LXVI
El Ángel avisa a los Reyes los designios de Herodes

A medianoche tuve una visión. Vi a los Reyes descansando bajo su carpa sobre
colchas tendidas en el suelo y junto a ellos vi a un joven resplandeciente: un
ángel los despertaba diciéndoles que debían partir de inmediato, sin pasar por
Jerusalén, sino a través del desierto, costeando las orillas del Mar Muerto. Los
Reyes se levantaron de sus lechos y todo el séquito estuvo de pie en poco
tiempo. Uno de ellos fue al Pesebre a despertar a José, quien corrió a Belén
para avisar a los que allí se hospedaban; pero los encontró por el camino,
porque habían tenido la misma aparición. Plegaron la carpa, cargaron los
animales con el equipaje y todo fue enfardado y preparado con asombrosa rapidez.

Mientras los Reyes se despedían en forma sumamente conmovedora de San José,
delante de la gruta del Pesebre, una parte del séquito ya partía en grupos
separados para tomar la delantera en dirección al Mediodía, para costear el Mar
Muerto a través del desierto de Engaddi. Mucho instaron los Reyes a la Sagrada
Familia de que partiesen con ellos, diciendo que un gran peligro los amenazaba y
rogaron a María que por lo menos se ocultase con el pequeño Jesús para que no
sufriesen molestias por causa de ellos mismos. Lloraban como niños: abrazando a
José decían palabras muy conmovedoras.

Montando sobre sus cabalgaduras, ligeramente cargadas, se alejaron por el
desierto, he visto al ángel a su lado indicándoles el camino y pronto
desaparecieron de la vista. Siguieron separados, unos de otros, como un cuarto
de legua; luego en dirección al Oriente, por espacio de una legua y finalmente
torcieron hacia el Mediodía. He visto que pasaron por una región que Jesús
atravesó más tarde al volver de Egipto en el tercer año de su predicación.

El aviso del ángel a los Reyes había llegado a tiempo, pues las autoridades de
Belén abrigaban la determinación de prenderlos hoy mismo, con el pretexto de que
perturbaban el orden público, de encerrarlos en las profundas mazmorras que
existían debajo de la sinagoga y acusarlos después ante el rey Herodes. No sé si
obraban así por una orden secreta de Herodes o si lo hacían por exceso de celo
ellos mismos. Cuando se conoció esta mañana la huida de los Reyes, en el valle
tranquilo y solitario donde habían acampado, los viajeros se encontraban ya
cerca del desierto de Engaddi. En el valle no quedaban más que los rastros de
las pisadas de los animales y algunas estacas que habían servido para levantar
las tiendas.

La aparición de los Reyes había causado gran impresión en Belén y muchos se
arrepentían de no haber hospedado a José. Otros hablaban de los Reyes como de
aventureros que se dejaban llevar por imaginaciones extrañas. Había quienes
creían, en cambio, encontrarles alguna relación con los relatos de los pastores
acerca de la aparición de los ángeles. Todas estas cosas determinaron a las
autoridades de Belén, quizás por instigación de Herodes, a tomar medidas. He
visto reunidos a todos los habitantes de la ciudad por una convocatoria en el
centro de una plaza de la ciudad, donde había un pozo rodeado de árboles delante
de una casa grande, a la cual se subía por escalones. Precisamente desde esos
escalones fue leída una especie de proclama, donde se declamaba contra las cosas
supersticiosas y se prohibía ir a la morada de la gente que propalaba semejantes
rumores.

Cuando la muchedumbre se hubo retirado, vi a José acudir a esa casa, donde había
sido llamado y vi que fue interrogado por unos ancianos judíos. Lo he visto
volver al Pesebre y retornar ante el tribunal de ancianos. La segunda vez
llevaba un poco del oro que le habían dado los Reyes y lo entregó a esos
hombres, que luego lo dejaron en paz. Por eso me pareció que todo este
interrogatorio no tuvo otro objeto que el de arrancarle un puñado de oro. Las
autoridades habían hecho poner un tronco de árbol atravesado para obstruir el
camino que llevaba a los alrededores del Pesebre. Este camino no salía de la
ciudad sino que comenzaba en la plaza donde la Virgen se había detenido bajo el
árbol grande, salvando una muralla. Dejaron un centinela en una choza junto al
árbol y pusieron unos hilos sobre el camino, que hacían tocar una campanilla que
estaba en la cabaña de aquél, que les permitiría detener a quien intentase
pasar.

Por la tarde vi un grupo de dieciséis soldados de Herodes hablando con José.
Habían sido enviados allí por causa de los tres Reyes como si fuesen
perturbadores de la tranquilidad pública. No hallaron más que silencio y paz en
todas partes y en la gruta no vieron más que una pobre familia. Como por otra
parte tenían orden de no hacer nada que llamara la atención, regresaron como
habían venido, informando de lo que habían podido ver. José había llevado ya los
regalos de los Reyes y demás cosas que habían dejado antes de su partida,
guardándolos en la gruta de Maraña y en otras cavernas escondidas en la colina
del Pesebre.
 
Las cuevas existían desde los tiempos del patriarca Jacob. En aquella época en
que sólo había allí algunas cabañas en la que es hoy plaza de Belén, Jacob había
levantado su tienda sobre la colina del Pesebre.
LXVII
Visita de Zacarías
La Sagrada Familia se traslada a la tumba de Mahara

Zacarías, la Virgen, San José y el Niño.

