gruta. Había desocupado la habitación a la entrada de la gruta, tendido
colchas en el suelo y arreglado todo como para una fiesta, según le permitía su
pobreza. Dispuso así todas las cosas antes del comienzo del sábado, pues el día
siguiente era el octavo después del nacimiento de Jesús, cuando debía ser
circuncidado de conformidad con el precepto divino.

Al caer la tarde José fue a Belén y trajo consigo a tres sacerdotes, un anciano,
una mujer y una cuidadora para esta ceremonia. Tenía ésta un asiento, del que se
servía en ocasiones parecidas y una piedra octogonal chata y muy gruesa, que
contenía los objetos necesarios. Todo esto fue colocado sobre esteras donde
debía tener lugar la circuncisión, es decir en la entrada de la gruta, entre el
rincón que ocupaba José y el hogar. El asiento era una especie de cofre con
cajones, los cuales, puestos a continuación de los otros, formaban como un lecho
de reposo con un apoyo a un lado; se estaba uno allí recostado más que sentado.
La piedra octogonal tenía más de dos pies de diámetro. En el centro había una
cavidad octogonal también cubierta por una placa de metal, donde se hallaban
tres cajas y un cuchillo de piedra en compartimentos separados. Esta piedra fue
colocada al lado del asiento, sobre un pequeño escabel de tres patas que hasta
aquel momento había quedado bajo una cobertura, en el sitio donde había nacido
el Salvador.

Terminados estos arreglos los sacerdotes saludaron a María y al Niño Jesús, y
conversando amistosamente con la Virgen Santísima tomaron al Niño entre sus
brazos, y quedaron conmovidos. Después tuvo lugar la comida en la glorieta.
Muchos pobres que habían seguido a los sacerdotes, como solían hacer en tales
ocasiones, rodeaban la mesa y durante la comida recibían los regalos de José y
de los sacerdotes, de modo que pronto quedó todo distribuido. Al ponerse el sol
me parecía que su disco era más grande que en nuestro país. Lo vi descender en
el horizonte; sus rayos penetraban por la puerta abierta al interior de la
gruta.

Circuncisión de Jesús.

LI
La circuncisión de Jesús

Ardían varias lámparas en la gruta. Durante la noche se rezó largo tiempo  y se
entonaron cánticos. La ceremonia de la circuncisión tuvo lugar al amanecer.
María estaba preocupada e inquieta. Había dispuesto por sí misma los paños
destinados a recibir la sangre y a vendar la herida, y los tenía delante, en un
pliegue de su manto. La piedra octogonal fue cubierta por los sacerdotes con dos
paños, rojo y blanco, éste encima, con oraciones y varias ceremonias. Luego uno
de los sacerdotes se apoyó sobre el asiento y la Virgen que se había quedado
envuelta en el fondo de la gruta con el Niño Jesús en brazos, se lo entregó a la
criada con los paños preparados. José lo recibió de manos de la mujer y lo dio a
la que había venido con los sacerdotes. Esta mujer colocó al Niño, cubierto con
un velo, sobre la cobertura de la piedra octogonal. Recitaron nuevas oraciones.
La mujer quitó al Niño sus pañales y lo puso sobre las rodillas del sacerdote
que se hallaba sentado. José inclinóse por encima de los hombros del sacerdote y
sostuvo al Niño por la parte superior del cuerpo. Dos sacerdotes se arrodillaron
a derecha e izquierda, teniendo cada uno de ellos uno de sus piececitos,
mientras el que realizaba la operación se arrodilló delante del Niño.
Descubrieron la piedra octogonal y levantaron la placa metálica para tener a
mano las tres cajas de ungüento; había allí aguas para las heridas.

Tanto el mango como la hoja del cuchillo eran de piedra. El mango era pardo y
pulido; tenía una ranura por la que se hacía entrar la hoja, de color
amarillento, que no me pareció muy filosa. La incisión fue hecha con la punta
curva del cuchillo. El sacerdote hizo uso también de la uña cortante de su dedo.
Exprimió la sangre de la herida y puso encima el ungüento y otros ingredientes
que sacó de las cajas. La cuidadora tomó al Niño y después de haber vendado la
herida lo envolvió de nuevo en sus pañales. Esta vez le fueron fajados los
brazos que antes llevaba libres y le pusieron en torno de la cabeza el velo que
lo cubría anteriormente. Después de esto el Niño fue puesto de nuevo sobre la
piedra octogonal y recitaron otras oraciones.

