País de los medos.

LVIII
El viaje de los Reyes Magos
He visto llegar hoy la caravana de los Reyes, por la noche, a una pobla ción
pequeña con casas dispersas, algunas rodeadas de grandes vallas. Me parece que
es éste el primer lugar donde se entra en la Judea. Aunque aquella era la
dirección de Belén, los Reyes torcieron hacia la derecha, quizás por no hallar
otro camino más directo. Al llegar allí su canto era más expresivo y animado;
estaban más contentos porque la estrella tenía un brillo extraordinario: era
como la claridad de la luna llena, y las sombras se veían con mucha nitidez. A
pesar de todo, los habitantes parecían no reparar en ella. Por otra parte eran
buenos y serviciales.

Algunos viajeros habían desmontado y los habitantes ayudaban a dar de beber a
las bestias. Pensé en los tiempos de Abrahán, cuando todos los hombres eran
serviciales y benévolos. Muchas personas acompañaron a la comitiva de los Reyes
Magos llevando palmas y ramas de árboles cuando pasaron por la ciudad. La
estrella no tenía siempre el mismo brillo: a veces se oscurecía un tanto;
parecía que daba más claridad según fueran mejores los lugares que cruzaban.
Cuando vieron los Reyes resplandecer más a la estrella, se alegraron mucho
pensando que sería allí donde encontrarían al Mesías. Esta mañana pasaron al
lado de una ciudad sombría, cubierta de tinieblas, sin detenerse en ella, y poco
después atravesaron un arroyo que se echa en el Mar Muerto. Algunas de las
personas que los acompañaban se quedaron en estos sitios. He sabido que una de
aquellas ciudades había servido de refugio a alguien en ocasión de un combate,
antes que Salomón subiera al trono. Atravesando el torrente, encontraron un buen
camino.

Esta noche volví a ver el acompañamiento de los Reyes que había aumentado a unas
doscientas personas porque la generosidad de ellos había hecho que muchos se
agregaran al cortejo. Ahora se acercaban por el Oriente a una ciudad cerca de la
cual pasó Jesús, sin entrar, el 31 de Julio del segundo año de su predicación.
El nombre de esa ciudad me pareció Manatea, Metanea, Medana o Madián. Había allí
judíos y paganos; en general eran malos. A pesar de atravesarla una gran ruta,
no quisieron entrar por ella los Reyes y pasaron frente al lado oriental para
llegar a un lugar amurallado donde había cobertizos y caballerizas. En este
lugar levantaron sus carpas, dieron de beber y comer a sus animales y tomaron
también ellos su alimento.

Los Reyes se detuvieron allí el jueves 20 y el viernes 21 y se pusieron muy
pesarosos al comprobar que allí tampoco nadie sabía nada del Rey recién nacido.
Les oí relatar a los habitantes las causas porque habían venido, lo largo del
viaje y varias circunstancias del camino. Recuerdo algo de lo que dijeron. El
Rey recién nacido les había sido anunciado mucho tiempo antes. Me parece que fue
poco después de Job, antes que Abrahán pasara a Egipto, pues unos trescientos
hombres de la Media, del país de Job (con otros de diferentes lugares) habían
viajado hasta Egipto llegando hasta la región de Heliópolis. No recuerdo por qué
habían ido tan lejos; pero era una expedición militar y me parece que habían
venido en auxilio de otros. Su expedición era digna de reprobación, porque
entendí que habían ido contra algo santo, no recuerdo si contra hombres buenos o
contra algún misterio religioso relacionado con la realización de la Promesa
divina.

