Esta es un artículo que ha escrito recientemente D. Ángel-Daniel de Toro, párroco de Socuéllamos, me parece muy interesante, y lo comparto con vosotros.

“A vino nuevo, odres nuevos” ( Lc. 5, 38)

 

Llevamos casi doce años de un nuevo milenio, muy posiblemente de una nueva era, puesto que esta década y pico no hace más que repetirnos de múltiples formas y maneras, la caducidad de nuestros pasados sistemas sociales, políticos, económicos… todas las leyes que nos hemos dado los hombres cambian, mutan o mueren. No ha permanecido por encima de los tiempos más que una ley capaz de superarlos, por encima de las diversas etapas y circunstancias de la historia: la ley natural. No hay otra norma válida, todas las demás, antes o después, acaban agobiando y oprimiendo. Preguntemos a los padres del derecho, conozcamos sus raíces, sus porqués, sus razones…

 

No puede  ni debe extrañarnos esto, aunque muchos duden; en nuestro cuerpo han cambiado muchas veces, desde la última a la primera célula, y sinembargo no se ha movido ni un ápice nuestro código genético. Conjugar lo mutable con lo permanente es pues más importante de lo que a simple vista nos parece, y tanto, que lo esencial y permanente, por insignificante que parezca, es lo único que puede curar, purificar, desinfectar…

 

No podemos negar, estando donde estamos, que nuestra sociedad, o mejor, que el estilo de la sociedad del bienestar que hasta hace poco nos parecía infalible en Occidente, y para unos cuantos del llamado hasta ahora primer mundo, porque no lo ha sido para todos, no fue válida para el lejano tercer mundo, ni lo fue para el tan cercano cuarto. Nos deja muy claro, pues, que un estilo social tan parcial, tan contaminado y contaminador no tiene capacidad de limpiar y curar sus propias infecciones. Necesitamos fórmulas nuevas para vivir, necesitamos respetar y valorar aquello que nos ayuda a vivir y desterrar cuanto explota o degrada la vida misma.

 

Quienes nos han metido en este sistema social enfermo, y tiranizado por la economía, sean ideologías o poderes, no tienen capacidad de curarlo. Es hora de aprender a perder para poder ganar de verdad, es hora de olvidar seguridades y ganar en confianza, es hora de que nos vayamos creyendo muchos más, que el verdadero éxito no consiste en conseguir mucho, sino en procurar que lo consigan muchos. Es hora de ofrecer a nuestros niños y jóvenes, los hombres y mujeres del futuro, otros modelos de éxito, otros valores, otras metas en la vida, otras calidades de vida; las que se encuentran en su diseño original, por ejemplo, y no las de temporada.

 

Algo pequeño, pero importante nos está esperando a la vuelta de la esquina, algo sencillo nos está naciendo ahora, y tan solo por eso tiene más futuro que lo viejo, perverso y corrompido, sí, tan solo por eso es más fuerte de lo que pensamos y creemos.

 

Decía Gandhi “Permitan que mi vida sea mi discurso”. Nos falta, claro está, que arraigue en corazones capaces de ejercer la novedad, con la sencillez y la humildad que requieren las siempre pequeñas semillas de lo novedoso, pero que suelen crecer por encima de las demás hortalizas y son las que una vez puestas en practica, cambian la vida y crecen de manera que hasta los pájaros pueden cobijarse en sus ramas (Mc. 4, 31-32 ). Soñar es lo primero que necesita el hombre para poder convertir en realidad sus mejores aspiraciones; vivamos los siempre novedosos ideales del Evangelio y soñemos con el día en que la persona prime por encima de todo, que será de quijotes, pero no de locos.

 

Ángel-Daniel de Toro González

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