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De vez en cuando, pero cada vez con más frecuencia, me encuentro con los padres de un adolescente angustiados por el comportamiento y el rendimiento académico de su hijo y que buscan ayuda. Por lo general han probado todo, castigos, incentivos, charlas… pero todo parece infructuoso y el problema continúa. Así que, por si pudiera serviros de ayuda me gustaría hacer aquí una humilde aportación. Solo se trata de una visión personal hecha desde una perspectiva subjetiva y que habría que interpretar viendo cada caso en particular.

En general, en las conversaciones de bar todo el mundo coincide en que falta mano dura y disciplina, una solución que en principio parece evidente pero que por experiencia he comprobado que suele dar el resultado contrario al pretendido. Y voy a intentar explicar por qué. A veces parece que queremos convertir la educación en una especie de comercio, en una transacción sujeta a una compleja legislación de premios y castigos, la táctica del palo y la zanahoria: si sacas sobresaliente te compro la moto y si suspendes te dejo todo el verano sin ir a la piscina, para que el chico vea que los actos tienen consecuencias.

Hemos llegado al punto en que el sentido de las temidas notas o calificaciones se ha corrompido. En realidad las notas sólo deberían ser un indicador, como la aguja de la gasolina de un coche, que nos informa si el aprendizaje va por buen camino. Pero esto, que sólo debería tener un valor informativo, se ha convertido en objetivo y todo el trabajo se confunde. Y así el alumno se acaba especializando en ser un buen ‘hacedor de exámenes’ en vez de ser un buen ‘aprendedor’. Las cosas hay que hacerlas porque están bien o están mal, no porque vayamos a recibir un regalo por hacerlas o un castigo por no hacerlas. A lo mejor en nuestra familia no tenemos dinero para comprar la moto, pero igualmente el chico deberá estudiar porque estudiar es bueno en sí.

Por otra parte, el verdadero aprendizaje siempre va unido a una experiencia emocional. Fijémonos en nosotros mismos, estoy convencido de que hemos olvidado más del 90% de todo lo que estudiamos en el colegio y de lo poco que nos acordamos es porque en la actividad pusimos toda nuestra ilusión e iniciativa. Además estoy seguro de que el profesor con el trabajamos nos caía bien, era capaz de que sintiéramos que le importábamos y sentíamos su afecto. Esto es así, está incluso comprobado científicamente: se aprende mucho más y mejor si el alumno se siente apreciado por el profesor.

Y me gustaría ilustrar mis tesis con un caso real que conocí en el pasado: unos padres estaban agobiados, habían probado todo con un hijo, pongamos que se llamaba José, al que no lograban encauzar: malas notas, cambios de colegio, profesores particulares, castigos, etc… La situación se alargaba en el tiempo y no se veía una solución, estaban realmente desesperados. Un día, el padre después de darle muchas vueltas a la cabeza se dio cuenta de que en realidad, ellos nunca habían confiado en ese hijo, no creían en él. Entonces cambiaron la actitud totalmente, cesaron las regañinas y hablaron tranquilamente con su hijo: “José, queremos que sepas que confiamos totalmente en ti. Te vamos a dejar tranquilo, se acabaron los reproches, vamos a dejarte un tiempo, pongamos seis meses, para que puedas reflexionar tranquilamente sobre lo que quieres hacer con tu vida. Y queremos que sepas que cuando hayas tomado una decisión sobre tu futuro, sea la que sea, vas a tener nuestro apoyo incondicional”. Y he aquí que el chico así lo hizo, estuvo seis meses pensando lo que quería hacer, buscando información, hablando con personas que le pudieran orientar, etc… al final decidió meterse en el ejército y resultó que ha sido un militar excepcional que ha ascendido rápidamente y, lo más importante, es feliz.