En los alrededores de Heliópolis varios jefes tuvieron una revelación con la
aparición de un ángel que no les permitió ir más lejos. Este ángel les anunció
que nacería un Salvador de una Virgen, que debía ser honrado por sus
descendientes. Ya no sé cómo sucedió todo esto; pero volvieron a su país y
comenzaron a observar los astros. Los he visto en Egipto organizando fiestas
regocijantes, alzando allí arcos de triunfo y altares, que adornaban con flores,
y después regresaron a sus tierras. Eran gentes de la Media, que tenían el culto
de los astros. Eran de alta estatura, casi gigantes, de una hermosa piel morena
amarillenta. Iban como nómadas con sus rebaños y dominaban en todas partes por
su fuerza superior. No recuerdo el nombre de un profeta principal que se
encontraba entre ellos. Tenían conocimiento de muchas predicciones y observaban
ciertas señales trasmitidas por los animales. Si éstos se cruzaban en su camino
y se dejaban matar, sin huir, era un signo para ellos y se apartaban de aquellos
caminos.

Los Medos, al volver de la tierra de Egipto, según contaban los Reyes, habían
sido los primeros en hablar de la profecía y desde entonces se habían puesto a
observar los astros. Estas observaciones cayeron algún tiempo en desuso; pero
fueron renovadas por un discípulo de Balaam y mil años después las tres
profetisas, hijas de los antepasados de los tres Reyes, las volvieron a poner en
práctica. Cincuenta años más tarde, es decir, en la época a que habían llegado,
apareció la estrella que ahora seguían para adorar al nuevo Rey recién nacido.
Estas cosas relataban los Reyes a sus oyentes con mucha sencillez y sinceridad,
entristeciéndose mucho al ver que aquéllos no parecían querer prestar fe a lo
que desde dos mil años atrás había sido el objeto de la esperanza y deseos de
sus antepasados.

A la caída de la tarde se oscureció un poco la estrella a causa de algunos
vapores, pero por la noche se mostró muy brillante entre las nubes que corrían,
y parecía más cerca de la tierra. Se levantaron entonces rápidamente,
despertaron a los habitantes del país y les mostraron el espléndido astro.
Aquella gente miró con extrañeza, asombro y alguna conmoción el cielo; pero
muchos se irritaron aun contra los santos Reyes, y la mayoría sólo trató de
sacar provecho de la generosidad con que trataban a todos. Les oí también decir
cosas referentes a su jornada hasta allí. Contaban el camino por jornadas a pie,
calculando en doce leguas cada jornada. Montando en sus dromedarios, que eran
más rápidos que los caballos, hacían treinta y seis leguas diarias, contando la
noche y los descansos. De este modo, el Rey que vivía más lejos pudo hacer, en
dos días, cinco veces las doce leguas que los separaban del sitio donde se
habían reunido, y los que vivían más cerca podían hacer en un día y una noche
tres veces doce leguas. Desde el lugar donde se habían reunido hasta aquí habían
completado 672 leguas de camino, y para hacerlo, calculando desde el nacimiento
de Jesucristo, habían empleado más o menos veinticinco días con sus noches,
contando también los dos días de reposo.

La noche del viernes 21, habiendo comenzado el sábado para los judíos que
habitaban allí, los Reyes prepararon su partida. Los habitantes del lugar habían
ido a la sinagoga de un lugar vecino pasando sobre un puente hacia el Oeste. He
visto que estos judíos miraban con gran asombro la estrella que guiaba a los
Magos; pero no por eso se mostraron más respetuosos. Aquellos hombres
desvergonzados estuvieron muy importunos, apretándose como enjambres de avispas
alrededor de los Reyes, demostrando ser viles y pedigüeños, mientras los Reyes,
llenos de paciencia, les daban sin cesar pequeñas piezas amarillas,
triangulares, muy delgadas, y granos de metal oscuro. Creo por eso que debían
ser muy ricos estos Reyes. Acompañados por los habitantes del lugar dieron
vueltas a los muros de la ciudad, donde vi algunos templos con ídolos; más tarde
atravesaron el torrente sobre un puente, y costearon la aldea judía. Desde aquí
tenían un camino de veinticuatro leguas para llegar a Jerusalén.

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