La Misericordia de Jesús, su compasión por nuestra miseria personal, a pesar de nuestras incesantes ingratitudes, la lástima que damos a Jesús y que  le mueve a ayudarnos, a perdonarnos,  deben ser  palanca en nuestra vida de fe, razón de nuestra esperanza. Somos pecadores pero Cristo nos persigue con su perdón.

            El bestial sufrimiento a que se vio sometido Jesucristo, bien reflejado en la película de La Pasión de Gibson,  basada en las huellas de la Sábana Santa y en las visiones de la beata Ana Catalina Emmerich, no nos puede dejar impasibles.

            En el huerto de los Olivos, cuando Cristo oraba e iba asumiendo el sufrimiento que le espera se descompuso al pensar como hombre en el sufrimiento, pero su alma, como Hijo de Dios sintió un indecible dolor al ponerse delante de todos los horrores cometidos por el hombre en toda su existencia desde Adán. Crímenes, sacrilegios, tibiezas, odios… todo hubo de redimirlo asumiéndolo en su Persona.

            Cito unos párrafos de  la visión de la beata A Catalina Emmerich de los padecimientos de Jesús en el huerto de los olivos:

            “Postrado en tierra, inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior; tomolos todos sobre sí, y ofreciose en la oración, a la justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más horribles, gritaba a su santa humanidad ” ¡ Cómo! ¿Tomarás tú éste también sobre ti? ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?”. Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo vi también los mios; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi salir hacia mi como un rio en donde todas mis culpas me fueron presentadas.”

            “Al principio Jesús estaba arrodillado y oraba con serenidad; pero después su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables de los hombres y de su ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan vehemente, que exclamó diciendo “¡Padre mío, todo os es posible, alejad este cáliz!”  Después se recogió y dijo: “Que vuestra voluntad se haga y no la mía”. Su voluntad era la de su Padre; pero abandonado por su amor a las debilidades de la humanidad temblaba al aspecto de la muerte. Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados, toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las ingratitudes que le oprimian: el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo la figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos; inundándolo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó, temblaban sus rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la cabeza.”

Si la Sábana Santa es auténtica, como parece serlo, los latigazos que recibió son los que describe esta obra cinematográfica. Le golpearon al detenerlo, ante los sumos sacerdotes, conducido hasta Pilatos, después azotado primero con varas y después con un látigo  cuyas tiras de cuero  terminaban con piedras atadas y un pequeño  gancho que al ser retirado se llevaba carne. Cuentan los médicos que han analizado esta reliquia que un ser humano normal hubiese muerto con esta tortura.

 Después el Via Crucis, con las caidas que le provocaron enormes contusiones, y al final la Cruz, donde sumado al dolor, un crucificado ante todo se asfixia y para respirar tenía que elevarse apoyándose en los pies clavados… 

Nos demostró que le importamos mucho y nos recuerda que ésto va en serio, Dios nos quiere a su lado y nos pide que aceptemos nuestra cruz en esta vida, con serenidad y confianza en él que nunca nos carga más peso del que podemos soportar.

            Hago mención aquí también a Santa Faustina Kowalska, la religiosa polaca  a la que Cristo se  reveló. Ella insistía en que Jesús le encargaba que recordase a todos que El está lleno de Misericordia y que suspira más por los pecadores que por los justos, que no quiere que se pierda nadie y que nadie piense que su pecado le ha alejado definitivamente de Dios.

 Nos dice Jesús a través de ella: “ Diles a las almas pecadoras que no tengan miedo de acercarse a Mí, habla de Mi gran Misericordia.” Diario 1396. “Persigo a los pecadores con Mi Misericordia en todos sus caminos y Mi Corazón se alegra cuando ellos vuelven a Mí.” Diario 1728. “Secretaria Mía, escribe que soy más generoso para los pecadores que para los justos. Por ellos he bajado a la Tierra… por ellos he derramado mi sangre; que no tengan miedo de acercarse a Mí, son los que más necesitan Mi misericordia.” Diario 1275.

            No olvidamos la invitación del Papa Juan Pablo II en su inauguración del papado: “No tengais miedo a Cristo”.

No puedo evitar recordar como en el relato de la Pasión queda patente la enorme importancia que Jesús atribuye a la Obediencia.

            Cristo obedece a su Padre, culmina su existencia terrena entregando su vida para salvar la humanidad. Obedece a su Padre y como hijo, en ese acontecer de la obediencia,  sufre ( “sufriendo aprendió a obedecer”… “si es posible que pase de mi este cáliz, pero sea tu voluntad…”) y se siente profundamente triste en el huerto de los olivos y en la cruz exclama… “por qué me has desamparado”… y afirma antes de morir  “todo está cumplido”.

