Este concepto, utilizado para describir un determinado tipo de lenguaje, ideas políticas o comportamientos, surgió en EEUU para minimizar la posibilidad de ofensa hacia grupos étnicos, culturales o religiosos.

Esto, que en un principio entraba dentro de lo razonable, a base de caer en el exceso, se ha ido convirtiendo en una actitud bastante caricaturesca. Donde más se evidencia es en el lenguaje, con el exagerado abuso de los eufemismos. La clase política es la que más se caracteriza por utilizar este tipo de jerga, especialmente los autodenominados progresistas, así como los medios de comunicación que se suman sin ningún pudor a esta nueva moda.

La consecuencia es que términos o apelativos que servían para designar personas y objetos sin ninguna connotación peyorativa hoy se han convertido en insultos malsonantes. Para evitar pronunciar estas palabras se buscan eufemismos, sinónimos descafeinados o se ha inventado sin más una nueva palabra. Así nos encontraremos hablando de subsaharianos por negros, de discapacitados por paralíticos, de sufrir sobrepeso por estar gordo, de intoxicado etílico por borracho, de persona mayor por viejo, de enfermo mental por loco, de cese temporal de la convivencia por separación, de desfavorecidos por pobres, etc… la lista sería interminable. Más risible si cabe resulta la referencia a los dos sexos por separado. El caso más llamativo era Ibarretxe con los vascos y las vascas…

Pero cachondeo aparte, donde realmente quiero centrar mi atención es en señalar cuál es el origen de este fenómeno. Para mí hay un interés claro por parte de determinados grupos de poder en implantar una neolengua que es utilizada como instrumento para cambiar la sociedad. Estaríamos hablando por tanto de ingeniería social, es decir, que se pretenden modificar comportamientos y opiniones para adecuarlos a los intereses que se deseen, algunos más legítimos que otros. Hay determinados pensadores que defienden que el lenguaje ‘crea’ la realidad y que, a fuerza de decir las cosas de una determinada manera, la realidad se acercará cada vez más a esa idea expresada. Esto no es otra cosa que una forma rebuscada de expresar el famoso eslogan de Goebbels: “una mentira mil veces repetida se convierte en verdad”.

Un ejemplo donde se percibe totalmente esta intencionalidad es denominar al aborto provocado como interrupción voluntaria del embarazo, que vendría a ser como si dijéramos que un hombre que asesina a otro  está sometiendo a su víctima a una interrupción voluntaria de la vida. Otro ejemplo sería cuando se habla de daños colaterales para no decir muerte de mujeres y niños. Como podéis ver, este fenómeno, aunque no lo aparenta, no es en absoluto inocente.

El lenguaje tiene mayor importancia de la que pensamos, es la horma del pensamiento, el anuncio de la conducta, es el software de nuestra CPU cerebral. Una utilización honesta del lenguaje nos llevará más fácilmente hacia la verdad, llamémosles a las cosas por su nombre, nuestra lengua es muy rica en términos que nos permiten una gran precisión.

Para terminar mi reflexión comparto con vosotros esta cita, creo que bien traída, de nuestro mayor genio literario D. Miguel de Cervantes: “…un porquero, que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón así se llaman).

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