El ángel había dicho a José que el Niño debía llamarse Jesús; pero el sacerdote
no aceptó al principio ese nombre y por eso se puso a rezar. Vi entonces a un
ángel que se le aparecía y le mostraba el nombre de Jesús sobre un cartel
parecido al que más tarde estuvo sobre la cruz del Calvario. No sé en realidad
si el ángel fue visto por él o por otro sacerdote: lo cierto es que lo vi muy
emocionado escribiendo ese nombre en un pergamino, como impulsado por una
inspiración de lo alto.

El Niño Jesús lloró mucho después de la ceremonia de la circuncisión. He visto
que José lo tomaba y lo ponía en brazos de María, que se había quedado en el
fondo de la gruta con dos mujeres más. María tomó al Niño, llorando, se retiró
al fondo donde se hallaba el pesebre, se sentó cubierta con el velo y calmó al
Niño dándole el pecho. José le entregó los pañales teñidos en sangre. Se
recitaron nuevamente oraciones y se cantaron salmos.

La lámpara ardía, aunque había amanecido completamente. Poco después la Virgen
se aproximó con el Niño y lo puso en la piedra octogonal. Los sacerdotes
inclinaron hacia ella sus manos cruzadas sobre la cabeza del Niño, y luego se
retiró María con el Niño Jesús. Antes de marcharse los sacerdotes comieron algo
en compañía de José y de dos pastores bajo la enramada. Supe después que todos
los que habían asistido a la ceremonia eran personas buenas y que los sacerdotes
se convirtieron y abrazaron la doctrina del Salvador.

Entre tanto, durante toda la mañana se distribuyeron regalos a los pobres que
acudían a la puerta de la gruta. Mientras duró la ceremonia el asno estuvo atado
en sitio aparte. Hoy pasaron por la puerta unos mendigos sucios y harapientos,
llevando envoltorios, procedentes del valle de los pastores: parecía que iban a
Jerusalén para alguna fiesta. Pidieron limosna con mucha insolencia, profiriendo
maldiciones e injurias cerca del pesebre, diciendo que José no les daba
bastante. No supe quienes eran, pero me disgustó grandemente su proceder.
Durante la noche siguiente he visto al Niño a menudo desvelado a causa de sus
dolores, y que lloraba mucho. María y José lo tomaban en brazos uno después de
otro y lo paseaban alrededor de la gruta tratando de calmarlo.

CARTA A DIOS. Padre José Luis Martín Descalzo.

Comparto con vosotros, amigos míos, esta preciosa carta del Padre Martín Descalzo que debería provocar en nosotros grandes preguntas sobre nuestra vida y sobre su posible reorientación hacia la verdad. Leedla despacico, que tiene mucha miga. José Luis Martín vió cara a cara a Dios, (dicho en nuestras palabras diríamos que murió), muy poco tiempo después de redactar esta misiva.

Juanjo Romero.

GRACIAS. CON ESTA PALABRA PODRÍA CONCLUIR ESTA CARTA, DIOS MÍO, AMOR MÍO. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.
Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?
Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.

Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.
Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.
Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.
También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.
Luego, me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.
Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?
He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.
Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.
Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.
Del libro «Razones para el amor»; Biblioteca Básica del Creyente; Madrid, España.

Tomado de http://www.preb.com/articulos

José Luis Martín Descalzo falleció pocos días después.

PÉREZ REVERTE, EL SÍNDROME DEL CORONEL TAPIOCA…

Me atraganto con las novelas de Pérez Reverte, me parecen tan previsibles y peliculeras que he sentido insultada mi inteligencia cuando las he leído. En lo único que estoy de acuerdo es que para hacer novelas «bestsellerpinpanpun» no hace falta irte a buscar temas ramplones al extranjero, tenemos de sobra en España y de paso le damos un repaso a la asignatura de historia en la que la mayoría de los españoles estamos como el clima, bajo cero. No obstante si que valoro positivamente algunos de sus artículos en los que llama al pan, pan y al vino, vino. Os paso uno de estos, de los que pone el meñique en la úlcera…

AHÍ VA «EL SÍNDROME DEL CORONEL TAPIOCA»

Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá –de sirios y troyanos, oí decir el otro día–. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí –imagínense cómo se agobian éstas– y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.