Así que atención, en primerísimo lugar vuestro hijo debe sentirse querido y apoyado INCONDICIONALMENTE, aunque saque malas notas, tenéis que dejárselo claro. No le echéis en cara sus defectos, él ya los conoce. Hacedle comprender que le queréis y le querréis siempre, con defectos o sin ellos, que haga lo que haga no perderá vuestro amor. Eso, lejos de empujarle al mal camino, le dará fuerza para construir su personalidad, para convertirse en un hombre. Con reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas empecinarse en sus defectos. Vuestro hijo debe conocer que esos fallos suyos os hacen sufrir, pero también debe saber que lo queréis lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario. Y nunca le paséis la factura por ese amor. Lo hacéis porque sois padres, no como gesto de magnanimidad.

Pero, ¿y si la técnica del amor termina fallando?, también puede pasar, la ingratitud es parte de la condición humana, pero al menos habremos cumplido con nuestro deber. En todo caso, es seguro que por el camino de los reproches no llegaremos a buen puerto.

Un Macguffin es una expresión acuñada por Alfred Hitchcock que se refiere a una excusa argumental en un guión cinematográfico que sirve como motivación a los personajes y hace que la trama avance, pero que en realidad carece de relevancia por sí misma. En cierto modo desvía nuestra atención del verdadero meollo de la historia, quita presión, entretiene y además sirve, digamos, de relleno.

Pero ahora hablaré de otro tema. Estamos en el mayor interludio sin fiestas en el calendario local. Atrás quedan los carnavales y la Semana Santa y todavía nos queda trecho hasta la ansiada Romería de San Isidro. Como ayuda para eludir el aburrimiento compartiré con usted, desocupado lector, algunas ofertas de ocio que prometen diversión al máximo dentro de las posibilidades que nos brinda este lugar de La Mancha. Así que ahí van, como el caballo de copas, mis propuestas:

  • Propuesta nº 1. Pararnos frente a los carteles de las funerarias para entablar un encendido debate con otros viandantes sobre la identidad del difunto anunciado. Sobre todo los que no llevan foto y que tienen mayor dificultad de identificación ahora que ya no se pone el domicilio del finado.

 

  • Propuesta nº 2. Coger cita con su médico de cabecera, la excusa debe ser plausible para no llegar a levantar sospechas de hipocondría. No pida la cita a primera hora, cuanto más tarde mejor, pero coja tiempo y persónese en la sala de espera no más tarde de las 8:30 de la mañana. Allí podrá departir amigablemente con sus convecinos y se pondrá al día de la actualidad política, deportiva y social de nuestra localidad.

 

  • Propuesta nº 3. Váyase a andar o a correr por los recorridos de costumbre, así tendrá ocasión de saludar a las personas con las que se vaya cruzando: alzando las cejas, con un “hey”, un “andar con Dios” o el estilo de saludo más adecuado a su estatus y educación. La diferencia entre correr y hacer running la dará el atuendo que usted lleve y los aparatos con que aliñe su indumentaria deportiva (cuentapasos, pulsera de control de las constantes vitales, cámara GoPro, zapatillas con microchips, etc.).

 

  • Propuesta nº 4. Acuda a las sucursales financieras más concurridas en día del cobro de la paga con la excusa de poner al día su cartilla. Allí encontrará interlocutores con los que podrá despacharse a gusto sobre lo mal que está todo, la crisis, la corrupción, etc… No olvide hacer observaciones sobre el clima hablando de las lluvias, el frío y la nieve que había “antiguamente” a pesar de que usted no llegue a la treintena.

 

  • Propuesta nº 5. Si tiene niños en edad escolar, es importante llevarlos siempre al cole en coche, aunque vivamos a una manzana del centro educativo y el ‘niño’ ronde los 16 años. Llegaremos en hora punta, detendremos el vehículo en medio de la calzada interrumpiendo el tráfico, y nos bajaremos a ayudarle a bajar la mochila (no sea que se haga daño), le daremos dos besos y las instrucciones pertinentes. Enseguida se acercará un agente del orden con el que podrá despacharse a gusto expresando su disgusto e indignación por atreverse a llamarle la atención.

