JULIAN SIMON ECONOMISTA OPTIMISTA

Julian Simon Economista Optimista

Y héte aquí que encuentro casualmente en el blog de Fdez. Barbadillo  a un señor que respalda científicamente lo que yo vengo opinando… que el peligro no viene por el cambio climático, ni la explosión demográfica si no más bien de la falta de libertad para el desarrollo humano. Os paso un pequeño resumen sobre este interesantísimo personaje que abre una ventana para que entre aire fresco en este enrarecido ambiente ecoapocalíptico que nos rodea.

Un homenaje a Julian Simon

por Stephen Moore

Stephen Moore es presidente del Free Enterprise Fund y es Académico Titular de Cato Institute.

A inicios de este año, un grupo de geólogos publicó una teoría asombrosa: el calor del núcleo de La Tierra está constantemente reponiendo los depósitos subterráneos de carbón, gas natural, y petróleo. Aunque lejos de ser probada, la teoría sugiere que lo que conocemos como combustibles “fósiles” podrían de hecho ser renovables y, para todos los propósitos básicos, ilimitados. La implicación: energía barata y fácilmente accesible por siglos y siglos de humanidad.

En algún lugar del cielo, Julian Simon está sonriendo.

Economista, autor, inventor, y amigo de contradecir, Simon—quien muriera antes de tiempo en 1998—fue lo más cercano que hemos estado de alcanzar un recurso humano irremplazable. Uno de esos raros pioneros que Dios pone en nuestro camino, sus ideas estuvieron muy adelantadas a su tiempo como para ganar el galardón de todo icono: ser desestimado durante la mayor parte de su carrera como alguien oscuro y hasta peligroso. Eso sucede a lo largo de la historia: Galileo fue calificado de loco por proclamar que La Tierra era redonda y giraba alrededor del Sol. Julian Simon, en una era de supuestos límites, nos enseñó que La Tierra y su cargamento humano son esencialmente infinitos. “Los recursos son creados por el intelecto del hombre”, predicó Simon, “y éste es ilimitado en su capacidad”.

Los maltusianos ligaron el crecimiento de la población humana a, como al misántropo multimillonario Ted Turner le gusta ponerlo, “una plaga de langostas”. Simon vio algo totalmente diferente. “Los seres humanos”, escribió, “no son únicamente bocas que alimentar, sino también mentes productivas e inventivas que ayudan a encontrar soluciones creativas a los problemas del hombre, dejándonos en el largo plazo mejor que antes”.

En medio de la confusión económica y ecológica de finales de los sesenta y las filas para conseguir gasolina, los embargos petroleros árabes, las masas de personas hambrientas en África y Asia, los accidentes nucleares y la creciente inflación mundial de los setenta, Julian Simon fue una voz solitaria y mesurada que nos aseguró que la vida en el planeta estaba mejorando, y no poniéndose peor. Cuando los expertos dijeron que se nos estaba acabando el petróleo y que los precios llegarían a los $100 por barril para el final del siglo XX, él nos aseguró calmadamente: no, los precios del petróleo caerán. (Hoy, tomando en cuenta la inflación, el crudo cuesta un tercio de lo que costaba en los setenta). Cuando la sabiduría popular dijo que estábamos perdiendo la capacidad de alimentarnos a sí mismos, Simon predijo correctamente que los suministros de comida, impulsados por la Revolución Verde en la agricultura, iban a superar el ritmo del creciente número de bocas humanas por alimentar. Cuando los amigos de cerrar las fronteras dijeron que los inmigrantes estaban robando trabajos estadounidenses y abusando del sistema de bienestar, Simon respondió con papeles que mostraban que los inmigrantes eran un factor clave en mantener a Estados Unidos como un gran país.

Los ambientalistas apocalípticos furiosamente denunciaron a Simon como un maniático. Paul Ehrlich, el biólogo de Stanford—cuyo libro The Population Bomb (La Bomba Poblacional) bien podría establecer el récord de todos los tiempos de profecías equivocadas—una vez bromeó diciendo que Simon probó que “lo único que no se está acabando en La Tierra son los idiotas”. Al momento de la muerte de Simon debido a un ataque al corazón a los 65 años de edad, los académicos y conocedores solo podían observar el estado de los asuntos humanos y conceder rencorosamente que fue el “cazador de pesimistas”—como lo apodara la revista Wired—el que estuvo todo el tiempo en lo correcto, y los apocalípticos como Ehrlich quienes eran los estafadores. “Cada tendencia de bienestar humano—expectativa de vida, mortalidad infantil, ingreso per cápita en la India, el número de carros por persona en China, la disponibilidad y calidad de agua y vivienda, el monto de tiempo ocioso que disfrutamos—está mejorando, no empeorando”, escribió poco antes de su muerte en una versión actualizada de su libro más famoso, The Ultimate Resource (El Recurso Fundamental).

En persona Julian Simon lo podía derribar a uno con su entusiasmo contagiante. En reuniones profesionales y cenas formales, era famoso por sus corbatas fluorescentes. “Existe suficiente aburrimiento en el mundo”, era su explicación. El resto del planeta estaba viviendo en blanco y negro; Julian Simon vivía en Technicolor.

Cuando lo conocí por primera vez en mis años en la Universidad de Illinois en 1980, las ideas de Simon eran tan sorprendentes que rayaban en la locura. Yo entonces sabía lo que todo el mundo sabía: que el mundo se estaba dirigiendo a una catástrofe ecológica, probablemente de proporciones bíblicas. Invierno nuclear, agotamiento del ozono, aire envenenado, lluvia ácida, extinción de especies, la muerte de los bosques y océanos, calentamiento globa—lla única pregunta es cuál iba a matarnos primero. Los apocalípticos del Club de Roma recién habían publicado su primer quejido, Los Límites al Crecimiento, el cual reporta que a La Tierra se le estaba acabando prácticamente todo lo necesario para mantener una vida sostenible. Paul Ehrlich había aparecido en el Tonight Show de Johnny Carson una docena de veces llenándole la cabeza a los estadounidenses con predicciones de inminentes hambrunas mundiales y pronósticos tenebrosos (por ejemplo: “Si fuera un jugador, apostaría a que Inglaterra no existirá en el año 2000″). Mientras tanto, la evaluación sobre el futuro de La Tierra de la administración Carter, Global 2000, ganaba titulares con sus predicciones de que “para el año 2000 el mundo estará más aglomerado, más contaminado, y menos estable ecológicamente”. El maltusianismo era ahora la posición oficial del gobierno de Estados Unidos.

En medio de esto vino un eufórico, infatigable y calvo profesor de economía del Medio Oeste diciéndonos que todo estaba equivocado—que de hecho La Tierra no era plana. Era Julian Simon contra una red bien financiada y altamente respetada de cientos de apocalípticos profesionales, todos insistiendo en lo obvio—que todos nos estábamos yendo al infierno. Como resultó, ellos fueron derrotados.

Lo que otro montón de gente curiosa y de mentalidad abierta descubrió, escuchando a Simon y leyendo sus prodigiosos trabajos, era que los hechos que él ordenaba eran abrumadores. En Jerry McGuire, la expresión de Tom Cruise era “¡Muéstrame el dinero!” Julian tenía una variante profesional: “¡Muéstrame los datos!”

Su especialidad era examinar las tendencias no sobre cinco o diez o veinte años, sino sobre períodos muy largos—hasta que la información utilizable estuviera a disposición. Su metodología era simple: el mejor—de hecho el único—pronosticador del futuro es el pasado. Uno de sus eslóganes favoritos lo sacó de Winston Churchill: “Entre más atrás se mire, más adelante se puede ver”. Lo cual explica cómo Julian Simon discernió tendencias que el resto de nosotros no pudimos ver.

