Hoy, aquí y ahora Dios te está llamando. Crees que estás leyendo estas palabras por casualidad, nada de eso. Hoy Dios utiliza este medio para llamarte a ti, oveja perdida. ¿Cuánto hace que no confiesas tus faltas? No pongas excusas que no te crees ni tú. No tienes ningún pecado que Jesús no pueda perdonar. Sabes de sobra que Jesús es infinitamente bueno y misericordioso, si no acudes a Él es por tu estúpido orgullo. ¿Acaso no recuerdas que dio por ti hasta la última gota de su sangre? ¿En qué oscuro recoveco de tu vida empezaste a perder la fe de tu infancia? Tu alma no entiende otro lenguaje que no sea la sinceridad. Vuelve a Dios, Él siempre ha estado ahí a tu lado, esperando a que te dignaras a mirarlo. Piensa por un momento en el último instante de tu existencia, no tienes una certeza mayor de que tarde o temprano llegará. Cuando sientas que abandonas la vida repentinamente en el estruendo de un accidente de circulación o dando los últimos suspiros agónicos en una cama o quizá anestesiado en medio de una operación, qué más da, en ese momento, cuando oigas a Dios que te llama, cuando Él te pida que le enseñes a qué dedicaste tu vida, en ese momento te acordarás de aquel día que leíste estas palabras y no cambiaste tu rumbo ¿o sí? Está totalmente en tu mano.

Si tu respuesta es positiva vuelve a la Iglesia, hoy mismo, no lo dejes para mañana, busca a un sacerdote da igual el que sea, Dios se habrá ocupado de que sea el adecuado. Y confiesa con sinceridad tus pecados sin callar ninguno conscientemente, quizá te de mucha vergüenza, no importa,  supérala y cuando recibas la absolución comienza a VIVIR una nueva vida de reconciliación con Dios. Te sorprenderá lo fácil que ha sido encontrar el camino de la felicidad, lo fácil que es sentir en tu propia vida que Dios te ama.

No digas que no lo sabías, no digas que nadie te lo dijo.

Ánimo, Dios te está esperando.

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