Todos y cada uno de nosotros en cuanto a pecadores somos cruces que cargamos de sufrimiento a las personas que nos rodean, y, a la vez somos pequeños cristos si sabemos sufrir esas cruces que nos suponen los demás perdonando, y expiando. Por lo tanto es cierta esa afirmación que dice que no se salva el hombre individualmente sino que se salva en comunidad, en comunidad de sacrificio por los demás. A lo que debemos aspirar es a que nuestra existencia no suponga una cruz para los demás y que sepamos aguantar las cruces y obligaciones que esta vida nos trae con alegría y esperanza.

Es la única manera de que crezcamos como personas y como consecuencia crezcamos como comunidad haciendo cada vez más realidad el Reino de Dios en la tierra. No todo el sufrimiento es malo, no todas las lágrimas son malas. Todo tiene un sentido que comprenderemos a su debido tiempo si somos capaces de perseverar en las adversidades de la vida.

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