 

  • Propuesta nº 6. Visite un taller de confianza, si es invierno colóquese junto a la estufa y permanezca allí durante toda la mañana. Cuando el mecánico se dirija a usted para decirle que qué quiere usted le responderá que atienda a otros clientes que no tiene prisa. Opine sobre todas las averías como si supiera más que el mecánico (esto suele agradarles mucho) y recuerde casos de averías que le hayan ocurrido a usted a lo largo de su vida aunque no vengan mucho al caso.

Espero que estas propuestas le sean útiles y que su existencia se llene de estas emocionantes experiencias que ampliarán sus horizontes vitales.

Y poco más que decir, que nada, pues eso, que un Macguffin.

Hace pocos días visité el cementerio. Al ir mirando las lápidas caía en la cuenta de que conocía prácticamente a todas las personas de las fotografías. Un paisaje humano de un Socuéllamos que ya nunca volverá. Enfrentarme a esta realidad me ha hecho pensar que, vista la brevedad de nuestra vida, nos tendríamos que plantear con mayor seriedad qué es lo que estamos haciendo con ella.

Haciendo un pequeño esfuerzo de la imaginación pongámonos en la tesitura de que acabamos de morir y después de pasar el famoso túnel, nos encontramos con ese ‘ser de luz’ que describen las personas que han tenido una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte). Ese ser nos preguntaría algo así como ¿qué me quieres enseñar de tu vida?…Y ¿cuál sería la respuesta correcta?

Atemoriza pensar que cada uno de los instantes vividos queda en la eternidad sin posibilidad de cambio, realmente nos apetecería borrar algunos y que no los viera nadie. Son los ‘minutos de la basura’ de nuestra trayectoria vital. Por el contrario habrá otros de los que nos podamos sentir orgullosos. La conclusión que saco de todo esto es que cada minuto que vivimos sin amar a los demás, sin pasión por lo que hacemos, sin aprender cosas nuevas, es un minuto perdido. Pero, cuando lleguemos al final, ¿habrá muchos de estos?

A todos nosotros se nos ha puesto a un ser humano bajo nuestra responsabilidad, y ese ser humano es uno mismo. La vida es un gran capital que no debemos malgastar. Así que el mayor pecado que podemos cometer es vivir con indolencia, malgastando el tiempo que nos ha sido dado en pequeñas mezquindades y chorradas.

Debemos vivir de manera que nuestra existencia, cuando llegue a su fin, haya merecido la pena. Y tenemos muchos ejemplos. Recuerdo que un amigo recientemente desaparecido, el gran Perona, me pidió que le escribiera algo en su cuaderno. Le puse que su mayor obra de arte no era ningún cuadro, era su vida.

Me gustaría acabar recordando una de mis películas preferidas, Salvar al soldado Ryande Spielberg. En la misión de buscar y evacuar al soldado Ryan varios soldados pierden la vida junto con el capitán Miller. Éste, antes de morir, le pide a James F. Ryan que se haga digno del sacrificio que se ha hecho por él.

En la escena final han pasado muchos años de aquella batalla, Ryan, ya anciano, visita la tumba del capitán Miller que dio su vida por él y arrodillado frente a ella dice:

-“Todos los días he recordado lo que me dijo en aquel puente. He intentado vivir mi vida con dignidad. Ojalá haya sido suficiente.

Este concepto, utilizado para describir un determinado tipo de lenguaje, ideas políticas o comportamientos, surgió en EEUU para minimizar la posibilidad de ofensa hacia grupos étnicos, culturales o religiosos.

Esto, que en un principio entraba dentro de lo razonable, a base de caer en el exceso, se ha ido convirtiendo en una actitud bastante caricaturesca. Donde más se evidencia es en el lenguaje, con el exagerado abuso de los eufemismos. La clase política es la que más se caracteriza por utilizar este tipo de jerga, especialmente los autodenominados progresistas, así como los medios de comunicación que se suman sin ningún pudor a esta nueva moda.

