«Siempre he creído que la vida no vale la pena más que cuando se la pone a una carta, sin restricciones, sin reservas; son innumerables las personas, muy especialmente en nuestro tiempo, que no lo hacen por miedo a la vida, que no se atreven a ser felices porque temen a lo irrevocable, porque saben que si lo hacen, se exponen a la vez a ser infelices.»

Julián Marías

Esta cita, que no recuerdo donde leí, es la excusa para mi reflexión de hoy porque me parece que expresa con mucho acierto uno de los síntomas más llamativos de esta sociedad posmoderna, víctima del pensamiento débil: el miedo a lo irrevocable.Una alergia a tomar decisiones radicales que convierten todo en provisional y que nos lleva a no acabar apostando por nada, y si lo hacemos, rodeado de reservas, peros y claúsulas. Así que aunque a veces nos comprometemos no lo hacemos del todo, siempre dejamos una salida, un “por si acaso”, un “ya veremos” y nuestras decisiones nacen debilitadas desde un primer momento.

Ocurre en todos los ámbitos, uno de los más evidentes es el matrimonial donde se ha establecido una mentalidad de provisionalidad, y así tenemos por ejemplo, que con la excusa de un supuesto realismo, se ha institucionalizado la convivencia previa al compromiso. Si no le gusta el producto le devolvemos su dinero. También preparamos la boda y a la vez la separación, partiendo los bienes que pertenecen a cada uno. Lo que antes era mi mujer/marido es hoy mi “pareja sentimental actual”. Pero, ¿ese amor con reservas es verdadero amor? Uno puede fracasar y equivocarse, es cierto, pero ¿no es ya un fracaso lanzarse a una vida en común lastrado por una atadura de condicionamientos? Un amor “a ver cómo funciona” es un mutuo engaño entre dos. Un amor sin condiciones puede morir; pero un amor con condiciones nace muerto.

En el fútbol se sabe que los equipos que salen a especular suelen acabar perdiendo ¿Hubiera descubierto Colón América con esa mentalidad? Evidentemente no, habría navegado sin arriesgar las provisiones para la vuelta y no hubiera llegado nunca al Caribe. Hernán Cortés, al desembarcar en la costa de México para disponerse a la conquista, destruyó los barcos para que sus hombres supieran que no había un plan “b”, que no había escapatoria, solo la victoria o la muerte. Las grandes cosas siempre han nacido de una apuesta total, de un salto al vacío desde un convencimiento pleno y nunca de un nadar y guardar la ropa.

¿De dónde viene esta obsesión por blindarnos de seguridades y salidas falsas para eludir el fracaso? No lo podría decir pero lo que tengo claro es  que, a fuerza de ponernos tiritas antes de hacernos la herida, de saltar con red, de ponernos paracaídas, nuestra vida está perdiendo su grandeza, su significado, su sabor y se está pareciendo cada vez más al desgraciado café que me sirvieron el otro día, que consistía en un vaso de papel con leche desnatada sin lactosa, café descafeinado y sacarina.

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