EL CLUB BILDERBERG VUELVE A REUNIRSE…

Bernardino León, posible sustituto de Zapatero.

Os paso a continuación un enlace con elsemanaldigital.com en el que se informa de la nueva reunión del famoso grupo Bilderberg, el espeluznante club de los supuestos amos del mundo. Del artículo me quedo con dos cosas; el nombre que está sonando como sustituto de Zapatero: Bernardino León, veremos si al final acierta el vaticinio y la posibilidad de que esta próxima reunión tenga lugar en España, concretamente en Sitges… Continúo siguiendo todas las noticias que llegan a mis antenas sobre Bilderberg y las más significativas las compartiré con vosotros.

http://www.elsemanaldigital.com/articulos.asp?idarticulo=106606

David Rockefeller

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VIDA DE LA VIRGEN MARIA LX

LX Llegada de los Reyes Magos a Jerusalén

La comitiva de los Reyes partió de noche de Metanea y tomó un camino muy
transitable, y aunque los viajeros no entraron ni atravesaron ninguna otra
ciudad, pasaron a lo largo de las aldeas donde Jesús más tarde enseñó, curó a
enfermos y bendijo a los niños al finalizar el mes de Junio del tercer año de su
predicación. Betabara era uno de esos sitios adonde llegaron una mañana temprano
para pasar el Jordán. Como era sábado encontraron pocas persona en el camino.
Esta mañana vi la caravana de los Reyes que pasaba el Jordán a las siete.
Comúnmente se cruzaba el río sirviéndose de un aparato fabricado con vigas; pero
para los grandes pasajes, con cargas pesadas, se hacía por una especie de
puente. Los boteros que vivían cerca del puente hacían este trabajo mediante una
paga; pero como era sábado y no podían trabajar, tuvieron que ocuparse los
mismos viajeros, cooperando algunos hombres paganos ayudantes de los boteros
judíos. La anchura del Jordán no era mucha en este lugar y además estaba lleno
de bancos de arena. Sobre las vigas, por donde se cruzaba de ordinario, fueron
colocadas algunas planchas, haciendo pasar a los camellos por encima. Demoró
mucho antes que todos hubieron pasado a la orilla opuesta del río.

Dejando a Jericó a la derecha van en dirección de Belén; pero se desvían hacia
la derecha para ir a Jerusalén. Hay como un centenar de hombres con ellos. Veo
de lejos una ciudad conocida: es pequeña y se halla cerca de un arroyuelo que
corre de Oeste a Este a partir de Jerusalén, y me parece que han de pasar por
esta ciudad. Por algún tiempo el arroyo corre a la izquierda de ellos y según
sube o baja el camino. Unas veces se ve a Jerusalén, otras veces no se la puede
ver. Al fin se desviaron en dirección a Jerusalén y no pasaron por la pequeña
ciudad.

El Sábado 22, después de la terminación de la fiesta, la caravana de los Reyes
llegó a las puertas de Jerusalén. He visto la ciudad con sus altas torres
levantadas hacia el cielo. La estrella que los había guiado casi había
desaparecido y sólo daba una débil luz detrás de la ciudad. A medida que
entraban en la Judea y se acercaban a Jerusalén, los Reyes iban perdiendo
confianza, porque la estrella no tenía ya el brillo de antes y aún la veían con
menos frecuencia en esta comarca. Habían pensado encontrar en todas partes
festejos y regocijo por el Nacimiento del Salvador, a causa de quien habían
venido desde tan lejos y no veían en todas partes más que indiferencia y desdén.
Esto les entristecía y les inquietaba, y pensaban haberse equivocado en su idea
de encontrar al Salvador.

La caravana podía ser ahora de unas doscientas personas y, ocupaba más o menos
el trayecto de un cuarto de legua. Ya desde Causur se les había agregado cierto
número de personas distinguidas y otras se unieron a ellos más tarde. Los tres
Reyes iban sentados sobre tres dromedarios y otros tres de estos animales
llevaban el equipaje. Cada Rey tenía cuatro hombres de su tribu; la mayor parte
de los acompañantes montaban sobre cabalgaduras muy rápidas, de airosas cabezas.
No sabría decir si eran asnos o caballos de otra raza, pero se parecían mucho a
nuestros caballos. Los animales que utilizaban las personas más distinguidas
tenían bellos arneses y riendas, adornados de cadenas y estrellas de oro.
Algunos del séquito de los Reyes se desprendieron del cortejo y entraron en la
ciudad, regresando con soldados y guardianes.

La llegada de una caravana tan numerosa en una época en que no se celebraba
fiesta alguna, y no siendo por razones de comercio, y llegando por el camino que
llegaban, era algo muy extraordinario. A todas las preguntas que se les hacía
respondían hablando de la estrella que los había guiado y del Niño recién
Nacido. Nadie comprendía nada de este lenguaje, y los Reyes se turbaron mucho,
pensando que tal vez se habían equivocado, puesto que no encontraban a uno
siquiera que supiese algo relacionado con el Niño Salvador del mundo, Nacido
allí, en sus tierras. Todos miraban con sorpresa a los Reyes, sin comprender el
por qué de su venida ni lo que buscaban.

Cuando estos guardianes de la puerta vieron la generosidad con que trataban los
Reyes a los mendigos que se acercaban, y cuando oyeron decir que deseaban
alojamiento, que pagarían bien, y que entretanto deseaban hablar al rey Herodes,
algunos entraron en la ciudad y se sucedió una serie de idas y venidas, de
mensajeros y de explicaciones, mientras los Reyes se entretenían con toda la
suerte de gentes que se les había acercado. Algunos de estos hombres habían oído
hablar de un Niño Nacido en Belén; pero no podían siquiera pensar que pudiera
tener relación con la venida de los Reyes, sabiendo que se trataba de padres
pobres y sin importancia. Otros se burlaban de la credulidad de los Reyes.

