LXI
Los Reyes Magos conducidos al palacio de Herodes

Recreación del Palacio de Herodes en tiempos de Jesús

En esta mañana muy temprano Herodes hizo llevar al palacio, en secreto, a los
Reyes. Fueron recibidos bajo una arcada y conducidos luego a una sala, donde he
visto ramas verdes con flores en vasos y refrescos para beber. Después de algún
tiempo apareció Herodes. Los Magos se inclinaron ante él y pasaron a
interrogarle sobre el Rey de los Judíos recién Nacido. Herodes ocultó su gran
turbación y se mostró contento de la noticia. Vi que estaban con él algunos de
los escribas. Herodes preguntó algunos detalles sobre lo que habían visto, y el
Rey Mensor describió la última aparición que habían tenido antes de partir. Era,
dijo, una Virgen y delante de Ella un Niño, de cuyo costado derecho había
brotado una rama luminosa; luego, sobre ésta había aparecido una torre con
varias puertas. La torre se transformó en una gran ciudad, sobre la cual se
manifestó el Niño con una corona, una espada y un cetro, como si fuese Rey.
Después de esto se vieron ellos mismos, como también todos los
reyes del mundo, postrados delante de ese Niño en acto de adoración; pues poseía
un imperio delante del cual todos los demás imperios debían someterse; y así en
esta forma describió lo que habían visto.

Herodes les habló de una profecía que hablaba de algo parecido sobre Belén de
Efrata; les dijo que fueran secretamente allá y cuando hubiesen encontrado al
Niño volvieran a decirle el resultado, para que él también pudiera ir a
adorarle. Los Reyes no tocaron los alimentos que se les había preparado y
volvieron a su alojamiento. Era muy temprano, casi al amanecer, pues he visto
todavía las linternas encendidas delante del palacio de Herodes. Herodes
conferenció con ellos en secreto para que no se hiciera público el
acontecimiento. Al aclarar del todo prepararon la partida. La gente que los
había acompañado hasta Jerusalén se hallaba ya dispersa por la ciudad desde la
víspera.

El ánimo de Herodes estaba en aquellos días lleno de descontento e irritación.
Al tiempo del Nacimiento de Jesucristo se encontraba en su castillo, cerca de
Jericó, y había ordenado hacía poco un cobarde asesinato. Había colocado en
puestos altos del Templo a gente que le referían todo lo que allí se hablaba,
para que denunciasen a los que se oponían a sus designios. Un hombre justo y
honrado, alto empleado en el Templo, era el principal de los que consideraba él
como sus adversarios. Herodes con fingimiento lo invitó a que fuera a verlo a
Jericó y lo hizo atacar y asesinar en el camino, achacando ese crimen a algunos
asaltantes.

Algunos días después de esto fue a Jerusalén para tomar parte en la fiesta de la
Dedicación del Templo, que tenía lugar el 25 del mes de Casleu y allí se
encontró enredado en un asunto muy desagradable. Queriendo congraciarse con los
judíos había mandado hacer una estatua o figura de cordero o más bien de
cabrito, porque tenía cuernos, para que fuera colocada en la puerta que llevaba
del patio de las mujeres al de las inmolaciones. Hizo esto de su propia
iniciativa, pensando que los judíos se lo agradecerían; pero los sacerdotes se
opusieron tenazmente a ello, aunque los amenazó con hacerles pagar una multa por
su resistencia. Ellos replicaron que pagarían, pero que no toleraban esa imagen
contraria a las prescripciones de la Ley. Herodes se irritó mucho y pretendió
colocarla ocultamente; pero al llevarla, un israelita muy celoso tomó la imagen
y la arrojó al suelo, quebrándola en dos pedazos. Se promovió un gran tumulto y
Herodes hizo encarcelar al hombre. Todo esto lo había irritado mucho y estaba
arrepentido de haber ido a la fiesta; sus cortesanos trataban de distraerlo y
divertirlo. En este estado de ánimo lo encontró la noticia del Nacimiento de
Cristo.

En Judea hacía tiempo que hombres piadosos vivían, en la esperanza de que pronto
había de llegar el Mesías y los sucesos acontecidos en el Nacimiento del Niño se
habían divulgado por medio de los pastores. Con todo, muchas personas
importantes oían estas cosas como fábulas y vanas palabras y el mismo Herodes
había oído hablar y enviado secretamente algunos hombres a tomar informes de lo
que se decía. Estos emisarios estuvieron, en efecto, tres días después de haber
nacido Jesús y luego de haber conversado con José, declararon, como hombres
orgullosos, que todo era cosa sin importancia: que en la gruta no había más que
una pobre familia de la cual no valía la pena que nadie se ocupara. El orgullo
que los dominaba les había impedido interrogar seriamente a José desde un
principio, tanto más que llevaban orden de proceder en el mayor secreto, sin
llamar la atención.

Cuando de pronto llegaron los Reyes Magos con su numeroso séquito, Herodes se
llenó de nuevas inquietudes, ya que estos hombres venían de lejos y todo esto
era más que rumores sin importancia. Como hablaran los Reyes con tanta
convicción del Rey recién Nacido, fingió Herodes deseos de ir a ofrecerle sus
homenajes, lo cual alegró mucho a los Reyes, creyéndolo bien dispuesto. La
ceguera del orgullo de los escribas no acabó de tranquilizarlo y el interés de
conservar en secreto este asunto fue causa de la conducta que observó. No hizo
objeciones a lo que decían los Reyes, no hizo perseguir en seguida al Niño para
no exponerse a las críticas de un pueblo difícil de gobernar y resolvió recabar
por medio de ellos noticias más exactas para tomar luego las medidas del caso.

Como los Reyes, advertidos por Dios, no volvieron a dar noticias, hizo explicar
que la huida de los Reyes era consecuencia de la ilusión mentirosa que habían
sufrido y que no se habían atrevido a comparecer de nuevo, porque estaban
avergonzados del engaño en que habían caído y al que habían querido arrastrar a
los demás. Mandaba decir: “¿Qué razones podían tener para salir clandestinamente
después de haber sido recibidos aquí en forma tan amistosa?…” De este modo
Herodes trató de adormecer este asunto disponiendo que en Belén nadie se pusiese
en relación con esa Familia, de la que se había hablado tanto, ni recoger los
rumores e invenciones que se propalaban para extraviar los espíritus.

Habiendo vuelto quince días más tarde la Sagrada Familia a Nazaret, se dejó
pronto de hablar de cosas de las cuales la multitud no había tenido más que
conocimientos vagos, y las gentes piadosas, por otro lado, llenas de esperanza,
guardaban un discreto silencio. Cuando pareció que todo quedaba olvidado, pensó
entonces Herodes en deshacerse del Niño y supo que la Familia había dejado a
Nazaret, llevándose al Niño. Lo hizo buscar durante bastante tiempo; pero
habiendo perdido toda esperanza de encontrarlo, creció mayormente su inquietud y
determinó ejecutar la medida extrema de la matanza de los niños. Tomó en esta
ocasión todas sus medidas y envió tropas de antemano a los lugares donde podía
temerse una sublevación. Creo que la matanza se hizo en siete lugares
diferentes.

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