LXII
Viaje de los Reyes de Jerusalén a Belén

Veo la caravana de los Reyes junto a una puerta situada al Mediodía. Un grupo de
hombres los acompañaba hasta un arroyo delante de la ciudad, y luego volvieron.
No bien habían pasado el arroyo, se detuvieron buscando con los ojos la estrella
en el firmamento. Habiéndola visto prorrumpieron en exclamaciones de alegría y
continuaron su marcha cantando sus melodías. La estrella no los llevaba en línea
recta sino que se desviaba algo hacia el Oeste. Pasaron frente a una pequeña
ciudad, que conozco muy bien; se detuvieron detrás de ella, y oraron mirando
hacia el Mediodía, en un paraje ameno cerca de un caserío. En este lugar,
delante de ellos, surgió un manantial de agua, que los llenó de contento.
Bajando de sus cabalgaduras cavaron para esta fuente un pilón, rodeándolo de
piedras, arena y césped. Durante varias horas se detuvieron allí dando de beber
y alimentando a sus bestias. También tomaron su alimento, ya que en Jerusalén no
habían podido descansar ni comer debido a las preocupaciones de la llegada. He
visto más tarde que Jesucristo se detuvo varias veces junto a esta fuente en
compañía de sus discípulos.

La estrella, que brillaba en la noche como un globo de fuego, se parecía ahora
más bien a la luna cuando se la ve de día; no era perfectamente redonda, sino
que parecía recortada y a menudo estaba oculta entre las nubes. En el camino de
Belén a Jerusalén había mucho movimiento de caminantes con equipajes y animales
de carga. Eran personas que volvían quizás de Belén después de pagar los
impuestos, o que iban a Jerusalén al mercado o para visitar el Templo. Esto
sucedía en el camino principal; pero el sendero de los Reyes estaba solitario, y
Dios los guiaba por allí sin duda para que pudieran llegar de noche a Belén y no
llamar demasiado la atención.

Se pusieron en camino cuando el sol estaba muy bajo; marchaban en el orden con
que habían venido. Mensor, el más joven, iba delante; luego Sair, el cetrino, y
por último, Teokeno, el blanco, por ser de más edad. Hoy, a la hora del
crepúsculo, he visto a la caravana de los Reyes llegando a Belén, cerca de aquel
edificio donde José y María se habían hecho inscribir y que había sido la casa
solariega de la familia de David. Quedan sólo algunos restos de los muros del
edificio que había pertenecido a los padres de José. Era una casa grande rodeada
de otras menores, con un patio cerrado, delante del cual había una plaza con
árboles y una fuente. Vi soldados romanos en esta plaza, porque la casa se había
convertido en una oficina de impuestos.

Al llegar la caravana cierto número de curiosos se agolpó en torno de los
viajeros. La estrella había desaparecido de nuevo y esto inquietaba a los Reyes.
Se acercaron algunos hombres dirigiéndoles preguntas. Ellos bajaron de sus
cabalgaduras y desde la casa he visto que acudían empleados a su encuentro,
llevando palmas en las manos y ofreciéndoles refrescos: era la costumbre de
recibir a los extranjeros distinguidos. Yo pensaba para mí: “Son mucho más
amables de lo que lo fueron con el pobre José; sólo porque éstos distribuían
monedas de oro”. Les dijeron que el valle de los pastores era apropiado para
levantar las carpas, y ellos quedaron algún tiempo indecisos. No les he oído
preguntar nada del Rey y Niño recién Nacido. Aún sabiendo que Belén era el lugar
designado por las profecías, ellos, recordando lo que Herodes les había
encargado, temían llamar la atención con sus preguntas.

Poco después vieron brillar en el cielo un meteoro, sobre Belén: era semejante a
la luna cuando aparece. Montaron en sus cabalgaduras, y costeando un foso y unos
muros en ruina dieron la vuelta a Belén por el Mediodía y se dirigieron al
Oriente, en dirección a la gruta del Pesebre, que abordaron por el costado de la
llanura, donde los ángeles se habían aparecido a los pastores.

