LA COLA DEL PARO

Hoy desayuno en Barcelona, con Juan. Es un hombre al que conocí hace muchos años en San Quirico. Listo, competente, buena persona, un gran profesional. Con sentido común (¡casi nada!). Que se da cuenta del lío en el que estamos y de los discursos pintorescos que unos y otros hacen.

 

Me dice: “¿Tú también crees que no saben por dónde andan?”

 

Lo último que le ha desconcertado es eso de que ya que no pudimos votar a Obama en Julio le podremos votar ahora, en las elecciones europeas. Juan me dice: “¿Pero es que este señor se presenta?” Y dice que, puestos a votar (se lo está pensando), él prefiere votar a uno de San Quirico, o de Castellterçol, el pueblo de  al lado y, si le apuras un poco, de Moià, que está a 10 kilómetros. “¡Pero votar a un señor de Illinois! ¿Y qué se me ha perdido a mí en Illinois?”

 

Le intento explicar que eso que le preocupa no es más que un truco publicitario, que no hay que tomárselo en serio, como cuando te dicen que no sé qué producto es el mejor del mundo. Que es una manera de hablar que, en términos propagandísticos, se considera una exageración admitida y que, en términos reales, sería una mentira, no admitida.

 

Juan está nervioso con lo de los brotes verdes de que ha hablado una Ministra. Que ya sabe que esa señora es gallega y que quiere dejar claro que a él, los gallegos le caen bien.

 

Lo que pasa es que dice que la Ministra ha copiado lo que dijo hace poco Bernanke, el Presidente de la Reserva Federal americana, que fue a quien se le ocurrió lo de los brotes verdes, como se le podía haber ocurrido cualquier otra cosa.

 

Le digo que lo de los brotes verdes es lo de la luz de una velica al final del túnel y que me gusta más porque es más poético y, además, se evita que haya malintencionados que pregunten eso de que si la luz es de una velica o de un tren que viene en dirección contraria.

 

Desayunamos. Los desayunos en Barcelona son distintos de los de San Quirico. El vino es menos peleón, lo que va bien para trabajar después, el jamón del bocadillo no es ibérico y las servilletas son de tela. Pero el ambiente es muy agradable, saludas a mucha gente y te encuentras muy cómodo. A Juan le coge cerca de casa y así puede ir andando. Yo voy en coche y como resulta que el señor del parking es profesor mercantil, nos enrollamos y lo pasamos bien.

 

Juan dice que no puede ser que cada día tengamos que mirar un nuevo brote verde y, además, de un campo que no es el nuestro. Dice, por ejemplo:

 

1. Que se alegra mucho de que los Bancos americanos hayan pasado el test y que resulte que no necesitan tanto dinero como se temía.

 

2. Luego dice que alguna trampa han debido hacer. Pero es que Juan siempre ha sido un hombre tan listo y tan íntegro que, de vez en cuando, piensa que alguien hace lo que no debe.

 

3. Dice que se alegra de que se vendan coches en Alemania, porque así nos comprarán los que fabricamos.

 

4. Dice que se alegra de que suba la Bolsa, aunque no sabe por qué teme que va a bajar otra vez.

 

5. Que también se alegra de que el BCE baje los tipos de interés, aunque luego haya inflación.

 

6. Y que le gusta que Obama y Castro no se insulten y que, quizá, en un pequeño descuido, hasta se lancen algún piropo sin importancia.

 

Que todo eso le gusta, porque son buenas noticias.

 

Pero que hay una cosa que no le gusta en absoluto: el número de parados que hay en España, que hace una semana eran 4 millones y ahora son 300.000 menos, pero porque los cuentan de otro modo.

 

Juan, que es muy obediente a lo que le digo yo (¡será buena persona!), lee todos los días, según mi recomendación, un periódico generalista (siempre el mismo) y otro económico (siempre el mismo). (Aunque soy muy amigo del Director del periódico económico que leo, hoy no le hago publicidad, porque me parece que éste no es el sitio adecuado.)

 

Y Juan dice que sí, que me seguirá obedeciendo, pero a su aire. Que ha decidido que el único brote verde que va a admitir es el número de parados. Y para eso:

 

1. Quiere que le digan el número exacto de parados cada mes.

 

2. Que le da lo mismo el método que utilicen, con tal de que no lo cambien mientras se juega el partido. (A Juan le gustan mucho las metáforas y dice que un partido de fútbol se juega con los pies y que no puede ser que en el segundo tiempo se convierta en un partido de balonmano).

 

3. Que quiere que le den la cifra absoluta, o sea, que no le digan “unos cuatro millones”, sino tres millones setecientas doce mil quinientas diecinueve personas, por ejemplo.

 

4. Que no quiere que le comparen esa cifra con lo que ocurrió hace dos años, o hace seis meses un jueves por la tarde, para demostrar cosas que son indemostrables.

 

5. Que la prueba de que son indemostrables y, además inútiles, son las frases con las que algún Ministro presenta las cifras. Eso de que se detecta una contracción en la destrucción de empleo  le suena a un trabalenguas que decía un tíos suyo y que era más o menos así: “Por medio del mecanismo que cierra el aparato, Barrabás sale al escenario y se mete con la madre del que le ha tirado un tomate”.

 

Juan ha inventado EL INDICADOR. Dice que no quiere otro. Que el mes en que hayamos pasado de tres millones…quinientos diecinueve a tres millones…quinientos dieciocho, dirá: “¡¡Ya hay un brote verde!!”

 

Porque eso querrá decir:

 

1. Que un empresario ha contratado a una persona.

 

2. Que lo ha hecho porque tiene trabajo para esa persona.

 

3. Que una entidad financiera, le ha dado un crédito pequeño, pero suficiente para poder seguir trabajando.

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