Es un lugar común, lo oyes por todas partes: los políticos son corruptos, la excepción es un político que no robe. Todos pensamos esto en mayor o menor medida. Cualquier persona que dure en un cargo político es sospechosa de corrupción. ¡Qué gran tragedia! Cuando un pueblo se divorcia de sus gobernantes nada bueno se avecina.

A lo que vengo dando vueltas en mi cabeza es que la culpa no es sólo de ese político que se corrompe, muchas veces hay hombres honrados que se meten en política y a la primera de cambio, a la primera mezquindad que perciben, a la primera zancadilla, abandonan. Entiendo que debe ser duro encontrarte con actitudes de ingratitud una vez que has apostado por participar en el juego político con un verdadero espíritu de servicio. Vengo viendo cada vez más a gente que por su formación, cultura, posición económica y social estarían llamados a erigirse como representantes de los ciudadanos y acaban por no entrar en política solo por comodidad. Por no situarse en el disparadero. Al final he llegado a la conclusión de que muchas veces para que el mal triunfe solo hace falta que los hombres buenos no hagan nada. Si queremos que nuestros países, gobiernos, naciones no se hundan en la corrupción, en las calamidades y en la guerra debemos trabajar por volver a dignificar la política, necesitamos una nueva generación de políticos comprometidos y con una verdadera vocación de servicio. Asumamos cada uno nuestra pequeña parcela de responsabilidad, sin temor, trabajemos porque una nueva ola regeneradora sea posible.

Recemos por ello, por la cuenta que nos trae.

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