La Asoración de los Reyes

 

LXIII
La adoración de los Reyes Magos

Se apearon al llegar cerca de la gruta de la tumba de Maraña, en el valle,
detrás de la gruta del Pesebre. Los criados desliaron muchos paquetes,
levantaron una gran carpa e hicieron otros arreglos con la ayuda de algunos
pastores que les señalaron los lugares más apropiados. Se encontraba ya en parte
arreglado el campamento cuando los Reyes vieron la estrella aparecer brillante y
muy clara sobre la colina del Pesebre, dirigiendo hacia la gruta sus rayos en
línea recta. La estrella estaba muy crecida y derramaba mucha luz; por eso la
miraban con grande asombro. No se veía casa alguna por la densa oscuridad, y la
colina aparecía en forma de una muralla. De pronto vieron dentro de la luz la
forma de un Niño resplandeciente y sintieron extraordinaria alegría. Todos
procuraron manifestar su respeto y veneración.

Los tres Reyes se dirigieron a la colina, hasta la puerta de la gruta. Mensor la
abrió, y vio su interior lleno de luz celestial, y a la Virgen, en el fondo,
sentada, teniendo al Niño tal como él y sus compañeros la habían contemplado en
sus visiones. Volvió para contar a sus compañeros lo que había visto. En esto
José salió de la gruta acompañado de un pastor anciano y fue a su encuentro. Los
tres Reyes le dijeron con simplicidad que habían venido para adorar al Rey de
los Judíos recién Nacido, cuya estrella habían observado, y querían ofrecerle
sus presentes. José los recibió con mucho afecto. El pastor anciano los acompañó
hasta donde estaban los demás y les ayudó en los preparativos, juntamente con
otros pastores allí presentes.

Los Reyes se dispusieron para una ceremonia solemne. Les vi revestirse de mantos
muy amplios y blancos, con una cola que tocaba el suelo. Brillaban con reflejos,
como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban en torno de sus
personas. Eran las vestiduras para las ceremonias religiosas. En la cintura
llevaban bolsas y cajas de oro colgadas de cadenillas, y cubríanlo todo con sus
grandes mantos. Cada uno de los Reyes iba seguido por cuatro personas de su
familia, además, de algunos criados de Mensor que llevaban una pequeña mesa, una
carpeta con flecos y otros objetos.

Los Reyes siguieron a José, y al llegar bajo el alero, delante de la gruta,
cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos ponía sobre ella las
cajitas de oro y los recipientes que desprendían de su cintura. Así ofrecieron
los presentes comunes a los tres. Mensor y los demás se quitaron las sandalias y
José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Mensor, que le
precedían, tendieron una alfombra sobre el piso de la gruta, retirándose después
hacia atrás, siguiéndoles otros dos con la mesita donde estaban colocados los
presentes. Cuando estuvo delante de la Santísima Virgen, el rey Mensor depositó
estos presentes a sus pies, con todo respeto, poniendo una rodilla en tierra.
Detrás de Mensor estaban los cuatro de su familia, que se inclinaban con toda
humildad y respeto.

Mientras tanto Sair y Teokeno aguardaban atrás, cerca de la entrada de la gruta.
Se adelantaron a su vez llenos de alegría y de emoción, envueltos en la gran luz
que llenaba la gruta, a pesar de no haber allí otra luz que el que es Luz del
mundo. María se hallaba como recostada sobre la alfombra, apoyada sobre un
brazo, a la izquierda del Niño Jesús, el cual estaba acostado dentro de la
gamella, cubierta con un lienzo y colocada sobre una tarima en el sitio donde
había nacido.

Cuando entraron los Reyes la Virgen se puso el velo, tomó al Niño en sus brazos,
cubriéndolo con un velo amplio. El rey Mensor se arrodilló y ofreciendo los
dones pronunció tiernas palabras, cruzó las manos sobre el pecho, y con la
cabeza descubierta e inclinada, rindió homenaje al Niño. Entre tanto María había
descubierto un poco la parte superior del Niño, quien miraba con semblante
amable desde el centro del velo que lo envolvía. María sostenía su cabecita con
un brazo y lo rodeaba con el otro. El Niño tenía sus manecitas juntas sobre el
pecho y las tendía graciosamente a su alrededor. ¡Oh, qué felices se sentían
aquellos hombres venidos del Oriente para adorar al Niño Rey!