La “crisis” energética de mediados de los setenta fue un clásico ejemplo de análisis de corto plazo. Los pesimistas miraron al período de 1972-1980—cuando los precios del petróleo explotaron de $3 a $30 por barril—y anunciaron que los precios aumentarían para siempre. Simon dijo: Pamplinas. Él miró a los precios de la energía sobre un período de 200 años—y como era de esperarse, con saltos ocasionales, éstos habían disminuido constantemente durante ese período. (Solo imagínese lo que pudo haber costado iluminar la casa de uno con aceite de ballena). Los setenta fueron una aberración histórica, ocasionada por las guerras en el Medio Oriente. Y por supuesto, una vez que la crisis política acabó, los precios del petróleo retomaron su histórica tendencia a la baja.

Simon se deleitaba indicando contradicciones inherentes entre la teoría apocalíptica y la evidencia del mundo real. “¿Existe un monto finito de petróleo?” preguntaba. Las audiencias asentían al unísono con sus cabezas. Bueno entonces, respondía, si los suministros de petróleo son finitos y los estamos usando a un ritmo acelerado, ¿por qué continúa cayendo el precio del crudo? La economía 101 dice que la escasez causa que los precios aumenten, ¡y ahí estábamos viendo a las gráficas de Julian que mostraban que el precio de la energía ha caído durante 200 años! Silencio atónito.

La respuesta, como la explicaba pacientemente Simon, es que la gente está siempre inventando nuevas fuentes de energía barata, desarrollando sustitutos (¿alguien usa todavía aceite de ballena?), y descubriendo nuevas reservas—el fondo del Mar del Norte, el esquisto de Wyoming, y quién sabe qué sigue. De hecho, hoy en día las reservas probadas de petróleo—ni qué decir de aquellas fuentes de energía que no podemos imaginar—son mucho mayores de lo que eran en los ochenta (lo cual incidentalmente dice mucho del por qué los precios del petróleo han permanecido bajos).

Aunque publicó una docena de libros y más de 200 artículos académicos, Simon es mejor recordado por su extraordinaria lucha intelectual con Paul Ehrlich, el siempre equivocado biólogo de Stanford. El venerado padrino de los neo-maltusianos en el Estados Unidos del siglo XX, Ehrlich una vez se quejó de que intentar explicarle límites biológicos a Simon “sería como tratar de explicarle distribución de gas a un arándano”. Quizás debió haber intentado. En 1980, Simon le ofreció a Ehrlich una apuesta de $1.000: que cinco mercancías—de escogencia de Ehrlich—serían más escasas y por lo tanto más caras en un período de diez años. Ehrlich tontamente aceptó, especificando al cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno. No hay que hacer mucho esfuerzo para saber quién ganó. (El precio de las cinco mercancías disminuyó un promedio del 40%). La historia fue publicada en la primera plana de la New York Times Magazine, y por primera vez en su vida Simon fue tomado en serio. Otra apuesta de $100.000 de que cualquier medida significativa de la vida en el planeta mejoraría y no empeoraría sobre un período de 10 años—hecha en su libro The State of Humanity (El Estado de la Humanidad) de 1996—nunca obtuvo alguien que la aceptara.

La contribución más importante de Simon puede ser la de desinflar el coco de la “sobrepoblación”. Frecuentemente se le preguntaba: De seguro que tenemos que estar preocupados por que la población del mundo se triplicara durante el siglo XX, de 2.000 millones a 6.000 millones. ¿No sugiere esto que el hombre está copulando descontroladamente, como las famosas ratas noruegas de John B. Calhoun que se multiplicaban en su encierro hasta que morían por falta de alimento? No, contestaba Simon, porque la humanidad no se propaga como ratas de campo. Somos la única especie facultada con la razón. Y con sus datos escrupulosos Simon continuaba al mostrar que conforme la gente se hace más rica tienen menos niños. Hace 20 años, los pesimistas pronosticaban un planeta Tierra agolpado. Hoy, todos los demógrafos serios predicen que la población global se estabilizará al final de este siglo. En Europa Occidental ya está sucediendo; la población nativa de Japón ha estado disminuyendo desde 1998.

Cuando conocí por primera vez a Julian Simon le pregunté sobre un reporte de las Naciones Unidas que pronosticaba una Tierra de 10.000 millones de personas. “Sí, es fantástico, ¿no?” “¿Qué?” le respondí. “Es una excelente noticia que el mundo pueda sostener a 10.000 millones de personas, quienes serán más sanas y prósperas de lo que somos hoy en día”, me señaló. En otra ocasión poco antes de su muerte, le mostré un reporte sobre la creciente obesidad en el Tercer Mundo. “Increíble”, exclamó, “durante 100.000 años los seres humanos han dedicado casi todo su tiempo a consumir suficientes calorías. Ahora la humanidad está tratando de consumir menos”.

Esa era Julian—la sabiduría convencional nunca tuvo un peor enemigo. Él disfrutaba doblar las mentes de los estudiantes preguntándoles, “¿Por qué es que cada vez que nace un ternero el PIB per cápita de la nación aumenta, y cada vez que nace un bebé el PIB per cápita cae?” Buena pregunta—o quizás necesitemos una medida más sofisticada.

Una de las armas secretas de Simon era su antecedente profesional como estadígrafo. Él examinó años de promedios de bateo en béisbol y llegó a la sorprendente conclusión de que no existen las rachas de bateo. Si un bateador con un promedio de .300 tuvo cuatro hits al bate, su posibilidad estadística de tener un hit en su próxima oportunidad al bate sigue siendo de 3 en 10. Nunca estuve totalmente convencido, pero como siempre él tenía los datos. Yo todo lo que tenía era la superstición.

Pero en ningún otro tema era Julian Simon un destructor de mitos tan prominente como en el de la inmigración. Durante décadas las encuestas han mostrado que la mayoría de nosotros creemos que los inmigrantes le quitan el trabajo a los estadounidenses, disminuyen los salarios, abusan de los servicios públicos, y lastiman nuestra economía. En su galardonado libro de 1990, The Economic Consequences of Immigration (Las Consecuencias Económicas de la Inmigración), Simon demostró que cada una de estas creencias es totalmente contradicha por los hechos. “Los inmigrantes no solo no quitan puestos de trabajo, sino que los crean a través de sus compras y a través de su propensión a empezar nuevos negocios”. Spencer Abraham, actual secretario de Energía de Estados Unidos, entonces presidente del Comité sobre Inmigración del Senado, le da crédito al trabajo de Simon por ayudar “a mantener abiertas las puertas de Estados Unidos a los inmigrantes”.

Otras dos personalidades prominentes convertidas por Simon fueron Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II. En 1984, con las protestas del lobby que favorecía el control de la población mundial, la administración Reagan adoptó la línea de Simon: que la gente es creadora de recursos, no destructora de éstos, y que “el capitalismo es el mejor anticonceptivo”. Gracias en parte a Julian Simon, Estados Unidos dejó de financiar programas coercitivos de control poblacional alrededor del mundo, entre ellos la política genocida de China de un hijo por pareja. Luego fue invitado al Vaticano a explicar sus teorías. “No son muchos los muchachos judíos de Nueva Jersey que son invitados a tener una audiencia con el Papa”, me dijo con regocijo. Una encíclica posterior del Papa Juan Pablo II tuvo claramente su influencia, ya que urgía a los gobiernos a tratar a la gente “como activos productivos”.

