LIV
La comitiva de Teokeno

Mientras yo contemplaba la inmensa llanura, el silencio de la noche fue 
interrumpido por el ruido que producía un grupo de hombres que llegaban
apresuradamente montados en camellos. El cortejo, pasando a lo largo de los
rebaños que descansaban, se dirigió rápidamente hacia la carpa central. Algunos
camellos se despertaban aquí y allá e inclinaban sus largos cuellos hacia la
comitiva que pasaba. Se oía el balar de los corderos, interrumpidos en su sueño.
Algunos de los recién llegados bajaron de sus monturas y despertaban a los
pastores que dormían. Los vigías más próximos se juntaron al cortejo. Pronto
todos estuvieron en pie y en movimiento en torno de los viajeros. La gente
conversaba mirando al cielo e indicando las estrellas. Se referían a un astro o
a una aparición celeste que ya no se percibía más, pues yo misma ya no pude
verla. Era el cortejo de Teokeno, el tercero de los Reyes Magos que habitaba más
lejos. Había visto en su patria la misma aparición en el cielo que vieron sus
compañeros y de inmediato se puso en camino. Ahora preguntaba cuánta ventaja le
llevaban de camino Mensor y Sair, y si aún se veía la estrella que había tomado
como guía. Cuando hubo recibido los informes necesarios, continuó su viaje sin
detenerse mayormente. Este era el lugar donde los tres Reyes, que vivían muy
lejos uno de otro, solían reunirse para observar los astros y en su cercanía se
hallaba la torre piramidal en cuya cumbre hacían observaciones.

Teokeno era entre los tres el que habitaba más lejos. Vivía más allá del país
donde residió Abrahán al principio, y se había establecido alrededor de esa
comarca. En los intervalos entre las visiones que tuve tres veces, durante este
día, relativas a lo que sucedía en la gran llanura de los rebaños, me fueron
mostradas diversas cosas sobre los países donde había vivido Abrahán: he
olvidado la mayor parte. Vi una vez, a gran distancia, la altura donde Abrahán
debía sacrificar a su hijo Isaac. La primera morada de Abrahán se hallaba
situada sobre una gran elevación, y los países de los tres Reyes Magos eran más
bajos y estaban alrededor de aquel lugar de Abrahán.

Otra vez vi, muy claramente, a pesar de ocurrir muy lejos, el hecho de Agar y de
Ismael en el desierto. Relato lo que pude ver de esto. A un lado de la montaña
de Abraham, hacia el fondo del valle, he visto a Agar con su hijo errando en
medio de los matorrales. Parecía estar fuera de sí. El niño era todavía muy
pequeño y tenía un vestido largo. Ella andaba envuelta en un largo manto que le
cubría la cabeza y debajo llevaba un vestido corto con un corpiño ajustado. Puso
al niño bajo un árbol cerca de una colina y le hizo unas marcas en la frente, en
la parte superior del brazo derecho, en el pecho y en la parte alta del brazo
izquierdo. No vi la marca de la frente; pero las otras, hechas sobre el vestido,
permanecieron visibles y parecían trazadas en rojo. Tenían la forma de una cruz,
no común, sino parecida a una de Malta que llevara en el centro un círculo, del
que partían los cuatro triángulos que formaban la cruz. En cada uno de los
triángulos Agar escribió unos signos o letras en forma de gancho, cuyo
significado no pude comprender. En el círculo del centro trazó dos o tres
letras. Hizo todo el dibujo muy rápidamente con un color rojo que parecía tener
en la mano y que quizás era sangre. Se apartó de allí, levantando sus ojos al
cielo, sin mirar el lugar donde dejaba a su hijo, y fue a sentarse a la sombra
de un árbol como a la distancia de un tiro de fusil. Estando allí oyó una voz en
lo alto; se apartó más aún del lugar primero, y habiendo escuchado la voz por
segunda vez, dio con una fuente de agua oculta entre el follaje. Llenó de agua
su odre, y volviendo de nuevo al lado de su hijo, le dio de beber; luego lo
llevó consigo junto a la fuente y encima del vestido que tenía las marcas
hechas, le puso otra vestimenta. Me parece haber visto otra vez a Agar en el
desierto antes del nacimiento de Ismael.

Al amanecer, el acompañamiento de Teokeno alcanzó a unirse al de Mensor y de
Sair cerca de una población en ruinas. Se veían allí largas filas de columnas,
aisladas unas de otras, y puertas coronadas por torrecitas cuadradas, todo medio
derruido. Aún se veían algunas grandes y hermosas estatuas, no tan rígidas como
las de Egipto, sino en graciosas actitudes, cual si fueran vivientes. En general
el país era arenoso y lleno de rocas.