Conforme a los mensajes que traían los hombres de la ciudad, comprendieron que
Herodes nada sabía del Niño. Como tampoco habían contado con encontrarse con el
rey Herodes, se afligieron mucho más y se inquietaron sumamente, no sabiendo qué
actitud tomar en presencia del rey ni qué iban a decirle. Con todo, a pesar de
su tristeza, no perdieron el ánimo y se pusieron a rezar. Volvió el ánimo a su
atribulado espíritu y se dijeron unos a otros: «Aquél que nos ha traído hasta
aquí con tanta celeridad, por medio de la luz de la estrella, Ése mismo podrá
guiarnos de nuevo hasta nuestras casas».

Al fin regresaron los mensajeros, y la caravana fue conducida a lo largo de los
muros de la ciudad, haciéndola entrar por una puerta situada no lejos del
Calvario. Los llevaron a un gran patio redondo rodeado de caballerizas, con
alojamientos no lejos de la plaza del pescado, en cuya entrada encontraron
algunos guardianes. Los animales fueron llevados a las caballerizas y los
hombres se retiraron bajo cobertizos, junto a una fuente que había en medio del
gran patio. Este patio, por uno de sus costados tocaba con una altura; por los
otros estaba abierto, con árboles delante. Llegaron después unos empleados,
quizás aduaneros, que de dos en dos inspeccionaron los equipajes de los viajeros
con sus linternas.

El palacio de Herodes estaba más arriba, no lejos de este edificio, y pude ver
el camino que llevaba hasta él iluminado con linternas y faroles colocados sobre
perchas. Herodes envió a un mensajero encargado de conducirle en secreto a su
palacio al rey Teokeno. Eran las diez de la noche. Teokeno fue recibido en una
sala del piso bajo por un cortesano de Herodes, que le interrogó sobre el objeto
de su viaje. Teokeno dijo con simplicidad todo lo que se le preguntaba y rogó al
hombre que preguntara al rey Herodes dónde había nacido el Niño, Rey de los
Judíos, y dónde se hallaba, ya que habían visto su estrella y habían venido tras
de ella. El cortesano llevó su informe a Herodes, que se turbó mucho al
principio; pero disimulando su malcontento hizo responder que deseaba tener más
datos relativos sobre ese suceso y que entretanto instaba a los reyes a que
descansasen, añadiendo que al día siguiente hablaría con ellos y les daría a
conocer todo lo que lograse saber sobre el asunto.

Volvió Teokeno y no pudo dar a sus compañeros noticias consoladoras; por otra
parte, no se les había preparado nada para que pudiesen reposar y mandaron
rehacer muchos fardos que habían sido abiertos. Durante aquella noche no
pudieron descansar y algunos de ellos andaban de un lado a otro como buscando la
estrella que los había guiado. Dentro de la ciudad de Jerusalen había gran
quietud y silencio; pero en torno de los Reyes había agitación, y en el patio se
tomaban y daban toda clase de informes. Los Reyes pensaban que Herodes lo sabía
todo perfectamente, pero que trataba de ocultarles la verdad.

 Se celebraba una gran fiesta esa noche en el palacio de Herodes al tiempo de la
visita de Teokeno, porque veía las salas iluminadas. Iban y venían toda clase de
hombres y mujeres ataviadas sin decencia alguna. Las preguntas de Teokeno sobre
el rey recién Nacido turbaron el ánimo de Herodes, el cual llamó en seguida a su
palacio a los príncipes, a los sacerdotes y a los escribas de la Ley. Los he
visto acudir al palacio antes de la media noche con rollos escritos. Traían sus
vestiduras sacerdotales, llevaban condecoraciones sobre el pecho y cinturones
con letras bordadas. Había unos veinte de estos personajes en torno de Herodes,
que preguntó dónde debía ser el lugar del Nacimiento del Mesías. Los vi cómo
abrían sus rollos y mostraban con el dedo pasajes de la Escritura:
«Debe nacer en Belén de Judá, porque así está escrito en el profeta Miqueas. Y
tú Belén, no eres la más mínima entre los príncipes de Judá, pues de ti ha de
nacer el jefe que gobernará mi pueblo en Israel».
Después vi a Herodes con algunos de ellos paseando por la terraza del palacio,
buscando inútilmente la estrella de la que había hablado Teokeno. Se mostraba
muy inquieto. Los sacerdotes y escribas le hicieron largos razonamientos
diciendo que no debía hacer caso ni dar importancia a las palabras de los Reyes
Magos, añadiendo que aquellas gentes son amigas de lo maravilloso y se imaginan
siempre grandes fantasías con sus observaciones estelares. Decían que si algo
hubiera habido en realidad se hubiera sabido en el Templo y en la ciudad santa,
y que ellos no podrían haberlo ignorado.

Los 70.000 combates de un exorcista contra los demonios.

Padre Gabriel Amorth, exorcista del Vaticano.

El padre Gabriele Amorth es un sacerdote paulino. Antes de ello, luchó en la guerra, fue partisano y se licenció en jurisprudencia. Teólogo mariano, fue durante muchos años directos de la prestigiosa revista paulina Madre di Dio, hasta que el cardenal Ugo Poletti le confió el cargo oficial de exorcista

En más de 25 años de actividad, Amorth ha realizado más de 70.000 exorcismos. Por ello está considerado el exorcista más experto en el mundo.

Marco Tosatti, antes vaticanista del diario La Stampa, autor de innumerables libros, le entrevistó, publicando sucesivamente el volumen Memorie di un esorcista (Memorias de un exorcista).

El libro es una especie de testamento espiritual, en el que Amorth narra la lucha contra el maligno: una serie impresionante de historias que atestiguan, según explica a ZENIT el propio Tosatti en esta entrevista, la presencia, la influencia, pero también la liberación del mal.