Hoy es más duro—aunque difícilmente imposible con grupos como Greenpeace, Planned Parenthood y otras organizaciones ambientalistas—el mirar racionalmente a la evidencia y creer que se nos está acabando la comida o la energía. Pero aquellos que no conocieron a Julian o a sus escritos en los setenta y comienzos de los ochenta no pueden apreciar en su totalidad la manera salvaje en que fue atacado, tanto por la izquierda como por la derecha.

De hecho la batalla ha continuado sobre su tumba. A finales de los noventa, Bjorn Lomborg, un joven profesor de estadística danés y activista de Greenpeace, leyó el perfil de “Cazador de Pesimistas” de Simon publicado en la revista Wired mientras esperaba por un avión en el aeropuerto de Los Ángeles. Indignado por lo que leyó, Lomborg se embarcó a refutar las extrañas teorías de Simon. A cambio, para su asombro, la información más bien se quedaba corta en mostrar el verdadero caso a favor de un mundo optimista. El inteligente y popular libro de Lomborg, The Skeptical Environmentalist (El Ambientalista Escéptico), todo un compendio de datos, se ganó la cólera instantánea del movimiento Verde mundial por desafiar el culto del Apocalipsis. Pero los ataques que ha recibido de la vieja guardia decadente no son nada comparados con lo que Simon absorbió hace dos décadas. Lomborg tuvo el lujo de pararse sobre los hombros de un gigante—una deuda de gratitud que todos tenemos hacia Julian Simon.

Los ataques contra Simon eran prueba del poder de sus ideas. Por más que han intentado, sus críticos nunca han podido desacreditar sus datos, mucho menos sus teorías. Estando ya en el siglo XXI, casi todos los indicadores de bienestar humano—desde mortalidad infantil hasta acceso a Internet—continúan su ascenso.

A Julian no le parecía que lo describieran como un optimista. “Yo no soy un optimista; soy un realista”, insistía.

Cuando Paul Ehrlich ganó un premio MacArthur de “genio”, John Tierney del New York Times le preguntó a Julian si él creia que algún día podría ganar un premio. Simon respondió: “Lo único que voy a ganar es un McDonald’s”. Ese es el destino de los verdaderos profetas.

Julian Simon creía que el progreso humano dependía en las mentes creativas e ingeniosas, pero también en las instituciones libres, “Las grandes poblaciones son solo un problema cuando están atadas a gobiernos tiránicos”, escribía. De hecho, muchos de sus críticos más ardientes eran activistas gubernamentales quienes insistían que la única solución concebible para el inminente Apocalipsis ecológico era edictos gubernamentales cada vez más severos: políticas coercitivas para la estabilización de la población, racionamiento del gas, controles a los salarios y a los precios, reciclamiento obligatorio, etc. Hubo pocos estadounidenses que ganaron tantas batallas por la libertad como Julian Simon.

Poco antes de su muerte, Simon dijo que se sentía muy cómodo sobre dos predicciones. Primero, que cada medida significativa de bienestar humano continuaría mejorando. Y segundo, que la gente continuaría quejándose sobre cómo las cosas eran mejores en el pasado.

Lo que no dijo es quizás su contribución más perdurable: la idea de que los seres humanos no solo usan recursos mientras habitan este planeta; también los crean. Es por eso que más gente es algo bueno—significa una mayor posibilidad de más Einsteins, Mozarts y Edisons. Y, solo podemos esperar, más Julian Simons.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

LA MUERTE DE FRANCISCO AYALA

francisco ayala

Me ha impresionado vivamente la forma de morir de este hombre del cual desconozco su obra. Después de conocer como ha sido su tránsito de esta vida a la otra me gustaría leer algo de él. Os lo transcribo desde ABC, creo que ha muerto con más de 100 años y perfectamente lúcido. Sobre todo me ha impresionado como pedía perdón antes de morir:

Se levantó más bien tarde, como era su costumbre. A esa hora ya había llegado Fátima, la discreta y entrañable mujer marroquí que asistía desde hace seis años y medio al escritor nacido en Granada. Francisco Ayala le pidió el desayuno: café, zumo, un huevo revuelto en forma de tortilla francesa y la inacabable magdalena proustiana, que no se terminó, y quedó desmigada sobre el mantel. Tras desayunar, a las once y media de la mañana, se volvió a poner la mascarilla de oxígeno y a las doce, en la hora del Ángelus, decidió quitársela. Su cuidadora le preguntó por qué se la había quitado, y él le contestó: «Porque me voy a morir». Fátima insistió: «¿Cuándo?». «Ahora, porque me voy a morir», replicó él. El señor Ayala le cogió la manos a Fátima, las cerró, las besó tres veces, y luego le pidió perdón: «Perdón por todo, perdón por todo, perdón por todo». Fátima llamó al alma de don Francisco, a Carolyn, que acudió y le cogió la mano. Con absoluta entereza, Ayala murió asido a la mano de «mi vieja», como él llamaba en la intimidad a su esposa; la mano del amor eterno, verdadero, único. Murió sentado en el sofá, mirándole a los ojos, como los titanes. Con sencillez bendita y bonhomía. Sin adornos ni alharacas. Lúcido, plenamente.

LA VIDA DE LA VIRGEN MARIA XXX

.LA VISITACION 01
XXX
Visitación de María a Isabel
Algunos días después de la Anunciación del Ángel a María, José volvióse  a
Nazaret e hizo ciertos arreglos en la casa para poder ejercer su oficio y
quedarse, pues hasta entonces sólo había permanecido dos días allí. Nada sabía
del misterio de la Encarnación del Verbo en María. Ella era la Madre de Dios y
era la sierva del Señor y guardaba humildemente el secreto. Cuando la Virgen
sintió que el Verbo se había hecho carne en ella, tuvo un gran deseo de ir a
Juta, cerca de Hebrón, para visitar a su prima Isabel, que según, las palabras
del ángel hallábase encinta desde hacía seis meses.

Acercándose el tiempo en que José debía ir a Jerusalén, para la fiesta de
Pascua, quiso acompañarle con el fin de asistir a Isabel durante su embarazo.
José, en compañía de la Virgen Santísima, se puso en camino para Juta. Él camino
se dirigía al Mediodía. Llevaban un asno sobre el cual montaba María de vez en
cuando. Este asno tenía atada al cuello una bolsa perteneciente a José, dentro
de la cual había un largo vestido pardo con una especie de capuz. María se ponía
este traje para ir al Templo o a la sinagoga. Durante el viaje usaba una túnica
parda de lana, un vestido gris con una faja por encima, y cubría su cabeza una
cofia amarilla. Viajaban con bastante rapidez. Después de haber atravesado la
llanura de Esdrelón, los vi trepar una altura y entrar en la ciudad, de Dotan,
en casa de un amigo del padre de José. Este era un hombre bastante acomodado,
oriundo de Belén. Él padre de José lo llamaba hermano a pesar de no serlo:
descendía de David por un antepasado que también fue rey, según creo, llamado
Ela, o Eldoa o Eldad, pues no recuerdo bien su nombre.
 
Dotan era una ciudad de activo comercio. Luego los vi pernoctar bajo un
cobertizo. Estando aún a doce leguas de la casa de Zacarías pude verlos otra
noche en medio de un bosque, bajo una cabaña de ramas toda cubierta de hojas
verdes con hermosas flores blancas. Frecuentemente se ven en este país al borde
de los caminos esas glorietas hechas de ramas y de hojas y algunas
construcciones más sólidas en las cuales los viajeros pueden pernoctar o
refrescarse, y aderezar y cocer los alimentos que llevan consigo. Una familia de
la vecindad se encarga de la vigilancia de varios de estos lugares y proporciona
las cosas necesarias mediante una pequeña retribución. No fueron directamente de
Jerusalén a Juta. Con el fin de viajar en la mayor soledad dieron una
vuelta por tierras del Este, pasando al lado de una pequeña ciudad, a dos leguas
de Emaús y tomando los caminos por donde Jesús anduvo durante sus años de
predicación. Más tarde tuvieron que pasar dos montes, entre los cuales los vi
descansar una vez comiendo pan, mezclando con el agua parte del bálsamo que
habían recogido durante el viaje. En esta región el país es muy
montañoso.