Jesucristo no actuaba espontáneamente, oraba, “hablaba”con su Padre y después actuaba. No paraba de repetir que cumplía la voluntad de su Padre.

La obediencia a Dios, en muchas ocasiones es entendida como esclavitud, sometimiento a una tiranía, pero, la obediencia a Dios es sólo respuesta a su amor, agradecimiento al Creador. Si obedezco a quien me ama no me someto por que su mandato lo es de amor, su autoridad es verdadera. Manda para el bien y pretende que mi realización personal sea correcta y completa para mi verdadera felicidad, para nuestro gozo  y gloria suya.

Obediencia, Padre, Autoridad… es realmente difícil, para nuestra generación, entender correctamente estos conceptos que hablan de la tarea de la Paternidad, en una sociedad empapada de la corriente de pensamiento posmoderno que hace al individuo creer en una plena  autosuficiencia.

Olvidándonos de nuestro entorno, nos concentramos en nuestra realización personal. Además, como no se cree posible llegar a construir un futuro mejor se decide disfrutar al menos el presente con actitudes hedonistas. Recordemos al hijo pródigo rechazando al Padre. Yo me lo guiso, yo me lo como.

 Pero esto es una mentira, ya lo sabemos, el Padre y el Maestro, pero añado, el buen Padre y el buen Maestro son imprescindibles en el desarrollo y el aprendizaje de la persona, y no sólo de niño, sino también de adulto. Si mi Padre me quiere merece mi obediencia y ante todo me conviene obedecerle. Eso hizo Jesús.

¿Y cómo engarzamos aquí la Libertad de Jesús si obedeció, la libertad del cristiano que obedece?

Es tan sencillo como saber que Jesús, y nosotros en todo momento tenemos la puerta de la desobediencia abierta, por eso somos libres, por eso existe el pecado que es la elección equivocada. Por eso Satanás es el seductor, el mentiroso, el que nos ofrece las falsas verdades, los falsos bienes, las distintas opciones libres erróneas que nos acarrean desgracia. El lobo con piel de cordero. Por esa libertad nos equivocamos y de esa manera aprendemos donde está la opción verdadera . Equivocando un camino  aprendemos que el bueno era el otro, pero si en primer lugar elijo el camino bueno soy igual de libre y me ahorro esfuerzo innecesario.

La inmediatez de resultados que hoy se espera de todo esfuerzo, impide también comprender la obediencia, por que sus frutos no se obtienen a corto plazo.

            Por otro lado, Cristo tenía una misión, y dedica su vida a esclarecer y realizar lo concreto de ella hasta que la culmina. Orando, pegado a su Padre…, ” qué hago ahora”, cómo continuo, “qué quieres de mí”.

 Todos nosotros tenemos una misión en la vida, un encargo de Dios que debemos discernir para nuestro bien y el de nuestros hermanos.  Aquí no hay lugar para el azar, Dios no juega a los dados con el Hombre. Somos personajes de una novela llamados cada uno a desempeñar nuestro papel y no otro, ni de otra manera. Somos nuestra misión.  Y nuestra misión es nuestra vocación, como decía el jesuita Querejazu ”Todo nos gusta, pero nada nos contenta. Muchas posibilidades nos atraen, nos tientan,  pero una sola es la que debemos seguir. Todo hombre entre sus varios seres posibles encuentra siempre uno que es su  auténtico ser. La voz que  llama a ese auténtico ser se llama Vocación. Y misión del hombre, primordial, es el realizarlo.”

Cristo es nuestro prototipo de vocación acogida y realizada al completo.

En  lenguaje coloquial decimos que las cosas se hacen “ como Dios quiere y manda”. Hacer en nuestra vida lo que Dios quiere y manda es desarrollar nuestra propia vocación, ser auténticos, nosotros mismos, disfrutar de la satisfacción del deber cumplido, realizar en nuestras vidas la imitación de Cristo.

 Obediencia, Vocación, Misión… cada hombre está aquí por algo ( porque Dios ha querido) y está aquí para algo, porque Dios nos encarga algo.

 En la Pasión de Cristo se dibuja con claridad su Misión, su Vocación, su encargo, su Obediencia a pesar del gran sacrificio que supuso.

 La Pasión de Cristo trascurrió de aquel modo como consecuencia de la Obediencia a su Padre.