VIDA DE LA VIRGEN MARIA XLVII, XLVIII Y XLIX.

XLVII
Antecedentes de los Reyes Magos
Quinientos años antes del nacimiento del Mesías, los antepasados de los tres
Reyes Magos eran poderosos y tenían más riquezas que sus descendientes, ya que
sus posesiones eran extensas y su herencia menos dividida. Vivían entonces en
tiendas de campaña, con excepción del antepasado del rey que vivía al Este del
Mar Caspio, cuya ciudad veo en este momento. Esta ciudad tiene construcciones
subterráneas de piedra, en lo alto de las cuales se alzan pabellones, pues se
halla cerca del mar, que se desborda con frecuencia. Veo allí montañas muy altas
y dos mares, uno a mi derecha y otro a mi izquierda.

Aquellos jefes de raza eran, según sus tradiciones, observadores y adoradores de
los astros y existía en el país un culto abominable que consistía en sacrificar
a los viejos, a los hombres deformes y a veces también a los niños. Lo más
horrible era que estos niños eran vestidos de blanco y luego arrojados en
calderas donde morían hervidos. Toda esta abominación fue abolida. A estos
ciegos paganos Dios les anunció con mucha anticipación el Nacimiento del
Salvador.

Aquellos príncipes tenían tres hijas versadas en el conocimiento de los astros.
Las tres recibieron el espíritu de profecía y supieron, por medio de una visión,
que una estrella saldría de Jacob y que una Virgen daría a luz al Salvador del
mundo. Vestidas de largos mantos recorrían el país predicando la reforma de las
costumbres y anunciando que los enviados del Salvador vendrían un día al país
trayendo el culto del Dios verdadero. Predecían muchas cosas más relativas a
nuestra época y a épocas más lejanas aún.

A raíz de estas predicciones, los padres de estas jóvenes elevaron un templo a
la futura Madre de Dios hacia el Mediodía del mar, en el mismo sitio de los
límites de sus países y allí ofrecieron sacrificios. La predicción de las tres
vírgenes se refería especialmente a una constelación y a diversos cambios que
habrían de producirse.

Desde entonces empezaron a observar aquella constelación desde lo alto de una
colina cercana al templo de la futura Madre de Dios, y de acuerdo con esas
observaciones, cambiaban algunas cosas en los templos, en el culto religioso y
en los ornamentos. Así he visto que el pabellón del templo era unas veces azul,
otras rojo, otras amarillo y demás colores. Me impresionó que pasaran su día de
fiesta al sábado, mientras antes celebraban el viernes. Todavía recuerdo el
nombre que daban a este día: Tanna o Tanneda. 

XLVIII
Fecha del nacimiento del Redentor
Jesucristo nació antes de cumplirse el año 3.997 del mundo. Más tarde fueron
olvidados los cuatro años, menos algo, transcurridos desde su nacimiento hasta
el fin del 4.000. Después se hizo comenzar nuestra era cuatro años más tarde.

Uno de los cónsules de Roma, llamado Léntulo, fue antepasado del sacerdote y
mártir Moisés, del cual tengo una reliquia. Había vivido en tiempos de San
Cipriano. De él desciende aquel otro Léntulo que fue amigo de San Pedro en Roma.

Herodes reinó cuarenta años. Durante siete años no fue independiente; pero ya
desde aquel tiempo oprimía al país y cometía actos de crueldad. Murió, creo, en
el año sexto de la vida de Jesús; su muerte se guardó en secreto por algún
tiempo. Herodes fue siempre sanguinario y hasta en sus últimos días hizo mucho
daño. Lo vi arrastrándose en medio de una amplia habitación acolchada, con una
lanza a su lado, queriendo herir a las personas que se le acercaban. Jesús nació
más o menos en el año treinta y cuatro de su reinado.

