LVI
Llegan al país del rey de Causur

He vuelto a ver a los Reyes en las inmediaciones de una ciudad, cuyo nombre me
suena como Causur. Esta población se componía de carpas levantadas sobre bases
de piedra. Se detuvieron en casa del jefe o rey del país, cuya habitación se
encontraba a alguna distancia. Desde que se habían reunido en la población en
ruinas hasta aquí, habían andado cincuenta y tres o sesenta y tres horas de
camino.

Contaron al rey del lugar todo lo que habían observado en las estrellas y este
rey se asombró mucho del relato. Miró hacia el astro que les servía de guía y
vio, en efecto, a un Niñito en él con una cruz. Pidió a los Reyes volvieran a
contarle lo que vieren, porque él también deseaba levantar altares al Niño y
ofrecerle sacrificios. Tengo curiosidad de ver si cumplirá su palabra.

Era Domingo, día 2. Oí que hablaban al rey de sus observaciones astrales, y de
esa conversación recuerdo lo siguiente: Los antepasados de los Reyes eran de la
estirpe de Job, que antiguamente había habitado cerca del Cáucaso, aunque tenía
posesiones en comarcas muy lejanas. Más o menos 1500 años antes de Cristo,
aquella raza no se componía más que de una tribu. El profeta Balaam era de su
país y uno de sus discípulos había dado a conocer allí su profecía:

“Una estrella ha de nacer de Jacob”

dando las instrucciones al respecto. Su doctrina se había extendido mucho entre
ellos. Levantaron una torre alta en una montaña y varios astrólogos se turnaban
en ella alternativamente. He visto esa torre, parecida a una montaña, muy ancha
en su base y terminada en punta. Todo lo que observaban era anotado y pasaba
luego de boca en boca. Estas observaciones sufrieron repetidas interrupciones
debido a diversas causas. Más tarde se introdujeron prácticas execrables, como
el sacrificio de niños, aunque conservaban la creencia de que el Niño prometido
llegaría pronto. Alrededor de cinco siglos antes de Cristo cesaron estas
observaciones y aquellos hombres se dividieron en tres ramas diferentes,
formadas por tres hermanos que vivieron separados con sus familias.

Tenían tres hijas a las que Dios había concedido el don de profecía, las cuales
recorrieron el país vestidas de largos mantos, haciendo conocer las predicciones
relativas a la estrella y al Niño que debía salir de Jacob. Se dedicaron desde
entonces nuevamente a observar los astros y la expectación se hizo muy intensa
en las tres tribus. Estos tres Reyes descendían de aquellos tres hermanos a
través de quince generaciones que se habían sucedido en línea recta durante
quinientos años. Con la mezcla de unas razas con otras había variado también la
tez de estos tres Reyes, y en el color se diferenciaban unos de otros. Desde
esos cinco siglos no habían dejado de reunirse los reyes de vez en cuando para
observar los astros. Todos los hechos notables relacionados con el nacimiento de
Jesús y el advenimiento del Mesías les habían sido indicados mediante las
señales maravillosas de los astros. He visto algunas de estas señales, aunque no
las puedo describir con claridad.

Desde la concepción de María Santísima, es decir, desde quince años atrás, estas
señales indicaban con más claridad que la venida del Niño estaba próxima. Los
Reyes habían observado cosas que tenían relación con la pasión del Señor.
Pudieron calcular con exactitud la época en que saldría la estrella de Jacob,
anunciada por Balaam, porque habían visto la escala de Jacob, y, según el número
de escalones y la sucesión de los cuadros que allí se encontraban, era posible
calcular el advenimiento del Mesías, como sobre un calendario, porque la
extremidad de la escala llegaba hasta la estrella o bien la estrella misma era
la última imagen aparecida.

En el momento de la concepción de María habían visto a la Virgen con un cetro y
una balanza, sobre cuyos platillos había espigas de trigo y uvas. Algo más tarde
vieron a la Virgen con el Niño. Belén se les apareció como un hermoso palacio,
una casa llena de abundantes bendiciones. Vieron también allí dentro a la
Jerusalén celestial, y entre las dos moradas se extendía una ruta llena de
sombras, de espinas, de combate y de sangre. Ellos creyeron que esto debía
tomarse al pie de la letra: pensaron que el Rey esperado debía haber nacido en
medio de gran pompa y que todos los pueblos le rendirían homenaje, y por esto
iban con gran acompañamiento a honrarle y a ofrecerle sus dones.

