LX Llegada de los Reyes Magos a Jerusalén

La comitiva de los Reyes partió de noche de Metanea y tomó un camino muy
transitable, y aunque los viajeros no entraron ni atravesaron ninguna otra
ciudad, pasaron a lo largo de las aldeas donde Jesús más tarde enseñó, curó a
enfermos y bendijo a los niños al finalizar el mes de Junio del tercer año de su
predicación. Betabara era uno de esos sitios adonde llegaron una mañana temprano
para pasar el Jordán. Como era sábado encontraron pocas persona en el camino.
Esta mañana vi la caravana de los Reyes que pasaba el Jordán a las siete.
Comúnmente se cruzaba el río sirviéndose de un aparato fabricado con vigas; pero
para los grandes pasajes, con cargas pesadas, se hacía por una especie de
puente. Los boteros que vivían cerca del puente hacían este trabajo mediante una
paga; pero como era sábado y no podían trabajar, tuvieron que ocuparse los
mismos viajeros, cooperando algunos hombres paganos ayudantes de los boteros
judíos. La anchura del Jordán no era mucha en este lugar y además estaba lleno
de bancos de arena. Sobre las vigas, por donde se cruzaba de ordinario, fueron
colocadas algunas planchas, haciendo pasar a los camellos por encima. Demoró
mucho antes que todos hubieron pasado a la orilla opuesta del río.

Dejando a Jericó a la derecha van en dirección de Belén; pero se desvían hacia
la derecha para ir a Jerusalén. Hay como un centenar de hombres con ellos. Veo
de lejos una ciudad conocida: es pequeña y se halla cerca de un arroyuelo que
corre de Oeste a Este a partir de Jerusalén, y me parece que han de pasar por
esta ciudad. Por algún tiempo el arroyo corre a la izquierda de ellos y según
sube o baja el camino. Unas veces se ve a Jerusalén, otras veces no se la puede
ver. Al fin se desviaron en dirección a Jerusalén y no pasaron por la pequeña
ciudad.

El Sábado 22, después de la terminación de la fiesta, la caravana de los Reyes
llegó a las puertas de Jerusalén. He visto la ciudad con sus altas torres
levantadas hacia el cielo. La estrella que los había guiado casi había
desaparecido y sólo daba una débil luz detrás de la ciudad. A medida que
entraban en la Judea y se acercaban a Jerusalén, los Reyes iban perdiendo
confianza, porque la estrella no tenía ya el brillo de antes y aún la veían con
menos frecuencia en esta comarca. Habían pensado encontrar en todas partes
festejos y regocijo por el Nacimiento del Salvador, a causa de quien habían
venido desde tan lejos y no veían en todas partes más que indiferencia y desdén.
Esto les entristecía y les inquietaba, y pensaban haberse equivocado en su idea
de encontrar al Salvador.

La caravana podía ser ahora de unas doscientas personas y, ocupaba más o menos
el trayecto de un cuarto de legua. Ya desde Causur se les había agregado cierto
número de personas distinguidas y otras se unieron a ellos más tarde. Los tres
Reyes iban sentados sobre tres dromedarios y otros tres de estos animales
llevaban el equipaje. Cada Rey tenía cuatro hombres de su tribu; la mayor parte
de los acompañantes montaban sobre cabalgaduras muy rápidas, de airosas cabezas.
No sabría decir si eran asnos o caballos de otra raza, pero se parecían mucho a
nuestros caballos. Los animales que utilizaban las personas más distinguidas
tenían bellos arneses y riendas, adornados de cadenas y estrellas de oro.
Algunos del séquito de los Reyes se desprendieron del cortejo y entraron en la
ciudad, regresando con soldados y guardianes.

La llegada de una caravana tan numerosa en una época en que no se celebraba
fiesta alguna, y no siendo por razones de comercio, y llegando por el camino que
llegaban, era algo muy extraordinario. A todas las preguntas que se les hacía
respondían hablando de la estrella que los había guiado y del Niño recién
Nacido. Nadie comprendía nada de este lenguaje, y los Reyes se turbaron mucho,
pensando que tal vez se habían equivocado, puesto que no encontraban a uno
siquiera que supiese algo relacionado con el Niño Salvador del mundo, Nacido
allí, en sus tierras. Todos miraban con sorpresa a los Reyes, sin comprender el
por qué de su venida ni lo que buscaban.

Cuando estos guardianes de la puerta vieron la generosidad con que trataban los
Reyes a los mendigos que se acercaban, y cuando oyeron decir que deseaban
alojamiento, que pagarían bien, y que entretanto deseaban hablar al rey Herodes,
algunos entraron en la ciudad y se sucedió una serie de idas y venidas, de
mensajeros y de explicaciones, mientras los Reyes se entretenían con toda la
suerte de gentes que se les había acercado. Algunos de estos hombres habían oído
hablar de un Niño Nacido en Belén; pero no podían siquiera pensar que pudiera
tener relación con la venida de los Reyes, sabiendo que se trataba de padres
pobres y sin importancia. Otros se burlaban de la credulidad de los Reyes.