– ¿Qué es un exorcista y quién es en particular el padre Amorth?

– Un exorcista es un sacerdote que ha recibido de su obispo – el único autorizado a realizar este tipo de intervenciones – la autorización para liberar a las personas afectadas por fenómenos demoníacos, como infestación, vejación y posesión. Gabriele Amorth es el presidente honorario de la asociación de exorcistas fundada por él hace muchos años, y probablemente el exorcista más conocido del mundo. En abril cumplirá 85 años y sigue con su batalla…

– ¿Existe verdaderamente el demonio?

– Quien es cristiano no puede dejar de creer que existe un espíritu puro, que ha rechazado a Dios, y que actúa de forma ordinaria y extraordinaria – rarísima – en el mundo.

– ¿Quién es y que hace? ¿Cómo se manifiesta y de qué forma los exorcistas distinguen sus influencias en las personas?

– Es un ángel caído, a la cabeza de otros seres parecidos a él. En su acción ordinaria intenta empujar a las personas al pecado, para conquistar sus almas. Su acción extraordinaria es ciertamente más misteriosa. Con el permiso de Dios, realiza acciones contra las personas, llegando, en algunos casos, hasta la posesión (la cual sin embargo no pueden tocar el alma). Los exorcistas, con las oraciones del ritual y el uso de los sacramentos, intentan liberar a las víctimas de esta acción negativa.

– ¿Por qué la Iglesia ha instituido la figura del exorcista?

– Jesucristo dio mandato a sus discípulos de predicar el Evangelio, curar a los enfermos y expulsar a los demonios. Durante varios siglos en la cristiandad no existía la figura del exorcista: todo cristiano podía hacerse soldado en esta batalla. Y aún hoy cristianos sencillos pueden decir, y dicen, oraciones de liberación. Y algunos santos – padre Pío, por ejemplo – sin ser exorcistas liberaban a las personas víctimas de la influencia demoníaca. Hay que decir que en los últimos años, evidentemente en respuesta a una necesidad creciente., cada vez más obispos se ven obligados a nombrar sacerdotes para este tipo de trabajo pastoral.

– ¿Cuánto hay de sugestión y cuánto hay de verdad en las muchas personas que creen estar poseídas por el demonio?

– De lo que se me ha dicho en mi investigación, los casos reales de posesión, vejación o infestación son muy, muy raros. Gabriele Amorth, y creo que también sus colegas actúan de esta forma, no recibe a nadie que no se haya dirigido antes, en busca de ayuda, a la medicina oficial. Y a pesar de esta precaución, ve que en muchos casos no se identifica un origen maléfico de los trastornos. Pero aunque raros, los casos de influencia demoníaca existen, y son impresionantes.

– ¿De qué forma los hombres pueden escapar a las tentaciones del pecado y del mal?

– Huir al ataque de las tentaciones creo que es imposible; una vida limpia y cristiana puede ayudarnos a no ceder a esas mismas tentaciones.

– El demonio siempre ha acechado a la Iglesia. El Papa Pablo VI dijo una vez: «el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia». Juan Pablo II y Benedicto han denunciado varias veces la presencia de la cola del diablo en muchas acciones que atacan a la cátedra de Pedro. En estos días se asiste a un ataque sin precedentes contra el actual Pontífice. ¿Qué opina?

– Benedicto XVI, como Juan Pablo II antes que él, indicó en los temas morales y en la defensa de la vida y de la familia la batalla central de la Iglesia en nuestros tiempos. Es una batalla contra la cultura dominante en gran parte del mundo occidental, y sobre todo en los medios de comunicación. Es evidente el intento de desacreditar a la Iglesia y al Papa precisamente para debilitar el impacto de su enseñanza. También de forma evidentemente instrumental e incorrecta, confiando en el efecto negativo del ataque sobre la opinión pública, que a menudo no tiene los instrumentos ni el tiempo para verificar con ponderación la calidad de las acusaciones. Y es tanto más extraordinario en cuanto que si hay alguien que busca, que ha buscado siempre, hacer limpieza en la Iglesia, este es precisamente Joseph Ratzinger. Me parece que por desgracia, nuestra profesión no está viviendo uno de sus momentos más felices.

VIDA DE LA VIRGEN MARÍA LIX.

LIX
Llegada de Santa Ana a Belén

He visto a Santa Ana con María de Helí, una criada, un servidor y dos asnos
pasando la noche a poca distancia de Betania, de camino para Belén. José había
completado los arreglos tanto en la gruta del Pesebre como en las grutas
laterales, para recibir a los Reyes Magos, cuya llegada había anunciado María,
mientras se hallaban en Causur, y también para hospedar a los venidos de
Nazaret. José y María se habían retirado a otra gruta con el Niño, de modo que
la del Pesebre se encontraba libre, no quedando en ella más que el asno. Si mal
no recuerdo José había pagado ya el segundo de los impuestos hacía algún tiempo,
y nuevas personas venidas de Belén para ver al Niño tuvieron la dicha de tomarlo
en sus brazos. En cambio, cuando otras lo querían alzar, lloraba y volvía la
cabeza.

He visto a la Virgen tranquila en su nueva habitación discretamente arreglada:
el lecho estaba contra la pared y el Niño Jesús se encontraba a su lado, en una
cesta larga, hecha de cortezas, acomodada sobre una horqueta. Un tabique hecho
de zarzos separaba el lecho de María y la cuna del Niño del resto de la gruta.
Durante el día, para no estar sola, se sentaba delante del tabique con el Niño a
su lado. José descansaba en otra parte retirada de la gruta. Lo he visto
llevando alimentos a María, servidos en una fuente, como también ofrecerle un
cantarillo con agua. Esta noche comenzaba un día de ayuno: todos los alimentos
debían estar preparados para el día siguiente; el fuego estaba cubierto y las
aberturas veladas.