He visto que en las ruinas de la ciudad se habían establecido gentes que más
bien parecían bandoleros y vagabundos; como único vestido llevaban pieles de
animales echadas sobre el cuerpo y tenían armas de flechas y venablos. Aunque
eran de estatura baja y gruesos, eran ágiles en gran manera; tenían la piel
tostada. Creía reconocer este lugar por haber estado antes, en ocasión de mis
viajes a la montaña de los profetas y al país del Ganges.

Cuando se encontraron reunidos los tres Reyes, dejaron el lugar por la mañana
muy temprano, con ánimo de continuar viaje con apuro. He visto que muchos
habitantes pobres siguieron a los Reyes, por la liberalidad con que los
trataban. Después de otro medio día de viaje se detuvieron. Después de la muerte
de Jesucristo, el apóstol San Juan envió a dos de sus discípulos, Saturnino y
Jonadab (medio hermano de San Pedro) para anunciar el Evangelio a los habitantes
de la ciudad en ruinas.
LV
Nombres de los Reyes Magos

Cuando estuvieron juntos los tres Reyes Magos, he visto que el último, Teokeno,
tenía la piel amarillenta: lo reconocí porque era el mismo que unos treinta y
dos años más tarde se encontraba en su tienda enfermo, al visitar Jesús a estos
Reyes en su residencia, cerca de la Tierra prometida.

Cada uno de los Reyes Magos llevaba consigo a cuatro parientes cercanos o amigos
más íntimos, de modo que en el cortejo había como unas quince personas de alto
rango sin contar la muchedumbre de camelleros y de otros criados. Reconocí a
Eleazar, que más tarde fue mártir, entre los jóvenes que acompañaban a los
Reyes. Tengo una reliquia de este santo. Estaban sin ropa hasta la cintura y así
podían correr y saltar con mayor agilidad.

Mensor, el de los cabellos negros, fue bautizado más tarde por Santo Tomás y
recibió el nombre de Leandro. Teokeno, el de tez amarilla, que se encontraba
enfermo cuando pasó Jesús por Arabia, fue también bautizado por Santo Tomás con
el nombre de León. El más moreno de los tres, que ya había muerto cuando Jesús
visitó sus tierras, se llamaba Sair o Seir. Murió con el bautismo de deseo.

Estos nombres tienen relación con los de Gaspar, Melchor y Baltasar y están en
relación con el carácter personal de ellos, pues estas palabras significan: el
primero, “va con amor”; el segundo, “vaga en torno acariciando, se acerca
dulcemente”; el tercero, “recibe velozmente con la voluntad, une rápidamente su
querer a la voluntad de Dios”.

Me parece haber encontrado reunido por primera vez el cortejo de los tres Reyes
a una distancia como de medio día de viaje, más allá de la población en ruinas
donde había visto tantas columnas y estatuas de piedra. El punto de reunión era
una comarca fértil. Se veían casas de pastores diseminadas, construidas con
piedras blancas y negras. Llegaron a una llanura, en medio de la cual había un
pozo y amplios cobertizos: tres en el centro y varios alrededor. Parecía un
sitio preparado para descanso de los caminantes. Cada acompañamiento estaba
compuesto de tres grupos de hombres. Cada uno comprendía cinco personajes de
distinción, entre ellos el rey o jefe, que ordenaba, arreglaba y distribuía todo
como un padre de familia. Los hombres de cada grupo tenían tez de diferente
color. Los hombres de la tribu de Mensor eran de un color moreno agradable; los
de Sair eran mucho más morenos y los de Teokeno eran de tez más clara y
amarillenta. A excepción de algunos esclavos, no había allí ninguno de piel
totalmente negra. Las personas de distinción iban sentadas en sus cabalgaduras,
sobre envoltorios cubiertos de alfombras y en la mano llevaban bastones. A éstos
seguían otros animales del tamaño de nuestros caballos, montados por criados y
esclavos que cargaban los equipajes.

Cuando llegaron, desmontaron, descargaron a los animales, les daban de beber del
agua del pozo, rodeado de un pequeño terraplén, sobre el cual había un muro con
tres entradas abiertas. En ese recinto se encontraba el pozo de agua en sitio
más bajo. El agua salía por tres conductos que se cerraban por medio de clavijas
y el depósito, a su vez, estaba cerrado con una tapa que fue abierta por uno de
los hombres de aquella ciudad en ruinas, agregado al cortejo. Llevaban odres de
cuero divididos en cuatro compartimentos, de modo que cuando estaban llenos
podían beber cuatro camellos a la vez. Eran tan cuidadosos del agua, que no
dejaban perder ni una gota.