Viendo esto decía entre mí: “Sus corazones son puros y sin mancha; están llenos
de ternura y de inocencia como los corazones de los niños inocentes y piadosos.
No se ve en ellos nada de violento, a pesar de estar llenos del fuego del amor”.
Yo pensaba: “Estoy muerta; no soy más que un espíritu: de otro modo no podría
ver estas cosas que ya no existen, y que, sin embargo, existen en este momento.
Pero esto no existe en el tiempo, porque en Dios no hay tiempo: en Dios todo es
presente. Yo debo estar muerta; no debo ser más que un espíritu”. Mientras
pensaba estas cosas, oí una voz que me dijo: “¿Qué puede importarte todo esto
que piensas?… Contempla y alaba a Dios, que es Eterno, y en Quien todo es
eterno”.

Vi que el rey Mensor sacaba de una bolsa, colgada de la cintura, un puñado de
barritas compactas del tamaño de un dedo, pesadas, afiladas en la extremidad,
que brillaban como oro. Era su obsequio. Lo colocó humildemente sobre las
rodillas de María, al lado del Niño Jesús. María tomó el regalo con un
agradecimiento lleno de sencillez y de gracia, y lo cubrió con el extremo de su
manto. Mensor ofrecía las pequeñas barras de oro virgen, porque era sincero y
caritativo, buscando la verdad con ardor constante e inquebrantable.

Después se retiró, retrocediendo, con sus cuatro acompañantes; mientras Sair, el
rey cetrino, se adelantaba con los suyos y se arrodillaba con profunda humildad,
ofreciendo su presente con expresiones muy conmovedoras. Era un recipiente de
incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verde, que puso sobre la
mesa, delante del Niño Jesús. Sair ofreció incienso porque era un hombre que se
conformaba respetuosamente con la Voluntad de Dios, de todo corazón y seguía
esta voluntad con amor. Se quedó largo rato arrodillado, con gran fervor.

Se retiró y se adelantó Teokeno, el mayor de los tres, ya de mucha edad. Sus
miembros algo endurecidos no le permitían arrodillarse: permaneció de pie,
profundamente inclinado, y puso sobre la mesa un vaso de oro que tenía una
hermosa planta verde. Era un arbusto precioso, de tallo recto, con pequeñas
ramitas crespas coronadas de hermosas flores blancas: la planta de la mirra.
Ofreció la mirra por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre
las pasiones, pues este excelente hombre había sostenido lucha constante contra
la idolatría, la poligamia y las costumbres estragadas de sus compatriotas.
Lleno de emoción estuvo largo tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño
Jesús.

Yo tenía lástima por los demás que estaban fuera de la gruta esperando turno
para ver al Niño. Las frases que decían los Reyes y sus acompañantes estaban
llenas de simplicidad y fervor. En el momento de hincarse y ofrecer sus dones
decían más o menos lo siguiente: “Hemos visto su estrella; sabemos que Él es el
Rey de los Reyes; venimos a adorarle, a ofrecerle nuestros homenajes y nuestros
regalos”. Estaban como fuera de sí, y en sus simples e inocentes plegarias
encomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, el país, los
bienes y todo lo que tenía para ellos algún valor sobre la tierra. Le ofrecían
sus corazones, sus almas, sus pensamientos y todas sus acciones. Pedían
inteligencia clara, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban llenos de amor y
derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se
sentían plenamente felices. Habían llegado hasta aquella estrella, hacia la cual
desde miles de años sus antepasados habían dirigido sus miradas y sus ansias,
con un deseo tan constante. Había en ellos toda la alegría de la Promesa
realizada después de tan largos siglos de espera.

María aceptó los presentes con actitud de humilde acción de gracias. Al
principio no decía nada: sólo expresaba su reconocimiento con un simple
movimiento de cabeza, bajo el velo. El cuerpecito del Niño brillaba bajo los
pliegues del manto de María. Después la Virgen dijo palabras humildes y llenas
de gracia a cada uno de los Reyes, y echó su velo un tanto hacia atrás.

Aquí recibí una lección muy útil. Yo pensaba: “¡Con qué dulce y amable gratitud
recibe María cada regalo! Ella, que no tiene necesidad de nada, que tiene a
Jesús, recibe los dones con humildad. Yo también recibiré con gratitud todos los
regalos que me hagan en lo futuro”. ¡Cuánta bondad hay en María y en José! No
guardaban casi nada para ellos, todo lo distribuían entre los pobres.

Anuncios