Unos dos años antes de la entrada de María en el Templo, Herodes mandó hacer
algunas construcciones allí. No hizo de nuevo el Templo, sino algunas reformas y
mejoras.

La huida a Egipto se produjo cuando Jesús tenía nueve meses y la matanza de los
inocentes ocurrió durante el segundo año de la edad de Jesús.

El Nacimiento de Jesús tuvo lugar en un año judío de trece meses, que era un
arreglo semejante a nuestros años bisiestos. Creo, también, que los judíos
tenían meses de veinte días dos veces al año y uno de veintidós días. Pude oír
algo de esto a propósito de los días de fiesta; pero ahora no me queda más que
un recuerdo confuso.

He visto que se hicieron varias veces cambios en el calendario. Sucedió esto al
salir de un cautiverio, mientras se trabajaba en la reconstrucción del Templo.
He visto al hombre que cambió el calendario y supe también su nombre.

XLIX
Los pastores acuden con sus presentes
A la caída de la tarde los tres pastores jefes se dirigieron a la gruta del
pesebre con los regalos, consistentes en animalitos parecidos a los corzos. Si
eran cabritos, eran muy distintos de los de nuestro país, pues tenían cuello
largo, ojos hermosos muy brillantes, eran muy graciosos y ligeros al correr; los
pastores los llevaban atados con delgados cordeles. Traían sobre los hombros
aves que habían matado, y bajo el brazo otras, vivas, de mayor tamaño.

Al llegar, llamaron tímidamente a la puerta de la gruta y San José les salió al
encuentro. Ellos repitieron lo que les habían anunciado los ángeles y dijeron
que deseaban rendir homenaje al Niño de la Promesa y a ofrecerle sus pobres
obsequios. José aceptó sus regalos con humilde gratitud y los llevó junto a la
Virgen, que se hallaba sentada cerca del pesebre, con el Niño Jesús sobre sus
rodillas. Los tres pastores se hincaron con toda humildad, permaneciendo mucho
rato en silencio, como absortos en una alegría indecible. Cantaron luego el
cántico que habían oído a los ángeles y un salmo que no recuerdo. Cuando estaban
por irse, María les dio al Niño, que ellos tomaron en sus brazos, uno después de
otro y, llorando de emoción, lo devolvieron a María y se retiraron.
 
Por la noche vinieron de la torre de los pastores, a cuatro leguas del pesebre,
otros pastores con sus mujeres y sus niños. Traían pájaros, huevos, miel,
madejas de hilo de diversos colores, pequeños atados que parecían de seda cruda
y ramas de una planta parecida al junco. Esta planta tiene unas espigas llenas
de semillas gruesas. Después que entregaron estos regalos a San José, se
acercaron humildemente al pesebre, al lado del cual se hallaba María sentada.
Saludaron a la Madre y al Niño; después, de rodillas, cantaron hermosos salmos,
el Gloria in excelsis de los ángeles y algunos otros muy breves. Yo cantaba con
ellos. Cantaban a varias voces y yo hice una vez la voz alta. Recuerdo más o
menos lo siguiente: «¡Oh Niñito, bermejo como la rosa, pareces semejante a un
mensajero de paz!»

Cuando se despidieron, se inclinaban ante el pesebre como si besaran al Niño.
Hoy he vuelto a ver a los tres pastores, ayudando a San José, uno después de
otro, a disponer todo con mayor comodidad en la gruta del pesebre y en las
cavernas laterales. He visto también junto a la Virgen varias piadosas mujeres
que la ayudaban en diversos servicios. Eran esenias que habitaban no lejos de la
gruta, en una angostura situada al Oriente. Estas mujeres vivían en una especie
de casas abiertas en la roca a considerable altura de la colina. Tenían
jardincitos cerca de sus casas y se ocupaban en instruir a los niños de los
esenios. San José las había hecho venir porque desde su niñez conocía a esta
asociación. Cuando huía de sus hermanos habíase refugiado varias veces con
esas piadosas mujeres en la gruta del pesebre. Estas acercábanse una tras otra a
María, trayendo provisiones y atendían los quehaceres de la Sagrada Familia.