La consecuencia es que términos o apelativos que servían para designar personas y objetos sin ninguna connotación peyorativa hoy se han convertido en insultos malsonantes. Para evitar pronunciar estas palabras se buscan eufemismos, sinónimos descafeinados o se ha inventado sin más una nueva palabra. Así nos encontraremos hablando de subsaharianos por negros, de discapacitados por paralíticos, de sufrir sobrepeso por estar gordo, de intoxicado etílico por borracho, de persona mayor por viejo, de enfermo mental por loco, de cese temporal de la convivencia por separación, de desfavorecidos por pobres, etc… la lista sería interminable. Más risible si cabe resulta la referencia a los dos sexos por separado. El caso más llamativo era Ibarretxe con los vascos y las vascas…

Pero cachondeo aparte, donde realmente quiero centrar mi atención es en señalar cuál es el origen de este fenómeno. Para mí hay un interés claro por parte de determinados grupos de poder en implantar una neolengua que es utilizada como instrumento para cambiar la sociedad. Estaríamos hablando por tanto de ingeniería social, es decir, que se pretenden modificar comportamientos y opiniones para adecuarlos a los intereses que se deseen, algunos más legítimos que otros. Hay determinados pensadores que defienden que el lenguaje ‘crea’ la realidad y que, a fuerza de decir las cosas de una determinada manera, la realidad se acercará cada vez más a esa idea expresada. Esto no es otra cosa que una forma rebuscada de expresar el famoso eslogan de Goebbels: “una mentira mil veces repetida se convierte en verdad”.

Un ejemplo donde se percibe totalmente esta intencionalidad es denominar al aborto provocado como interrupción voluntaria del embarazo, que vendría a ser como si dijéramos que un hombre que asesina a otro  está sometiendo a su víctima a una interrupción voluntaria de la vida. Otro ejemplo sería cuando se habla de daños colaterales para no decir muerte de mujeres y niños. Como podéis ver, este fenómeno, aunque no lo aparenta, no es en absoluto inocente.

El lenguaje tiene mayor importancia de la que pensamos, es la horma del pensamiento, el anuncio de la conducta, es el software de nuestra CPU cerebral. Una utilización honesta del lenguaje nos llevará más fácilmente hacia la verdad, llamémosles a las cosas por su nombre, nuestra lengua es muy rica en términos que nos permiten una gran precisión.

Para terminar mi reflexión comparto con vosotros esta cita, creo que bien traída, de nuestro mayor genio literario D. Miguel de Cervantes: “…un porquero, que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón así se llaman).

Por si no lo sabían, Ohio (pronúnciese ‘Ojallo’) es un estado de los EEUU y tiene la particularidad de que, a lo largo de la historia norteamericana, ningún presidente ha llegado a serlo sin ganar allí las elecciones. Es decir, que Ohio vendría a ser una especie de resumen, un ‘mini-yo’ de los EEUU a nivel de intención de voto. Bien, pues haciendo un paralelismo, mi tesis de hoy sería que Socuéllamos es una especie de Ohio ibérico, no de una manera electoral sino de otra más puramente sociológica. Y voy a intentar explicarlo:

Fundamentalmente, el paralelismo Socuéllamos-España yo lo encuentro en el cainismo, esa conducta típica de algunas especies de animales que consiste en la aniquilación del hermano. Un pecado en el que hemos caído los españoles frecuentemente a lo largo de nuestra historia. Algunos estudiosos piensan que esto es debido a nuestra orografía llena de cadenas montañosas que separan nuestras regiones, hecho que ha impedido que nazca una verdadera unidad nacional. La guerra civil fue el último gran episodio de este fenómeno.

Este cainismo en Socuéllamos está a la orden del día. Hemos construido una realidad sociológica maniquea sobre la que definimos nuestra identidad, adscribiéndonos a algún partido, facción o camarilla. Y esto se da a muchos niveles: política, equipos deportivos, medios de comunicación, asociaciones, música, cofradías, comparsas de carnaval, etc… la lista sería muy larga. Lo peor de todo es que, hasta personas que intentan evitar verse involucradas en estos enfrentamientos, acaban implicadas porque la ley que impera es la de ‘si no estás conmigo estás contra mí’. Montescos y Capuletos de andar por casa que provocarían risa sino fuera porque hay personas que sufren verdaderamente por esta causa.