Después de haber bebido fueron instalados los animales en recintos sin techo,
cerca del pozo, donde cada uno tenía su compartimiento. Pusieron a las bestias
delante de los comederos de piedra donde se les dio el forraje que habían
traído. Les daban de comer unas semillas del tamaño de bellotas, quizás habas.
Traían como equipaje jaulones colgando de ambos lados de las bestias, en los
cuales tenían pájaros como palomas o pollos, de los cuales se alimentaban
durante el viaje. En unos recipientes de hierro traían panes como tablitas
apretadas unas contra otras del mismo tamaño. Llevaban vasos valiosos de metal
amarillo, con adornos y piedras preciosas. Tenían la forma de nuestros vasos
sagrados, cálices y patenas. En ellos presentaban los alimentos o bebían. Los
bordes de estos vasos estaban adornados con piedras de color rojo.

Los vestidos de estos hombres no eran iguales. Los hombres de Teokeno y los de
Mensor llevaban sobre la cabeza una especie de gorro alto, con tira de género
blanco enrollado; sus túnicas bajaban a la altura de las pantorrillas y eran
simples con ligeros adornos sobre el pecho. Tenían abrigos livianos, muy largos
y amplios, que arrastraban al caminar. Sair y los suyos llevaban bonetes con
cofias redondas bordadas de diferentes colores y pequeño rodete blanco. Sus
abrigos eran más cortos y sus túnicas, llenas de lazos, con botones y adornos
brillantes, descendían hasta las rodillas. A un lado del pecho llevaban por
adorno una placa estrellada y brillante. Todos calzaban suelas sujetas por
cordones que les rodeaban los tobillos. Los principales personajes tenían en la
cintura sables cortos o grandes cuchillos; llevaban también bolsas y cajitas.
Había entre ellos hombres de cincuenta años, de cuarenta, de veinte; unos usaban
la barba larga, otros corta. Los servidores y camelleros vestían con tanta
escasez, que muchos de ellos sólo llevaban un pedazo de género o algún viejo
manto.

Cuando hubieron dado de beber a los animales y los encerraron, bebieron los
hombres e hicieron un gran fuego en el centro del cobertizo donde se habían
refugiado. Utilizaron para el fuego pedazos de madera de más o menos dos pies y
medio de largo que los pobres del país traen en haces preparados de antemano
para los viajeros. Hicieron una hoguera de forma triangular, dejando una
abertura para el aire. Hicieron todo esto con mucha habilidad. No sé cómo
consiguieron hacer fuego; pero vi que pusieron un pedazo de madera dentro de
otro perforado y le dieron vueltas algún tiempo, retirándolo luego encendido. De
este modo hicieron fuego. Asaron algunos pájaros que habían matado.

Los Reyes y los más ancianos hacían cada uno en su tribu lo que hace un padre de
familia: repartían las raciones y daban a cada uno la suya; colocaban los
pájaros asados, cortados en pedazos, sobre pequeños platos y los hacían
circular. Llenaban las copas y daban de beber a cada uno. Los criados
subalternos, entre ellos algunos negros, estaban sentados sobre tapetes en el
suelo. Esperaban con paciencia su turno y recibían su porción. Me parecieron
esclavos. ¡Qué admirables son la bondad y la simplicidad inocente de estos
excelentes Reyes!… A la gente que va con ellos le dan de todo lo que tienen y
hasta le hacen beber en sus vasos de oro, llevándolos a sus labios como si
fueran niños.

Hoy he sabido muchas cosas acerca de los Reyes Magos, especialmente el nombre de
sus países y ciudades; pero lo he olvidado casi todo. Aún recuerdo lo siguiente:
Mensor, el moreno, era de Caldea y su ciudad tenía un nombre como Acaiaia:
estaba levantada sobre una colina rodeada de un río. Mensor habitaba
generalmente en la llanura cerca de sus rebaños. Sair, el más moreno, el de la
tez cetrina, estaba ya con él preparado para partir en la noche del Nacimiento.
Recuerdo que su patria tenía un nombre como Parthermo. Al Norte del país había
un lago. Sair y su tribu eran de color más oscuro y tenían los labios rojos. Los
otros eran más blancos. Sólo había una ciudad más o menos del tamaño de Münster.
Teokeno, el blanco, venía de la Media, comarca situada en un lugar alto, entre
dos mares. Habitaba en una ciudad hecha de carpas, alzadas sobre bases de
piedras: he olvidado el nombre. Me parece que Teokeno, que era el más poderoso
de los tres y el más rico, habría podido ir a Belén por un camino más directo y
que sólo por reunirse con los demás había hecho un largo rodeo. Me parece que
tuvo que atravesar a Babilonia para alcanzarlos.