Esta noche he visto a Zacarías de Hebrón que iba por primera vez: a visitar a la
Sagrada Familia. María estaba en la gruta y Zacarías, llorando lágrimas de
alegría, tomó en sus brazos al Niño y repitió, cambiando algunas frases, el
cántico de alabanza que había dicho en el momento de la circuncisión de Juan
Bautista. Más tarde Zacarías volvió a su casa y Ana acudió al lado de la Santa
Familia con su hija mayor. María de Helí era más alta que su madre y parecía de
más edad que ella. Reina gran alegría entre los parientes de la Sagrada Familia
y Ana se siente muy feliz. María pone con frecuencia al Niño en sus brazos y lo
deja a su cuidado. Con ninguna otra persona he visto que hiciera esto.

Una cosa me conmovió mucho: los cabellos del Niño Jesús, rubios y formando
bucles, tenían en su extremidad hermosos rayos de luz. Creo que le rizan el
cabello, pues veo que le frotan la cabecita al lavarlo, poniéndole un pequeño
abrigo sobre el cuerpo. Veo en la Sagrada Familia una piadosa y tierna
veneración en el trato con el Niño; pero todo lo hacen sencilla y naturalmente,
como pasa entre los santos y elegidos de Dios. El Niño muestra un cariño y una
ternura tal con su madre como nunca he visto en otros niños de corta edad.

María contaba a su madre Ana todo lo sucedido con la visita de los Reyes,
alegrándose mucho Ana de ver cómo habían sido llamados desde tan lejos esos
hombres para conocer al Niño de la Promesa. Observó los regalos de los Reyes,
ocultos en una excavación abierta en la pared y ayudó en la distribución de una
gran parte de ellos y a poner en orden los demás.

Todo estaba tranquilo en los alrededores de Belén, porque los caminos que
llevaban a la gruta y que no pasaban por la puerta de la ciudad estaban
obstruidos por las autoridades y José no iba ya a Belén a hacer sus compras
porque los pastores le traían cuanto necesitaba.

La parienta a cuya casa iba Ana y que estaba en la tribu de Benjamín, se llamaba
Mará, hija de Rhod, hermana de Santa Isabel. Era pobre y tuvo varios hijos, que
luego fueron discípulos de Jesús. Uno de ellos fue Natanael, el novio de las
bodas de Canaá. Esta Mará se halló presente en Éfeso en los momentos de la
muerte de María. Ana está en este momento sola con María en la gruta lateral.
Están trabajando juntas tejiendo una colcha ordinaria. La gruta del Pesebre
estaba completamente vacía. El asno de José estaba oculto detrás de unas zarzas.

Hoy volvieron algunos agentes de Herodes y pidieron en Belén noticias acerca de
un Niño recién Nacido. Llenaron especialmente de preguntas a una mujer judía que
poco tiempo antes había dado a luz a un niño. No fueron a la gruta porque antes
no habían encontrado allí nada más que a una pobre familia: estuvieron lejos de
pensar que podría tratarse del Niño de esa familia. Dos hombres de edad, de los
pastores que habían adorado al Niño Jesús, relataron a José la historia de esas
investigaciones. La Sagrada Familia y Ana se refugiaron en la gruta de la tumba
de Maraha. En la gruta del Pesebre no quedaba nada que pudiera dar a entender
que hubiera estado habitada: parecía un lugar abandonado. Los vi durante la
noche caminando por el valle con una luz velada: Ana llevaba el Niño y María y
José caminaban a su lado. Los pastores los guiaban llevando las colchas y todo
lo que necesitaban las mujeres y el Niño.

Tuve una visión, que no sé si la tuvo también la Sagrada Familia. Vi una gloria
formada por siete rostros de ángeles colocados uno sobre otro alrededor del Niño
Jesús. Aparecieron otras caras y otras formas luminosas, junto a Ana y a José,
que parecían llevarlos por el brazo. Al entrar en el vestíbulo cerraron la
puerta y al llegar a la gruta de la tumba hicieron los preparativos para el
descanso.

He visto a dos pastores que avisaban a María de la llegada de gente enviada por
las autoridades para tomar informes sobre su Niño. María sintió gran inquietud.
De pronto vi a José que entraba, tomaba al Niño en brazos y lo envolvía en un
manto para llevarlo. No recuerdo ya dónde fue con Él. Entonces vi a María, sola,
durante todo un medio día, en la gruta, llena de inquietud materna, sin el Niño
en su presencia. Cuando llegó la hora en que la llamaron para dar el pecho al
Niño, hizo lo que hacen las madres cuidadosas que han sufrido alguna agitación
violenta o tenido una conmoción de terror. Antes de amamantar al Niño, exprimió
de su seno la leche que se habría podido alterar, en una pequeña cavidad de la
piedra blanca de la gruta.

María habló de esta preocupación con uno de los pastores, hombre piadoso y grave
que había ido a buscarla para llevarla junto al Niño. Este hombre, profundamente
convencido de la santidad de la Madre del Redentor, sacó cuidadosamente aquella
leche de la cavidad de la piedra y lleno de fe sencilla y simple, la llevó a su
mujer, que tenía un niño de pecho al que no podía calmar ni acallar. Aquella
buena mujer tomó ese alimento con confianza y respeto y su fe se vio
recompensada, pues se encontró desde entonces con leche buena y abundante para
su hijo.

Después de esto, la piedra blanca de la gruta recibió una virtud semejante: he
visto que aún hoy en día también infieles y mahometanos usan de ella como un
remedio en éste y otros casos análogos. Desde entonces aquella tierra mezclada
con agua y comprimida en pequeños moldes es distribuida a toda la cristiandad
como objeto de devoción y a esta especie de reliquias llaman “Leche de la Virgen
Santísima”.

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