Entretanto había llegado Santa Ana con la hermana mayor de María y una criada.
Estas personas debían pasar la noche en la gruta de Belén: por eso la Sagrada
Familia se había retirado a la gruta lateral. Hoy he visto a María que ponía el
Niño en los brazos de Santa Ana. Esta se hallaba profundamente conmovida. Había
traído consigo colchas, pañales y varios alimentos, y dormía en el mismo sitio
donde había reposado Isabel. María le relató todo lo sucedido. Ana lloraba en
compañía de María. El relato fue alegrado por las caricias del Niño Jesús. Hoy
vi a la Virgen volver a la gruta del Pesebre y al pequeño Jesús acostado allí de
nuevo. Cuando José y María se encuentran solos cerca del Niño, los veo a menudo
ponerse en adoración ante Él. Hoy vi a Ana cerca del Pesebre con María en una
actitud reverente, contemplando al Niño Jesús con sentimiento de gran fervor. No
sé si las personas venidas con Ana habían pasado la noche en la gruta lateral o
habían ido a otro lugar; creo que estaban en otro sitio.

Ana trajo diversos objetos para el Niño y la Madre. María ha recibido ya muchas
cosas desde que se encuentra aquí; pero todo sigue pareciendo muy pobre porque
María reparte lo que no es absolutamente necesario. Le dijo a Ana que los Reyes
llegarían muy pronto y que su llegada causaría gran impresión. Esta misma noche,
después de terminado el Sábado, vi que Ana con sus acompañantes se retiró de la
compañía de María, durante la estadía de los Reyes, a casa de su hermana casada,
para volver después. Ya no recuerdo el nombre de la población, de la tribu de
Benjamín, que se compone de algunas casas, en una llanura y se encuentra a media
legua del último lugar del alojamiento de la Santa Familia en su viaje a Belén.

VIDA DE LA VIRGEN MARÍA XXI (Este capítulo debió ser publicado anteriormente)

XXI
Presentación de la Niña María en el Templo

Esta mañana fueron al Templo: Zacarías, Joaquín y otros hombres. Más tarde fue
llevada María por su madre en medio de un acompañamiento solemne. Ana y su hija
María Helí, con la pequeña María Cleofás, marchaban delante; iba luego la santa
niña María con su vestidito y su manto azul celeste, los brazos y el cuello
adornados con guirnaldas: llevaba en la mano un cirio ceñido de flores. A su
lado caminaban tres niñitas con cirios semejantes. Tenían vestidos blancos,
bordados de oro y peplos celestes, como María, y estaban rodeadas de guirnaldas
de flores; llevaban otras pequeñas guirnaldas alrededor del cuello y de los
brazos. Iban en seguida las otras jóvenes y niñas vestidas de fiesta, aunque no
uniformemente. Todas llevaban pequeños mantos. Cerraban el cortejo las demás
mujeres.

Como no se podía ir en línea recta desde la posada al Templo, tuvieron que dar
una vuelta pasando por varias calles. Todo el mundo se admiraba de ver el
hermoso cortejo y en las puertas de varias casas rendían honores. En María se
notaba algo de santo y de conmovedor. A la llegada de la comitiva he visto a
varios servidores del Templo empeñados en abrir con grande esfuerzo una puerta
muy alta y muy pesada, que brillaba como oro y que tenía grabadas varias
figuras: cabezas, racimos de uvas y gavillas de trigo. Era la Puerta Dorada. La
comitiva entró por esa puerta. Para llegar a ella era preciso subir cincuenta
escalones; creo que había entre ellos algunos descansos. Quisieron llevar a
María de la mano; pero ella no lo permitió: subió los escalones rápidamente, sin
tropiezos, llena de alegre entusiasmo. Todos se hallaban profundamente
conmovidos.

Bajo la Puerta Dorada fue recibida María por Zacarías, Joaquín y algunos
sacerdotes que la llevaron hacia la derecha, bajo la amplia arcada de la puerta,
a las altas salas donde se había preparado una comida en honor de alguien. Aquí
se separaron las personas de la comitiva. La mayoría de las mujeres y de las
niñas se dirigieron al sitio del Templo que les estaba reservado para orar.
Joaquín y Zacarías fueron al lugar del sacrificio. Los sacerdotes hicieron
todavía algunas preguntas a María en una sala y cuando se hubieron retirado,
asombrados de la sabiduría de la niña, Ana vistió a su hija con el tercer traje
de fiesta, que era de color azul violáceo y le puso el manto, el velo y la
corona ya descritos por mí al relatar la ceremonia que tuvo lugar en la casa de
Ana.

Entre tanto Joaquín había ido al sacrificio con los sacerdotes. Luego de recibir
un poco de fuego tomado de un lugar determinado, se colocó entre dos sacerdotes
cerca del altar. Estoy demasiada enferma y distraída para dar la explicación del
sacrificio en el orden necesario. Recuerdo lo siguiente: no se podía llegar al
altar más que por tres lados. Los trozos preparados para el holocausto no
estaban todos en el mismo lugar, sino puestos alrededor, en distintos sitios. En
los cuatro extremos del altar había cuatro columnas de metal, huecas, sobre las
cuales descansaban cosas que parecían caños de chimenea. Eran anchos embudos de
cobre terminados en tubos en forma de cuernos, de modo que el humo podía salir
pasando por sobre la cabeza de los sacerdotes que ofrecían el sacrificio.

Mientras se consumía sobre el altar la ofrenda de Joaquín, Ana fue con María y
las jóvenes que la acompañaban, al vestíbulo reservado a las mujeres. Este lugar
estaba separado del altar del sacrificio por un muro que terminaba en lo alto en
una reja. En medio de este muro había una puerta. El atrio de las mujeres, a
partir del muro de separación, iba subiendo de manera que por lo menos las que
se hallaban más alejadas podían ver hasta cierto punto el altar del sacrificio.
Cuando la puerta del muro estaba abierta, algunas mujeres podían ver el altar.