LA VISITACIÓN 02

Pasaron junto a algunas rocas, más anchas en su parte superior que en la base;
había en aquellos lugares grandes cavernas, dentro de las cuales se veían toda
clase de piedras curiosas. Los valles eran muy fértiles. Aquel camino los
condujo a través de bosques y de páramos, de prados y de campos. En un lugar
bastante cerca del final del viaje noté particularmente una planta que tenía
pequeñas y hermosas hojas verdes y racimos de flores formados por nueve
campanillas cerradas de color de rosa. Tenía allí algo en qué debía ocuparme;
pero he olvidado de qué se trataba.

La casa de Zacarías estaba situada sobre una colina, en torno de la cual había
un grupo de casas. Un arroyo torrentoso baja de la colina. Me pareció que era el
momento en que Zacarías volvía a su casa desde Jerusalén, pasadas las fiestas de
Pascua. He visto a Isabel caminando, bastante alejada de su casa, sobre el
camino de Jerusalén, llevada por un ansia inquieta e indefinible. Allí la
encontró Zacarías, que se espantó de verla tan lejos de la casa en el estado en
que se encontraba. Élla dijo que estaba muy agitada, pues la perseguía el
pensamiento de que su prima María de Nazaret estaba en camino para visitarla.
 
Zacarías trató de hacerle comprender que desechase tal idea y por signos y
escribiendo en una tablilla, le decía cuán poco verosímil era que una recién
casada emprendiera viaje tan largo en aquel momento. Juntos volvieron a su casa.
Isabel no podía desechar esa idea fija, habiendo sabido en sueños que una mujer
de su misma sangre se había convertido en Madre del Verbo Eterno, del Mesías
prometido. Pensando en María concibió un deseo muy grande de verla y la vio, en
efecto, en espíritu que venía hacia ella. Preparó en su casa, a la derecha de la
entrada, una pequeña habitación con asientos y aguardó allí al día siguiente, a
la expectativa, mirando hacia el camino por si llegaba María. Pronto se levantó
y salió a su encuentro por el camino.

Isabel era una mujer alta, de cierta edad: tenía el rostro pequeño y rasgos
bellos; la cabeza la llevaba velada. Sólo conocía a María por las voces y la
fama. María, viéndola a cierta distancia, conoció que era ella Isabel y se
apresuró a ir a su encuentro, adelantándose a José que se quedó discretamente a
la distancia. Pronto estuvo María entre las primeras casas de la vecindad, cuyos
habitantes, impresionados por su extraordinaria belleza y conmovidos por cierta
dignidad sobrenatural que irradiaba toda su persona, se retiraron
respetuosamente en el momento de su encuentro con Isabel. Se saludaron
amistosamente dándose la mano. En aquel momento vi un punto luminoso en la
Virgen Santísima y como un rayo de luz que partía de allí hacia Isabel, la cual
recibió una impresión maravillosa. No se detuvieron en presencia de los hombres,
sino que, tomándose del brazo, se dirigieron a la casa por el patio interior.

En el umbral de la puerta, Isabel dio nuevamente la bienvenida a María y luego
entraron en la casa. José llegó al patio conduciendo al asno, que entregó a un
servidor y fue a buscar a Zacarías en una sala abierta sobre el costado de la
casa. Saludó con mucha
humildad al anciano sacerdote, el cual lo abrazó cordialmente y conversó con él
por medio de la tablilla sobre la que escribía, pues había quedado mudo desde
que el ángel se le había aparecido en el Templo.

María e Isabel, una vez que hubieron entrado, se hallaron en un cuarto que me
pareció servir de cocina. Allí se tomaron de los brazos. María saludó a Isabel
muy cordialmente y las dos juntaron sus mejillas. Vi entonces que algo luminoso
irradiaba desde María hasta el interior de Isabel, quedando ésta toda iluminada
y profundamente conmovida, con el corazón agitado por santo regocijo. Se retiró
Isabel un poco hacia atrás, levantando la mano y, llena de humildad, de júbilo y
entusiasmo, exclamó: “Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto
de tu vientre. ¿Pero de dónde a mí tanto favor que la Madre de mi Señor venga a
visitarme?… Porque he aquí que como llegó la voz de tu salutación a mis oídos,
la criatura que llevo se estremeció de alegría en mi interior. ¡Oh, dichosa tú,
que has creído; lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”

Después de estas palabras condujo a María a la pequeña habitación preparada,
para que pudiera sentarse y reposar de las fatigas del viaje. Sólo había que dar
unos pasos para llegar hasta allí. María dejó el brazo de Isabel, cruzó las
manos sobre el pecho y empezó el cántico del Magníficat: “Mi alma glorifica al
Señor; y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador. Porque miró a la bajeza de
su sierva; porque he aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las
generaciones. Porque ha hecho grandes cosas conmigo el Todopoderoso, y santo es
su Nombre. Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen.
Hizo valentías con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de su
corazón. Quitó a los poderosos de los tronos y levantó a los humildes. A los
hambrientos hinchó de bienes y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel, su
siervo, acordándose de su misericordia. Como habló a nuestros padres, a Abrahán
y a su simiente, para siempre”.
 
Isabel repetía en voz baja el Magníficat con el mismo impulso de inspiración de
María. Luego se sentaron en asientos muy bajos, ante una mesita de poca altura.
Sobre ésta había un vaso pequeño.

¡Qué dichosa me sentía yo, porque repetía con ellas todas las oraciones, sentada
muy cerca de María! ¡Qué grande era entonces mi felicidad!

 

SOR VERÓNICA, VEHÍCULO DE DIOS PARA LAS VOCACIONES.

SOR VERÓNICA Y SU HERMANO OBISPO

135 hermanas, casi todas con carrera universitaria.

Cuenta Paché Merayo en El Comercio que la crisis gobierna desde hace tiempo los calendarios globales. Pero cuando se menta nadie duda de que el discurso siguiente será económico. El paro, los déficit… Pero hay muchos otros escenarios para la recesión. La Iglesia bien los sabe. Aquejada desde hace lustros de un más que notable descenso de vocaciones, vive una crisis prolongada con los seminarios vacíos y los monasterios y conventos habitados por religiosos que superan los sesenta.

Sin embargo, en mitad de este océano ya casi asumido por Roma, aparece una monja, sor Verónica, antes María José Berzosa, hermana de Raúl Berzosa, el obispo auxiliar de Oviedo. Ella sola, con su sonrisa imborrable y sus nuevas energías, ha logrado que en su convento de las Clarisas de Lerma, no sólo la ocupación sea histórica con 135 religiosas de clausura, sino que haya una lista de espera a sus puertas de otro centenar de aspirantes a novicias.

Sor Verónica, además de unos ojos verdes impresionantes y un pasado de estudiante de Medicina, amiga de la diversión, tiene una fórmula mágica, un misterio que nadie ha podido resolver y que ha llegado a ser aplaudido en el mismísimo Vaticano, donde ya nadie se lleva las manos a la cabeza al comprobar que en toda España han ingresado 20 nuevos monjes en la orden jesuítica, sólo dos en la de San Vicente de Paúl, y cinco en los Franciscanos.