El hombre, para imitar a Cristo, tiene que hacerse hijo: confiar, obedecer, disfrutar de la protección del Padre, descansar en la seguridad que ofrece el Padre, comprender que el Padre sabe cosas que nosotros no sabemos y nos ofrece un camino que podemos no entender, porque no conocemos las cosas que El conoce.

 El hombre llega a hacer cosas que le pueden dañar en una magnitud que no imagina. En la parábola del hijo pródigo queda patente: la desobediencia perjudica al hijo libertino, le acarrea infelicidad y desgracia, y sólo la vuelta al Padre restituye el gozo del hijo.

Jesucristo es el hijo que obedece y hasta la cruz, pero a diferencia del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, a Jesús no le amarga obedecer, no pone una mano en el arado y mira atrás, goza su filiación, y no tiene resentimiento hacia el padre porque intente recuperar al que lo rechaza. Al contrario, ayuda al Padre a que el hermano rebelde regrese a casa.

 “Comía con publicanos y pecadores”  y los fariseos que eran los equivalentes al hijo fiel, los de dentro, no entendían que Jesús prestase su dedicación a los rebeldes, a los pecadores, vivían su filiación como pura Ley y no la vivían a fondo, desde el corazón. (Benedicto XVI).

 Hoy nosotros, cristianos viejos, seríamos un poco ese hermano mayor que se queda en casa pero, en el fondo también ha soñado con hacer lo que su hermano y quizá no ha tenido valor. Como dice el Papa Benedicto XVI en su libro “ Jesús de Nazaret”: “(El hermano mayor) Sólo ve la injusticia  cometida con él, respecto del hermano menor que abandona al Padre. Y así se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo.”

Jesús hace dos llamadas: una tratando de conquistar el corazón de sus adversarios, de sus hermanos rebeldes como dice San Pablo: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconcilieis con Dios”. Y otra llamada a los hijos fieles, a los de dentro,  recordándoles “Hijo ,tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.” Nos pide valorar nuestra situación de hijos fieles sin que olvidemos que nos ama, y que tenemos que colaborar con él en la conversión de los hermanos perdidos con compasión, para una pronta llegada del Reino de Dios.

La llamada posmodernidad,  corriente cultural que impera hoy,  hija del vacío espiritual y la ausencia de sentido de la vida que dejó  la modernidad, su predecesora, la que soñaba con un mundo feliz gracias la ciencia y la técnica y lejos de la Iglesia, lejos de Dios,  me recuerda al hijo pródigo cuidando puercos y peleándose la comida con ellos. Puede resultar, quizá, un punto de partida para añorar  al gran ausente hoy, la figura del Padre. Un Padre que ha dejado de existir también socialmente. Nadie quiere ser Padre, nadie quiere ser responsable de nada, ni de hijos, ni de proyectos. Toda responsabilidad queda diluida, no hay verdadera autoridad, porque las tenemos ambas mal entendidas. No reconocemos que sin autoridad no hay camino, no hay guía.

Los que permanecemos en la Iglesia, criticamos a los  rebeldes, pero en el fondo envidiamos su “libertad sin límites”, su  “no obediencia”, porque no captamos la grandeza de estar en la casa del Padre y vemos un Dios Ley y nos vemos en relación jurídica con El. Pero Dios es algo más que Ley, hemos de convertirnos al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces la obediencia brotará de fuentes más profundas y será, por ello, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde. (Benedicto XVI)

Con todo lo anterior reflexiono sobre las razones de la obediencia de Jesús en la Pasión.

Amaba tanto a su Padre que incluso se sometió al martirio cuando se lo pidió.

Como después, en la historia de la Iglesia, tantos Santos imitando a Jesucristo se  han sometido a martirio por Amor a Dios.

¿Amamos hoy a Cristo? ¿Amamos hoy a Dios? 

Habría que decir: ¿Oramos para descubrir la voluntad de Dios en nuestras vidas? ¿Intentamos discernir nuestra vocación, nuestro encargo de Dios en esta vida?

Sólo es posible cumplir la voluntad de Dios si miramos con los ojos del corazón.  Aplicando sólo la razón únicamente seremos capaces de cumplir leyes y justificarnos.

Sólo es posible abrirse al Amor si hacemos de nuestras vidas una Misión que Dios nos va revelando en la Oración. Es entonces cuando todas las facultades del Hombre se desarrollan con todo sentido, con ilusión… cuando las virtudes se hacen patentes. Cuando el hombre de la mano de Dios se realiza con plenitud..

Os deseo a todos que la Gracia de Dios abunde en vuestras vidas.

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