María y las otras jóvenes se hallaban de pie, delante de Ana, y las demás
parientas estaban a poca distancia de la puerta. En sitio aparte había un grupo
de niños del Templo, vestidos de blanco, que tañían flautas y arpas. Después del
sacrificio se preparó bajo la puerta de separación un altar portátil cubierto,
con algunos escalones para subir. Zacarías y Joaquín fueron con un sacerdote
desde el patio hasta este altar, delante del cual estaba otro sacerdote y dos
levitas con rollos y todo lo necesario para escribir. Un poco atrás se hallaban
las doncellas que habían acompañado a María. María se arrodilló sobre los
escalones; Joaquín y Ana extendieron las manos sobre su cabeza. El sacerdote
cortó un poco de sus cabellos, quemándolos luego sobre un brasero. Los padres
pronunciaron algunas palabras, ofreciendo a su hija, y los levitas las
escribieron.

Entretanto las niñas cantaban el salmo «Eructavit cor meum verbum bonum» y los
sacerdotes el salmo «Deus deorum Dominus locutus est» mientras los niños tocaban
sus instrumentos. Observé entonces que dos sacerdotes tomaron a María de la mano
y la llevaron por unos escalones hacia un lugar elevado del muro, que separaba
el vestíbulo del Santuario. Colocaron a la niña en una especie de nicho en el
centro de aquel muro, de manera que ella pudiera ver el sitio donde se hallaban,
puestos en fila, varios hombres que me parecieron consagrados al Templo. Dos
sacerdotes estaban a su lado; había otros dos en los escalones, recitando en
alta voz oraciones escritas en rollos.

Del otro lado del muro se hallaba de pie un anciano príncipe de los sacerdotes,
cerca del altar, en un sitio bastante elevado que permitía vérsele el busto. Yo
lo vi presentando el incienso, cuyo humo se esparció alrededor de María. Durante
esta ceremonia vi en torno de María un cuadro simbólico que pronto llenó el
Templo y lo oscureció. Vi una gloria luminosa debajo del corazón de María y
comprendí que ella encerraba la promesa de la sacrosanta bendición de Dios. Esta
gloria aparecía rodeada por el arca de Noé, de manera que la cabeza de María se
alzaba por encima y el arca tomaba a su vez la forma del Arca de la Alianza,
viendo luego a ésta corno encerrada en el Templo.

Luego vi que todas estas formas desaparecían mientras el cáliz de la santa Cena
se mostraba fuera de la gloria, delante del pecho de María, y más arriba, ante
la boca de la Virgen, aparecía un pan marcado con una cruz. A los lados
brillaban rayos de cuyas extremidades surgían figuras con símbolos místicos de
la Santísima Virgen, como todos los nombres de las Letanías que le dirige la
Iglesia. Subían, cruzándose desde sus hombros, dos ramas de olivo y de ciprés, o
de cedro y de ciprés, por encima de una hermosa palmera junto con un pequeño
ramo que vi aparecer detrás de ella. En los espacios de las ramas pude ver todos
los instrumentos de la pasión de Jesucristo. El Espíritu Santo, representado por
una figura alada que parecía más forma humana que paloma, se hallaba suspendido
sobre el cuadro, por encima del cual vi el cielo abierto, el centro de la
celestial Jerusalén, la ciudad de Dios, con todos sus palacios, jardines y
lugares de los futuros santos. Todo estaba lleno de ángeles, y la gloria, que
ahora rodeaba a la Virgen Santísima, lo estaba con cabezas de estos espíritus.
¡Ah, quién pudiera describir estas cosas con palabras humanas!…

Se veía todo bajo formas tan diversas y tan multiformes, derivando unas de las
otras en tan continuada transformación, que he olvidado la mayor parte de ellas.
Todo lo que se relaciona con la Santísima Virgen en la antigua y en la nueva
Alianza y hasta en la eternidad, se hallaba allí representado. Sólo puedo
comparar esta visión a otra menor que tuve hace poco, en la cual vi en toda su
magnificencia el significado del santo Rosario. Muchas personas, que se creen
sabias, comprenden esto menos que los pobres y humildes que lo recitan con
simplicidad, pues éstos acrecientan el esplendor con su obediencia, su piedad y
su sencilla confianza en la Iglesia, que recomienda esta oración. Cuando vi todo
esto, las bellezas y magnificencias del Templo, con los muros elegantemente
adornados, me parecían opacos y ennegrecidos detrás de la Virgen Santísima. El
Templo mismo parecía esfumarse y desaparecer: sólo María y la gloria que la
rodeaba lo llenaba todo.

Mientras estas visiones pasaban delante de mis ojos, dejé de ver a la Virgen
Santísima bajo forma de niña: me pareció entonces grande y como suspendida en el
aire. Con todo veía también, a través de María, a los sacerdotes, al sacrificio
del incienso y a todo lo demás de la ceremonia. Parecía que el sacerdote estaba
detrás de ella, anunciando el porvenir e invitando al pueblo a agradecer y a
orar a Dios, porque de esta niña habría de salir algo muy grandioso. Todos los
que estaban en el Templo, aunque no veían lo que yo veía, estaban recogidos y
profundamente conmovidos. Este cuadro se desvaneció gradualmente de la misma
manera que lo había visto aparecer. Al fin sólo quedó la gloria bajo el corazón
de María y la bendición de la promesa brillando en su interior. Luego
desapareció también y sólo vi a la niña María adornada entre los sacerdotes.