La visión de la Jerusalén celestial la tomaron por su reino en la tierra y
pensaban encaminarse a esa ciudad. En cuanto al sendero lleno de sombras y
espinas, pensaron que significaba el viaje que hacían lleno de dificultades o
alguna guerra que amenazaba al nuevo Rey. Ignoraban que esto era el símbolo de
la vía dolorosa de su Pasión. Más abajo, en la escala de Jacob, vieron, y yo
también la vi, una torre artísticamente construida, muy semejante a las torres
que veo sobre el monte de los Profetas, y donde la Virgen se refugió una vez
durante una tormenta. Ya no recuerdo lo que esto significaba; pero podría ser la
huida a Egipto. Sobre la escala de Jacob había una serie de cuadros, símbolos
figurativos de la Virgen, algunos de los cuales se encuentran en las Letanías, y
además “la fuente sellada”, el jardín cerrado, como asimismo unas figuras de
reyes entre los cuales uno tenía un cetro y los otros ramas de árboles.

Estos cuadros los veían en las estrellas continuamente durante las tres últimas
noches. Fue entonces que el principal envió mensajes a los otros; y viendo a
unos reyes que presentaban ofrendas al Niño recién nacido, se pusieron en camino
para no ser los últimos en rendirle homenaje. Todas las tribus de los adoradores
de astros habían visto la estrella; pero sólo estos Reyes Magos se decidieron a
seguirla.

La estrella que los guiaba no era un cometa, sino un meteoro brillante,
conducido por un ángel. Estas visiones fueron causa de que partieran con la
esperanza de hallar grandes cosas, quedando después muy sorprendidos al no
encontrar nada de lo que pensaban. Se admiraron de la recepción de Herodes y de
que todo el mundo ignorase el acontecimiento. Al llegar a Belén y al ver una
pobre gruta en lugar del palacio que habían contemplado en la estrella,
estuvieron tentados por muchas dudas; no obstante, conservaron su fe, y ya ante
el Niño Jesús, reconocieron que lo que habían visto en la estrella se estaba
realizando.

Mientras observaban las estrellas hacían ayuno, oraciones, ceremonias y toda
clase de abstinencias y purificaciones. El culto de los astros ejercía en la
gente mala toda clase de influencias perniciosas por su relación con los
espíritus malignos. En los momentos de sus visiones eran presas de convulsiones
violentas, y como consecuencia de éstas agitaciones tenían lugar los sacrificios
sangrientos de niños. Otras personas buenas, como los Reyes Magos, veían todas
estas cosas con claridad serena y con agradable emoción, y se volvían mejores y
más creyentes.

 Cuando los Reyes dejaron a Causur, he visto que se unió a ellos una caravana de
viajeros distinguidos que seguía el mismo derrotero. El 3 y el 4 del mes vi que
atravesaban una llanura extensa, y el 5 se detuvieron cerca de un pozo de agua.
Allí dieron de beber a sus bestias, sin descargarlas, y prepararon algunos
alimentos. Canto con estos Reyes. Ellos lo hacen agradablemente, con palabras
como éstas: “Queremos pasar las montañas y arrodillarnos ante el nuevo Rey”.
Improvisan y cantan versos alternativamente. Uno de ellos empieza y los otros
repiten; luego otro dice una nueva estrofa, y así prosiguen, mientras cabalgan,
cantando sus melodías dulces y conmovedoras.

En el centro de la estrella o, mejor, dentro del globo luminoso, que les
indicaba el camino, vi aparecer un Niño con la cruz. Cuando los Reyes vieron la
aparición de la Virgen en las estrellas, el globo luminoso se puso encima de
esta imagen, poniéndose prontamente en movimiento.

LVII
La Virgen Santísima presiente la llegada de los Reyes

María había tenido una visión de la próxima llegada de los Reyes, cuando éstos
se detuvieron con el rey de Causur, y vio también que este rey quería levantar
un altar para honrar al Niño. Comunicólo a José y a Isabel, diciéndoles que
sería preciso vaciar cuanto se pudiera la gruta del Pesebre y preparar la
recepción de los Reyes. María se retiró ayer de la gruta por causa de unos
visitantes curiosos, que acudieron muchos más en estos últimos días.