La respuesta ante el convento de las hermanas clarisas rompe con todas las previsiones. Pero no sólo por número. Sor Verónica, que tenía sólo 18 años cuando dejó el mundanal ruido por la celda en la que desde hace años observa la misma naturaleza, ha conseguido rodearse de jóvenes religiosas casi todas con carreras universitarias. Ahora la media de edad en su ‘casa’ está en la treintena, cuando al llegar ella, en 1984, todas habían entrado ya en la tercera edad.

Su hermano, absolutamente orgulloso de ella, se ríe cuando se le menciona lo guapa que es la monja de la familia, pero por consideración con su clausura advierte: «Para respetar su silencio debo responder con el mío».

Ella, sin embargo, en alguna ocasión ha confesado abiertamente que el obispo auxiliar, a cuya ordenación acudió hace cuatro años en Oviedo, es su «guía» y el camino en el que se quiere ver reflejada. Y es que sor Verónica, que nació en Aranda del Duero (Burgos) en un 27 de agosto de 1965, ha contado ya parte de su existencia en un libro, que va por la tercera edición. Se titula ‘ Clara ayer y hoy‘ y, siendo una reflexión de carácter teológico, permite acercarse a su pasado.

Cuenta en sus páginas, por ejemplo, que el día de su Primera Comunión su confesor le dio la primera clave de lo que debía ser su vida: «Si quieres ser feliz un día, estrena un par de zapatos; una semana, mata un cerdo; toda la vida, monja de clausura».

La metáfora caló en su mente de niña. Ya mayor cuenta: «Algo en mi interior me urgía a buscar sin descanso.Viendo cómo la gente destruía su vida, yo deseaba buscar algo que no se acabara, que fuera eterno». Está claro que lo encontró. Cuando decidió ingresar en el convento muchos apostaron que no duraría nada. Está claro que perdieron. Hoy es ella la maestra de las novicias y son decenas las jóvenes que llegan a Lerma atraídas por su imán irresistible.

(DE www.periodistadigital.com)

¿Un crimen es menos crimen si no veo ni conozco a la víctima?

sindrome-down

Cada vez vemos menos niños con síndrome de Down, no porque este síndrome aparezca
menos (ahora es mucho más frecuente que en otras épocas) si no porque no les estamos
permitiendo nacer. Muchas personas opinan que más vale que no nazcan estos niños, es más,
algunas de éstas se confiesan públicamente católicas… Cada vez es más raro encontrar a
alguien que exprese públicamente que lo correcto es seguir adelante con la vida
que Dios nos manda venga como venga.
Y me pregunto, ¿cómo somos tan hipócritas?, cómo podemos mirar a los ojos inocentes de un
niño con síndrome Down y pensar que hubieramos preferido que no naciera,
que su sola presencia en el mundo nos molesta, que lo vemos como un error…
Que hipocresía, tantos programas gubernamentales para la integración de los discapacitados.
Qué bien quedamos… Es como si les dijéramos: hemos hecho todo lo posible para que vuestra
vida no siga adelante, pero como a pesar de todo habéis nacido, ahora disimulamos y hacemos
como que os queremos mucho.
Mi repugnancia hacia una sociedad que se parece más y más a un sepulcro blanqueado.

A continuación os paso los datos ABC 2 de Noviembre. Artículo: EL SÍNDROME DE DOWN SE HACE INVISIBLE.

N. RAMÍREZ DE CASTRO | MADRID
Ningún avance médico, ninguna medida de prevención ha logrado reducir la frecuencia del síndrome de Down. Todo lo contrario, esa malformación que altera la vida con un cromosoma de más en el par 21 es una enfermedad congénita al alza. El último número de la revista «British Medical Journal» publica un estudio que demuestra que el diagnóstico, lejos de disminuir, se ha disparado en las dos últimas décadas en un 70%. Pero los casos no son visibles. El estudio admite que muy pocos llegan a nacer: 9 de cada 10 mujeres deciden interrumpir la gestación cuando se le informa de que su hijo tiene síndrome de Down.
En España no existe un estudio similar. Aunque las mismas cifras que se manejan en el Reino Unido podrían servir «incluso aumentadas» para nuestro país, reconoce María Luisa Martínez-Frías, directora del Estudio Colaborativo Español de Malformaciones Congénitas. Los datos que se manejan en este registro son sólo de nacimientos con problemas, no de diagnósticos.
En ese registro se acumula información desde 1976 y se puede ver cómo los alumbramientos de bebés con síndrome de Down permanecieron estables, en torno a los 14,78 casos por cada 10.000 nacimientos hasta 1985. Ese fue el año de la despenalización del aborto y de los primeros pasos del diagnóstico prenatal. Hoy la generalización de ecografías y amniocentesis apenas dejan duda a las gestantes.
Si sirve como muestra lo que ocurre en una comunidad autónoma, basta con ver los datos de Asturias. La revista «Medicina Clínica» publicaba hace unos meses un estudio donde confirma que el 96 por ciento de las parejas aborta cuando le informan que su hijo puede padecer esta alteración cromosómica.
Quienes se dedican al estudio de malformaciones congénitas no entran a valorar si el aborto en el síndrome de Down está justificado. Lo que les preocupa es que este trastorno se vuelva invisible y deje de preocupar.
Los autores del estudio británico advierten que el síndrome de Down plantea un nuevo desafío a la sociedad. No sólo hacen falta medidas sanitarias sino de carácter socioeconómico. El principal reto es conseguir que las mujeres planifiquen antes su embarazo. Las alteraciones cromosómicas crecen porque la maternidad se retrasa cada vez más. El 30 por ciento concibe después de los 35 años, cuando los riesgos se disparan. «El peligro de tener un niño con síndrome de Down se multiplica por diez a partir de los 35 años, pero las mujeres cada vez se confían más. Cuentan con la reproducción asistida para ser madres y con la amniocentesis para detectar si hay algún problema», dice Martínez Frías.
La paradoja es que el síndrome de Down es cada vez más frecuente pese a estar a punto de entrar en el catálogo de las consideradas enfermedades raras, las que tienen una incidencia menor a 5 casos por 10.000 habitantes.
Mejorar la calidad de vida
En el CIBER de enfermedades raras, el grupo de Cristina Fillat trabaja activamente en el estudio de patologías de base genética y, en concreto, en síndrome de Down. Su objetivo es identificar los genes que están implicados en las distintos problemas relacionados con esta anomalía. «Qué genes están relacionados con las cardiopatías, con retraso cognitivo, desarrollo motor… Este conocimiento nos permitirá en el futuro desarrollar terapias específicas que modulen la expresión de los genes implicados para reducir el impacto», explica Fillat.
Puede que en unos años esos fármacos mejoren la calidad de vida de los niños nacidos con síndrome de Down. Aunque nazcan con la alteración, tendrían menos problemas cardiacos y mejoraría su desarrollo cognitivo.
La doctora Martínez-Frías también cree que se puede avanzar en la prevención. En el origen de esta trisomía están implicados factores genéticos, ambientales, la edad materna, paterna y quizá también nutricionales. Esta especialista investiga el papel que una vitamina puede desempeñar en la enfermedad. En concreto trabaja con el ácido fólico, que ayuda a prevenir defectos congénitos del sistema nervioso. Sus trabajos apuntan a que el ácido fólico tomado en dosis bajas -0,4 miligramos- tres meses antes de la concepción podría ayudar a prevenir el síndrome de Down. La clave estaría no sólo en que lo tome la mujer, sino también su pareja, apunta.
Anna, de 5 años, representa la ilusión de las pocas parejas que continúan con el embarazo pese al diagnóstico de que su bebé nacerá con síndrome de Down

Por que no es bueno HALLOWEEN.