Conforme a los mensajes que traían los hombres de la ciudad, comprendieron que
Herodes nada sabía del Niño. Como tampoco habían contado con encontrarse con el
rey Herodes, se afligieron mucho más y se inquietaron sumamente, no sabiendo qué
actitud tomar en presencia del rey ni qué iban a decirle. Con todo, a pesar de
su tristeza, no perdieron el ánimo y se pusieron a rezar. Volvió el ánimo a su
atribulado espíritu y se dijeron unos a otros: “Aquél que nos ha traído hasta
aquí con tanta celeridad, por medio de la luz de la estrella, Ése mismo podrá
guiarnos de nuevo hasta nuestras casas”.

Al fin regresaron los mensajeros, y la caravana fue conducida a lo largo de los
muros de la ciudad, haciéndola entrar por una puerta situada no lejos del
Calvario. Los llevaron a un gran patio redondo rodeado de caballerizas, con
alojamientos no lejos de la plaza del pescado, en cuya entrada encontraron
algunos guardianes. Los animales fueron llevados a las caballerizas y los
hombres se retiraron bajo cobertizos, junto a una fuente que había en medio del
gran patio. Este patio, por uno de sus costados tocaba con una altura; por los
otros estaba abierto, con árboles delante. Llegaron después unos empleados,
quizás aduaneros, que de dos en dos inspeccionaron los equipajes de los viajeros
con sus linternas.

El palacio de Herodes estaba más arriba, no lejos de este edificio, y pude ver
el camino que llevaba hasta él iluminado con linternas y faroles colocados sobre
perchas. Herodes envió a un mensajero encargado de conducirle en secreto a su
palacio al rey Teokeno. Eran las diez de la noche. Teokeno fue recibido en una
sala del piso bajo por un cortesano de Herodes, que le interrogó sobre el objeto
de su viaje. Teokeno dijo con simplicidad todo lo que se le preguntaba y rogó al
hombre que preguntara al rey Herodes dónde había nacido el Niño, Rey de los
Judíos, y dónde se hallaba, ya que habían visto su estrella y habían venido tras
de ella. El cortesano llevó su informe a Herodes, que se turbó mucho al
principio; pero disimulando su malcontento hizo responder que deseaba tener más
datos relativos sobre ese suceso y que entretanto instaba a los reyes a que
descansasen, añadiendo que al día siguiente hablaría con ellos y les daría a
conocer todo lo que lograse saber sobre el asunto.

Volvió Teokeno y no pudo dar a sus compañeros noticias consoladoras; por otra
parte, no se les había preparado nada para que pudiesen reposar y mandaron
rehacer muchos fardos que habían sido abiertos. Durante aquella noche no
pudieron descansar y algunos de ellos andaban de un lado a otro como buscando la
estrella que los había guiado. Dentro de la ciudad de Jerusalen había gran
quietud y silencio; pero en torno de los Reyes había agitación, y en el patio se
tomaban y daban toda clase de informes. Los Reyes pensaban que Herodes lo sabía
todo perfectamente, pero que trataba de ocultarles la verdad.

 Se celebraba una gran fiesta esa noche en el palacio de Herodes al tiempo de la
visita de Teokeno, porque veía las salas iluminadas. Iban y venían toda clase de
hombres y mujeres ataviadas sin decencia alguna. Las preguntas de Teokeno sobre
el rey recién Nacido turbaron el ánimo de Herodes, el cual llamó en seguida a su
palacio a los príncipes, a los sacerdotes y a los escribas de la Ley. Los he
visto acudir al palacio antes de la media noche con rollos escritos. Traían sus
vestiduras sacerdotales, llevaban condecoraciones sobre el pecho y cinturones
con letras bordadas. Había unos veinte de estos personajes en torno de Herodes,
que preguntó dónde debía ser el lugar del Nacimiento del Mesías. Los vi cómo
abrían sus rollos y mostraban con el dedo pasajes de la Escritura:
“Debe nacer en Belén de Judá, porque así está escrito en el profeta Miqueas. Y
tú Belén, no eres la más mínima entre los príncipes de Judá, pues de ti ha de
nacer el jefe que gobernará mi pueblo en Israel”.
Después vi a Herodes con algunos de ellos paseando por la terraza del palacio,
buscando inútilmente la estrella de la que había hablado Teokeno. Se mostraba
muy inquieto. Los sacerdotes y escribas le hicieron largos razonamientos
diciendo que no debía hacer caso ni dar importancia a las palabras de los Reyes
Magos, añadiendo que aquellas gentes son amigas de lo maravilloso y se imaginan
siempre grandes fantasías con sus observaciones estelares. Decían que si algo
hubiera habido en realidad se hubiera sabido en el Templo y en la ciudad santa,
y que ellos no podrían haberlo ignorado.

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