Hoy he visto una escena muy conmovedora: José y María se hallaban junto al
pesebre, contemplando con profunda ternura al Niño Jesús. De pronto el asno se
echó también de rodillas y agachó la cabeza hasta la tierra en acto de
adoración. María y José lloraban emocionados. Por la noche llegó un mensaje de
Santa Ana. Un anciano llegó de Nazaret con una viuda parienta de Ana, a la cual
servía. Traían diversos objetos para María. Al ver al Niño se conmovieron
extraordinariamente: el viejo derramaba lágrimas de alegría. Volvió a ponerse en
camino llevando noticias de lo visto, a Ana, mientras la viuda se quedó para
servir a María.

Hoy he visto que la Virgen con el Niño Jesús, acompañada de la criada de Ana,
salieron de la gruta del pesebre durante algunas horas. María se refugió en la
gruta lateral, donde había brotado la fuente después del Nacimiento de
Jesucristo. Pasó unas cuatro horas en esa gruta, en la cual habría de estar más
tarde, dos días enteros. José había estado arreglándola desde la mañana para que
pudiera estar allí con más comodidad. Se refugiaron en esa gruta, por
inspiración interior, pues habían venido personas de Belén a ver la gruta del
pesebre, y paréceme que eran emisarios de Herodes. A consecuencia de las
conversaciones de los pastores, había corrido la voz de que algo milagroso había
sucedido allí al tener lugar el Nacimiento del Niño. Vi a esos hombres hablando
un rato con José, a quien hallaron con los pastores delante de la gruta del
pesebre, y luego se fueron, riéndose y burlándose, cuando vieron la pobreza del
lugar y la simplicidad de las personas.

María, después de haberse quedado cuatro horas oculta en la gruta lateral,
volvió a la del pesebre con el Niño Jesús. En la gruta del pesebre reina una
amable tranquilidad, pues nadie viene hasta este lugar y sólo los pastores están
en comunicación con ella. En la ciudad de Belén nadie se ocupa de lo que pasa en
la gruta, pues hay mucha gente, agitación y movimiento, por razón de los
forasteros. Se venden y matan muchos animales, porque algunos forasteros pagan
sus impuestos con ganado. Veo que hay también paganos como criados y servidores.

Por la mañana el dueño de la última posada adonde se habían alojado José y María
a pasar la noche, envió un criado a la gruta del pesebre con varios regalos. Él
mismo llegó más tarde para rendir homenaje al Niño Jesús. La noticia de la
aparición del ángel a los pastores del valle en el momento del Nacimiento de
Jesús, fue causa de que todos los pastores y gentes del valle oyeran hablar del
maravilloso Niño de la Promesa. Todos ellos acuden para honrarlo.

Hoy mismo varios pastores y otras buenas personas llegaron a la gruta del
Pesebre y honraron al Niño con mucha devoción. Llevaban trajes de fiesta porque
iban a Belén para la solemnidad del sábado. Entre estos visitantes vi a aquella
mujer que el 20 de Noviembre había compensado la grosería de su marido con la
Santa Familia, ofreciéndole hospitalidad. Hubiera podido ir más fácilmente a
Jerusalén, porque está más cerca, para la fiesta del sábado, pero quiso hacer un
rodeo más largo para ir a Belén y ver al Niño Santo y a sus padres. Sintióse
después muy feliz por haberles ofrecido esta prueba de su afecto.

Por la tarde vi a un pariente de José, al lado de cuya casa la Sagrada Familia
había pasado la noche del 22 de Noviembre: ahora venía al pesebre para ver y
saludar al Niño. Este hombre era el padre de Jonadab, el cual, en la hora de la
crucifixión, llevó a Jesús un lienzo para que se cubriera con él.

Supo que José había pasado cerca de su casa y había oído hablar de los hechos
maravillosos que acontecieron en el Nacimiento del Niño y teniendo que ir a
Belén para el sábado, llegó hasta la gruta trayendo algunos regalos. Saludó a
María y rindió homenaje al Niño. José lo recibió amistosamente, pero no quiso
aceptar de él nada y sólo le pidió prestado algún dinero dándole en garantía la
borriquilla a condición de recuperarla al devolverle el dinero. José necesitaba
ese dinero para emplearlo en los regalos que debía hacer en la ceremonia de la
circuncisión y en la comida que habría de ofrecer.