A veces tienes una clara intuición sobre la respuesta a una pregunta pero no sabes ponerle las palabras adecuadas, entonces escuchas con excitación que alguien ha sabido ponérselas y que es eso precisamente lo que tu pensabas. Cuando encuentras algo así te apetece compartirlo. Yo lo he sentido al escuchar a D. Lorenzo Trujillo en su reflexión dominical (la segunda parte sobre todo) y os paso el enlace www.formacioncristiana.org pinchad donde pone “reflexión dominical”.

Nada más.

ENRIQUE DE DIEGO DESDE LA PLATAFORMA DE LAS CLASES MEDIAS.

Enrique de Diego es  pre=”es “>aparte de  ”>periodista alma del Movimiento de las Clases Medias.En una sociedad tan narcotizada y anodina como la nuestra se agradece que exista alguien que por lo menos intenta reaccionar, hacer algo, aunque sea lo más parecido al profeta que clama en el desierto de nuestra vulgaridad y pasotismo. Selecciono este artículo publicado en www.elsemanaldigital.com porque me induce a la reflexión y a la acción. Dice grandes verdades, aquí os lo transcribo…

¿ MERECE ESTA SOCIEDAD SOBREVIVIR ?

enrique de diego

Enrique de Diego en medio de una movilización

 Con un modelo político inviable, basado en la mentira y la corrupción generalizada, en el que se llegó a la estupidez de montar diecisiete miniestados, con una economía intervenida basada en el más corrupto mercantilismo, con un sistema financiero asaltado por los políticos y degenerado en su larga mano, con una sociedad adormecida, con las mentes degradadas e incapaces de ver la realidad, España -cuyo Estado ya está en quiebra como el conjunto de sus instituciones, aunque sigan viviendo del cuento y del engaño- con un Gobierno de inútiles y una oposición de incompetentes, se encamina hacia la miseria y el hambre generalizadas.

No se trata de una profecía, sino de la más estricta lógica que permite establecer consecuencias lógicas a las causas.

He dicho muchas veces, y voy a seguir repitiéndolo, cueste lo que cueste, que el Estado y las autonomías no pagarán a sus funcionarios, que no estarán abiertos los hospitales ni los colegios, que se fallará en el pago de las pensiones. Todo esto lo puede ver cualquier, no es preciso ser muy listo, viendo como se dispara la deuda y como sigue aumentando el gasto. Reduciendo ingresos y aumentando gastos se va a la quiebra. A nivel social, la quiebra implica violencia y conflictos.

Se ha producido una noticia de la máxima importancia. Y es muy probable que sólo la escuchen en A Fondo. La Comunidad de Murcia –porque hemos llegado al desquicie de que Murcia tenga un Gobierno y un Parlamento y que lo tenga Madrid- decidió el 9 de octubre recortar gastos por valor de 25 millones de euros de sanidad, la llamada política social, educación, etc. Bueno, en principio, la conclusión es que se pueden recortar gastos.

Conclusión precipitada: lo que se hizo fue una rapiña de fondos para poder pagar a los funcionarios. La Comunidad de Murcia no ha pagado el sueldo de este mes a los trabajadores de su servicio de salud.

La partida más importante de cuantas sufren el tijeretazo es la relativa al apoyo a la industria agroalimentaria: 4.547.440,23 euros. Luego, el plan de optimización inmobiliaria de edificios de uso administrativo: 2.361.142,42 euros. Y en tercer lugar la Radiotelevisión de la Región de Murcia: 2.201.811,36 euros. También hay recortes importantes en infraestructuras…para pagar a los funcionarios.

Conclusión definitiva: la Comunidad de Murcia no invertirá, ni seguirá con el gasto social, porque para lo que va a servir, únicamente, es para pagar a sus funcionarios.

La casta parasitaria ha llegado a su colapso, a sus contradicciones objetivas y últimas.

Como, además, todo es mentira, la Comunidad de Murcia no recaudará lo que piensa, ni el Gobierno le remitirá lo convenido y, a no mucho tardar, los funcionarios no cobrarán.

Frente a esta situación entre terrible y patética, que precisa de inmediato una regeneración democrática a fondo, la cuestión que se me plantea es: ¿merece esta sociedad sobrevivir? La respuesta la podré dar el sábado 7 de noviembre, a las 12 horas, en la Plaza de Alonso Martínez, a la vista del nivel y la cuantía de la movilización. 

 

VIDA DE LA VIRGEN MARIA XXIX

LA ANUNCIACION EL GRECOLA ANUNCIACION DE FRA ANGELICO

XXIX
La anunciación del Ángel

Tuve una visión de la Anunciación de María el día de esa fiesta. He visto a la
Virgen Santísima poco después de su desposorio, en la casa de San José, en
Nazaret. José había salido con dos asnos para traer algo que había heredado o
para buscar las herramientas de su oficio. Me pareció que se hallaba aún en
camino. Además de la Virgen y de dos jovencitas de su edad que habían sido,
según creo, sus compañeras en el Templo, vi en la casa a Santa Ana con aquella
parienta viuda que se hallaba a su servicio y que más tarde la acompañó a Belén,
después del nacimiento de Jesús. Santa Ana había renovado todo en la casa. Vi a
las cuatro mujeres yendo y viniendo por el interior paseando juntas en el patio.
Al atardecer las he visto entrar y rezar de pie en torno de una pequeña mesa
redonda; después comieron verduras y se separaron. Santa Ana anduvo aún en la
casa de un lado a otro, como una madre de familia ocupada en quehaceres
domésticos. María y las dos jóvenes se retiraron a sus dormitorios, separados.

El frente de la alcoba, hacia la puerta, era redondo, y en esta parte circular,
separada por un tabique de la altura de un hombre, se encontraba arrollado el
lecho de María. Fui conducida hasta aquella habitación por el joven
resplandeciente que siempre me acompaña, y vi allí lo que voy a relatar en la
forma que puede hacerlo una persona tan miserable como yo.

Cuando hubo entrado la Santísima Virgen se puso, detrás de la mampara de su
lecho, un largo vestido de lana blanca con ancho ceñidor y se cubrió la cabeza
con un velo blanco amarillento. La sirvienta entró con una luz, encendió una
lámpara de varios brazos que colgaba del techo, y se retiró. La Virgen tomó una
mesita baja arrimada contra el muro y la puso en el centro de la habitación. La
mesa estaba cubierta con una carpeta roja y azul, en medio de la cual había una
figura bordada: no sé si era una letra o un adorno simplemente.

Sobre la mesa había un rollo de pergamino escrito. Habiéndola colocado la Virgen
entre su lecho y la puerta, en un lugar donde el suelo estaba cubierto con una
alfombra, puso delante de sí un pequeño cojín redondo, sobre el cual se
arrodilló, afirmándose con las dos manos sobre la mesa. María veló su rostro y
juntó las manos delante del pecho, sin cruzar los dedos. Durante largo tiempo la
vi así orando ardientemente, con la faz vuelta al cielo, invocando la Redención,
la venida del Rey prometido a Israel, y pidiendo con fervor le fuera permitido
tomar parte en aquella misión. Permaneció mucho tiempo arrodillada, transportada
en éxtasis; luego inclinó la cabeza sobre el pecho.

Entonces del techo de la habitación bajó, a su lado derecho, en línea algún
tanto oblicua, un golpe tan grande de luz, que me vi obligada a volver los ojos
hacia la puerta del patio. Vi, en medio de aquella masa de luz, a un joven
resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que había descendido ante María,
a través de los aires. Era el Arcángel Gabriel. Cuando habló vi que salían las
palabras de su boca como si fuesen letras de fuego: las leí y las comprendí.