Esto me entristece mucho porque empobrece enormemente nuestra convivencia. Parece que a muchas personas les sobra una parte de la sociedad socuellamina y aspiran a la aniquilación si no física, moral, de esos supuestos adversarios. El arma más utilizada para conseguir esa aniquilación es el boca a boca. ¡Madre mía, si fuéramos conscientes del daño que hacemos cuando difundimos rumores sin saber a ciencia cierta su veracidad! Creamos una ‘leyenda negra’ de aquella persona o grupo al que queremos denigrar, mezclamos mentiras con verdades para dar una pátina de verosimilitud. Y si no mentimos, contamos la historia parcialmente, exagerando o tapando partes de manera interesada. El resultado es que ensuciamos la imagen de nuestra víctima, porque tristemente el refrán ‘calumnia que algo queda’ tiene mucho de verdad. Y es muy difícil que se vuelva a mirar a esa persona o grupo de la misma manera.

Por eso hoy quiero aprovechar esta columna para denunciar este vicio local, para que reaccionemos y nos demos cuenta de que en Socuéllamos no sobra nadie. Todas las personas que aquí vivimos en menor o mayor medida somos ladrillos que construyen este edificio común que es nuestro pueblo. Para conseguir esto creo que tenemos que hacer un pequeño examen de conciencia, la mejor receta es un poco de humildad y valentía para reconocer las bondades de los demás. Ser generosos y abandonar la mezquindad. El que no es capaz de valorar las virtudes ajenas es porque tiene problemas con la autoestima y seguramente un complejo de inferioridad.

Y nada más, espero que seamos el Ohio español por otras causas y no por esta tan negativa. Además en Socuéllamos, desde que quitaron la vía del tren, no tenemos barreras físicas que justifiquen las divisiones.

«Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices.»

Julián Marías

Esta cita, que no recuerdo donde leí, es la excusa para mi reflexión de hoy porque me parece que expresa con mucho acierto uno de los síntomas más llamativos de esta sociedad posmoderna, víctima del pensamiento débil: el miedo a lo irrevocable.Una alergia a tomar decisiones radicales que convierten todo en provisional y que nos lleva a no acabar apostando por nada, y si lo hacemos, rodeado de reservas, peros y claúsulas. Así que aunque a veces nos comprometemos no lo hacemos del todo, siempre dejamos una salida, un “por si acaso”, un “ya veremos” y nuestras decisiones nacen debilitadas desde un primer momento.

Ocurre en todos los ámbitos, uno de los más evidentes es el matrimonial donde se ha establecido una mentalidad de provisionalidad, y así tenemos por ejemplo, que con la excusa de un supuesto realismo, se ha institucionalizado la convivencia previa al compromiso. Si no le gusta el producto le devolvemos su dinero. También preparamos la boda y a la vez la separación, partiendo los bienes que pertenecen a cada uno. Lo que antes era mi mujer/marido es hoy mi “pareja sentimental actual”. Pero, ¿ese amor con reservas es verdadero amor? Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿no es ya un fracaso lanzarse a una vida en común lastrado por una atadura de condicionamientos? Un amor “a ver cómo funciona” es un mutuo engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede morir; pero un amor con condiciones nace muerto.

En el fútbol se sabe que los equipos que salen a especular suelen acabar perdiendo ¿Hubiera descubierto Colón América con esa mentalidad? Evidentemente no, habría navegado sin arriesgar las provisiones para la vuelta y no hubiera llegado nunca al Caribe. Hernán Cortés, al desembarcar en la costa de México para disponerse a la conquista, destruyó los barcos para que sus hombres supieran que no había un plan “b”, que no había escapatoria, solo la victoria o la muerte. Las grandes cosas siempre han nacido de una apuesta total, de un salto al vacío desde un convencimiento pleno y nunca de un nadar y guardar la ropa.