Hoy Isabel se volvió a Juta en compañía de un criado. En estos dos últimos días
hubo más tranquilidad en la gruta del Pesebre y la Sagrada Familia permaneció
sola la mayor parte del tiempo. Una criada de María, mujer de unos treinta años,
grave y humilde, era la única persona que los acompañaba. Esta mujer, viuda, sin
hijos, era parienta de Ana, quien le había dado asilo en su casa. Había sufrido
mucho con su esposo, hombre duro, porque siendo ella piadosa y buena, iba a
menudo a ver a los esenios con la esperanza del Salvador de Israel. El hombre se
irritaba por esto, como hacen los hombres perversos de nuestros días, a quienes
les parece que sus mujeres van demasiado a la iglesia. Después de haber
abandonado a su mujer, murió al poco tiempo.

Aquellos vagabundos que, mendigando, habían proferido injurias y maldiciones
cerca de la gruta de Belén, e iban a Jerusalén para la fiesta de la Dedicación
del Templo, instituida por los Macabeos, no volvieron por estos contornos. José
celebró el sábado bajo la lámpara del Pesebre con María y la criada. Esta noche
empezó la fiesta de la Dedicación del Templo y reina gran tranquilidad. Los
visitantes, bastante numerosos, son gentes que van a la fiesta. Ana envía a
menudo mensajeros para traer presentes e inquirir noticias.

Como las madres judías no amamantan mucho tiempo a sus criaturas, sino que les
dan otros alimentos, así el Niño Jesús tomaba también, después de los primeros
días, una papilla hecha con la médula de una especie de caña. Es un alimento
dulce, liviano y nutritivo. José enciende su lámpara por la noche y por la
mañana para celebrar la fiesta de la Dedicación. Desde que ha empezado la fiesta
en Jerusalén, aquí están muy tranquilos. Llegó hoy un criado mandado por Santa
Ana trayendo, además de varios objetos, todo lo necesario para trabajar en un
ceñidor y un cesto lleno de hermosas frutas cubiertas de rosas. Las flores
puestas sobre las frutas conservaban toda su frescura. El cesto era alto y fino,
y las rosas no eran del mismo color que las nuestras, sino de un tinte pálido y
color de carne, entre otras amarillas y blancas y algunos capullos. Me pareció
que le agradó a María este cesto y lo colocó a su lado.

Mientras tanto yo veía varias veces a los Reyes en su viaje. Iban por un camino
montañoso, franqueando aquellas montañas donde había piedras parecidas a
fragmentos de cerámica. Me agradaría tener algunas de ellas, pues son bonitas y
pulidas. Hay algunas montañas con piedras transparentes, semejantes a huevos de
pájaros, y mucha arena blancuzca. Más tarde vi a los Reyes en la comarca donde
se establecieron posteriormente y donde Jesús los visitó en el tercer año de su
predicación. Me pareció que José, deseando permanecer en Belén, pensaba habitar
allí después de la Purificación de María y que había tomado ya informes al
respecto.

Hace tres días vinieron algunas personas pudientes de Belén a la gruta. Ahora
aceptarían de muy buena gana a la Sagrada Familia en sus casas; pero María se
ocultó en la gruta lateral y José rehusó modestamente sus ofrecimientos. Santa
Ana está por visitar a María. La he visto muy preocupada en estos últimos días
revisando sus rebaños y haciendo la separación de la parte de los pobres y la
del Templo. De la misma manera la Sagrada Familia reparte todo lo que recibe en
regalos.

La festividad de la  Dedicación seguía aún por la mañana y por la noche, y deben
de haber agregado otra fiesta el día 13, pues pude ver que en Jerusalén hacían
cambios en las ceremonias. Vi también a un sacerdote junto a José, con un rollo,
orando al lado de una mesa pequeña cubierta con una carpeta roja y blanca. Me
pareció que el sacerdote venía a ver si José celebraba la fiesta o para anunciar
otra festividad.

En estos últimos días la gruta estuvo muy tranquila porque no tenía visitantes.
La fiesta de la Dedicación terminó con el sábado, y José dejó de encender las
lámparas. El domingo 16 y el lunes 17 muchos de los alrededores acudieron a la
gruta del Pesebre, y aquellos mendigos descarados se mostraron en la entrada.
Todos volvían de las fiestas de la Dedicación. El 17 llegaron dos mensajeros de
parte de Ana, con alimentos y diversos objetos, y María, que es más generosa que
yo, pronto distribuyó todo lo que tenía. Vi a José haciendo diversos arreglos en
la gruta del pesebre, en las grutas laterales y en la tumba de Maraha. Según la
visión que había tenido María, esperaban próximamente a Ana y a los Reyes Magos.

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