María inclinó un tanto su cabeza velada a la derecha. Sin embargo, en su
modestia, no miró al ángel. El Arcángel siguió hablando. María volvió entonces
el rostro hacia él, como si obedeciera una orden, levantó un poco el velo y
respondió. El ángel dijo todavía algunas palabras. María alzó el velo
totalmente, miró al ángel y pronunció las sagradas palabras:
“He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”… 

 María se hallaba en un profundo arrobamiento. La habitación resplandecía y ya
no veía yo la lámpara del techo ni el techo mismo. El cielo aparecía abierto y
mis miradas siguieron por encima del ángel una ruta luminosa. En el punto
extremo de aquel río de luz se alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era
como un fulgor triangular, cuyos rayos se penetraban recíprocamente. Reconocí
allí Aquello que sólo se puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo, y, sin embargo, un solo Dios Todopoderoso.

Cuando la Santísima Virgen hubo dicho: “Hágase en mí según tu palabra”, vi una
aparición alada del Espíritu Santo, que no se parecía a la representación
habitual bajo la forma de paloma: la cabeza se asemejaba a un rostro humano; la
luz se derramaba a los costados en forma de alas. Vi partir de allí como tres
efluvios luminosos hacia el costado derecho de la Virgen, donde volvieron a
reunirse. Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen
volvióse luminosa Ella misma y como transparente: parecía que todo lo que había
de opaco en ella desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el espléndido día.
Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de opaco o de oscuro.
Resplandecía como enteramente iluminada.

Después de esto vi que el ángel desaparecía y que la faja luminosa, de donde
había salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y volviese hacia sí
la luz que había dejado caer. Mientras veía todas estas cosas en la habitación
de María tuve una impresión personal de naturaleza singular. Me hallaba en
angustia continua, como si me acechasen peligrosas emboscadas, y vi una horrible
serpiente que se arrastraba a través de la casa y por los escalones hasta la
puerta, donde me había detenido cuando la luz penetró en la Santísima Virgen.

El monstruo había llegado ya al tercer escalón. Aquella serpiente era del tamaño
de un niño, con la cabezota ancha y chata, y a la altura del pecho tenía dos
patas cortas membranosas, armadas con garras, sobre las cuales se arrastraba,
que parecían alas de murciélago. Tenía manchas de diferentes colores, de aspecto
repugnante; se parecía a la serpiente del Paraíso terrenal, pero de aspecto más
deforme y espantoso. Cuando el ángel desapareció de la presencia de la Virgen,
ésta pisa la cabeza del monstruo que estaba delante de la puerta, el cual lanzó
un grito tan espantoso que me hizo estremecer. Después he visto aparecer tres
espíritus, que golpearon al odioso reptil echándolo fuera de la casa.
 
Desaparecido el ángel he visto a María arrobada en éxtasis profundo, en absoluto
recogimiento. Pude ver que ya conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en
sí misma, donde se hallaba como un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente
formado y provisto de todos sus miembros. Aquí, en Nazaret, no es lo mismo que
en Jerusalén, donde las mujeres deben quedarse en el atrio, sin poder entrar en
el Templo, porque solamente los sacerdotes tienen acceso al Santuario. En
Nazaret la misma Virgen es el Templo: el Santo de los Santos está en Ella, como
también el Sumo Sacerdote y se halla Ella sola con Él. ¡Qué conmovedor es todo
esto y qué natural y sencillo al mismo tiempo! Quedaban cumplidas las palabras
del salmo 45: “El Altísimo
ha santificado su tabernáculo; Dios está en medio de Él, y no será conmovido”.

 

Era más o menos la medianoche cuando contemplé todo este espectáculo. Al cabo de
algún tiempo Ana entró en la habitación de María con las demás mujeres. Un
movimiento admirable en la naturaleza las había despertado: una luz maravillosa
había aparecido por encima de la casa. Cuando vieron a María de rodillas, bajo
la lámpara, arrebatada en el éxtasis de su plegaria, se alejaron
respetuosamente.

Después de algún tiempo vi a la Virgen levantarse y acercarse al altarcito de la
pared; encendió la lámpara y oró de pie. Delante de ella, sobre un alto atril,
había rollos escritos. Sólo al amanecer la vi descansando. El guía me llevó
fuera de la habitación; pero cuando estuve en el pequeño vestíbulo de la casa me
vi presa de gran temor. Aquella horrible serpiente, que estaba allí en acecho,
se precipitó sobre mí y quiso ocultarse entre los pliegues de mi vestido. Me
encontré en medio de una angustia horrible; pero mi guía me alejó de allí y pude
ver que reaparecían los tres espíritus, que golpearon nuevamente al monstruo.
Aún resuena en mí su grito horroroso y me espanta su recuerdo.
 
Contemplando esta noche el misterio, de la Encarnación comprendía todavía muchas
otras cosas. Ana recibió un conocimiento interior de lo que estaba realizándose.
Supe también por qué el Redentor debía quedar nueve meses en el seno de su Madre
y nacer bajo la forma de niño; el porqué no quiso aparecer en forma de hombre
perfecto como nuestro primer padre Adán saliendo de las manos de Dios: todo esto
se me explicó, pero ya no lo puedo explicar con claridad. Lo que puedo decir es
que Él quiso santificar nuevamente el acto de la concepción y la natividad de
los hombres, degradados por el pecado original.

Si María se convirtió en Madre y si Él no vino más temprano al mundo fue porque
ella era lo que ninguna criatura fue antes ni será después: el puro vaso de
gracia que Dios había prometido a los hombres y en el cual Él debía hacerse
hombre, para pagar las deudas de la humanidad, mediante los abundantes méritos
de su pasión.
 
La Santísima Virgen era la flor perfectamente pura de la raza humana abierta en
la plenitud de los tiempos. Todos los hijos de Dios entre los hombres, todos,
hasta los que desde el principio habían trabajado en la obra de la
santificación, han contribuido a su venida. Ella era el único oro puro de la
tierra; solamente ella era la porción inmaculada de la carne y de la sangre de
la humanidad entera, que preparada, depurada, recogida y consagrada a través de
todas las generaciones de sus antepasados; conducida, protegida y fortalecida
bajo el régimen de la ley de Moisés, se realizaba finalmente como plenitud de la
gracia. Predestinada en la eternidad, surgió en el tiempo como Madre del Verbo
Eterno.
 
La Virgen María contaba poco más de catorce años cuando tuvo lugar la
Encarnación de Jesucristo. Jesús llegó a la edad de treinta y tres años y tres
veces seis semanas. Digo tres veces seis, porque en este mismo instante estoy
viendo la cifra seis repetida tres veces.

Arriba

 

 

SUPERAMOS LAS 20.000 VISITAS AL BLOG.

Pues eso, que cada vez más gente se deja caer por este sitio…

Un saludo.

VIDA DE LA VIRGEN MARIA XXVI, XXVII Y XXVIII.

Marca del Anillo de boda de la Virgen María

Marca del Anillo de boda de la Virgen María

XXVI
El anillo nupcial de María
He visto que el anillo nupcial de María no es de oro ni de plata ni de otro
metal. Tiene un color sombrío con reflejos cambiantes. No es tampoco un pequeño
círculo delgado, sino bastante grueso como un dedo de ancho. Lo vi todo liso,
aunque llevaba incrustados pequeños triángulos regulares en los cuales había
letras. Vi que estaba bien guardado bajo muchas cerraduras en una hermosa
iglesia. Hay personas piadosas que antes de celebrar sus bodas tocan esta
reliquia preciosa con sus alianzas matrimoniales. En estos últimos días he
sabido muchos detalles relativos a la historia del anillo nupcial de María; pero
no puedo relatarlo en el orden debido.