Los sacerdotes tomaron las guirnaldas que estaban alrededor de sus brazos y la
antorcha que llevaba en la mano, y se las dieron a las compañeras. Le pusieron
en la cabeza un velo pardo y la hicieron descender las gradas, llevándola a una
sala vecina, donde seis vírgenes del Templo, de mayor edad, salieron a su
encuentro arrojando flores ante ella. Detrás iban sus maestras, Noemí, hermana
de la madre de Lázaro, la profetisa Ana y otra mujer. Los sacerdotes recibieron
a la pequeña María, retirándose luego.

Los padres de la Niña, así como sus parientes más cercanos, se encontraban allí.
Una vez terminados los cantos sagrados, despidióse María de sus padres. Joaquín,
que estaba profundamente conmovido, tomó a María entre sus brazos y apretándola
contra su corazón, dijo en medio de las lágrimas: «Acuérdate de mi alma ante
Dios». María se dirigió luego con las maestras y varias otras jóvenes a las
habitaciones de las mujeres, al Norte del Templo. Estas habitaban salas abiertas
en los espesos muros del Templo y podían, a través de pasajes y escaleras, subir
a los pequeños oratorios colocados cerca del Santuario y del Santo de los
Santos. Los deudos de María volvieron a la sala contigua a la Puerta Dorada,
donde antes se habían detenido quedándose a comer en compañía de los sacerdotes.
Las mujeres comían en sala aparte.

He olvidado, entre otras muchas cosas, por qué la fiesta había sido tan
brillante y solemne. Sin embargo, sé que fue a consecuencia de una revelación de
la voluntad de Dios. Los padres de María eran personas de condición acomodada y
si vivían pobremente era por espíritu de mortificación y para poder dar más
limosnas a los pobres. Así es cómo Ana, no sé por cuánto tiempo, sólo comió
alimentos fríos. A pesar de esto trataban a la servidumbre con generosidad y la
dotaban. He visto a muchas personas orando en el Templo. Otras habían seguido a
la comitiva hasta la puerta misma.

Algunos de los presentes debieron tener cierto presentimiento de los destinos de
la Niña, pues recuerdo unas palabras que Santa Ana en un momento de entusiasmo
jubiloso dirigió a las mujeres, cuyo sentido era: «He aquí el Arca de la
Alianza, el vaso de la Promesa, que entra ahora en el Templo». Los padres de
María y demás parientes regresaron hoy a Bet-Horon.

Leopoldo Abadía. «ESTÁ A PUNTO DE LLEGAR ALGO BUENO»

Os transcribo desde www.elconfidencial.com la última entrada de nuestro amigo y maestro D. Leopoldo. Sigo admirándome de su sabiduría sencilla, creo que leerlo nos debe ayudar a ir por el buen camino. Recibid un afectuoso saludo de vuestro amigo en la red Juanjo.

Monte mediterráneo.

Hoy mi amigo de San Quirico tiene prisa y me hace desayunar a marchas forzadas, porque quiere llevarme a rezar. Me explica que hay una Virgen en medio del monte, y que él va a verle de vez en cuando y que hoy le tengo que acompañar. Y allá voy.

Lo que pasa es que por el camino, le da por filosofar y por preguntarme qué beneficios nos traerá la crisis. Bueno, la pregunta no es exactamente así, porque adorna la palabra crisis con un adjetivo impublicable.

Está alicaído. Dice que esto no lo arregla nadie, que lo económico se enderezará algún día, porque sí. Que nadie sabrá por qué y que todos se apuntarán el tanto. Que unos dirán que ya lo sabían y otros que también. Y todos dirán que ha salido gracias a ellos. Y que acabaremos haciéndoles varios homenajes. Organizados por ellos mismos, por supuesto, con gran asistencia de crítica y público.

Mi amigo dice que esto le recuerda otros tiempos, pero aquí le corto, porque no quiero que siga con las comparaciones. A éste, cuando le da nostálgica, no hay quien le aguante.

Dice que no aprenderemos nada de esta mala  época. Que en cuanto los bancos paguen esas deudas de unos cuantos euros que tienen y se animen a dar crédito, desempolvaremos las tarjetas y hala, a sacarles chispas otra vez. Y a comprar productos financieros extraños (me dice que ya los están fabricando) y a comprar toda clase de chismes que no sirven para nada, pero que nos hacen quedar muy bien delante de nuestros amigos. Y a hacer tonterías, como siempre. Y a irnos a las Seychelles a comprar camisetas, que, aunque están hechas en Mataró, allí quedan muy monas.

Seguimos andando por el monte y le digo que soy optimista. Que estoy seguro de que vamos a redescubrir valores de fondo, de esos que hacen que, cuando ves a alguien que los tiene, dices que te gustaría ser así cuando seas mayor.

Que estoy seguro de que, a partir de ahora, recuperaremos un valor, que es el de la no tontería. Que alguien le llama austeridad, pero yo prefiero llamarle de la otra manera, porque así lo entiendo mejor. A mi amigo le gusta. Dice que conoce gente que hizo tonterías cuando las cosas le fueron bien y ahora sudan y sudan y sudan para llegar al día 6 de cada mes. Le digo que se dice que no llegan a fin de mes. Y él me dice que cuando él dice el día 6, quiere decir el día 6. Que los otros 24 días, o 25, según los meses, no sabe cómo los pasan. Pero los deben pasar, porque él les sigue viendo por la calle, aunque le da la impresión de que ahora pasean más que antes, porque pasear es gratis.

Como veo que se está animando, le digo que vamos a redescubrir que lo del pelotazo está muy bien, sobre todo si eres el que lo das, pero que dedicar toda tu vida a esperar que llegue te debe poner nervioso, porque yo conozco mucha gente a la que todavía no le ha llegado y, peor todavía, que no tiene aspecto de que le llegue.