¿De dónde viene esta obsesión por blindarnos de seguridades y salidas falsas para eludir el fracaso? No lo podría decir pero lo que tengo claro es  que, a fuerza de ponernos tiritas antes de hacernos la herida, de saltar con red, de ponernos paracaídas, nuestra vida está perdiendo su grandeza, su significado, su sabor y se está pareciendo cada vez más al desgraciado café que me sirvieron el otro día, que consistía en un vaso de papel con leche desnatada sin lactosa, café descafeinado y sacarina.

No hablaré de zoología, pero sí de un mamífero bípedo. El objeto de esta columna es el llamado ‘invierno demográfico’, en el caso de España con unas dimensiones de verdadera glaciación. Se trata de un debate pendiente que vamos posponiendo despistados por temas de actualidad: las próximas elecciones, corrupciones, atentados, etc. Ya se sabe, lo urgente no me deja ocuparme de lo importante.

Y no estamos hablando de percepciones subjetivas, son puras matemáticas. Al ritmo que llevamos, con un índice de fecundidad de 1,32 (el número medio de hijos por mujer), los españoles vamos camino de desaparecer de aquí a no mucho tiempo. Si contamos que una generación abarca más o menos un lapso de 25 años, hagamos cuentas… Redondeando hoy vivimos en España unos 46 millones y medio de personas, de los cuales aproximadamente un 10% son extranjeros, con lo cual españoles somos unos 41.850.000. Aplicando una sencilla regla de tres resulta que para 2040 quedaremos unos 27.700.000, en 2065 unos 18.200.000… y así sucesivamente (12 millones en 2090, 8 millones en 2115, 5 millones en 2140, 3,5 en 2165, etc…). Como agravante, esta población menguante va a estar cada vez más envejecida porque la pirámide se invierte, así que llegará un momento en que será difícil que los más mayores cobren una paga por jubilación.

Lógicamente, esos huecos se van llenando por gentes con menos miedo a perder las comodidades, con más valentía para traer nuevos hijos al mundo, personas de otros lugares que traen consigo su cultura y sus costumbres, como es natural. Mientras tanto, el típico español está rodeado de anticonceptivos, abortos, divorcio… inmerso en un ‘ecosistema’ sociológico poco propicio para las familias, esa institución (o si quieren, constructo social), en la que por lo visto han venido naciendo los niños en los últimos siglos.

Y (generalizando, perdonadme) los pocos hijos que vienen: mimados y malcriados, cuya adolescencia se está prolongando prácticamente hasta la treintena e incluso más, de manera que para cuando quieren sentar la cabeza casi se les ‘ha pasado el arroz’.

Pensemos también que cuando un grupo humano desaparece, desaparece con él una cultura. Por lo tanto al mismo ritmo de disminución de individuos se irán perdiendo saberes, costumbres, fiestas, tradiciones…, una forma de entender la vida.

¿Hay tiempo para reaccionar? Sí, si nos lo tomamos en serio. En los países nórdicos están tomando medidas muy importantes para apoyar la natalidad. En Japón ya se han dado cuenta de que su crisis económica está relacionada con la baja fecundidad (allí ya se venden más pañales para adultos que para bebés) y en China han abandonado la política del hijo único porque lo están viendo venir. Espero que no nos pase como a la rana en la cazuela, que cuando quiere reaccionar ya está cocida.

Así que, junto al lince ibérico en peligro de extinción, coloquemos al homínido español, como diría Rodríguez de la Fuente: esos animalejos bajitos, morenos, con mala leche, fiesteros y amantes de la siesta. Quizá quedemos algunos disecados para que nos puedan admirar en los museos de Ciencias Naturales, como el bosquímano de Bañolas o el Dodó, con un cartelito que ponga ‘Homo Íbero o Hispanis’.

Ya lo dijo Dios: “Creced y multiplicaos”.

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