He visto una fiesta en una ciudad de Italia (Perusa) donde se conserva este
anillo. Estaba expuesto en una especie de viril, encima del tabernáculo. Había
allí un gran altar embellecido con adornos de plata. Mucha gente llevaba sus
anillos para hacerlos tocar en la custodia. Durante esta fiesta he visto
aparecer de ambos lados del altar del anillo, a María y a José con sus trajes de
bodas. Me pareció que José colocaba el anillo en el dedo de María. En aquel
momento vi el anillo todo luminoso, como en movimiento. A la izquierda y a la
derecha del altar, vi otros dos altares, los cuales probablemente no se hallaban
en la misma iglesia; pero me fueron mostrados allí en esta visión.

Sobre el altar de la derecha se hallaba una imagen del Ecce Homo, que un piadoso
magistrado romano, amigo de San Pedro, había recibido milagrosamente. Sobre el
altar de la izquierda estaba una de las mortajas de Nuestro Señor.

Terminadas las bodas, se volvió Ana a Nazaret, y María partió también en
compañía de varias vírgenes que habían dejado el Templo al mismo tiempo que
ella. No sé hasta dónde acompañaron a María: sólo recuerdo que el primer sitio
donde se detuvieron para pasar la noche fue la escuela de Levitas de Bet-Horon.
María hacía el viaje a pie. Después de las bodas, José había ido a Belén para
ordenar algunos asuntos de familia. Más tarde se trasladó a Nazaret.
XXVII
La casa de Nazaret
He visto una fiesta en la casa de Santa Ana. Vi allí a seis huéspedes, sin
contar a los familiares de la casa, y a algunos niños  reunidos con José y María
en torno de una mesa, sobre la cual había vasos. La Virgen tenía un manto con
flores rojas, azules y blancas, como se ve en las antiguas casullas. Llevaba un
velo transparente y por encima otro negro. Esta parecía una continuación de la
fiesta de bodas.

Mi guía me llevó a la casa de Santa Ana, que reconocí enseguida con todos sus
detalles. No encontré allí a José ni a María. Vi que Santa Ana se disponía a ir
a Nazaret, donde habitaba ahora la Sagrada Familia. Llevaba bajo el brazo un
envoltorio para María. Para ir a Nazaret tuvo que atravesar una llanura y luego
un bosquecillo, delante de una altura. Yo seguí el mismo camino. He visto a Ana
visitando a María y entregarle lo que había traído para ella, volviéndose luego
a su casa. María lloró mucho y acompañó a su santa madre un trozo de camino. Vi
a San José frente a la casa en un sitio algo apartado.

La casita de Nazaret, que Ana había preparado para María y José, pertenecía a
Santa Ana. Ella podía, desde su casa, llegar allí sin ser observada, por caminos
extraviados, en media hora de camino.

La casa de José no estaba muy lejos de la puerta de la ciudad y no era tan
grande como la de Santa Ana. Había en la vecindad un pozo cuadrangular al cual
se bajaba por algunas escaleras. Delante de la casa había un pequeño patio
cuadrado. Estaba sobre una colinita, no edificada ni cavada, sino que estaba
separada de la colina por la parte de atrás, y a la cual conducía un sendero
angosto abierto en la misma roca. En la parte posterior tenía una abertura por
arriba, en forma de ventana, que miraba a lo alto de la colina. Había bastante
oscuridad detrás de la casa. La parte posterior de la casita era triangular y
era más elevada que la anterior. La parte baja estaba cavada en la piedra; la
parte alta era de materiales livianos.

En la parte posterior estaba el dormitorio de María: allí tuvo lugar la
Anunciación del Ángel. Esta habitación tenía forma semicircular debido a los
tabiques de juncos entretejidos groseramente, que cubrían las paredes
posteriores en lugar de los biombos livianos que se usaban. Los tabiques que
cubrían las paredes tenían dibujos de varias formas y colores. El lecho de María
estaba en el lado derecho; detrás de un tabique entretejido. En la parte
izquierda estaba el armario y la pequeña mesa con el escabel: era éste el lugar
de oración de María.

La parte posterior de la casa estaba separada del resto por el hogar, que era
una pared en medio de la cual se levantaba una chimenea hasta el techo. Por la
abertura del techo salía la chimenea, terminada en un pequeño tejadito. Más
tarde he visto al final de esta chimenea dos pequeñas campanas colgadas.

A derecha e izquierda había dos puertas con tres escalones que iban a la alcoba
de María. En las paredes del hogar había varios huecos abiertos con el menaje y
otros objetos que aún veo en la casa de Loreto, Detrás de la chimenea había un
tirante de cedro, al cual estaba adherida la pared del hogar con la chimenea.
Desde este tirante, plantado verticalmente salía otro a través, a la mitad de la
pared posterior, donde estaban metidos otros, por ambos lados. El color de estos
maderos era azulado con adornos amarillos. A través de ellos se veía el techo,
revestido interiormente de hojas y de esteras; en los ángulos había adornos de
estrellas. La estrella del ángulo del medio era grande y parecía representar el
lucero de la mañana. Más tarde he visto allí más número de estrellas. Sobre el
tirante horizontal que salía de la chimenea e iba a la pared posterior por una
abertura exterior, colgaba la lámpara. Debajo de la chimenea se veía otro
tirante. El techo exterior no era en punta, sino plano, de modo que se podía
caminar sobre él, pues estaba resguardado por un parapeto en torno de esa
azotea.

Cuando la Virgen Santísima, después de la muerte de San José, dejó la casita de
Nazaret y fue a vivir en las cercanías de Cafarnaúm, se empezó a adornar la
casa, conservándola como un lugar sagrado de oración. María peregrinaba a menudo
desde Cafarnaúm hasta allá, para visitar el lugar de la Encarnación y entregarse
a la oración. Pedro y Juan, cuando iban a Palestina, solían visitar la casita
para consagrar en ella, pues se había instalado un altar en el lugar donde había
estado el hogar. El armarito que María había usado lo pusieron sobre la mesa del
altar como a manera de tabernáculo.

La Casa de Nazaret de la Sagrada Familia en el Santuario de Loreto (Italia)

La Casa de Nazaret de la Sagrada Familia en el Santuario de Loreto (Italia)

XXVIII
Traslado de La santa casa de Nazaret a Loreto
He tenido a menudo la visión del traslado de la santa casa de Nazaret a Loreto.
Yo no lo podía creer, a pesar de haberlo visto repetidas veces en visión.

La he visto llevada por siete ángeles, que flotaban sobre el mar con ella. No
tenía suelo, pero había en lugar del suelo un cimiento de luz y de claridad. De
ambos lados tenía como asas. Tres ángeles la sostenían de un lado; otros tres
del otro, llevándola por los aires. Uno de los ángeles volaba delante arrojando
una gran estela de luz y de resplandor.

Recuerdo haber visto que se llevaba a Europa la parte posterior de la casa, con
el hogar y la chimenea, con el altar del Apóstol y con la pequeña ventana. Me
parece, cuando pienso en ello, que las demás partes de la casa estaban pegadas a
esta parte y que quedaron así, casi en estado de caerse por sí solas.

Veo en Loreto también la cruz que María usó en Éfeso: está hecha de varias
clases de madera. Más tarde la poseyeron los Apóstoles. Muchos prodigios se
obran por medio de esta cruz.

Las paredes de la santa casa de Loreto son totalmente las mismas de Nazaret. Los
tirantes que estaban debajo de la chimenea son los mismos. La imagen milagrosa
de María está ahora sobre el altar de los Apóstoles.