Sair vivía a tres días de viaje del lugar de Mensor, calculando el día de doce
leguas de camino. Teokeno se hallaba a cinco días de viaje. Mensor y Sair
estaban ya reunidos en casa del primero cuando vieron la estrella del Nacimiento
de Jesús y se pusieron en camino al día siguiente. Teokeno vio la misma
aparición desde su residencia y partió rápidamente para reunirse con los dos
Reyes, encontrándose en la población en ruinas.

La estrella que los guiaba era como un globo redondo y la luz salía como de una
boca. Parecía que el globo estuviera suspendido de un rayo luminoso dirigido por
una mano. Durante el día yo veía delante de ellos un cuerpo luminoso cuya
claridad sobrepasaba la luz del sol. Me asombra la rapidez con que hicieron el
viaje, considerando la gran distancia que los separaba de Belén. Los animales
tenían un paso tan rápido y uniforme que su marcha parecía tan ordenada, veloz e
igual como el vuelo de una bandada de aves de paso. Las comarcas donde habitaban
los tres Reyes Magos formaban en conjunto un triángulo.

La caravana permaneció hasta la noche en el lugar donde los había visto
detenerse. Las personas que se les agregaron, ayudaron a cargar de nuevo las
bestias y se llevaron luego las cosas que dejaron abandonadas allí los viajeros.
Cuando se pusieron en camino, ya era de noche y se veía la estrella, con una luz
algo rojiza como la luna cuando hay mucho viento. Durante un tiempo marcharon
junto a sus animales, con la cabeza descubierta, recitando sus plegarias. El
camino estaba muy quebrado y no se podía ir de prisa; sólo más tarde, cuando el
camino se hizo llano, subieron a sus cabalgaduras. Por momentos hacían la marcha
más lenta y entonces entonaban unos cantos muy expresivos y conmovedores en
medio de la soledad de la noche.

En la noche del 29 al 30 me encontré nuevamente muy próximo al cortejo de los
Reyes. Estos avanzaban siempre en medio de la noche en pos de la estrella, que a
veces parecía tocar la tierra con su larga cola luminosa. Los Reyes miran la
estrella con tranquila alegría. A veces descienden de sus cabalgaduras para
conversar entre ellos. Otras veces, con melodía lenta, sencilla y expresiva,
cantan alternativamente frases cortas, sentencias breves, con notas muy altas o
muy bajas. Hay algo extraordinariamente conmovedor en estos cantos, que
interrumpe el silencio nocturno, y yo siento profundamente su significado.

Observan un orden muy hermoso mientras avanzan en su camino. Adelante marcha un
gran camello que lleva de cada lado cofres, sobre los cuales hay amplias
alfombras y encima está sentado un jefe con su venablo en la mano y una bolsa a
su lado. Le siguen algunos animales más pequeños, como caballos o asnos y encima
del equipaje, los hombres que dependen de este jefe. Viene después otro jefe
sobre otro camello y así sucesivamente. Los animales andan con rapidez, a
grandes trancos, aunque ponen las patas en tierra con precaución; sus cuerpos
parecen inmóviles mientras sus patas están en movimiento. Los hombres se
muestran muy tranquilos, como si no tuvieran, preocupaciones. Todo procede con
tanta calma y dulzura que parece un sueño.

Estas buenas gentes no conocen aún al Señor y van hacia Él con tanto orden, con
tanta paz y buena voluntad, mientras nosotros, a quienes Él ha salvado y colmado
de beneficios con sus bondades, somos muy desordenados y poco reverentes en
nuestras santas procesiones.

Se detuvieron nuevamente en una llanura cerca de un pozo. Un hombre que salió de
una cabaña de la vecindad, abrió el pozo y dieron de beber a los animales,
deteniéndose sólo un rato sin descargarlas. Estamos ya en el día 30. He vuelto a
ver al cortejo ascendiendo una alta meseta. A la derecha se veían montañas y me
pareció que se acercaban a una región con poblaciones, fuentes y árboles. Me
pareció el país que había visto el año pasado, y aún recientemente, hilando y
tejiendo algodón, donde adoraban ídolos en forma de toros. Volvieron a dar con
mucha generosidad alimento a los numerosos viajeros que seguían a la comitiva;
pero no utilizaron los platos y bandejas; lo que me causó alguna sorpresa. Era
un sábado, primer día del mes.

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