No hablaré de zoología, pero sí de un mamífero bípedo. El objeto de esta columna es el llamado ‘invierno demográfico’, en el caso de España con unas dimensiones de verdadera glaciación. Se trata de un debate pendiente que vamos posponiendo despistados por temas de actualidad: las próximas elecciones, corrupciones, atentados, etc. Ya se sabe, lo urgente no me deja ocuparme de lo importante.

Y no estamos hablando de percepciones subjetivas, son puras matemáticas. Al ritmo que llevamos, con un índice de fecundidad de 1,32 (el número medio de hijos por mujer), los españoles vamos camino de desaparecer de aquí a no mucho tiempo. Si contamos que una generación abarca más o menos un lapso de 25 años, hagamos cuentas… Redondeando hoy vivimos en España unos 46 millones y medio de personas, de los cuales aproximadamente un 10% son extranjeros, con lo cual españoles somos unos 41.850.000. Aplicando una sencilla regla de tres resulta que para 2040 quedaremos unos 27.700.000, en 2065 unos 18.200.000… y así sucesivamente (12 millones en 2090, 8 millones en 2115, 5 millones en 2140, 3,5 en 2165, etc…). Como agravante, esta población menguante va a estar cada vez más envejecida porque la pirámide se invierte, así que llegará un momento en que será difícil que los más mayores cobren una paga por jubilación.

Lógicamente, esos huecos se van llenando por gentes con menos miedo a perder las comodidades, con más valentía para traer nuevos hijos al mundo, personas de otros lugares que traen consigo su cultura y sus costumbres, como es natural. Mientras tanto, el típico español está rodeado de anticonceptivos, abortos, divorcio… inmerso en un ‘ecosistema’ sociológico poco propicio para las familias, esa institución (o si quieren, constructo social), en la que por lo visto han venido naciendo los niños en los últimos siglos.

Y (generalizando, perdonadme) los pocos hijos que vienen: mimados y malcriados, cuya adolescencia se está prolongando prácticamente hasta la treintena e incluso más, de manera que para cuando quieren sentar la cabeza casi se les ‘ha pasado el arroz’.

Pensemos también que cuando un grupo humano desaparece, desaparece con él una cultura. Por lo tanto al mismo ritmo de disminución de individuos se irán perdiendo saberes, costumbres, fiestas, tradiciones…, una forma de entender la vida.

¿Hay tiempo para reaccionar? Sí, si nos lo tomamos en serio. En los países nórdicos están tomando medidas muy importantes para apoyar la natalidad. En Japón ya se han dado cuenta de que su crisis económica está relacionada con la baja fecundidad (allí ya se venden más pañales para adultos que para bebés) y en China han abandonado la política del hijo único porque lo están viendo venir. Espero que no nos pase como a la rana en la cazuela, que cuando quiere reaccionar ya está cocida.

Así que, junto al lince ibérico en peligro de extinción, coloquemos al homínido español, como diría Rodríguez de la Fuente: esos animalejos bajitos, morenos, con mala leche, fiesteros y amantes de la siesta. Quizá quedemos algunos disecados para que nos puedan admirar en los museos de Ciencias Naturales, como el bosquímano de Bañolas o el Dodó, con un cartelito que ponga ‘Homo Íbero o Hispanis’.

Ya lo dijo Dios: “Creced y multiplicaos”.

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