Que eso hará que nos demos cuenta de que hay que trabajar mucho. Que igual hay que abrir la tienda el sábado por la tarde, porque, como aparezcan dos clientes, nos pueden resolver la semana. No le cuento el horario que teníamos en Sastrería La Confianza, la tienda de Zaragoza en la que empecé trabajar, porque dirá que los que mandaban allí eran unos negreros. Y como yo era uno de ellos, prefiero no hablar.

En una tertulia en televisión, un profesor habla de la comunidad educativa y dice que está formada por los padres y por los profesores. Y me alegro mucho, porque éste puede ser otro de los frutos de la crisis: el que nos demos cuenta de que a nuestros hijos, o les educamos nosotros, o ya te puedes ir olvidando.

En otra tertulia, me dicen que con esto de la crisis, se llevan mucho los abuelos canguro. En mi caso, no puedo cumplir con esta obligación, porque si tuviera que hacer de canguro de mis 40 nietos, duraría dos días. Pero me parece que también hay que replantearse si los abuelos hacen de canguro porque es necesario o porque algunos hijos se han vuelto un poco egoístas y piensan que también tienen derecho a descansar de vez en cuando, derecho que, por supuesto, niegan a sus padres, que para algo se han jubilado.

Mi amigo escucha atentamente. No toma notas porque vamos por el monte, pero estoy seguro de que esta noche llegará a casa y le contará todo a su mujer, de pe a pa.

Me animo y le digo que esto es una economía de guerra. O mejor, una manera de vivir de guerra, en la que hay que echar muchas horas, puede ser que haya que cobrar menos, habrá que discurrir más, habrá que ahorrar más y todo ello, sin la garantía de salir adelante. Eso sí, si no se hace todo ello, la garantía de no salir es total.

Y que ya vale de esperar a que se arregle la situación internacional, porque el día que se arregle, el Banco Central Europeo subirá los intereses, esto se reflejará en el euríbor y nuestras hipotecas pegarán otra subida y otra vez a no dormir.

Seguimos andando, mientras él escucha mi rollo. Al cabo de poco, me dice: “ya hemos llegado”. Pues sí. Allá en el monte hay una Virgen muy guapa, con muchas flores. Mi amigo se conoce muy bien el lugar. Se nota que va con frecuencia. Llega allí y se calla y reza. Me admiran las flores. Parece que la Virgen tiene muchas visitas. Y aquel lugar no cae de paso. Hay que ir.

Estamos un rato. Mi amigo mira el reloj y dice que tiene que volver a su despacho.

Vuelve contento. Me dice: “o sea, ¿que tú crees que eso del redescubrimiento de los valores va en serio? ¿Que de ésta saldremos hechos mejores personas? ¿Que desaparecerán los sinvergüenzas?”.

Le aclaro que no, que los sinvergüenzas no desaparecerán. Que ya firmaría por que hubiera unos pocos menos. Pero que, en general, esto va a ser bueno. En general quiere decir para la gente normal, esa que se da cuenta de que lo de todo vale no es verdad y que el todo vale nos ha llevado a esta situación y que no puede ser que eduquemos a nuestros hijos en el todo vale, porque van a ser unos desgraciados. Quizá con mucho dinero, pero desgraciados. Porque con mucho dinero, se puede ser muy desgraciado. Yo conozco más de uno, que, muy triunfador muy triunfador, pero me da pena, porque, como dice un amigo mío, “es tan pobre que sólo tiene dinero”.

Y, como siempre, a mi amigo le da el ataque político y pregunta si éstos nos dejarán. Y le contesto que a mí qué me importa lo que hagan éstos. Que yo ya sé lo que tengo que hacer y que hay mucha gente, pero mucha mucha, que también lo sabe y que algún día les dirán a éstos que ya vale de hacer el idiota y ya vale de pensar en sí mismos y ya vale de estropear la Patria y ya vale de estropear a los chavales y ya vale de hacer daño.

Porque sí, estoy convencido. Ya vale.

VIDA DE LA VIRGEN MARÍA LVIII

País de los medos.

LVIII
El viaje de los Reyes Magos
He visto llegar hoy la caravana de los Reyes, por la noche, a una pobla ción
pequeña con casas dispersas, algunas rodeadas de grandes vallas. Me parece que
es éste el primer lugar donde se entra en la Judea. Aunque aquella era la
dirección de Belén, los Reyes torcieron hacia la derecha, quizás por no hallar
otro camino más directo. Al llegar allí su canto era más expresivo y animado;
estaban más contentos porque la estrella tenía un brillo extraordinario: era
como la claridad de la luna llena, y las sombras se veían con mucha nitidez. A
pesar de todo, los habitantes parecían no reparar en ella. Por otra parte eran
buenos y serviciales.

Algunos viajeros habían desmontado y los habitantes ayudaban a dar de beber a
las bestias. Pensé en los tiempos de Abrahán, cuando todos los hombres eran
serviciales y benévolos. Muchas personas acompañaron a la comitiva de los Reyes
Magos llevando palmas y ramas de árboles cuando pasaron por la ciudad. La
estrella no tenía siempre el mismo brillo: a veces se oscurecía un tanto;
parecía que daba más claridad según fueran mejores los lugares que cruzaban.
Cuando vieron los Reyes resplandecer más a la estrella, se alegraron mucho
pensando que sería allí donde encontrarían al Mesías. Esta mañana pasaron al
lado de una ciudad sombría, cubierta de tinieblas, sin detenerse en ella, y poco
después atravesaron un arroyo que se echa en el Mar Muerto. Algunas de las
personas que los acompañaban se quedaron en estos sitios. He sabido que una de
aquellas ciudades había servido de refugio a alguien en ocasión de un combate,
antes que Salomón subiera al trono. Atravesando el torrente, encontraron un buen
camino.

Esta noche volví a ver el acompañamiento de los Reyes que había aumentado a unas
doscientas personas porque la generosidad de ellos había hecho que muchos se
agregaran al cortejo. Ahora se acercaban por el Oriente a una ciudad cerca de la
cual pasó Jesús, sin entrar, el 31 de Julio del segundo año de su predicación.
El nombre de esa ciudad me pareció Manatea, Metanea, Medana o Madián. Había allí
judíos y paganos; en general eran malos. A pesar de atravesarla una gran ruta,
no quisieron entrar por ella los Reyes y pasaron frente al lado oriental para
llegar a un lugar amurallado donde había cobertizos y caballerizas. En este
lugar levantaron sus carpas, dieron de beber y comer a sus animales y tomaron
también ellos su alimento.

Los Reyes se detuvieron allí el jueves 20 y el viernes 21 y se pusieron muy
pesarosos al comprobar que allí tampoco nadie sabía nada del Rey recién nacido.
Les oí relatar a los habitantes las causas porque habían venido, lo largo del
viaje y varias circunstancias del camino. Recuerdo algo de lo que dijeron. El
Rey recién nacido les había sido anunciado mucho tiempo antes. Me parece que fue
poco después de Job, antes que Abrahán pasara a Egipto, pues unos trescientos
hombres de la Media, del país de Job (con otros de diferentes lugares) habían
viajado hasta Egipto llegando hasta la región de Heliópolis. No recuerdo por qué
habían ido tan lejos; pero era una expedición militar y me parece que habían
venido en auxilio de otros. Su expedición era digna de reprobación, porque
entendí que habían ido contra algo santo, no recuerdo si contra hombres buenos o
contra algún misterio religioso relacionado con la realización de la Promesa
divina.

En los alrededores de Heliópolis varios jefes tuvieron una revelación con la
aparición de un ángel que no les permitió ir más lejos. Este ángel les anunció
que nacería un Salvador de una Virgen, que debía ser honrado por sus
descendientes. Ya no sé cómo sucedió todo esto; pero volvieron a su país y
comenzaron a observar los astros. Los he visto en Egipto organizando fiestas
regocijantes, alzando allí arcos de triunfo y altares, que adornaban con flores,
y después regresaron a sus tierras. Eran gentes de la Media, que tenían el culto
de los astros. Eran de alta estatura, casi gigantes, de una hermosa piel morena
amarillenta. Iban como nómadas con sus rebaños y dominaban en todas partes por
su fuerza superior. No recuerdo el nombre de un profeta principal que se
encontraba entre ellos. Tenían conocimiento de muchas predicciones y observaban
ciertas señales trasmitidas por los animales. Si éstos se cruzaban en su camino
y se dejaban matar, sin huir, era un signo para ellos y se apartaban de aquellos
caminos.

Los Medos, al volver de la tierra de Egipto, según contaban los Reyes, habían
sido los primeros en hablar de la profecía y desde entonces se habían puesto a
observar los astros. Estas observaciones cayeron algún tiempo en desuso; pero
fueron renovadas por un discípulo de Balaam y mil años después las tres
profetisas, hijas de los antepasados de los tres Reyes, las volvieron a poner en
práctica. Cincuenta años más tarde, es decir, en la época a que habían llegado,
apareció la estrella que ahora seguían para adorar al nuevo Rey recién nacido.
Estas cosas relataban los Reyes a sus oyentes con mucha sencillez y sinceridad,
entristeciéndose mucho al ver que aquéllos no parecían querer prestar fe a lo
que desde dos mil años atrás había sido el objeto de la esperanza y deseos de
sus antepasados.

A la caída de la tarde se oscureció un poco la estrella a causa de algunos
vapores, pero por la noche se mostró muy brillante entre las nubes que corrían,
y parecía más cerca de la tierra. Se levantaron entonces rápidamente,
despertaron a los habitantes del país y les mostraron el espléndido astro.
Aquella gente miró con extrañeza, asombro y alguna conmoción el cielo; pero
muchos se irritaron aun contra los santos Reyes, y la mayoría sólo trató de
sacar provecho de la generosidad con que trataban a todos. Les oí también decir
cosas referentes a su jornada hasta allí. Contaban el camino por jornadas a pie,
calculando en doce leguas cada jornada. Montando en sus dromedarios, que eran
más rápidos que los caballos, hacían treinta y seis leguas diarias, contando la
noche y los descansos. De este modo, el Rey que vivía más lejos pudo hacer, en
dos días, cinco veces las doce leguas que los separaban del sitio donde se
habían reunido, y los que vivían más cerca podían hacer en un día y una noche
tres veces doce leguas. Desde el lugar donde se habían reunido hasta aquí habían
completado 672 leguas de camino, y para hacerlo, calculando desde el nacimiento
de Jesucristo, habían empleado más o menos veinticinco días con sus noches,
contando también los dos días de reposo.

La noche del viernes 21, habiendo comenzado el sábado para los judíos que
habitaban allí, los Reyes prepararon su partida. Los habitantes del lugar habían
ido a la sinagoga de un lugar vecino pasando sobre un puente hacia el Oeste. He
visto que estos judíos miraban con gran asombro la estrella que guiaba a los
Magos; pero no por eso se mostraron más respetuosos. Aquellos hombres
desvergonzados estuvieron muy importunos, apretándose como enjambres de avispas
alrededor de los Reyes, demostrando ser viles y pedigüeños, mientras los Reyes,
llenos de paciencia, les daban sin cesar pequeñas piezas amarillas,
triangulares, muy delgadas, y granos de metal oscuro. Creo por eso que debían
ser muy ricos estos Reyes. Acompañados por los habitantes del lugar dieron
vueltas a los muros de la ciudad, donde vi algunos templos con ídolos; más tarde
atravesaron el torrente sobre un puente, y costearon la aldea judía. Desde aquí
tenían un camino de veinticuatro leguas para llegar a Jerusalén.